TRAVESÍA POLAR

La dureza del Ártico

Diez años después, una expedición occidental volvió a recorrer el noroeste de Groenlandia. Juan Manuel Sotillos se sumó a esta aventura polar.

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Puesta de sol en el ÁrticoPuesta de sol en el Ártico

Como metidos en el túnel del tiempo en el que retrocedimos unos cien años,o más, seis locos por la aventura nos embarcamos en una expedición pararecorrer el Alto Ártico Groenlandés con el fin de emular, de reproducir lahistoria, del legendario Knud Rasmunssen, el primer explorador aventurero querealizó íntegramente la travesía de la bahía de Melville desde Kullorsuaqhasta Savissivik en el noroeste de Groenlandia con trineos tirados por perros. Aél, en aquél entonces, en 1902, le acompañaban en la empresa Mylius Erichseny Jorgen Bronlun, este último esquimal, formando los tres la denominada «DanishLiterary Expedition».

Ahora, casi cien años después, Ramón Hernando de Larramendi y AlfredoMartínez de Madrid, José Ignacio Perruca de Teruel -que, afortunadamentealgunos ya sabemos que también existe-, Remi Salin de Segny (Francia), y losvascos Juan Maiztegi de Oñati y Juan Manuel Sotillos de San Sebastián nospropusimos hacer lo propio: cruzar la tan magnífica y grandiosa como inhóspitay legendaria bahía de Melville a la antigua usanza, es decir, con perros quetiraban de nuestros trineos y con cazadores y pescadores esquimales autóctonos.

La experiencia, dura del todo, resultó ser única. La travesía de unos 350kilómetros presentó todas sus caras en forma de cruel dureza. Viajar en lostrineos con semejante espectáculo visual a nuestro alrededor reportando unmaravilloso paisaje que se convirtió en un aliado especial a lo largo de losdiez días que nos llevó atravesar la larga bahía de Melville justificó todaesa dureza de la que conseguimos sobrevivir en el duro Ártico con temperaturasde hasta cuarenta grados bajo cero, fuertes ventiscas, días sin noche, frío,frío y frío. Más aún: Vivir y convivir con los cazadores fue enriquecedor altiempo que contradictorio. Toda la vivencia resultó ser un compendio de nuevassensaciones, sintiendo en lo más profundo de nuestro ser, lo que hace cienaños sentían esos avezados exploradores y aventureros que, con el único findel instinto de supervivencia como bandera, fueron descubriendo este maravillosomundo que nos rodea. A ellos les encandiló las heladas tierras y los marescongelados para desarrollar sus aventuras. A nosotros también. Y por eso fuimosa Groenlandia, aún a sabiendas de que la dureza del Ártico se iba a mostrar ensu más amplio sentido de la palabra. Y no nos defraudó. El Ártico demostró,una vez más, su extrema dureza.

Elecciones en Upernavik

Buscando la rutaBuscando la ruta

Kangerlusuaq fue el punto de entrada -vía Copenhague-, a Groenlandia. Desdeallí volamos a Upernavik, donde pasamos nuestra primera noche ártica. Unhelador frío nos recibió en aquél maravilloso pueblecito de pescadores. Lascasas de colorines resaltaban en las laderas heladas y nevadas donde estabanubicadas. La bahía con sus icebergs atrapados en el hielo, los barcos apresadosen la nieve, la poca gente del lugar que se veía deambular por las calles, erael magnífico y hasta desolador paisaje de aquél remoto lugar. En elrefugio-hotel de la villa pudimos celebrar/participar de la fiesta con losganadores de las elecciones que ese martes 3 de abril había en Upernavik. Noera una fiesta multitudinaria, pero no porque no acudieran los simpatizantespolíticos, sino porque en definitiva la población es pequeña. Allí estabanlos ganadores, recibiendo aplausos de sus seguidores. Y allí estábamosnosotros intentando cantar en esquimal sus canciones de éxito de su partidopolítico.

El helicóptero, después de un vuelo fascinante por la banquisa del noroeste deGroenlandia con un paisaje altamente espectacular, posó sus patines en elpequeño helipuerto de Kullorsuaq. Un frío de justicia helaba los pelillos dela nariz y ponía blancas las pestañas. Cargamos las cosas en un trineo y atirar de él. Era nuestro primer contacto con el tiro de trineo, en este caso,el tiro lo formábamos algunos de nosotros con la ayuda, siempre agradecida, delos esquimales. A las ocho de la tarde teníamos reunión con los cazadores queiban a ser nuestros compañeros de viaje a través de la bahía. Dos de ellos,ya la habían atravesado el pasado año. Este 2001 todavía nadie se ha lanzadoa pasar al distrito de Thule, donde íbamos nosotros. Y estos dos, Peter yJacob, eran expertos cazadores de osos y de focas, los otros cuatro, Otto, Marti,Uli y Kuru también manejaban los rifles con soltura -digo los, en plural,porque siempre llevan más de un rifle ¿por si falla uno?…

Una mañana con el gran esquimal

Uno de los campamentosUno de los campamentos

La mañana en Kullorsuaq transcurrió entretenida. Tras instalarnos en lacasa de la comunidad -tienen en estos pueblos una casa comunal, bastanteabandonada por cierto-, fuimos con Ramón a casa de Nicolaj Jensen. Abrazos deamistad. Nicolaj reconocía a Ramón. Hacía 10 años justos que el jovenmadrileño estaba allí mismo con la idea de atravesar la bahía de Melvillecomo parte del viaje circumpolar que emprendiera Hernando de Larramendi y quetardó tres años en ejecutar. Y se conocían porque Ramón viajó a través dela bahía con Nathania, uno de los hijos de Nicolaj, al que también tuvimosocasión de saludar.

Nuevamente Qimusseriarsuaq vuelve a ser el objetivo de Ramón, y porañadidura el nuestro. Esta palabra significa en groenlandés Bahía de Melville.Y Nicolaj, ya con 75 años -lo supimos no porque nos lo dijera, sino porque enuna de los múltiples cuadros y recuerdos que guarda la casa, es una especie dediploma en su 75 aniversario de vida que comparte pared con otros motivosreligiosos, fotos familiares de antaño, y otros reconocimientos a la persona deNicolaj-, recuerda las 89 veces que ha cruzado la bahía desde que lo hicierapor primera vez en 1962 y por última en 1995: «Una vez hice este recorridode unos 400 kilómetros en menos de tres días», recordaba con orgullo.Estuvimos en su casa un par de horas y podríamos haber seguido escuchando sus’batallas’ cruzando la bahía, cazando focas y osos, siempre al amparo de susmágicos perros que le transportaba en su trineo de madera. Nos despedimos consentidos apretones de manos como deseándonos suerte en nuestro empeño decruzar la Qimusseriarsuaq.

Antes de las ocho de la tarde, Juan y yo paseábamos por el pequeño pobladoesquimal. De repente nos reclama un señor para que vayamos a su casa. Así lohacemos. No habla inglés pero a través de ese idioma mundial que son lasseñas vamos entendiéndonos. Nos presenta a su mujer, a sus hijos que porcierto, están algo enfermos con fiebre y catarro. Quieren que nos hagamos fotoscon ellos. Nos dan, ¡como no! carne de foca para que comamos. Juan la ingieremejor que yo. A mí me cuesta. Está cocinada. Parecen alubias rojas por elcaldo tan oscuro que desprende, pero, sin duda, es foca… En un momento, aquélhombre empieza a manosear a su mujer. Evidentemente está en su perfectoderecho, pero… ¡delante nuestro!, parecía como si estuviese insinuando algoacerca de su mujer. No entendíamos o más aún, creo que no queríamosentender. Nos parecía ya la situación un poco demasiado tensa, así que antesde que la cosa fuera a más, nos despedimos amigablemente y nos fuimos a lareunión con nuestros cazadores.

Carne y pescado congelados

Luna llena sobre el plató groenlandésLuna llena sobre el plató groenlandés

«Elegir a vuestro cazador», nos dice Ramón, al par que el resto delos occidentales nos sorprendemos. Al final dejamos que elijan ellos. Nos’emparejamos’ para ir en el trineo pensando quizás en repartir los pesos. A míme elige Otto, un esquimal un poco rellenito. Juan irá con Peter. Ramón con elmás veterano y mejor cazador, Jacob. Uli con Remi, Alfredo irá con Marti yNacho con el joven y ambicioso Kuru. Tras realizar las últimas compras ypreparativos, el jueves 5 de abril nos ponemos en marcha. La preparación de lostrineos ha sido duradera, pero al fin, salimos. Antes besos de despedida dealguna esposa que ha venido a decir adiós a su marido. Comienzan los chasquidosdel látigo, las instrucciones vocales a los perros y con ello comenzamos a’navegar’ por la bahía de Melville. Todavía tardaríamos unas horas en dar lavuelta al cabo hasta perder de vista la zona de Kullorsuaq. En las cercaníastodavía de la aldea esquimal paramos a recoger en un par de agujeros que tienenya hechos los esquimales, otras tantas focas que nos servirán de comida a lolargo de la travesía. Vamos avanzando y adentrándonos cada vez más en el mar.Ya está lejos la costa. Hacemos una paradita que sirve para picar un pocofletán crudo y narval, también crudo, pero congelado. Era como comer unaespecie de polo de pescado. Suficiente de momento para ir tirando. Estábamos yacon los cazadores esquimales y nos limitábamos a ser su imagen y semejanza.Alcanzado un punto montamos el campamento.

Esto se realiza de la siguiente manera: Se descargan los trineos que vancargados con comida para perros y hombres (foca, fletán, narval -todo elloperfectamente congelado sin necesidad de frigorífico ni congelador) y piensopara perros, además de material y comida tanto de los esquimales como nuestro(un poco de pasta, algunos frutos secos, arroz, te y poco más; pensando quenuestra diera sería principalmente producto de la caza), además de las tiendasy pieles de caribú de los nativos. Se juntan dos trineos y se pone lacarpa/tienda encima sujetada con las lanzas y demás aperos esquimales a unperfecto puente de hielo que con mucha habilidad hacían los nativos. Un vezhecho esto se ponen los ‘primus’, infiernillos de toda la vida que funcionan congasóleo, en marcha y a calentar agua -producto de bloques de hielo que vamoscogiendo en el lugar de acampada-. Con ello se calienta igualmente la tienda quetiene como base las pieles de caribú. Encima irán los sacos, y cuando toquenretreta, a dormir, algunos con antifaz para evitar la cada día mayor claridadnocturna. Carne de foca cocida para cenar, un te y a la ‘cama’. Si íbamos seistrineos y se montan las tiendas cada dos, quiere decir que dormíamos cuatropersonas -dos esquimales y dos de nosotros-, en cada tienda. Alguna vez enalguna tienda dormíamos tres y por lo tanto en otra, cinco, pero los menosdías. Ellos casi dormían sin saco, nosotros, siempre en el saco, si bien,practicando la ‘cultura del hornillo’ consistente en tener toda la nocheencendido el fuego -toda o casi toda la noche-, no se pasaba tanto frío aldormir.

Mucha ropa para combatir el frío

Avanzando en plena ventiscaAvanzando en plena ventisca

A lo largo de la travesía durante los diez días se sucedieron jornadas detodo tipo. Días de ventisca, con lo que hacía casi imposible la progresiónpor la nieve blanda, siendo el esfuerzo de los perros excesivo. Cuando tuvimosespecialmente un día de ventisca muy fuerte, la decisión fue buscar en mediode aquél océano de hielo un iceberg para protegernos del viento y acamparallí. Ese día se avanzó poco menos de 10 kilómetros. Le sucedieron a estedía garrafal otros días de buen tiempo pero excesivo frío, bajando eltermómetro a los 39,6 grados bajo cero. Mucho frío. Demasiado. Y demasiadosdías seguidos con temperaturas por debajo de los 35 grados.


 

Durante la marcha, todos los días, al que le apetecía y podía, según lascondiciones del hielo, bajábamos del trineo para ir corriendo detrás de élcon el único fin de entrar en calor. El secreto era correr justo hasta elmomento de la sudoración. Entonces llegaba el momento de volver a montarse -porsupuesto en marcha- en el trineo. Algunos llevábamos cuatro capas de ropa en laparte de abajo -pantalones de lifa, polares, goretex, etc.- y hasta ocho capasde abrigo en la parte de arriba -camisetas de lifa, forros polares de diferentesgrosores, polartec, etc.-, y por supuesto en la cabeza pasamontañas, gorropolar, gafas de ventisca y de sol. En las manos guantes de forro polar y otrosencima. A mí me dejo Otto unos de piel de foca que me vinieron fenomenal parair haciendo fotos y filmar la aventura, si bien hacer ambas cosas ya era en síuna terrible aventura por el terrorífico frío que hacía para realizar estosmenesteres. En los pies llevábamos botas especiales para el Polo, las queutiliza el ejército canadiense que opera en el Alto Artico. Aún con toda estaropa, el frío se colaba siempre por alguna parte. El tema era no meter, cuandoíbamos andando o corriendo, los pies en el agua, es decir que no se te abrierauna grieta o pisaras hielo frágil. De todas formas, Juan y algún otro metimosel pie en el agua. A Juan le supuso una pequeña congelación en un dedo del piesin otras consecuencias más que las propias de cuidarse sobre la marcha.

Hielos e icebergs

Perros enterrados por la nievePerros enterrados por la nieve

Días de hielo caótico, días de bordes de presión, días de hielo frágil,días de hielo ondulante, días de nieve blanda… De todo hubo. Y todo ellohizo que la progresión se viera dificultada en el día a día. Una travesíaque deberíamos haber hecho en seis días, tardamos en realizarla diez jornadas.El hielo caótico, como la misma palabra lo dice quiere decir que trineos,perros y hombres, nos metemos en un caos de hielo formado por los pequeñosbloques que en el transcurrir de la congelación del mar se van haciendo.Atravesar estas zonas son verdaderamente un caos, buscando perros y esquimalesel mejor paso. Los bordes de presión se forman por el constante movimiento delas enormes placas de hielo que se forman en el mar helado y colisionar entresí. Tuvimos ocasión de ver ‘in-situ’ la colisión y resulta hasta estremecedorpor el ruido que se forma. Es del todo atractivo observar el lento choque de lasplacas sintiendo nosotros mismos bajo nuestros pies el movimiento de las mismas.En el hielo frágil, que muy bien conocían los perros, porque lo buscaban entodo momento, ya que deslizan enormemente mejor los trineos sobre la superficiehelada, corríamos el riesgo de que se rompiera. Era un peligro latente cada vezque nos introducíamos en el hielo frágil. En más de una ocasión nuestrosperros, lógicamente siempre por delante nuestro, cayeron a grietas de aguaabiertas en el hielo frágil. La reacción es sacarles rápidamente del aguatirando de su arnés, ellos se sacuden y continuamos la marcha con cuidado. Elhielo ondulante es un nuevo nombre que se nos ocurrió sobre la marcha. Sonplacas de hielo frágil en lo que vamos metidos y vemos con sorpresa, miedo yadmiración, como ondulan ante nuestros ojos. Es extremadamente peligroso yenseguida hay que salirse del mismo. El trineo de Peter y de Juan rompió unaenorme placa de hielo ondulante y frágil. No se fueron perros, trineo ypersonas al agua de puro milagro, llegándose a hundir un poco el trineo en elagua. Eran cosas cotidianas que pasaban en el día a día, dándole un ambientede verdadera aventura y riesgo a la expedición.

Días terribles

Atravesando una ventiscaAtravesando una ventisca

El tiro de perros de cada uno de los seis trineos variaba en función de loque el propio dueño de los perros, el propio cazador decide. Así, algunostrineos iban con un tiro de 16 perros y otros, como es el caso del de Otto ymío, llevábamos 12 perros. El primer día de travesía, a las seis horas demarcha, por nieve blanda, uno de los perros comenzó a renquear, no podíaseguir el ritmo de sus compañeros, así que dejaba su cuerda floja, con lo queel cazador le atizaba más para que tensara su cuerda y así coger el ritmo detiro de los demás perros. Pero el perro no podía. Paramos el trineo. El perroestaba totalmente extasiado. Incluso al retomar la marcha, el no podía, sedejaba arrastrar por le nieve y el hielo. Hubo un par de ocasiones que el propiotrineo le atropelló. Estaba claro, el perro no podía más. A la última, hartode parar y poniendo fin a su paciencia, Otto, paró el trineo y quitó el arnésa su perro. Yo ya estaba haciendo un hueco en mi sitio del trineo pensando enque el perro lo montaríamos a descansar y que se recuperarse. Con sorpresa,desgraciada sorpresa, atónito, veo como Otto desenfunda el fusil. Le digo quéva a hacer, o al menos le insinúo. Sin mediar palabra, un tiro seco en la nucaacabó con la vida de aquél pobre perro del que nunca supe su nombre. Yo mequedé sin habla. Montamos en el trineo y no dejaba de mirar hacia atrás viendoel cuerpo de aquél perro. ‘Nanok’ me decía Otto haciendo gestos como dellevarse las manos a la boca. Estaba claro lo que me decía. ‘Nanok’ significaoso en esquimal. O sea que no había duda de lo que me estaba intentando decir.Aquél perro sería comida para los osos.

Al alcanzar al grupo no sabía ni cómo explicar lo que hace una hora acababade vivir. El cazador había matado un perro de nuestro tiro. Ramón metranquilizaba fruto de su propia experiencia: «Sosiégate Juanma. Ten encuenta que son cazadores. Son esquimales. Un perro, llegado el momento, puedeser un estorbo para el resto de la manada, del tiro. Si no responde, lo que debehacer el cazador es matarlo por el bien de todos. Así no es obstáculo nilastre para sus compañeros y no gasta la escasa comida que se lleva para losdemás». Es como la ley del Artico. Aquél día comencé a comprenderlaviviendo esa primera terrible experiencia. Y no iba a terminar mi sobresaltoparticular con los perros porque al séptimo día de travesía, también denuestro mismo tiro, otro perro que dejó de tirar, hubo que abandonarlo, no sinantes pensar en que lo meteríamos en el trineo para que se recuperara. Pero esaera mi ilusión, como la del primer día. ¡Iluso! de mí…, la cruda realidad,era esa misma. Otto decidió dejarlo por imposible. No podía ser una carga parael resto. En esta ocasión mi mirada hacia atrás no cejó hasta que perdí devista al perro. Adiós al fiel amigo…

Matar para vivir
Y seguíamos con días duros sicológicamente hablando. Porque si titulamoseste reportaje como dureza en el Artico, la dureza se refiere a todos lossentidos: desde la dureza en sí de la propia experiencia vivida, a la durezafísica por el aguante y resistencia al frío y las ventiscas y a la durezasíquica por el tipo de vida que hemos querido vivir y sentir con los cazadores.Su dura vida. Para comer, tanto hombres como perros, teníamos que cazar. Y encuanto se presentaba la ocasión, en cuanto los avispados cazadores esquimalesveían una foca a lo lejos, paraban de inmediato el trineo, sacaban la escopetay ¡pum!. La foca para comer. Iban con sus ganchos a cogerla a través del hielofrágil no sin peligro ya que en cualquier momento se podría ir el esquimal alfondo del mar. Con una experiencia nata y neta, alcanzan la foca en el agua, porlo que se asoman hasta e mismo borde del hielo a por ella, y la traen haciadonde estamos. Sin mediar palabra se ponen manos a la obra. En alguna ocasiónlas despellejaron para aprovechar la piel. En otros la partían, se repartíanla carne, no sin antes degustarla cruda como el mayor de los manjares. Nosotrostambién la probamos cruda con el ánimo de cumplir con el ritual esquimal.¡Qué les voy a contar acerca de comer foca cruda!. A algunos de nosotros lesgustaba más que a otros. En cualquier caso había que probarla.

El El ‘Guggenheim’ del Ártico

Y me queda lo peor por contarles. No sé cómo empezar. Me resulta duro peroquiero contarles la realidad del Ártico, la realidad de la vida de loscazadores esquimales.

Desde el punto de la mañana comenzamos a ver huellas de osos. Iban, comotambién saben ellos, por el borde entre la nieve blanda -más costosa paraavanzar- y el hielo frágil. No sabíamos si veríamos osos o no. Así que lasprimeras fotos fueron para las propias huellas. Sin más. En nuestro avance porla bahía de Melville continuaban las huellas. De repente los trineos de los quecomandaban la expedición, el de Jacob y el de Peter, se paran. Han visto eloso, allí a lo lejos. Intentan explicarnos que está allí, junto al icebergaquél. Con los prismáticos, parece que lo vemos. Yo lo he visto. Montamos enlos trineos y seguimos nuestra marcha. En este tramo pienso que no veremos eloso, incluso, es más, creo que ha sido producto de mi imaginación el hecho dehaber dicho que lo había visto a través de los prismáticos.

Nada más lejos de la realidad. Allí estaba el oso. Detenemos los trineos.Nos quedamos quietos. El oso, en lugar de seguir en la nieve virgen, sale alhielo. Le vemos perfectamente. Y le vemos cómo viene hacia nosotros. Unasensación de nerviosismo empieza a invadirnos. Los esquimales como protecciónhan decidido cazarlo. Deciden igualmente entre ellos quién será el que locace. Será Kuru. Con pasos lentos pero firmes sigue el oso su progresióndirecta hacia nosotros. Me entra la duda de si viene a curiosear o algo másimpactante. No hay duda. Cuando el cazador lo tiene a tiro, dispara. El oso seretuerce, le ha dado en una pierna. Crece el desconcierto. La jauría de perros,como nosotros, también está nerviosa. Los esquimales esperan a tenerlo más atiro hasta que un disparo certero acaba con la vida del oso. Nos acercamos a sulecho de muerte, ya metido de nuevo en la nieve blanda. Los esquimales lo hacencon precaución. Dicen que a veces los osos heridos se hacen los muertos yresponden al ataque con sus potentes zarpazos. No es así en esta ocasión, eltiro ha sido mortal. Todos los tiros de perros pasan por olfatear al oso.Necesitan conocer el olor y sentir el animal de cerca para ayudar en suspróximas cacerías a los esquimales. Los perros son parte importante de susvidas y les enseñan a cazar y conocer a los osos para repeler posiblesagresiones y saber enfrentarse a ellos. Una vez hecho todos estos rituales,llega el turno del reparto. La piel, perfectamente sacada del oso, será para elcazador que han decidido entre ellos que lo cace. La carne y restos se repartenentre seis. Y de paso, mientras unos lo van partiendo, otro, está preparando unpuchero, haciendo agua caliente para cocinar un poco de oso y comerlo allímismo. Eso se hizo. Allí comimos todos. Es la vida del cazador. Lasupervivencia en su expresión más álgido. En aquél caso, el oso o nosotros.Los cazadores lo tenían claro. Además, son eso, cazadores, y es su forma devida, cazan para sobrevivir, para comer ellos. Con la piel seguramente se haránunos fabulosos pantalones, como los que llevan en la travesía, y como los quevisten para soportar el terrible frío. Es duro, pero es así. Supervivenciapura y dura.

A mí se me creó una disyuntiva mental de la que trato de superarme aquí,en casa. Una experiencia terrible para uno que se considera ¿protector? demuchas cosas y causas. Espero auto convencerme que se hizo lo que había quehacer. No puedo interponerme en la vida de los cazadores. Ante ellos soy unintruso y no puedo ni debo cambiar su ancestral forma de vida. Allí es así ypunto.

Experiencia única

Amanecer en GroenladiaAmanecer en Groenladia

Diez días, más de 350 kilómetros recorridos en un mar de hielo, conespectaculares icebergs apresados en el hielo que comportaban un magníficopaisaje, días de ventisca y frío, mucho frío, tardamos en alcanzar nuestroobjetivo en el poblado de Savissivik. Son las 17,30 horas de la tarde delsábado día 14 de abril. Doblamos el cabo. Se oye el replicar de campanas. Yase divisa el pueblo. Una fuerte pendiente, bajándonos del trineo para facilitara los perros la ascensión y una empinada bajada, ya montados en el trineo yademás frenando con los pies para que no atropelle a los perros, vaacercándonos al pueblo. Allí están todos sus habitantes en la calle. Estamosen Savissivik. Apretones de manos entre nosotros. Abrazos entre nuestros guíascazadores y sus familias. Hemos completado la Qimusseriarsuaq, hemos atravesadola Bahía de Melville por la que nos felicitan los nativos del lugar.

Hace cien años Knud Rasmunssen y sus dos colegas también fueron felicitadospor los ancestros de los que ahora nos felicitan a nosotros. Habían abierto unpaso entre Kullorsuaq y Savissivik, trayecto que sirvió a cazadores en busca deosos. Y recorrido que también sirvió a hombres para ir en busca de esposa a laregión de Thule ante la falta de féminas en su distrito. De ahí que en laactualidad existan lazos familiares entre ambas localidades groenlandesas. Peroahora la travesía ya no se hace. Los esquimales cazan más cerca de sus casas,regresando el mismo día. Una travesía de la que dicen da gran prestigio a losesquimales que la realizan por su extremada dureza. A nosotros nos dio la propiasatisfacción de participar en una aventura única. Exclusiva. Fue un placerconocer, convivir y compartir con los esquimales. Fue duro también precisamentevivir su propia vida, su cruda realidad.

Juan Manuel Sotillos


 
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