Ana Alonso (Granada, 1994) es el otro gran nombre de los Juegos Olímpicos de Invierno de Milán-Cortina 2026 junto con el de Oriol Cardona. Ella también se ha colgado dos medallas en la cita olímpica, algo que ningún otro deportista español había conseguido anteriormente. En su caso han sido dos bronces: en la modalidad de Sprint femenina y la de Relevos mixtos.
Una vida ligada a la montaña
Nacida en Granada y profundamente vinculada a Sierra Nevada, Ana creció con la montaña como paisaje cotidiano y escuela de vida. Desde pequeña aprendió que el frío, el desnivel y el esfuerzo no eran obstáculos, sino parte del camino. Su familia fomentó ese contacto con la naturaleza, y pronto el esquí dejó de ser un pasatiempo para convertirse en vocación.
Quienes la conocen destacan su carácter sereno, reflexivo y constante. No es una deportista de grandes estridencias, sino de trabajo silencioso y disciplina férrea. En el esquí de montaña encontró una metáfora perfecta de su personalidad: subir paso a paso, gestionar el esfuerzo, mantener la cabeza fría en el descenso y saber sufrir cuando el cuerpo pide parar.
La forja del carácter
Ana desarrolló la combinación habilidades requerida para el esquí de montaña a base de madrugones, entrenamientos en altitud y una mentalidad metódica. Con esas credenciales ha conseguido éxitos deportivos a nivel internacional, entre los que destaca el título de campeona de Europa de Relevos mixtos en Flaine-Chamonix 2024 o la plata en el Campeonato del Mundo de Morgins 2025.
Pero su mayor prueba llegó cuatro meses y medio antes de los Juegos de 2026: fue atropellada mientras entrenaba en bicicleta y sufrió una lesión grave en los ligamentos de rodilla que puso en peligro no solo su temporada, sino su sueño olímpico.
La lesión la obligó a detenerse, algo especialmente duro para alguien acostumbrada a avanzar siempre. Durante la rehabilitación, más que el dolor físico, tuvo que gestionar la incertidumbre. Ese periodo reveló una faceta aún más profunda de su personalidad: paciencia, resiliencia y una fe inquebrantable en el proceso.
Milán-Cortina 2026: recompensa al sacrificio
Ana llegó al debut olímpico del esquí de montaña no solo como atleta, sino como símbolo de superación. Su doble medalla de bronce no ha sido únicamente un logro deportivo, sino la culminación de una historia de perseverancia.
Lejos de la euforia desmedida, ha celebrado sus éxitos con la misma naturalidad con la que entrena: agradeciendo a su equipo, a su entorno y a la montaña que la formó. Para ella, el podio fue importante, pero más aún lo fue demostrar que podía volver a su mejor nivel después de la adversidad.
Más allá de las medallas
Fuera de la competición, Ana es descrita como cercana y sencilla. Mantiene un fuerte vínculo con Granada y con Sierra Nevada, donde continúa entrenando y colaborando en la promoción del deporte de montaña entre jóvenes. Es consciente del impacto de sus logros y asume ese papel con responsabilidad, intentando transmitir valores de esfuerzo, respeto por el entorno natural y trabajo en equipo. Su historia no es solo la de una doble medallista olímpica, sino la de una mujer que aprendió que las cimas no se conquistan de golpe, sino paso a paso. Y que, a veces, el mayor triunfo no es llegar arriba, sino levantarse cuando la montaña te obliga a detenerte.









Hombre, decir que compitió 'con los ligamentos rotos' es mucho decir, además de imposible. La recuperació ha sido fantástica y muchos más rápida de lo esperado, pero no ha competido con los ligamentos rotos.