EXPLORANDO

El Broad Peak de Esther Sabadell

El 20 de julio la alpinista Esther Sabadell hollaba la cima del Broad Peak (8.047 metros) junto a Juanjo Garra y Valentí Giró, miembros del equipo de Al Filo de lo Imposible. Esther nos envía el relato de aquella ascensión.

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Esther Sabadell firmaba su segunda ascensión a un ochomil con el Broad Peak.- Foto: desnivelpress.comEsther Sabadell firmaba su segunda ascensión a un ochomil con el Broad Peak.- Foto: desnivelpress.com

El 20 de julio, Esther Sabadell alcanzaba la cima del Broad Peak, bajo el mezenazgo de Al Filo de lo Imposible y acompañada por Juanjo Garra, Valentí Giró y otros casi cuarenta alpinistas que trataban de hacer cima 50 años después de la primera ascensión de la montaña. La ascensión de Herman Buhl. Para Esther el Broad es su segundo ochomil y lo lograba exactamente dos años después del primero, el mismo día del mismo mes. En su mente aún permanece presente el accidente en la Isla de Guadalupe, el que la apartó un tiempo de la montaña y se llevó a un gran amigo Xabier Iturriaga. Sin embargo en su espíritu las heridas se han cerrado y hoy continúa sus caminos nevados con el afán de superación y de aventura que siempre definieron a esta alpinista. Esther nos trae un hermoso relato sobre su ascensión al Broad Peak.

«Nos despertamos a las once de la noche (ahora caigo que todo empezó una hora antes del 20 de julio…). Despertarse, es un decir, ya que hace apenas cuatro horas cerré los ojos con la intención de descansar algo, aunque se que es una tarea difícil. Dentro de mi saco tengo los botines de las botas, la cantimplora con agua caliente, las cámaras y sus baterías, algo de ropa… y mi cuerpo totalmente cubierto con la ropa de cumbre. Repaso, aún con los ojos medio cerrados, lo que me tengo que llevar… No puedo olvidarme nada. Todo es importante y un despiste puede significar renunciar a la cumbre.

Despertarse significa: salir del saco, encender el hornillo, deshacer agua para obtener agua caliente y beber un té antes de salir. Comer… con medio bollo me doy por satisfecha (ni la hora, ni la altura invitan a atiborrarse). Terminar de vestirme (gorro, guantes…), ponerse las botas y, por fin, echarse a la noche estrellada.

Salimos puntuales a las 24h. Doy mi primer paso en el primer minuto del día 20 de julio. En ese instante ya intuyo que será un día largo… Hay mucha nieve acumulada de estos días pasados. Tenemos trabajo para abrirnos camino en medio de la noche helada. Somos como 40 alpinistas los que queremos llegar a cumbre, pero muy pocos nos ofrecemos a abrir huella. Nos preocupa otra cosa: el fuerte viento que sopla en el collado que separa las dos cumbres principales del Broad Peak.

Algunos comienzan a retirarse por el frío. Pero el resto continuamos. La persona que va abriendo huella avanza penosamente, hasta que cansada se para y la que le sigue pasa a ser la que deja en la nieve el rastro de nuestro camino hacia la cumbre. Cuando me toca el turno me hundo y la nieve puede más que mi pequeño cuerpo. Pongo primero la rodilla para ganar algo de base y luego levanto la pierna, pongo el pie y piso fuerte, y me sumerjo más de medio pierna en la porosa nieve… Lo intento con todas mis fuerzas, pero no aguanto mucho hasta que Juanra, que me sigue, pasa para acometer él el duro trabajo de abrirse entre un mar blanco de dudas. Lo intento más tarde, una y otra vez, pero es una batalla que pierdo constantemente.

La arista cimera del Broad, perdiéndose entre la bruma.- Foto: Col. Esther SabadellLa arista cimera del Broad, perdiéndose entre la bruma.- Foto: Col. Esther Sabadell

Seguimos con la mirada perdida en el collado… siempre igual de lejos. Las nubes del collado pasan tan deprisa que anuncian un viento feroz. ¿Nuestro esfuerzo para abrirnos camino resultará finalmente inútil cuando lleguemos al collado y el viento nos invite a abandonar la partida?

Dos circunstancias del destino hacen que el Broad Peak quede, para mí, íntimamente ligado con el Nanga Parbat. La primera es un número: el 20. Y la segunda un nombre: Hermann Buhl. Únicamente tres personas han pasado a la historia por haber logrado pisar las cumbres vírgenes de dos montañas que sobrepasan los ocho mil metros. Una de ellas era Hermann Buhl que lo lograba en 1957 (hace ahora exactamente 50 años) cuando su expedición austriaca llegaba a la punta más alta de las tres jorobas del Broad Peak. Cuatro años antes, Buhl había protagonizado una de las hazañas más increíbles en la historia del alpinismo, al conquistar en solitario la cima del Nanga, derribando el mito de la llamada “montaña asesina” y “montaña del destino” para los alemanes. El 20 de Julio de 2005 pude disfrutar de esa misma cumbre con mis compañeros de “Al filo de lo imposible”. Para mi era mi primer ochomil. Ahora, 20 de julio de 2007, estoy camino del segundo: el Broad Peak. No creo en el destino pero, por si acaso existe, hay una cosa que no pienso hacer: si lograse pisar su cima no pienso ir después a escalar la magnifica montaña del Chogolisa, donde Buhl perdió la vida una semana después de descender del Broad. Muy cerca de su cumbre, desapareció en el abismo cuando él y un joven Kurt Diemberger se retiraban huyendo de una tormenta. El azar puede ser caprichoso, y no voy a ser yo quien lo ponga a prueba.

Poco a poco el día gana terreno y llegamos, por fin, al primer descanso. Son las cinco de la mañana y también el primer momento de optimismo. Con la luz del alba parece que el collado esté más cerca. Tengo la cantimplora dentro del mono de plumas para que no se congele el agua. Funciona. Cuando subía al Nanga Parbat, me quedé enseguida sin líquido y fue un error que estuve a punto de pagar muy caro. Se congeló el agua nada más salir de la tienda y estuve todo el día sin hidratarme. Regresé casi al límite al campo IV. Nos ponemos de nuevo en marcha. Media hora después vivo el peor momento: la nieve está todavía peor que antes, mucha cantidad y muy blanda. Nos hundimos y nos hundimos, y el collado sigue lejos, muy lejos. Falta poco desnivel, pero un mundo de nieve se interpone en nuestro camino. Y las nubes siguen amenazando nuestro sueño. Pasan los minutos y las horas (en altitud se aprende enseguida la relatividad del tiempo). Al fin llegamos al collado. Son casi las 10 de la mañana. El viento en el collado es realmente fuerte, pero sabiendo que es un sitio muy expuesto, una puerta siempre abierta, nos paramos más adelante. Es la segunda parada del día. Realmente el viento aquí no resulta tan insoportable. Sabemos que es la primera parte de la cumbre, aunque si no logramos recorrer toda la arista de poco nos servirá. Recuerdo, con cierta pesadumbre, como los cuatro austriacos de la expedición de Buhl debieron bajarse desde la antecima, para luego volver a subir a la verdadera cumbre.

Eshter en la cumbre del Broad.- Foto: Col. Esther SabadellEshter en la cumbre del Broad.- Foto: Col. Esther Sabadell

Ahora viene la parte más técnica. Una arista espectacular que nos conduce a una falsa cumbre de más de ocho mil metros. Tardamos unas tres horas. De ahí a la cumbre principal queda poco más de una hora, pero hay gente que, extenuada, al límite de sus fuerzas, se retira. ¿Es realmente llegar a una cumbre de ocho mil metros? A mí me parece que sí se lo merecen. Aunque para los que persiguen los catorce ochomiles del planeta, no se considere como una de ellas.

Las nubes, el viento y la hora. Ninguno de los tres parámetros juega a mi favor, pero sigo, estoy tan cerca… Se rasga un poco el velo de las nubes densas que nos envuelven y veo la arista final. Un tramo fácil pero muy espectacular. Avanzo y veo al fondo puntos de color ¡Gente en la cumbre principal! Se tapa de nuevo y me enderezo, a ciegas, a la ilusión de un instante. En menos de una hora llego al final de esta hermosa arista de roca y hielo, que separa Pakistan y China, de Broad y Peak, de sueño y, ahora, realidad…

Juanjo viene a abrazarme. Un instante de calor y sentimiento entre el fuerte viento de cumbre. Luego Valentín Giró, y de repente todo parece menos difícil. 8047 metros, tres semanas de campo base, aclimatación, equipar campos de altura, alguna puesta de sol inolvidable, la silueta del K2… y ahora en la cumbre, sin ver más que blanco. Nubes, viento, cansancio. Son las 14:10h, hora de bajar. Estoy muy cansada, llevo más de 14 horas intentando llegar a este lugar ¿y que premio tengo? Ni siquiera, esta vez puedo disfrutar del paisaje (seguramente uno de los más bellos del planeta). Sólo el color blanco me recibe en la cumbre y el abrazo cálido de mis compañeros. Así ¿qué recibo a cambio de este infinito esfuerzo…? Ahora no es hora de reflexiones. Estoy muy cansada y la bajada es muy larga.

A las 14:30 iniciamos el descenso. Lentamente, con precaución, un paso y luego otro. No es difícil, pero un fallo puede resultar letal. Toda mi concentración en, me parece ahora, sencillos y ridículos movimientos. Continuamente paro a coger aire y descansar. Es el tiempo que se detiene mientras el reloj corre a toda prisa. Se hace de noche y finalmente llego a las 21:45h al campo 3: 22 horas después de dar mi primer paso hacia la cumbre. Llego a la tienda y me meto en el saco tal y como estoy. Cansada, pero contenta.

Mientras cierro los ojos pienso que me hubiera gustado, al menos, ver en el horizonte el Nanga Parbat. Como le ocurrió a Hermann Buhl, el gran Buhl, Buhl el del Nanga, cerrar un círculo que tiene que ver con nuestra vida. Hace dos años llegué a su cumbre. Llegué después de un largo proceso de superación personal. Superación personal para vencer las lesiones causadas por un grave accidente de montaña. Accidente de montaña que me apartó durante un año de mis sueños. Sueños que recuperé en la cumbre del Nanga Parbat. Lloré en mi primer 8000, he llorado ahora en mi segundo. Pero son lágrimas distintas. Las primeras eran por alcanzar algo que me resultaba imposible imaginar. Estas de ahora por haber logrado algo posible, pero tan difícil y bello que parece irreal. Bello no por lo que entra por la vista, sino por lo que entra por el alma. Este es mi premio. Saber luchar por los sueños, sea el sueño que sea. Lanzarse a por ellos sin dejarse apartar por nadie ni por nada. Hacerlo para aprender de tus propios sueños. Eso he recogido en la cumbre del Broad Peak y eso dejo en las eternas nieves blancas de Hermann Buhl».

Esther Sabadell, Expedición Al Filo de lo Imposible al Broad Peak 2007

 

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