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«La escalada imposible»: Alex Honnold, El Capitán y vivir para la escalada

«La escalada imposible» es el libro que relata la fascinante historia de la escalada de Alex Honnold en solo integral de la Freerider en El Capitán escrito por su amigo y escalador Mark Synnott. También es una reflexión sobre el miedo, el peligro y lo que para algunos significa estar vivo, por lo que ahora mismo puede resultar una gran inspiración y consuelo.

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La escalada imposible, Alex Honnold por Mark Synnott
La escalada imposible, Alex Honnold por Mark Synnott

La escalada imposible es mucho más que un relato de escalada al fusionar limpiamente recuerdos, información, historia, leyendas de escalada, experiencia técnica e introspecciones del propio autor. El resultado: un libro entretenido, divertido y revelador.

La primera ascensión en solo integral de El Capitán en tres horas y cincuenta y seis minutos, ya es una pedazo de historia. Si además la mezclamos con la historia personal de Mark Synnott, con un tremendo bagaje alpino ‒entre otras, ha abierto vías en la Gran Torre del Trango junto a Alex Lowe, por ejemplo‒, ya es un libro redondo.

Pero la cosa no se queda ahí: Synnott pone en contexto la historia de la escalada en Yosemite, desde los pioneros como Royal Robbins y Warren Harding, las burlonas tribus de escaladores de diferentes épocas como los Stonemasters y los Stone Monkeys, las vías míticas como FreeriderEl CorazónQuantum Mechanic, personajes y hechos claves del valle como Lynn Hill y la Nose o Tommy Caldwell y Kevin Jorgeson en la Dawn Wall.

Synnott se adentra en esa época de habitar Yosemite desde el reto deportivo y también desde una rebeldía hacia lo establecido. Por si fuera poco, el autor decide ahondar en las razones y personalidades de muchos de los grandes escaladores en solo integral como Barber, Bachar, Croft, o Potter, lo que le lleva a preguntarse ¿qué sería capaz de hacer si se sacudiera del miedo? Y de esta pregunta surge quizá la parte más intimista del libro.

Para responderla nos mete en esos 900 metros de El Capitán visto desde sus ojos, desde los del propio Alex Honnold y desde los de otros grandes escaladores. Y es revelador lo que refleja esa mirada. 


 
La escalada imposible, Alex Honnold por Mark Synnott

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Vigente hasta el 31 de marzo. Después 26,5€.


Para abrir boca un fragmento de lo que podéis encontrar entre las páginas de este maravilloso libro: 

«En septiembre de 2008, unos cinco meses después de su solo integral en Moonlight Buttress, Alex se encontraba, solo y sin cuerda, cerca de lo alto de la cara noroeste del Half Dome, y las cosas no estaban saliendo como estaban previstas. En un momento era un héroe, un semidiós, y al siguiente era un asustado inmaduro de veintitrés años, aferrado a un paredón intimidante que había subestimado mucho más de la cuenta. Su armadura se disolvió como una aparición y se sintió como si pasara de un agradable sueño a una pesadilla. Alex había subido escalando hasta el más tétrico callejón sin salida imaginable, a casi 600 metros de altura en uno de los paredones más famosos del mundo, y el único que podía sacarle de allí era él mismo.

Sabía lo que tenía que hacer, porque unos días antes había subido esa vía con cuerda. Ese paso le había parecido difícil, aterrador, y era el único movimiento clave de toda la vía que no le había dejado buenas sensaciones. Pero después se dijo a sí mismo que sería por haber hecho mal la secuencia. Cuando llegara hasta allí tras subir sin cuerda encontraría una manera mejor y más sencilla de superar ese tramo. El día anterior, llamó a su amigo Chris Weidner, quien se había convertido en su confidente, y le contó lo que pretendía hacer.

—¿Qué? —dijo Weidner—. ¿Estás como una puta cabra? Antes de intentar hacer esa vía en solo tienes que ensayarla que te cagas.

—He pensado en eso —dijo Alex—, y he decidido que quiero mantenerlo emocionante.

En Moonlight Buttress, Alex había ensayado la vía a fondo antes de su solo integral. Gracias a ello, le había parecido «fraudulenta», como si hubiera hecho algo de trampa. No iba a volver a subir para matizar mejor la secuencia ideal para ese tramo. Ya lo resolvería cuando llegara allí.

Pero ahora que se encontraba ante el paso, se dio cuenta de que lo había dulcificado en su cabeza. Era, simple y llanamente, un movimiento obligado horriblemente precario y, sin cuerda con la que probar las diversas opciones para superarlo, no le quedaba otro remedio que hacerlo igual que lo hizo unos días antes, pues al menos sabía que esa secuencia era factible. Implicaba apoyar el pie derecho en adherencia sobre una rugosidad diminuta y cargar su peso sobre ese pie al tiempo que con los dedos se aferraba a unas ñapitas insignificantes. Si ese pie no se le iba, podría llegar a un buen canto que había más arriba. Pero ¿y si el pie se le iba? Bueno, eso no podía ni pensarse.

El lugar en el que se había quedado atascado tampoco era precisamente cómodo. No se encontraba sobre una repisa, descansando mientras meditaba cómo liberarse de la prisión mental en la que estaba atrapado. Las ñapas que agarraba con sus dedos eran demasiado pequeñas como para que pudiera quedarse de ellas si se le iba el pie. Y los pies los tenía sobre dos regletitas. La mayor parte de su peso lo estaba descargando en las puntas, con lo que los gemelos estaban empezando a arderle. Un pie puesto en adherencia tiene tendencia a ir perdiendo agarre cuanto más tiempo mantengas el apoyo. La fricción de la goma del gato contra la roca genera calor, lo que hace que la suela empiece a deslizarse lentamente por mucho que se apriete contra la roca. La sensación es la de que te estás cayendo a cámara lenta.

Alex iba pasando su peso de un pie al otro al tiempo que hacía lo mismo con las manos. Como un niño asustado que echara mano a la manta para taparse, él iba metiendo alternativamente una mano y otra en la bolsa de magnesio que llevaba colgando de la cintura. Alex necesitaba calmarse. Respiró hondo varias veces. “Puedes hacerlo”, se decía a sí mismo. Pero no funcionaba. Sabía que no lo tenía dominado, que estaba tambaleándose al borde del control, que cada segundo que pasaba sin que hiciera el paso lo único que lograba era dificultar las cosas. Llevó su pie derecho media docena de veces hasta el canto maldito. “Hazlo, hazlo, hazlo”, se decía tratando de reunir fuerza de voluntad para dar el paso, pero había algo que no se lo permitía.

Si realmente no hubiera tenido otra opción, ya habría despachado ese paso, fuera cual fuera el resultado. Pero, igual que un suicida que se encuentra al borde de un precipicio del que se disponía a saltar puede darse la vuelta y alejarse del borde, él también tenía otra opción: justo delante de su cara tenía la brillante chapa de un parabolt con un grueso mosquetón ovalado pasado por la misma. Colgaba de la pared a centímetros de su mano derecha. Podía agarrarlo, superarse en A0 y salir así de ese horrible paso. Metro y medio más arriba la dificultad desaparecía. Si usaba el mosquetón, podría estar en la cumbre en cuestión de segundos.

Podía oír a los turistas que charlaban ahí arriba. Era una cálida tarde de finales de verano. A pocos centenares de metros, docenas de personas estaban sacando fotos, abrazándose, riéndose, amando la vida. Miró hacia arriba para ver si había alguien observándole. Es habitual que algunos turistas se tumben boca abajo sobre una laja conocida como El trampolín que asoma sobre la vertical cara noroeste. Los que hacen salto BASE la usan para tirarse desde allí. Por suerte, nadie le estaba mirando. Alex estaba en el infierno, pero como relataría más tarde en su autobiografía, al menos era su «infierno privado».

Una voz dentro de su cabeza le susurraba que se agarrara al mosquetón. «No vale la pena jugársela», le decía. «No tires tu vida a la basura por una estúpida escalada en roca» .Pero otra voz, igual de poderosa, le decía, «¡Espera, no te rindas todavía! Estás a un paso de lograr el solo integral más grandioso de la historia. ¿De verdad quieres tirar a la basura toda la escalada que has hecho para llegar a este punto?”

Pero una fuerza inconsciente en su mente se negaba a abrir la puerta y permitirle cargar su peso en el pie derecho. Cada vez que lo levantaba y lo apoyaba sobre la roca, se quedaba paralizado. Estaba a punto de rendirse y agarrar el mosquetón cuando tuvo una idea. Pasando de agarrar con los dedos índice y corazón la ñapa que tenía para la mano, a hacerlo con el corazón y el anular, pudo estirar el índice y colocar la primera falange sobre el labio inferior del mosquetón. Solo tendría contacto con el metal del mosquetón, pero no cargaría sobre él ni un gramo de su peso. Ese sería su compromiso. Daría el paso así, y si se le iba el pie, ganchearía el mosquetón con su dedo y se agarraría por la cuenta que le traía. Eso le ofrecía una pequeña posibilidad de sobrevivir si fallaba el paso.

Llevó el pie derecho a la rugosidad y, con todo el peso aún sobre los dedos de su pie izquierdo, inhaló profundamente.

La puerta se abrió.

Metió peso a su pie derecho y presionó las yemas de sus dedos con toda la fuerza que pudo, asegurándose de no traccionar del mosquetón lo más mínimo. El pie aguantó y, en un rápido gesto, atrapó un canto neto con su mano izquierda. Hecho. Subió corriendo la fisura final que conduce a la cumbre y, al llegar arriba del todo, pasó junto a unas veinte personas que estaban sentadas en el borde del precipicio. Él casi había anticipado (o esperado) que alguien gritara: “¡Joder! ¡Acercaos todos a ver esto! ¡Este chalado acaba de subir sin cuerda la noroeste del Half Dome! Pero nadie dijo una palabra”. Una pareja, sentada unos metros más allá, se estaba besando. La chica era guapa. No prestó atención a Alex. Le hubiera dado igual ser invisible.Sin camiseta, jadeando, se miró las manos blancas de magnesio y las venas hinchadas de sus antebrazos. Volvió a mirar a su alrededor. Era un hermoso día soleado. Un centenar de turistas repartidos por la cumbre de la inmensa mole de roca se deleitaban con las panorámicas vistas de la Sierra Nevada, y se felicitaban unos a otros por la agotadora caminata de quince kilómetros que habían tenido que hacer para alcanzar la cumbre de una formación geológica tan singular. Nadie se fijaba en él. Ni una sola persona».


 
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