EXPLORANDO

Periodistas en la cumbre

Este es un amable escrito sobre el oficio de periodista de montaña. Como escenario Siurana y como protagonistas…

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Breve semblanza histórica de los hechos acaecidos en Siurana, vistos por un periodista novato al que le llegaron a preguntar, mientras dudaba si saltar de roca en roca o utilizar la más abrasiva técnica de «me agacho y me arrastro»: «¿Nunca habías subido al monte?». Y yo miré a mi espalda, vi el equipo fotográfico oscilar peligrosamente y respondí; «Lo único que no he hecho, ni haré nunca, es fallar a mi jefe». Ahí me tiré el pisto.

Os voy a hablar del ejercicio -literal- de la profesión de fotógrafo de montaña. De sus particularidades, exquisiteces pictóricas y demás parafernalias mentales que hacen posible no captar la foto, ni esperar al momento, sino buscarlo para dejarlo impreso en la película y la memoria. Hablo sobre la destreza -y a veces la tensa lucha- de mostrar al mundo este pequeño recodo del arte y de la pasión del hombre.

Encarnadas paredes al sol, de gotas negras que se derraman. Un valle oculto, entre muros equipados, que se llena de maleza y del latir de la madre maltratada. Estamos en Siurana, Tarragona. En plena Sierra de Prades. Sam, Darío e Israel. Y yo, callado como una puta de París. Los tres fotógrafos equipados hasta los dientes, esperando fugaces instantes en que su click click arrebaté una gran escena de las manos del tiempo.

Sam Bié y una particular forma de fotografiar.- Foto: Jorge JiménezSam Bié y una particular forma de fotografiar.- Foto: Jorge Jiménez

«Anita, cariño, ¡block!». Se desliza la voz, entre el eco y el viento, por las paredes del Priorat.


 

El que habla es Edu Marín, joven escalador y reciente encadenador de La Rambla, vía dura donde las haya, rasgapieles y destrozayemas. Lleva toda la mañana en el Pati (y lo que le queda) repitiendo pasos, posando, sonriendo. Todo de un humor excelente. Y más abajo, asegurando, su novia. La chica ha aguantado lo indecible (también le queda) y lo hace a gusto y cariñosa. Este 9a+ trae cola. Y reportajes. Y ríos de tinta. Y fotos. Muchas fotos. Ese muchas ha de ser pronunciado con gran cantidad de Ues.

Han sido tres los fotógrafos que se han reunido. Uno es Sam Bié, francés. Digo francés porque es francés con todas sus consecuencias. Fino, educado y talentoso. Y un cabrón con pintas. Sin acritud. Mas como somos sus vecinos pobres (como pensamos nosotros de Portugal: «allí sólo tienen toallas y mujeres con bigote») poseen la chovinista sensación de ir por delante. Aún así se comporta y espera paciente. Hasta que el sol empieza a picarle y decide subir por una cuerda fija con mas flores que un mayo hermoso. Osado. Arriesgado. Valiente. Estos franceses no temen a la muerte. Pero eso ya lo demostraban hace tiempo cuando disparaban a los modelos de Goya, ¿no?.

Ana, una santa, asegurando a Edu Marín.- Foto: Jorge JiménezAna, una santa, asegurando a Edu Marín.- Foto: Jorge Jiménez

Total, que sube. Dispara sus fotos a Edu y se va. El tipo es uno de los dos o tres mejores fotógrafos del mundillo este. Eso y su sonrisa encantadora hacen que le importe un huevo si su pie o sombra o mano o cuerda aparecen en las fotos de Darío, que, en otra cuerda fija, oscila y se contorsiona, a cuarenta metros del suelo, por esquivar las imprevistas extremidades de Sam. Saltan chispas. «Llegan a tener un cuchillo…y alguno corta una cuerda», confesó Edu, al ratito.

Mas la cosa no queda ahí. Pues de los días que permanecimos junto a Edu y Chris Sharma (segunda repetición de La Rambla original), hubo uno en que esto del periodismo de aventura marcó la jornada más allá de los pegues y los ecos de voces que se extienden por la zona -«vamos bicho, créetelo» y cosas así-. Me refiero al día en que Sam Bié quiso realizar y realizó su propia gesta. Entre bambalinas os digo que quizá fuese un mero espectáculo, pero una gesta es una gesta.

Por partes: el tipo agarra dos cuerdas. Asciende, por una fija, los cuarenta metros de la vía y cuando se encarama a la repisa final, asegura una de sus cuerdas y la lanza al centro del valle. Este valle del que os hablo esta lleno de maleza, árboles, hojitas de esas que pinchan -cabritas- y rocas que se desprendieron o que quizá ya estaban allí desde el principio de los tiempos. El espacio vital en el centro del valle es de tres centímetros sin pasarlas putas. ¿Habéis recorrido alguna senda de cien metros, valle abajo, con un ancho de tres centímetros?. Yo tampoco. Sam Bié sí. Pero aún no. Primero debe rodear todo el cañón, llegar al extremo opuesto asegurar otra cuerda y lanzarla al centro del valle. Entonces sí. Cruza entre setos y espinas, ata los dos cabos y después de volver a subir a lo alto del cañón, las tensa. El resultado es una tirolina de cien metros entre dos de las paredes más hermosas del Priorat.

Sam Bié y su espectacular tirolina.- Foto: Jorge JiménezSam Bié y su espectacular tirolina.- Foto: Jorge Jiménez

¿Para qué todo esto?. Bien, Sam necesitaba -supongo que como ansia vital y no profesional- separarse cinco metros de la naranja pared, situándose por encima del escalador de turno. Mejor ángulo, mejores fotos, espero, por su bien…

Los dos que me quedan no son tan espectaculares. Israel Macía es un hombre apacible y metódico. Allá donde va llega preparado. Ha pensado antes que los demás cada posible situación y ha estudiado cada nube que se desliza por el cielo. Junto al palo de fregona, que interpone entre la roca y su torso para mantener una posición fija en las alturas, por lo general es acompañado de su novia, Berta Martín, y sus dos perros.

Ha dejado la caravana a poca distancia y se encamina en pos de su reportaje a Edu Marín. Escoge el color de la camiseta de su modelo. Piensa en cada paso y cada sección, en su luz y sus tonos. Sube por la cuerda fija en lo que se tarda en decir sambiéyotemaldigo. Capta, seguramente, las fotos con mejor luz que el resto, sobre todo porque ya lo venía pensado y ya conocía las condiciones del lugar. Lo que no le resta mérito en esta carrera en la que no gana nadie, pues todos llegan a la vez al bar y piden las mismas cervezas, antes de sentarse juntos en la terracita del camping, para charlar y compartir. Para echarse alguna bronca y sobre todo para aprender.

Israel fotografiando -¿la nuca?- a Edu Marín.- Foto: Jorge JiménezIsrael fotografiando -¿la nuca?- a Edu Marín.- Foto: Jorge Jiménez

Luego esta Darío. Darío Rodríguez. Él lo tiene más difícil porque carga conmigo. Novato y aprendiz, me dedico a observar sus comportamientos. Darío es más pasional que el resto, lo hace todo por cariño a la roca, a la escalada y a la vida con la que se comprometió desde hace 25 años, cuando saliera Desnivel y su propensión a la aventura se tornara en trabajo. Y continúa siendo una aventura. De hecho casi le veo despeñarse ladera abajo, mientras tomaba fotos a Dani Andrada y a Chris Sharma en A muerte (9a). No se lo digáis a su mujer.

-Esta me retira- dice cada vez que dispara en el momento oportuno, haciéndole desear descargar esa foto para poder examinarla, degustarla y es probable que cagarte en todo porque no es tan fantástica como esperabas. Es lo que hay, así que pasas a la siguiente.

Darío, mejor que nadie, sabe el trabajo que conlleva esto de la fotografía. Cada día de trabajo al aire libre supone dos días de trabajo frente a un ordenador. «Quién algo quiere encuentra un medio. Quien no quiere algo encuentra una excusa». Y todos ellos quieren…los tres hechos unos jabatos. Disputándose horas, cuerdas fijas y luces o máculas.

Estalla el cielo en luz azul. Le suceden las sombras y toca joderse. A Darío le han tocado malas horas y malos firmamentos. Pero si alguien no se rinde es él. Si no es hoy será mañana, o al siguiente o esa tarde, o esa mañana dos horas más tarde. Ni comer ni leches. El periodista, aquí, es un legionario que soporta sol, fatiga y hambre, lo único que no soporta es llegar sin el trabajo cumplido. Ar.

Darío Rodriguez bajo las rocas de Siurana.- Foto: Jorge JiménezDarío Rodriguez bajo las rocas de Siurana.- Foto: Jorge Jiménez

Todas son bonitas escenas, sólo falta la flauta dulce que ponga tonos al baile del escalador. Mas como no la hay, la imagino, tostándome al machacón sol en mi roca. Observando las paredes y los seres que viven en ella. Las luces de otoño, los espectros animados y las hojitas rompiendo el vacío del aire, planeando mansas y dormidas. Calor y frío de este tiempo loco, que no sabe si va o viene pero que se encuentre como se encuentre, despierta cada jornada para brindarnos su eterna última oportunidad.

El periodismo cansa y enamora. Es una guerra de informaciones y colores. Es nuestra guerra y nuestra amante y seguiremos en ella mientras todo continúe igual de divertido, resplandeciente y necesario. Y seguramente estos episodios tensos y tiernos se repiten cada día allí donde hay noticias y cámaras y fielmente continuaran ocurriendo, porque si algo se aprende de un periodista de montaña es que es tan duro y terco como una presa de granito.

 


 
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