SIN HELICÓPTERO

Cortejo fúnebre en el Baltoro

A pesar de haberlo pagado, la ayuda aérea no apareció. Solución, transportar el cuerpo de Sher Ajman glaciar abajo. Fraga y Vidal nos lo cuentan.

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18 de julio, campo base del K2

Transportando el cuerpo de Sher Ajman glaciar abajo. Al fondo, vertiente sur del K2 - Foto: Exp. Española K2 2002Transportando el cuerpo de Sher Ajman glaciar abajo. Al fondo, vertiente sur del K2 – Foto: Exp. Española K2 2002

Tres días después del alud, el cuerpo de SherAjman permanecía en el enterramiento provisional preparado en una hendiduradel glaciar. Tres días después, el helicóptero no llegaba. Esperábamos, envano, que los oficiales del ejercito pakistaní cumpliesen su parte del trato. Habíamosdepositado 6000 dólares a cambio de que, en caso de accidente, evacuasen del CBcuanto antes al cualquier herido o muerto. Pero después de tres días, nuestrasrepetidas llamadas a las autoridades pakistaníes seguían mostrando los mismostristes, agobiantes y enojantes hechos: el cadáver de Sher Ajman tendidotodavía en el glaciar. Sus familiares, (el cocinero Kashkar y su ayudanteManan), desesperados, estaban al borde de la locura. También otros porteadoresde altura estaban a punto de explotar.

Mientras, los oficiales de enlace de todas las expediciones se reunían enconclave, indignados por el retraso del helicóptero, e intentando por todos losmedios dejar lo más alto posible el pabellón del ejercito al que pertenecen. Másllamadas a Islamabad, más gestiones, más contactos telefónicos en diversosministerios. Esfuerzo inútil. Ni rastro del helicóptero. Entre todas lasopiniones, sólo una parecía alzarse como la más razonable: hacer caso a uncoronel amigo a quién llamamos a la capital. Para él, la única soluciónconsistía en bajar a hombros el cadáver hasta la estación militar máspróxima en el glaciar de Baltoro. Concordia, así se llama.

Sin helicóptero

Los oficiales de enlace seguían creyendo la mañana del martes, más de tresdías después del accidente, que el milagro se produciría y un flamantehelicóptero aparecería cuanto antes. Los occidentales, en cambio, esperábamoscualquier prodigio salvo ese. Les hicimos saber nuestra decisión: bajaríamosnosotros mismos el cuerpo. Al principio sólo éramos seis voluntarios, luego sesumaron cuatro más. Después, todos los oficiales de enlace en bloque. Y así,poco a poco, el grupo creció hasta superar la treintena de hombres. Mitadmusulmanes, mitad cristianos. Había 10 españoles, pero tambiénnorteamericanos, británicos, italianos, y un australiano. Y también dos serpasnepalíes.

A las 8 de la mañana la caravana empezó a andar. Nos turnábamos cada cincominutos en los cuatro puntos de porteo, en cada esquina de la camilla quehabíamos improvisado. Buen tiempo, una burla del destino. El único día demeteorología verdaderamente aceptable podía verse a todos los alpinistas quedurante semanas habíamos esperado dicha mejoría, no escalar hacia algunacumbre, sino formar un cortejo fúnebre glaciar abajo. Nuestro paso era muyligero, el único día de sol era, precisamente, el único en el que el calorera nefasto: los trozos de hielo con los que habíamos cubierto el cuerpoempezaban a descongelarse. Había que llegar a la base militar cuanto antes. Alas nueve, el calor empezó a apretar. Aceleramos el paso. De los treinta quesalimos, cada vez quedábamos menos. Tobillos torcidos o, sencillamente,cansancio. Pero no aflojábamos el ritmo.

Sin sherpas

Lo peor estaba por llegar. En la confluencia de los glaciares, las masas dehielo producen al chocar entre ellas inmensos cortes de caótica orografía queresulta difícil superar. En uno de ellos, atravesado por un río glaciar,tuvimos que descolgar el cadáver con una cuerda entre los bloques de hielo.Luego, otros pasos similares nos entretuvieron hasta llegar a la base. Peroallí el helicóptero tampoco llegaba. De nuevo a esperar. Por fin, al quintodía, y con el grupo ya de vuelta en el base del K2, el ejercito mandó unhelicóptero.

Con el cadáver de Sher Ajman se fueron en el helicóptero, quién sabe sipara no volver nunca más a las montañas, nuestro segundo porteador de altura,Yassin, que desde el accidente vagaba enajenado y como alma en pena por el CB, yKashkar, el cocinero. También su ayudante Manan, ambos familiares del muerto.Ahora, sin cocineros ni porteadores de altura, vemos pasar los días en el campobase con las fuerzas de la expedición reducidas a la mitad. Además, nuestrossherpas nos han comunicado lo siguiente: bajo ninguna circunstancia volverán ala pared contra la que hemos luchado los últimos treinta días. Ni por todo eloro del mundo volverán al espolón Cesen. Esto significa que mañanatendremos que encarar la pared nosotros solos. Volver al mismo sitio en el quehace seis días murió Sher Ajman.

No somos los únicos en esa situación. Eran seis las personas a quienesarrastro la avalancha el pasado sábado. De los supervivientes, sólo los dosporteadores de altura de la expedición madrileña dirigida por Carlos Soria hanmanifestado su disposición a volver a la pared. Los otros dos sherpas delequipo madrileño, Manghu y Lakhpa (que ha subido 9 veces al Everest), se hanmostrado igual de tajantes: no volverán a subir un solo metro por el K2. Comonuestros sherpas, han visto el verdadero rostro de esta montaña. Tambiénnosotros dos, pero seguiremos luchando, a eso hemos venido. Lo que aún nosabemos es cómo.

Luis Fraga y Miguel A. Vidal.


 
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