Walter Bonatti, montañas maestras

Hoy es el aniversario del nacimiento de Walter Bonatti. Uno de los personajes claves de la historia del alpinismo.

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Walter Bonatti y Rossana Podestà en su segunda visita a la Librería Desnivel (2008)  ()
Walter Bonatti y Rossana Podestà en su segunda visita a la Librería Desnivel (2008)

Tengo un amigo en Australia. Muy montañero el tipo. De los que hacen caso a aquella cita de Maurice Herzog: «No es más quién más alto llega, sino aquel que influenciado por la belleza que le envuelve, más intensamente siente». Y le he escrito un e-mail para contarle que había cruzado unas palabras con Walter Bonatti. «Con Bonatti, macho». Mi amigo me leerá desde el otro lado del mundo y podrá tenerme envidia. De la sana, claro.

Además, Walter Bonatti, ha llegado con una buena noticia para la montaña. Se ha reescrito la historia del K2, aunque solo sean unas líneas, y de las más oscuras. Hace 54 años que la vieja disputa se viene alimentando. Nacida ésta a 8.100 metros, durante la que sería la primera ascensión a la montaña de las montañas. Al K2. Lino Lacedelli y Achille Compagnoni, tras una lucha homérica plantaban el noveno campo de altura a 8.100 metros, según su versión. Cincuenta metros más arriba, y fuera de la ruta, según Bonatti. Esa diferencia sería insalvable para Bonatti y el hunza Mhadi, cuando ascendían de noche portando las dos botellas de oxígeno necesarias para el ataque final. 20 kilos cada botella. Nunca llegarían a acceder al campo de Lacedelli y Compagnoni, por lo que pasaron el peor vivac imaginable. Por encima de los ochomil y a pelo. A Bonatti se le acusaría de haber tratado de llegar a la cima arriesgando la vida de Mhadi y de haber consumido en su intento todo el oxígeno necesario para el ataque de Lacedelli y Compagnoni.

Cuando la providencia lo permitió, Bonatti y el hunza descendieron, dejando el equipo de oxígeno que más tarde recogerían Lacedelli y Compagnoni antes de volver a ascender, llevando a la expedición liderada por Ardito Desio al Espolón de los Abruzzos, a hacer cumbre. Lacedelli y Compagnoni tendrían el honor de ser los primeros en mirarnos desde el segundo punto más alto del planeta. Pero la historia no se cerró ahí, y desde hace cinco décadas las versiones se han mantenido alejadas, a pesar de las sentencias favorables para Bonatti.

Ahora el Club Alpino Italiano reconoce la versión de Bonatti, espoleados, entre otras cosas, por la aparición de las fotografías de Lacedelli y Compagnoni con el equipo de oxígeno en la cumbre. Bonatti aún espera leer el libro editado por el CAI para ver si concuerda con la cuarta edición de su K2. Historia de un caso, al que con los años ha ido aportando datos, acabando con una polémica que solo servía para oscurecer el gran paraguas blanco que a veces cubre la cima del K2.

De todos modos, esto es solo un capítulo de la gran historia de Bonatti.

Bonatti Alpinista

«Ahora todo ha cambiado. Se ha matado la curiosidad por lo imposible», comentó Walter Bonatti en una de sus múltiples visitas a la Librería Desnivel, ante muchos que, como yo, acudieron a verle. «No me reconozco con el nuevo alpinismo, es muy diferente a mi concepción», continuó, reforzando su opinión de que la técnica es sólo una herramienta del espíritu. Y es que para Bonatti los valores han desmejorado un tanto en los últimos años, por culpa de las metas, del espectáculo, de la competición por las montañas. Lo cierto es que ha llovido desde que escalara la Walker de las Jorasses con 19 años, o desde que abriera el Pilar SO del Dru en solitario (1955) tras 126 horas y 7 minutos.

Pero, para Bonatti, esto viene de lejos, aunque la sociedad actual no ayuda mucho. Ya en 1958 se daba de bruces con el futuro, cuando era llamado por una expedición argentina para participar en un intento al Cerro Torre y quizá, con suerte, escalar por primera vez el colmillo de roca más hermoso del mundo.

Meta codiciada por su compatriota Cesare Maestri, quien cogió un vuelo inmediatamente al enterarse de la partida de Bonatti, llevando con él a Toni Egger. «Me dijeron que la montaña era suya, así que respondí, pues ve y yo mientras me busco otra cosa que hacer». Y vaya si lo hizo. Rodeó la montaña y exploró los hielos australes, ascendiendo por primera vez el Cerro Mariano Moreno (3.526 m) y completó la travesía de las cumbres del Cerro Adela, después de agotadoras jornadas de lucha con el estómago vacío.

Maestri y Egger, por su parte, protagonizaron la primera absoluta del Torre, para Bonatti con un desmesurado uso de expansivos. «Lo que hizo Maestri fue una monstruosidad, mató un símbolo de lo inaccesible. Para que ascendemos montañas sino es para medirnos con ella, para conocernos nosotros y conocer el mundo». Un mundo que en su caso comenzó en una llanura del Bégamo italiano, con un río para soñar y unas cumbres disipadas en el horizonte.

Su educación en la montaña comenzó a los 18 años. «La montaña puede enseñarnos a ser mejores, siempre que uno quiera mejorar. El valor de la curiosidad, de la aventura, reside en la naturaleza. Actualmente las escuelas de montaña se dedican más a mostrar la técnica que el espíritu. También es cierto que he tenido la suerte de vivir en la mejor época para el alpinismo». Una época que compartiría en gran medida con Carlo Mauri, con quien hizo cima en el Gasherbrum IV y realizó las invernales a las caras Norte de la Cima Ovest y Cima Grande di Lavaredo. «Carlo es como un hermano. La amistad es lo más importante en la montaña», motivo este por el que pronto dejaría de ejercer como guía, para lo que se sacaba licencia en 1954. «No llegué nunca a congeniar con el concepto de cobrar por una ascensión que debería compartirse simplemente por cariño hacia quien te acompaña».

Bonatti Periodista

Su carrera alpinística acabaría en 1965 con la apertura de un nueva vía en solitario y en invierno en la cara norte del Cervino. Que no es mal final. «Sentí que ya solo me podía repetir, y mi intención era seguir descubriendo. Había hecho todo cuanto deseaba en la montaña». Y se hizo periodista, aceptando la oferta del semanario Época para realizar reportajes por el mundo.»También viví la época dorada del periodismo, cuando uno se podía marchar a cualquier parte en cualquier momento y escribir bajo tu auténtico punto de vista».

Después de 30 años ofreciendo a los lectores columnas y fotografías de rincones inéditos del planeta (Sumatra, Antártida, Alaska…), desde arriba trataron de moldear su enfoque. Y lo dejó. «No tiene ningún sentido escribir sino es para decir lo que uno quiere decir». Empezó una nueva etapa, disfrutando de los años junto a Rosanna Podesta, actriz retirada que había trabajado en más de 30 películas, y que ahora en absoluto se arrepiente de haber abandonado su carrera a tiempo. «Hubo un momento en que no me gustaba lo que hacía, aunque pudiera traerme fama o dinero, así que busqué otra cosa».

Llegó a protagonizar Helena de Troya, una de las cintas más desapercibidas, probablemente con motivo, de Robert Wise. Se divorció y conoció a Walter Bonatti en una época en la que éste no andaba muy fino. «Pasaba por unos meses tristes. Había pasado su vida recorriendo el mundo como alpinista y como periodista, y ahora al dejarlo se veía obligado a quedarse encerrado en casa» recuerda Rosanna. Bonatti necesitaba seguir asombrándose, y lo hizo gracias a la actriz, que aún conserva una expresión que explica por qué representó a la mujer más bella de la historia. «Somos dos cuerpos con un solo alma», comentó él mientras le da un tiento a una cerveza «suave», refrescando su garganta después de la charla en la Librería.

Bonatti siempre mantuvo la ilusión de los 20, en lo que le ayudaban los nueve nietos de Rosanna. «Nunca quise tener hijos en mi época como alpinista. No hubiese podido soportar la incertidumbre de la muerte si hubiese tenido que preocuparme del futuro de alguien más».


 
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