GRAN EXPLORADOR Y ALPINISTA

85 aniversario de la muerte del Duque de los Abruzos

Hoy, hace 85 años, moría en Etiopía, Luis Amadeo de Saboya, Duque de los Abruzos. Gran explorador, marino, y alpinista, nació en el Palacio Real de Madrid. Realizó la primera ascensión al Monte Elias, Rwenzori, estuvo en ¡1909! muy cerca de alcanzar las cima del Chogolisa y exploró la ruta que lleva su nombre al K2. Un personaje de leyenda cuya vida nos relata Sebastián Álvaro en este artículo.

Autor: Sebastián Álvaro | 1 comentario | Compartir:
El Duque de los Abruzos
El Duque de los Abruzos

Un 18 de marzo de 1933 moría en Etiopía, Luis Amadeo de Saboya Duque de los Abruzos. Gran explorador, marino, y alpinista, nació en el Palacio Real de Madrid. Su padre, Amadeo I de Saboya, en aquel momento rey de España, abdicó pocas semanas después de su nacimiento, y la familia regresó a Italia, donde recibió educación militar. Dotado de gran energía e imaginación, a los 24 años lidera la expedición (1897) que realizará la primera ascensión del Monte San Elias (5,484 m.), Alaska. Dos años después organiza una expedición al Polo Norte que alcanza un nuevo récord de latitud (86°34′ N). En 1906 explora el Rwenzori  (5.125 m.) y escala la mayor parte de sus cimas. En 1909 organiza otra expedición al Karakorum en la que alcanza en el K2 los 6.250 metros por la ruta que lleva su nombre. En la misma expedición intenta otro objetivo totalmente adelantado para la época: el Chogolisa (7.668 m), donde alcanzaría los 7.500 metros (aprox.). El mal tiempo les impidió alcanzar la cima, pero establecieron el récord mundial de altura. Esta cima, famosa por su belleza y porque en ella desaparecería Herman Buhl en 1957, no sería alcanzada hasta 1958, ¡49 años después! En su juventud tuvo relación con una joven rica heredera norteamericana, pero su familia se negó a que se casara con una plebeya. Los últimos años de su vida los vivió en Somalia donde se casó una joven somalí.

Recuperamos este artículo de Sebastián Álvaro, publicado en la revista Desnivel, en el que nos relata la historia de este personaje cuyo origen no presagiaba una vida tan intensa en el mundo del alpinismo y la exploración.

«Prefiero que en torno a mi tumba se entrelacen las fantasías de las mujeres somalíes, antes que la hipocresía de los hombres civilizados»

Resulta increíble que a la misma persona se le deba la primera escalada de la arista Zmutt del Cervino, la ascensión y exploración del inhóspito San Elías, en Alaska; el descubrimiento del espolón sureste del K2, que en adelante será «de los Abruzos», por donde transcurrirá 46 años después la primera ascensión; la exploración y primeras del Ruwenzori. Y, más aún, que todo esto ocurriera a fines del XIX y primeros del siglo XX. Se trata de Luis Amadeo de Saboya, hijo del rey de España…

El 23 de febrero de 1933, un hombre con paso cansado pasa por última vez revista a las tropas que le esperan en Mogadiscio. Luis de Saboya está enfermo, sabe que su hora se acerca inevitablemente, se encuentra solo… Sobreponiéndose al dolor, se muestra amable con aquellos soldados que le esperan. Para vivir cuanto le quede, ha elegido un lugar perdido en el mapa del gran continente africano. En realidad ha ido para morir en su verdadera casa, tan alejada de su ciudad natal, Madrid, como de su auténtico país, Italia; la casa de un nómada del mundo, un hombre solitario y errante que ha amado la libertad y la soledad, que ha sabido luchar contra las fuerzas de la naturaleza en montañas, mares, y polos. En esos lugares salvajes se ha sentido mucho más a gusto que en un país donde, tantas veces, ha sido apartado por las leyes de los «hombres civilizados».

Hace unos días se ha despedido por última vez de su inseparable Vitorio Sella. Su amigo intentó convencerle para que se quedara en Italia. Allí, insistía Sella, podría disponer de más atenciones médicas y de la imprescindible morfina que le evitaría algunos dolores, pero Luis de Saboya respondió con una frase que delata un punto de amargura: «Prefiero que en torno a mi tumba se entrelacen las fantasías de las mujeres somalíes, antes que la hipocresía de los hombres civilizados». El Duque se esfuerza por cumplir con dignidad el último acto de su vida pública recorriendo esos quinientos metros que le parecen interminables. ¿Qué son comparados con los kilómetros explorados y el tiempo transcurrido desde que empezó su aventura africana? Cuarenta años atrás, en 1893, puso su pie por primera vez en este mismo lugar y quedó hechizado por esta tierra a la que ahora regresa para descansar definitivamente. Al menos ha tenido la suerte de llegar a ver en vida la obra a la que dedicó toda su madurez. Ha logrado transformar un paisaje insalubre de pastores nómadas, tantas veces en guerra, en una tierra fértil donde miles de personas prosperan y viven en paz de su trabajo. Puede estar satisfecho porque ha logrado una vez más, con tesón y rigor como en todas sus empresas, hacer realidad un gran sueño. Está, lo sabe bien, ante el último de ellos.

Hay un sueño que no ha podido convertir en realidad: dejó que la única mujer que ha amado en su vida se le escurriera entre los dedos.

Por fin llega a una humilde casa que se ha hecho construir. Nadie diría que se trata de la vivienda de un noble de sangre azul emparentado con el rey de Italia y, en su día, heredero de la corona de España. Es una modesta mansión con unos pocos muebles. Fatigado por el esfuerzo se sienta con parsimonia en un sillón. Levanta la cabeza para abrir los ojos y mirar hacia la pared buscando, casi obsesivamente, la fotografía de una mujer morena, de porte altivo. Cuando la encuentra parece contestarle, como si le mirase fijamente a los ojos. Es la misma mujer que figura en un pequeño retrato al lado de su cama. Siente que le quedan muy pocos días para hacer recuento de una vida llena de lucha y gloria, de intensas alegrías y satisfacciones, pero también de amarguras y frustración.

Probablemente muchos no lleguen a comprenderlo, pero ser hijo de un rey no le ha resultado fácil. Ha tenido que renunciar a muchas cosas pero sólo una de ellas, que le ha marcado buena parte de su vida, le pesa como una losa. Un sueño, deseado más intensamente que alguno de sus éxitos, no ha podido convertir en realidad: dejó que la única mujer que ha amado en su vida se le escurriera entre los dedos. Tuvo que renunciar por las presiones de su propio entorno –la casa real Saboya Aosta–, pero jamás pudo olvidarla. Aunque lo que ocurriera a su alrededor le exigiera darlo todo, como la exploración de las distintas vertientes del K2, en el Karakorum, o el mando de la flota italiana en la Primera Guerra Mundial, ella siempre estuvo firme en sus pensamientos. Como le confesó a uno de sus compañeros en un raro momento de debilidad, pues nunca fue muy extrovertido, hubiese cambiado sin dudarlo un instante todos sus títulos, los honores, su brillante carrera de marino y explorador, sus momentos de gloria. Pero, esa vez, tampoco pudo elegir. Sí, se dice a sí mismo, ser hijo de un rey de España no ha sido fácil. Recostado en el sillón, se queda mirando a esa figura enigmática y quizás recuerde…

Ni el Duque ni sus hermanos vivieron la infancia en un fácil entorno familiar con la servidumbre a su disposición, sino entre disciplina militar.

Luis Amadeo José María Fernando Francisco de Saboya nació en Madrid el 29 de enero de 1873. Era el tercer hijo de Amadeo de Saboya Aosta, rey de España durante dos años. En aquella época, los españoles parecían empeñados en seguir anclados en la memoria de un glorioso pasado, que se estaba desmoronando, viviendo entre atentados y golpes de estado. De hecho nada más llegar a Madrid le esperaba una noticia trágica: dos días antes, su mentor, el general Prim, había sido asesinado. España era un polvorín a punto de estallar bajo una gran crisis institucional, en uno de los periodos más graves de su historia, en plena decadencia y en medio de una notable convulsión social. A pesar de la incierta situación política, la celebración del nacimiento real se desarrolló con la categoría de un acontecimiento de tanta importancia. Era el primer hijo del nuevo rey que nacía en España y por ello recibirá el título de Infante del Reino. El 3 de febrero, en una ceremonia solemne, fue bautizado en la capilla del Palacio Real. Allí estaban miembros del gobierno, almirantes y generales, representantes de los gobiernos europeos y parlamentarios. Fue el último acto oficial del rey de España: pocos días después abdicó y regresó a Italia.

Ni el Duque ni sus hermanos vivieron la infancia en un fácil entorno familiar con la servidumbre a su disposición, sino entre disciplina militar. A los seis años, Luis Amadeo ingresó en la Escuela de la Marina en Spezia, adonde llegó acompañado por su padre. «No deseo ningún privilegio para mi hijo», le dijo al director. En aquellos importantes años para la formación del carácter de la persona, desarrolló el gusto por la competición que le haría lanzarse a empresas importantes de exploración. Su cabeza se llenó de aventuras de viajes y hazañas en el Polo Norte, África o América; oirá hablar de Burton y Speke, y de las fuentes del Nilo, de Livingstone, que había preferido quedarse a morir en el continente africano a retornar con Stanley a Inglaterra. Ocurrió justo el año de su nacimiento, en 1873, y estaba lejos de adivinar que él tomará la misma opción 60 años después. Son noticias que avivan su curiosidad y despiertan su pasión por la mar, la montaña y el alpinismo.

El objetivo más ambicioso que consigue en los Alpes: ascender la virgen la arista Zmutt del Cervino en compañía del revolucionario Alfred Mummery

A partir de 1892 son cada vez más frecuentes sus escaladas en los Alpes, en el Gran Paradiso y en el macizo del Mont Blanc, acompañado de algunos de los más prestigiosos guías como el famoso Emile Rey, uno de los mejores alpinistas italianos de la época. Entre otras, efectúa la escalada del Diente del Gigante, considerada entre las más audaces de aquellos años. También asciende al Monte Rosa y al Cervino. En 1894 la lista de las escaladas del Duque es ya impresionante por cantidad y calidad, en roca y en hielo. Desde la travesía de los Grandes Charmoz y del Grépon, a la soberbia ascensión del Petit Dru. Pero el objetivo más ambicioso lo realiza ese año al ascender la virgen la arista Zmutt del Cervino en compañía del alpinista más importante de su tiempo: el revolucionario Alfred Mummery. A pesar de la distancia que les separa en cuanto a edad y carácter, entre los dos hombres nace una simpatía natural desde el primer momento. La desgraciada muerte de Mummery, el verano siguiente en el Nanga Parbat, cortó casi en su raíz la línea del futuro que ambos habrían compartido. Ahora, no tiene sentido especular sobre lo que pudiera haber sucedido si ambos hubiesen puesto en marcha proyectos en común. Sin embargo la influencia de Mummery sobre la joven personalidad de Luis de Saboya fue posiblemente definitiva y trascendental. Si exceptuamos algún otro caso extraordinario, como el de Stanley y Livingstone, el fortuito encuentro de estos dos grandes aventureros es una coincidencia infrecuente. Imaginemos dos personalidades como Mallory y Messner protagonizando un momento histórico al coincidir en la cara norte del Everest.

Con 24 años logra la primera ascensión el San Elías, en Alaska

La trayectoria aventurera del Duque a partir de este momento será imparable. En los dos años posteriores, 1895 y 96, da la vuelta el mundo en el barco Cristobal Colón. En 1897 ya se siente preparado para comenzar sus grandes expediciones. A pesar de su juventud, con sólo 24 años, dirige de forma impecable la primera en Alaska, donde logra la primera ascensión del prestigioso monte San Elías, una imponente montaña que partiendo del mar se eleva a 5.489 metros y donde habían fracasado otros grandes alpinistas. Alaska y el ambiente polar fascinan la inagotable curiosidad de Luis de Saboya y a partir de este momento se prepara para su siguiente reto: el Polo Norte. La expedición al Ártico será una de las más duras, exigentes y dramáticas de cuantas vivirá en su larga trayectoria exploratoria. En un accidente, sufrirá congelaciones en dos dedos que serán objeto de amputaciones, lo que además le impedirá participar en la marcha hacia los 90º Norte. También va a ser la única en la que perdió a alguno de sus hombres, lo que le dejará entristecido durante mucho tiempo, a pesar de que la expedición, aun sin llegar a alcanzar el Polo, obtuvo un gran éxito. Los italianos habían superado los récords vigentes de los dos mayores expertos polares de su tiempo: Peary y Nansen. Luis de Saboya acababa de demostrar las cualidades necesarias para triunfar en cualquier tipo de terreno y dirigir con éxito, con su estilo metódico, riguroso y eficaz, las empresas más comprometidas.

Asciende las cimas más importantes del Rwenzori y quedará atrapado por África

A partir de este momento se convierte en uno de los grandes aventureros del siglo que va a comenzar. Da otra vuelta al mundo como comandante de la nave Liguria y un año más tarde está de nuevo en África para realizar una innovadora expedición a las míticas Montañas de la Luna, el Ruwenzori, que habían permanecido envueltas por el misterio hasta la mitad del siglo XIX. Además de realizar un estudio cartográfico del macizo y de obtener datos barométricos, lograron ascender todas las cimas principales. Bautizándolas con nombres latinos, casi siempre de familiares como el de la princesa Margarita para la cumbre más elevada, ha quedado patente sobre los mapas la tremenda eficacia de la expedición en un lugar que había rechazado los intentos de exploradores muy importantes.

Cinco meses después de su vuelta, el Duque recibía una invitación de la Royal Geographical Society para pronunciar una conferencia en el templo londinense de la exploración mundial, en presencia del rey Eduardo y del Príncipe de Gales. Su autoridad y prestigio era respaldado oficialmente por el país del que partían las más importantes empresas de aventura y exploración de la época. En un universo anglosajón y nórdico, la única excepción era la de un aventurero italiano de sangre azul nacido en Madrid.

En su corazón siempre estuvo presente Katherine, la rica heredera norteamericana con la que la presión familiar le impidió casarse

A comienzos de 1907 el Duque recibió el encargo de representar a Italia en los actos del tricentenario del nacimiento de los Estados Unidos. Es un viaje protocolario, que pasaría inadvertido dentro de su amplio historial si no hubiese sido porque allí la prensa sensacionalista dará cuenta del romance de Luis de Saboya con una joven millonaria norteamericana, la bellísima Katherine Elkins. Incluso un periódico tan prestigioso como The New York Times publicó la noticia de la inminente boda de los dos jóvenes. Sin embargo, la oposición de ambas familias dio al traste con este matrimonio deseado por los dos principales actores. Hasta hoy, no conocemos los verdaderos motivos del Duque para renunciar al matrimonio con la mujer que amó hasta el final de sus días, pero todo lleva a pensar que fueron las tremendas presiones que sufrió por parte de la Casa Real que no veía con buenos ojos a la familia norteamericana. En concreto la prensa italiana culpó al rey Víctor Manuel III, que le amenazó. Se dice que el Duque no soportaba la posibilidad de verse desprovisto de su posición económica y su rango, pero no por aferrarse a dichos privilegios sino por lo que ocurriría a continuación: se habría convertido en el mantenido de la millonaria Elkins. Fuera el motivo que fuese, lo cierto es que Luis de Saboya no contrajo matrimonio y se mantuvo soltero hasta el final de sus días, aunque tuvo esporádicos romances y en sus últimos años en Somalia convivió con Faduma Alí, una bella princesa negra. Pero en su corazón siempre estuvo presente Katherine y la mirada penetrante de esa joven norteamericana fue la única compañía amiga de la que dispuso Luis de Saboya en sus últimos momentos. 

En 1909 explora el K2 y se queda a pocos metros de la cima del Chogolisa

Después de la ruptura de su noviazgo con Katherine Elkins, Luis de Saboya limitó sus apariciones en público para evitar a los periodistas que estaban a la caza. El día 26 de marzo de 1909, sin anuncios, el Duque y sus compañeros se embarcaban en Marsella en la nave Océana, con dirección a Bombay. Desde allí prosiguieron hasta Rawalpindi en busca del camino que les llevará al Karakorum: la cadena montañosa más impresionante del mundo, un verdadero mar de montañas como olas encrespadas. Y nuevamente la expedición fue un ejemplo de trabajo, eficacia y valentía. La exploración del sistema central del Karakorum es valorada todavía hoy como una de las más importantes que se han realizado jamás. Se reconocieron las diferentes vertientes del K2, adelantando lo que va a ser la ruta normal de ascensión por la que realizarán un intento muy audaz; se profundizó en el estudio de los efectos de la altitud sobre el organismo, y se realizó un importantísimo trabajo exploratorio, geográfico, topográfico, geológico y glaciológico. Eso sin mencionar las excelentes fotografías de Vittorio Sella y la consecución de los 7.500 metros en el Chogolisa, en el que se quedaron a poco más de 150 metros de la cima marcando el nuevo listón de altitud. Un récord que tardará trece años en ser superado por los británicos en el Everest. 


 

En la Primera Guerra Mundial logra salvar a cien mil serbios

Luis de Saboya no volverá a pisar el Himalaya. Nada más llegar a Italia recibe el ascenso a contralmirante de la Armada. Poco después, daba comienzo la Primera Guerra Mundial en la que el Duque tuvo una actuación muy destacada. En una arriesgada operación logró salvar a más de cien mil serbios que estaban a punto de ser aniquilados por las fuerzas alemanas y austriacas. Sin embargo la convulsa situación política italiana le harán retirarse de un escenario que tan injustamente le trataba. Abandonó la Armada y comenzó a pensar en un innovador proyecto agrícola en Somalia al que dedicó todas sus energías. En realidad, además de encontrar un alivio en el continente que desde un principio le había atrapado, suponía casi un exilio voluntario tras las disputas de la Gran Guerra y el ascenso del fascismo. Durante diez años se dedicará a poner en marcha su idea, levantando edificios, instalando fábricas y ferrocarril, creando de la nada hasta dieciséis pueblos que durante muchos años después de su muerte vivirán del proyecto iniciado por Luis de Saboya.

Su última exploración: en busca de las fuentes del Uebi-Scebeli

Cuando tenía 50 años, en octubre de 1928, el Duque realizó su última expedición en busca de las fuentes del Uebi-Scebeli. Durante cien días el grupo se internó en Etiopía remontando 1.400 kilómetros del río, estudiando y tomando notas y muestras de los lugares que exploraban, completando un estudio cartográfico del territorio que servirá para realizar unos mapas muy precisos de una zona desconocida hasta entonces. En 1929 el genial aventurero comenzó a sentir los primeros signos de la enfermedad que le llevará a la tumba. Aunque los dolores cada vez eran más intensos, no consiguieron impedirle escribir, ni preparar trabajos, ni dictar conferencias. En esos años tristes asistió a la pérdida de algunos de sus amigos más queridos: Petigax, Ollier y su fiel Cagni.   

Cuando se sintió desahuciado y solo embarcó hacia su amada Somalia.

Luis de Saboya murió veinticinco días más tarde de su llegada. Un día, cuando ya ni siquiera podía hablar, le hizo una seña con la mirada al representante del gobierno italiano, señor Rama, en dirección al retrato de Katherine Elkins. Rama supuso que el Duque quería decirle que le informara de su muerte, cosa que hizo al día siguiente mediante un telegrama. La noticia se propagó rápidamente. Durante el transporte del féretro, miles de personas de la ciudad que había fundado salieron a despedir a su benefactor entonando cánticos fúnebres. Desde el cielo llovían flores enviadas por las autoridades coloniales en aviones, pero ningún político, ni tampoco su primo el rey de Italia, acudió al entierro. En realidad no le habían tenido mucha simpatía en vida y aquellos postreros agasajos no parecían muy sinceros. Benito Mussolini se permitió un elogioso discurso en el Senado calificándole como el mayor explorador de la era moderna italiana, a pesar de que era sabido por todos la distancia que mantenía el Duque con su política. Esa misma distancia que mantuvo en vida hacia el movimiento fascista no fue asumida por el rey, quien involucró a la Casa Real en la imposición de un estado totalitario. Al final de la II Guerra Mundial, el fascismo arrastrará en su caída a la monarquía.

La prensa realizó un amplio despliegue magnificando el discurso del todopoderoso jefe fascista y el rey ordenó veinte días de luto oficial. Hasta el Papa, enfrentado a la Casa Real, envió un mensaje de condolencia. Ni siquiera en la tumba, a pesar de haber huido de su país para morir en paz en su amado rincón africano, se pudo librar de lo que más había odiado en vida: la hipocresía de los hombres civilizados.


 
Comentarios
1 comentario
  1. Notable!, un explorador puro! Una historia que pocos conocen! Gracias por compartir

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