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David Lama y Conrad Anker dejan cuentas pendientes con el Lunag Ri

El austriaco viajó este otoño por primera vez a la aldea de Nepal donde nació su padre desde que es un alpinista reconocido. Junto con el estadounidense realizan un prometedor intento al Lunag Ri (6.907 m).

Autor: Desnivel.com | 2 comentarios | Compartir:

La última vez que David Lama había viajado a Phaplu, la aldea natal de su padre en Nepal, fue 15 años atrás, cuando no era más que un niño nacido en Austria hijo de un inmigrante nepalí. Hace tiempo que ese niño ha crecido y, por el camino, se proclamó campeón de Europa de escalada deportiva (2006) y de búlder (2007) y se ha convertido en un alpinista de renombre, capaz de algunas de las realizaciones más extremas del alpinismo de dificultad y la escalada alpina.

David Lama tenía marcado en bolígrafo rojo la fecha de su retorno a Nepal, pero no quería que fuera sólo un viaje de visita familiar, sino que su intención era hacerlo a lo grande, con un buen objetivo alpinístico en el Himalaya. Fue así como se fijó en el Lunag Ri (6.907 m), un pico virgen que, según afirma él mismo, tiene «la inusual combinación de una cima intacta y una escalada interesante, ya que a menudo las cumbres vírgenes no suponen demasiado reto desde la perspectiva alpinística. El Lunag Ri es muy difícil desde todas las vertientes. Esta afirmación se sustenta en el hecho de que muchas expediciones lo han intentado. Algunas se quedaron más cerca que otras, pero en ningún caso llegaron a la cumbre».

A continuación, llegó la cuestión del compañero de escalada, puesto para el que en esta ocasión eligió a un veterano del Himalaya con tanta experiencia como el estadounidense Conrad Anker. «Planeamos ascender la montaña por su cara noroeste», explica David Lama acerca de su expedición del pasado otoño.

Una ruta más difícil de lo esperado

Las condiciones demasiado secas de la rampa de hielo que tenían previsto utilizar para ascender hasta la arista en la parte alta de la montaña, que provocaban un mayor riesgo de desprendimiento de piedras, les obligaron a cambiar de ruta por otra más difícil situada un poco más a la izquierda: «Escalaríamos una pared de roca muy vertical hasta la arista noroeste, que seguiríamos hasta lo más arriba posible antes de vivaquear; planeábamos alcanzar la cima al día siguiente». Realizaron la aclimatación en el cercano Fox Peak (5.777 m) y en un par de semanas estuvieron listos para lanzar su intento.

Los dos alpinistas se dieron cuenta desde el mismo pie de vía que las cosas no serían nada fáciles. Además, tenían la añadida presión de saber que cuando el sol incidiera le diera de lleno a la pared, la parte alta se pondría peligrosa por el riesgo de caída de rocas. «En el primer largo, me esperaba roca vertical y extremadamente suelta, aliñada con hielo negro. Incluso tuve que quitarme la mochila para superar una incómoda chimenea. El terreno se mantenía difícil, y a primera hora de la tarde alcanzamos la arista: mala protección, mucha pendiente, nieve muy profunda y navegación compleja. A cambio, nos recompensó con una exposición espectacular».

Al anochecer, alcanzaron el lugar donde vivaquear, en una pequeña grieta bajo una gran roca que tuvieron que ampliar a golpe de pala. Una comida escasa y casi sin dormir, continuaron hacia arriba a las dos de la madrugada, a sabiendas que ese era el último día de la ventana de tiempo aceptable. Así que dejaron el material de vivac para ir lo más ligeros posibles.

Sin embargo la complejidad se mantuvo alta. Necesitaron 12 horas de esfuerzos a través de un terreno lleno de complejidad para llegar hasta la base del muro superior, a 300 metros de la cumbre. «El granito era mucho mejor que el de abajo y, en algunas partes, la escalada fue increíble; pero en ese punto, era el momento de poner en palabras lo que ambos habíamos temido durante mucho tiempo: la cima estaba fuera de alcance ese día, y un vivac a pelo o quizás dos sin saco ni tienda a temperaturas por debajo de -25ºC y fuertes vientos parecía demasiado arriesgado; hubiéramos puesto en juego algo más que nuestros dedos. Aunque la decisión no era fácil, estuvimos de acuerdo en que retirarnos era nuestra única opción razonable».

Los rápeles de bajada no fueron más fáciles que la subida y sólo bien entrada la noche alcanzaron su vivac. Al día siguiente llegaron exhaustos al campo base. «No alcanzamos la cumbre, que hubiera hecho que nuestra escalada fuera perfecta al cien por cien. En cambio, todavía conservamos nuestros dedos. Durante la bajada, los calentamos en los bolsillos. Seguro que serán de utilidad en nuestro próximo intento. Le hemos echado el ojo al segundo round en el Lunag Ri, para el año que viene«.


 
Comentarios
2 comentarios
  1. Que bien, el Conrad Anquer. es bueno ver que el alpinismo nunca pasa de moda.

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