EXPLORANDO

Menos sombras en el Chogori

Con muchos aspectos aún por aclarar, se van disipando las brumas que cubrían lo sucedido la pasada semana en el K2. Un atasco en el Cuello de Botella y la mala fortuna se alinearon para provocar una catástrofe histórica en la montaña.

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El K2, más oscuro.Foto: Cortesía de Dennis UrubkoEl K2, más oscuro.Foto: Cortesía de Dennis Urubko

Ha pasado más de una semana desde que se produjera la fatal tragedia del K2 y todavía algunos datos son confusos. Es difícil que en un ochomil las cosas estén claras: la hipoxia que se adueña de todo, los límites personales y el sueño de la cima nublan una actividad que se mide con una fuerza superior, inamovible, que nunca se rinde. El Chogori, el 1 de agosto, fue el hueso que todos dicen que es, volviendo a quitar vidas y a partir corazones.

Dos meses antes de esa fecha, llegaba al campo base la expedición holandesa Norit, que lideraría el último ataque, su tercero esta temporada, a través de la ruta Cesen. Sobre el espolón de los Abruzos, un equipo coreano, con guías internacionales, se apresuraba hacia su posición. La estrategia de ataque cambió, y ahora pasaba por reunirse en el cuarto campo de altura, donde convergen ambas rutas, para unir fuerzas y equipar conjuntamente la última parte de la montaña.

No hay que creerse todo lo que se cuenta, pero según la tradición –y la superstición– los eclipses preceden a los cataclismos. El 1 de agosto, a una semana de las Olimpiadas, hubo eclipse solar, apreciable en Canadá, Groenlandia, el Océano Ártico y buena parte del continente asiático. Mal augürio, según los chinos. Algunos alpinistas no han tardado en atribuir el cambio climatológico, que venía produciendo viento desde hacía horas, al eclipse, algo que se ha ocupado de desmentir Maarten van Eck, responsable de la web de la expedición Norit, tras comprobar los partes de la meteo.

Más importante que el cómo, fue el cuánto. La montaña, de uñas, obligó a muchos escaladores a abandonar el ataque multitudinario que se iba a producir el primero de agosto, llegando al campo 4 los miembros de Norit, porteadores pakistaníes y nepalíes, el equipo coreano, otras tres expediciones (noruega, italiana y serbia), el veterano francés Hugues d´Aubarede. El alavés Alberto Zerain iniciaría su ataque desde el C3. Mientras, las informaciones sobre las condiciones en la montaña, se contradecían: unos equipos afirmaban que sería una jornada esplendida y otras observaban acechar un frente de viento. La mañana del día 1 los partes se pusieron de acuerdo confirmando un cielo limpio. A las 6 a.m. Wilco van Rooijen, Gerard McDonnell y Cas van de Gevel se reunían con Pemba Gyalje Sherpa en el cuello de botella, anticipándose dos horas a su plan original. Un miembro de la expedición holandesa informaría de que tres horas más tarde, Wilco, Gerard, Cas y Pemba llegaban a la sección “dura” de la montaña; la travesía, de dificultad pura, hasta el corredor cimero, donde la exposición se vuelve prodigiosa.

Allí, donde el K2 suele requerir su terrible peaje, se produjo el primer accidente de la jornada. Dren Mandic, joven serbio con la cima del Broad Peak (8.047 m) en su haber, que llegaba posteriormente, sufría una caída que sería definitiva. Fue el primero de una serie de accidentes que provocaron la mayor tragedia del ochomilismo reciente. El sueco Fredrik Strang, con tres ochomiles, pondría en juego el pellejo para recuperar los restos de Mandic, algo poco habitual en el K2 debido a su extrema complejidad. Por el camino, Strang se cruzó con un puñado de alpinistas exhaustos y con principios de hipotermia. “Tomo el mando”, informó al campo base, asistiendo al grupo en la ascensión. Hasta que tuvo lugar el segundo accidente, la caída mortal de un guía pakistaní, lo que con mucha razón motivó su retirada. El noruego Rolf Bae, un experimentado explorador polar y alpinista de primer nivel, ya bregado en el Karakorum esta temporada, decidía no continuar ante los problemas que iban surgiendo en la montaña. El cuello de botella no tardaría en llenarse.

Llegan las cimas

Wilco van Rooijel en la cima del Everest.- Foto: Col. van RooijelWilco van Rooijel en la cima del Everest.- Foto: Col. van Rooijel

El primero fue Alberto Zerain. El vasco coronaba el K2 alrededor de las 3:00 p.m. y en el descenso se fue cruzando con el resto de expedicionarios que proseguían con su ataque. “Muy tarde para continuar”, explicaría Zerain. Dos horas después, la esposa de Rolf Bae, Cecile Skog y otro miembro de la expedición noruega, Lars Naesse, conquistaban los 8.611 metros, treinta minutos antes que cinco expedicionarios coreanos, incluyendo a Go Mi-Sun, que lograba su sexto ochomil, y dos guías nepalíes. En irlanda recibirían la llamada de Gerard McDonnell informando de su cima a las 7:00 p.m. Poco después, Hugues d»Aubarede sumaba su cuarto gigante tras el Broad Peak, el Everest y Gasherbrum II. Karim Meherban, de Pakistán, hacía cima con él. Los últimos fueron Wilco van Rooijen, Cas van de Gevel y Pemba Gyalje Sherpa, retrasados por un error en la instalación de las cuerdas fijas. En total, hasta 18 alpinistas llegaron al balcón más alto y enigmático del Karakorum. Habían llegado a la cumbre del imponente K2. “Una de esas vistas que le impresionan a uno para siempre y que producen un efecto permanente en la mente, una percepción sobre la grandeza del trabajo de la Naturaleza de las que no se pueden perder ni olvidar”, lo describió Francis Younghusband.

Después, casi todo fue mal. El 2 de agosto, a las 4 a.m. Maarten van Eck, informa en la web de Norit, que una enorme placa de hielo se ha desprendido, arrastrando las cuerdas fijas. Una docena de expedicionarios aguardan en el Cuello de Botella. Ahora el deseo cumplido de la cima no sirve, la situación es peligrosa y saltan las alarmas. En el campo base, Roeland, Director de la expedición holandesa inicia los preparativos para una ascensión de rescate, coordinándose con los hombres del equipo coreano. Marteen hacen lo propio desde la página web.

Alberto Zerain ya había completado el descenso, cuando Cecile Skog y Lars Naesse comunicaban que Rolf Bae había desaparecido. Posteriormente, y ya a salvo, confirmarían que había fallecido en una avalancha. Cas, Pemba, Gerard, Wilco y el italiano Marco Confortola prosiguen con el descenso por encima de los 8.300 metros. Hugues d´Aubarade y Karim Meherban y algunos alpinistas coreanos, nepalíes y pakistaníes permanecen ilocalizables.

Marco y Gerard habían pasado la noche a pelo, imposibilitados por la oscuridad para continuar, lo que había pasado factura a su estado. Tuvieron la fortuna de cruzarse con Wilco. Confortola no tardaría en informar de la muerte del irlandés: “He visto a mi amigo caer entre bloques de nieve y hielo”.

De acuerdo con las indicaciones del campo base, Wilco y Marco establecen un vivac a 8.300 metros, por encima del Cuello de Botella, una trampa que todavía espera. “Pánico” sería la palabra de Wilco para definir lo que sucedería después. Cas y Pemba evolucionaban por la montaña sin utilizar cuerdas fijas, desandando el camino de vuelta para localizar a Confortola, en una situación pésima. “Me salvaron la vida”, afirmaría el italiano.

La piel en juego

Poner en marcha operativos de rescate en el K2 es hacerlo en el peor lugar del mundo. Y otra vez, como sucedía en el caso de Iñaki Ochoa en el Annapurna, un esfuerzo global desmitificaría la leyenda de que en la montaña ya no hay caballeros. La piel misma dejó de importar, lo que tuviese que pasar que pasase con las botas puestas.

“La situación es muy seria y hemos de poner todos los recursos a nuestro alcance para cooperar”, hacía un llamamiento la página Explorer´s Web. Pronto se iniciaba una campaña en Internet advirtiendo de la necesidad de mantener abiertas las líneas satelitales, por lo que se pedía la no utilización de los teléfonos para asuntos ajenos a las labores.

El sábado 2, diez expedicionarios permanecen desaparecidos. El domingo, para acrecentar un caos que todavía acoge sombras, los medios internacionales se hacen eco libre de las palabras de Fredrik Strang, Zeraín y Alfredo García, miembro de la expedición española al Broad Peak, y empiezan a confirmar muertes. Primero 11, más tarde 12 y finalmente 18. Pero lo único que estaba claro era que Marco Confortola, de 37 años, seguía, el domingo, en el C4. Wilco descendía lentamente hacia el C3 por la ruta Cesen cuando se cruzaba con Cas y Pemba que asistirían al holandés y al italiano. Llevaban tres noches por encima de los 8.000 metros, soportando la cara más oscura de la montaña. En el tercer campo de altura un equipo de apoyo, que contaba con los miembros de Norit, Roeland y Jelle, aguardaba la llegada de alpinistas para ir bajándolos hasta la base. “Hemos encontrado a un holandés que llevaba mucho tiempo perdido, a gran altura, y que sorprendentemente se encuentra bien”, informaba Strang. Nada se sabía de los coreanos y el equipo de porteadores. Dos alpinistas austriacos tampoco habían llegado al campo base como estaba previsto.


 

El lunes 4, Wilco, Cas y el porteador Nabeen son evacuados a Skardu. Confortola prosigue con su marcha hacia el base. El cielo cobra importancia y los helicópteros se empiezan a movilizar con la esperanza de localizar supervivientes. El martes, Confortola alcanza por fin el campo base, tras permanecer bloqueado en el C1. Le ayudan dos porteadores pakistaníes, Mario Panzeri y Eric Meyer. Marco es inmediatamente trasladado a Skardú con severas congelaciones. El clima esta empeorando y para Strang es el fin: “Con Confortola a salvo, solo nos queda recoger”.

No se volvieron a tener datos de los expedicionarios coreanos, de Hugues d´Aubarede ni de los guías locales. Además, dos porteadores fallecían en la labores de rescate. Ahora son parte de un renglón negro de la historia del alpinismo, que alberga hechos brillantes y solidarios, sudor y hielo, y la asfixiante necesidad de algunos seres humanos de dominar lo ingobernable.

 


 
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