«El primero de la cuerda» de Roger Frison-Roche: solidaridad en la montaña

Este gran clásico que forma parte de la leyenda del mundo de la montaña, viene muy al caso en estos momentos que toca pensar en común. Nos habla de un alpinismo, allá por los años 20 o 30 del pasado siglo, que no se fijaba tanto en heroicidades individuales como en el papel del individuo en una empresa común.

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El primero de la cuerda por Roger Frison-Roche
El primero de la cuerda por Roger Frison-Roche

Algunas historias forman parte de la leyenda del mundo de la montaña y El primero de la cuerda es una de ellas. Fue un libro de referencia desde que se publicó en los años 40 y en España cobró fuerza en los 60. 

Algunas historias forman parte de la leyenda del mundo de la montaña y El primero de la cuerda es una de ellas. Fue un libro de referencia desde que se publicó en los años 40 y en España cobró fuerza en los 60. Se convirtió en uno de los libros de montaña más vendidos en todo el mundo lanzando a su autor, Roger Frison-Roche, alpinista y aventurero, a la fama literaria. En este libro se respira el espíritu de un hombre aventurero que vivió tiempos convulsos y aun así siguió creyendo en las personas y en la belleza.

El primero de la cuerda habla sobre un joven, Pierre Servettaz, que vive en el Chamonix de los años veinte. Su sueño es ejercer la misma profesión que su padre y su tío y todos los ancestros que puede recordar: guía de montaña. Pero su padre tiene otros planes para él, se niega a que corra tantos riesgos y le ha preparado para que sea hostelero, aún así en cuanto puede se escapa a escalar. Un día, su padre sufre un accidente mortal en el Dru. Pierre se une al grupo de guías de montaña que suben a intentar recuperar el cuerpo arriesgando al máximo, tanto que sufre una impresionante caída. Sale vivo pero con secuelas graves que quizá le alejen de las montañas para siempre lo que provoca en él una perdida total de ilusión e impulso de vivir. Poco a poco vemos la transformación de este personaje, gracias al apoyo de la gente que le ayuda y al bálsamo de la escalada.

Ahora que todos estamos alejados de las montañas seguir la vida sencilla de un pueblo montañero, marcada por la naturaleza, por el paso de las estaciones, por el trabajo físico, acompañados de personajes con el rostro quemado por el sol y tallado por la tormenta, leer las acciones de escalada donde escuchas hasta el sonido hueco en el hielo, transportarnos allí, a los Alpes, con los guías de Chamonix por un rato es un delicioso respiro.

Quizás el misterio de que El primero de la cuerda se haya convertido en una obra de culto se esconda en ese aprecio por los valores o ideales que marcaron la idiosincrasia de un alpinismo concreto en un momento concreto: solidaridad, integridad, honestidad, responsabilidad y un punto de sacralización de la montaña como escenario donde estas cualidades humanas cobran vida de manera intensa. Como si de algún modo la montaña tuviera la capacidad de sacar lo mejor que llevamos dentro.

«Por entonces, su amor a la montaña era todavía puramente físico: una necesidad de acción y de esparcimiento. Un atavismo oscuro le atraía hacia las montañas: su padre era guía, su abuelo y su bisabuelo habían conducido a generaciones de viajeros, y por lejos que retrocediera en el tiempo, en los archivos del priorato de Chamonix solo se encontraban antepasados Servettaz que recorrían las cumbres, contrabandistas, cazadores de rebecos, buscadores de cristales. Solo él, por vez primera, se disponía a alejarse —cierto es que muy a su pesar— del destino de su linaje.

Hasta entonces, Pierre nunca había tratado de explicarse el porqué de la alegría que sentía cada vez que, más arriba de los pastos de altura, se internaba en las soledades de hielo y roca de la alta montaña. ¿Era feliz porque aquella lucha en la montaña le proporcionaba un tiempo de maravilloso esparcimiento tras las largas y monótonas estancias en los hoteles de las grandes ciudades cubiertas de bruma? ¿O era más bien el placer de reencontrarse una vez al año con sus compañeros, personas sencillas y buenas, y la alegría de compartir las provisiones sobre una hermosa lastra de granito calentado al sol? ¿Era la indecible felicidad que sigue a la llegada a una cumbre cuando, con el espíritu aún atento y los músculos en tensión, se saborea la alegría de la difícil victoria?».


 
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