Heinrich Harrer y la importancia de la cordada

Hoy, en el aniversario de la muerte de Heinrich Harrer (7 de enero del 2006), publicamos el último capítulo de su libro «La araña blanca, la historia de la pared norte del Eiger», en el que nos habla sobre la que consideró una de las experiencias más positiva de su vida. la cordada.

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Heinrich Harrer
Heinrich Harrer

Hoy, en el aniversario de la muerte de Heinrich Harrer  (7 de enero del 2006, a los 93 años), publicamos el último capítulo de su libro «La araña blanca, la historia de la pared norte del Eiger«, en el que nos habla sobre la que consideró una de las experiencias más positiva de su vida: la cordada.

Dos hechos marcaron la vida de Harrer: la primera ascensión de la cara norte del Eiger con Anderl Heckmair, Fritz Kasparek Ludwig Vörg el 24 de julio de 1938. Y su estancia de  Siete años en el Tíbet donde conoció al Dalái Lama, que relató en su famoso libro, que en 1997 se llevó al cine en la película protagonizada por  Brad Pitt.

La importancia de la cordada (último capítulo del libro «La araña blanca»)

La araña blanca. La historia de las escaladas en la pared norte del Eiger por Heinrich Harrer. Ediciones Desnivel
La araña blanca. La historia de las escaladas en la pared norte del Eiger por Heinrich Harrer.

Hace sesenta años que los jóvenes alpinistas que éramos nosotros entonces, alegres y plenos de iniciativa, iniciamos la escalada de la Pared Norte, cuya historia he tratado de relatar aquí. El ser humano tiene derecho a cambiar y, según mi opinión, debe incluso hacerlo, pues la vida significa en realidad seguir desarrollándose.

Y así, hoy día veo muchas cosas de manera diferente a como lo hacía hace sesenta años. La construcción de la vida, orgánica y por etapas, es lenta y exige paciencia y constancia. Se necesitan modelos ejemplares que sean para uno a la vez ejemplo y estímulo. Hay que aprender a respetar y reconocer los logros de los demás, pues quien quiera ser valorado tiene que saber valorar a los demás.

«Como ideal imagino un hombre dotado de creatividad que tiene una idea, que consigue llevar a cabo y que, después, consigue describirla de una manera comprensible»

Y así pues, no veo problemas generacionales. En todo caso esos problemas no deberían existir, aunque, desgraciadamente, muchas veces se creen artificialmente. Nosotros, los mayores, debemos alegrarnos de que sigan existiendo jóvenes y prometedores alpinistas que sobresalen en la multitud por su iniciativa y fantasía.

Los jóvenes, a su vez, que alcanzan hoy logros más importantes, deben reconocer que para conseguirlos necesitaban tener esos predecesores que les allanaron más de un camino.

Como ideal me imagino –como es el caso los exploradores e investigadores– a un hombre dotado de creatividad que tiene una idea –yo suelo decir que tiene «truco»–, que consigue llevarla a cabo y que después –y quizás sea esto lo más difícil– consigue describirla de una manera comprensible para todos.

A menudo me preguntan por qué me he suavizado tanto en lo que concierne a enjuiciar a personas y cosas. Es ciertamente un privilegio de la edad haber aprendido a ejercitar la tolerancia y a no emitir juicios demasiado precipitados.

«No me gustan todas esas palabras como «victoria», «triunfo», «dominación» y «conquista de la montaña»

Annapurna primer ochomil portada libro Maurice Herzog
Annapurna primer ochomil portada libro Maurice Herzog

Ésta es la razón por la que ya no me gustan todas esas palabras como «victoria», «triunfo», «dominación» y «conquista de la montaña». Pienso que la motivación para escalar montañas no tiene que formularse imperativamente de manera tan altisonante como, por ejemplo, «autorrealización», o bien «alcanzar los últimos límites de la propia persona», y otras muchas palabras y frases grandilocuentes de ese tipo.

Naturalmente, los récords tienen que existir y son, además, parte integrante de nuestra época. Pero, citando la acertada expresión de Walter Bonatti, «¿es realmente necesario dejarse utilizar como «instrumento publicitario de gente que sólo quiere hacer negocio?»

Deseo repetir aquí nuevamente las palabras de Julius Kugy, explorador de los Alpes Julianos, refiriéndose a cómo, según él, debe ser el alpinista: «genuino, bien educado y discreto».

Esto no quiere decir que para conseguir éxitos no sea necesario tener un sano concepto de sí mismo, que debe ir unido a ser consciente de las facultades que cada uno posee. Viktor E. Frankl, Profesor de Neurología y Psiquiatría austriaco de fama mundial, dijo lo siguiente en su discurso pronunciado con motivo de la celebración del 125 aniversario de la Asociación Austriaca de Alpinismo: «El deporte de competición está formado por competidores y rivales. El alpinista, sin embargo, compite y rivaliza sólo con una persona, que no es otra que él mismo. El alpinista se exige algo a sí mismo, un logro deportivo, quizás, pero también se exige a sí mismo saber renunciar, si es necesario.»

«Llega el día en el que uno se da cuenta de que el camino hacia la cima queda grabado tan gratamente en la memoria como la propia cima»

¿Es que siempre tienen que ser éxitos superlativos lo que necesitamos los alpinistas? Nada se desgasta tan fácilmente como esos éxitos. Y además, forzosamente, ese tipo de éxito es imposible sobrepasarlo, ya que un día se llega a tocar techo. Los éxitos extraordinarios son precisamente eso y nada más: extraordinarios.

Yo admiro y adoro el clásico understatement inglés, o aún dicho más fácilmente: la alegría. El amor por la montaña, por la naturaleza; un amor que para mí siempre ha sido lo más natural del mundo durante todas mis escaladas y expediciones, algo que disfrutaba y respetaba, algo que nunca intenté someter ni vencer. Y así llega el día en el que uno se da cuenta de que el camino hacia la cima queda grabado tan gratamente en la memoria como la propia cima.

¿No es ese lado inexpugnable, indomable, que posee la naturaleza, lo que fascina al ser humano una y otra vez? Es la incertidumbre, el ansia de descubrir algo nuevo lo que llevó a Alexander von Humboldt, a Karl von den Steinen, o a Alfred Wegener a salir por esos mundos y conocer todo tipo de aventuras.

«Una montaña carismática como el Eiger incita fácilmente a la exageración a la hora de redactar un relato»

Nunca podrá existir una aventura reservada por adelantado, y, por tanto, incitar a la gente a la aventura es absurdo. Una aventura no puede estar limitada en el tiempo, por lo que un viaje de aventuras reservado a un ochomil –viaje que deberá forzosamente terminar el día del vuelo de regreso– no puede existir.

Una montaña como el Eiger, con una pared que sin duda merece el calificativo de «carismática», incita fácilmente a la exageración a la hora de redactar un relato, pues cuanto más impresionante sea el objeto tanto mayor será el peligro que conlleva, y, por tanto, el escritor debe hacer continuamente un esfuerzo por informar de manera objetiva e imparcial.

Yo ya hace tiempo que he llegado a una edad en la que uno analiza y reflexiona sobre lo que ha vivido, y que, en mi caso, está contenido en muchos diarios personales. Durante la época de intensa actividad física, la motivación por la cual se escala esa montaña precisamente, y no otra, o se explora aquella isla, y no otra, se encuentra profundamente escondida.

Son las frecuentes preguntas de las personas ajenas sobre el porqué, en realidad, las que nos llevan a reflexionar. Pero uno tendría que evitar desear vivir de las sensaciones, pues nada es más efímero que eso, y una vez que la sensación se acaba, nadie quiere saber más del asunto.

En este sentido el Eiger constituye también un buen ejemplo. Para los habitantes de Grindelwald los sucesos de la Pared Norte forman parte de lo cotidiano desde hace tiempo, y casi nadie se fija ya allí ni siquiera en los helicópteros de salvamento.

«En el Eiger nos conocimos como competidores, en la Pared Norte nos hicimos compañeros y hoy somos amigos»

Hay una experiencia, sin embargo, que deseo calificar únicamente como positiva: se trata de la cordada. Durante toda mi vida me he declarado valedor de ella, y precisamente la cordada –en el sentido más amplio de la palabra– me parece tan importante que incluso le he dedicado este libro. A mi avanzada edad puedo decir que he estado –y sigo estando– en la feliz situación de haber tenido siempre un compañero de cordada.

La primera vez que fui consciente de ese regalo fue cuando estábamos realizando a cuatro la primera ascensión de la Pared Norte del Eiger. Hoy ya sólo siguen en vida dos de aquellos compañeros de cordada: Anderl Heckmair, y yo.

Anderl describió nuestra cordada –que ya dura sesenta años– así: «En el Eiger nos conocimos como competidores, en la Pared Norte nos hicimos compañeros y hoy somos amigos.»

Siete años en el Tíbet: la historia del trabajo en equipo de una cordada

Una de mis cordadas más importantes fue aquélla formada con Peter Aufschnaiter. Esa cordada tuvo su prueba de confirmación en el curso de nuestra huida durante dos años a través del Himalaya hasta llegar a Lhasa [relatada por Harrer en su famoso libro «Siete años en el Tíbet«].

Ninguno de los dos hubiera alcanzado la meta sin el otro. Ya sea porque en las heladísimas noches de hasta cuarenta grados bajo cero nos dábamos mutuamente calor poniéndonos espalda contra espalda, o bien porque nuestro firme propósito de no separarnos nos protegió de ser asesinados por los ladrones.

En aquella época aprendí que los hombres pueden ser hermanos, independientemente de sus respectivos lugares de origen y destino. Fue la lucha cotidiana común contra unos obstáculos poderosísimos, así como la situación exterior y mental lo que nos unió de esa manera, creando la cordada que se mantuvo viva hasta la muerte de Peter.

Mal terminó, sin embargo, una cordada que planeaba algo parecido a lo que conseguimos Aufschnaiter y yo. Ludwig Schmaderer era un famoso alpinista muniqués que había sido el primero en realizar la escalada de la Arista de Peuterey al Mont Blanc. Él también estaba internado en el campo de prisioneros de Dehra Dun, y, como ambos nos interesábamos por el alpinismo, hicimos amistad. Estrechamente unido a H. Paidar –hecho prisionero junto a Ludwig en Sikkim tras la primera ascensión al Tent Peak, de 7.365 metros de altitud–, decidió huir con su compañero.

En 1945 consiguieron evadirse del campo. Siguiendo nuestras huellas a lo largo de la orilla del alto Ganges llegaron al valle Spiti, desde donde Aufschnaiter y yo el año anterior habíamos alcanzado finalmente el Tíbet después de pasar dos puertos de casi 6.000 metros de altitud. En esa zona consiguieron obtener alimentos en un pueblo.

Alentados por la facilidad con la que habían conseguido comprarlos, decidieron aumentar sus provisiones. Schmaderer volvió al pueblo y Paider se quedó con el equipaje. Este fue el fallo de Schmaderer, quien, por lo demás, era siempre muy precavido: ¡la cordada se había separado! Schmaderer fue asesinado por la espalda a pedradas. Su cadáver yacía en el lecho de un río.

«El alpinismo es uno de los pocos deportes en los que se pueden conseguir éxitos en equipo y en solitario»

Los años anteriores a la guerra marcaron la época de las grandes expediciones alemanas al Nanga Parbat y Kangchenjunga bajo la dirección de Paul Bauer, cuyos equipos, llenos de armonía, estaban compuestos por excelentes cordadas.

Naturalmente, hoy todavía existe la cordada en montaña, pero aquellas famosas de los primeros años han sido desbancadas por alpinistas en solitario, por individualistas. El alpinismo es ciertamente uno de los pocos deportes en los que se pueden conseguir éxitos en equipo y en solitario, pero es algo propio de nuestra época actual darle más fama y publicidad al solitario.

Existen patrocinios, se gana dinero y, como no, hay que conseguir éxitos. Es una nueva forma de competición. Se busca lo nuevo, se guardan celosamente los planes ante el miedo de que alguien pueda conocerlos y adelantarse. Estamos, pues, ante una situación que puede que tenga su razón de ser.

«Nunca se debe se debe subestimar a la cordada, pues con la cuerda que une y salva, el compañero fuerte puede ayudar al más débil»

Deseo citar aquí las palabras del octogenario Catón: «¡Siempre es difícil justificarse ante una generación que no ha vivido con nosotros!». Séame permitido,  por ello, estar algo triste cuando pienso en las cordadas de antaño y compruebo que hoy son tan poco frecuentes. Tanto en la vida como en la montaña hay «desplomes» que son más fáciles de superar con un compañero.

Nunca se debe subestimar a la cordada, pues con la cuerda que une y salva, el compañero fuerte puede ayudar al más débil, y tiene que experimentarse ciertamente una gran sensación de agradecimiento y liberación cuando un accidentado que se encuentra en una situación desesperada es devuelto nuevamente a la vida con la cuerda de la que tira su compañero y salvador.

Con posterioridad a Anderl Heckmair y Peter Aufschnaiter formé parte de otras «cordadas» que recuerdo con agradecimiento. En Nueva Guinea, por ejemplo, donde con un acompañante visité tribus que nunca antes habían visto a un hombre blanco y ante cuyo comportamiento se podía reaccionar mejor siendo dos que uno solo. O años más tarde, con mi amigo el rey Leopoldo de Bélgica, con quien formé una interesante comunidad de intereses que se complementaba maravillosamente.

Pienso asimismo en los días pasados con los hombres primitivos de los Andamanes, o también en las tribus indias del Amazonas. Nuestra cordada se creaba de forma natural, haciéndose responsable de lo que se comparte y se tiene en común, aunque no se hable mucho de ello, y también, como no, de la disposición a sacrificarse. Éramos compañeros tan ideales que podíamos vivir conjuntamente lo que llevábamos dentro de nosotros sin expresarlo.

«La cordada más importante: la que formamos con la persona con quien compartimos la vida»

Hoy, cuando me ha sido concedida la suerte de mirar hacia el pasado y pasearme por mi vida pasada, deseo como colofón referirme a aquella «cordada» que quizás sea la más importante: la «cordada» que formamos con la persona con quien compartimos la vida. Si se nos concede la suerte de encontrar nuestra pareja, alguien de confianza, leal y parecido a nosotros en esencia, compañero y confidente en todas las situaciones de la vida, entonces se podrá superar más fácilmente cualquier desplome, subida o bajada.

Un matrimonio o unión que se basa en una profunda confianza y respeto, construido con esfuerzo y gran simpatía mutua, es la base de una «cordada» entre un hombre y una mujer que puede aportar muchas cosas buenas en ese camino a dos. Y así se puede formar esa bella unión de lo indestructible e intacto entre seres humanos, que es el arte de vivir más elevado.

Hoy día, época en la que los hombres y las mujeres trabajan conjuntamente en casi todos los campos, se conoce bien el contenido y el éxito de tales «cordadas». Y aún podríamos extender hasta el infinito esa idea de la cordada y describir muchas de sus fructuosas posibilidades. Pero estoy escribiendo aquí el libro del Eiger, y he tomado esta palabra de la montaña en su primer significado para luego utilizarla en un sentido más amplio. Por esta razón deseo dedicar este libro a todas las cordadas.


 
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