Una vida entre la cima y el abismo

Desnivel publica la biografía del alpinista Hans Kammerlander

La vida del alpinista extremo Hans Kammerlander ha sido rica y variada. La infancia y juventud, sin calefacción, agua corriente ni electricidad, en Tirol del Sur. Los comienzos en las montañas cercanas, la formación como profesor de esquí y guía de montaña. Su encuentro con Messner y el tiempo que pasaron juntos en las montañas más altas del mundo. Fue la primera persona en descender el Everest con esquís, y cuenta con trece ochomiles a su espalda.

Autor: Pati Blasco | No hay comentarios | Compartir:
Hans Kammerlander en una imagen del 2018
Hans Kammerlander en una imagen del 2018   ©Darío Rodríguez/DESNIVEL

La vida del alpinista extremo Hans Kammerlander ha sido rica y variada. La infancia y juventud, sin calefacción, agua corriente ni electricidad, en Tirol del Sur. Los comienzos en las montañas cercanas, la formación como profesor de esquí y guía de montaña. Su encuentro con Messner y el tiempo que pasaron juntos en las montañas más altas del mundo.

Fue la primera persona en bajar el Everest con esquís, y cuenta con trece ochomiles a sus espaldas. Las Segundas Siete Cimas. La alegría de ser padre cumplidos los 50. Las desgracias en la montaña y en el valle. El regreso al Manaslu veintiséis años después. La montaña como un espejo donde se refleja todo lo que somos.

Entre las páginas de este libro repasa toda su vida conversando con los periodistas Verena Duregger y Mario Vigl. Lo hace de manera honesta y sencilla, adentrándose en sus logros en las montañas pero también en sus fracasos, en su dificultad para estar en el valle ya que sus momentos en la montaña eran tan intensos que la vida en el valle podía resultar demasiado aburrida, difícil, regulada o incompleta…

Empieza por el principio. Con la vida plena y difícil de una familia en una aldea de Tirol del Sur, con una granja y miles de tareas diarias por resolver. Un niño que vivía en unas condiciones parecidas a la que viven hoy los sherpas en sus cabañas sin electricidad ni agua corriente. Nada de ropas técnicas, solo un mono para trabajar y una chaqueta para los domingos.

Me pregunto si cierta incomodidad no agudiza el ingenio y las cualidades. «Mi juventud fue pobre, pero también muy hermosa», asegura. Utilizaba ante todo su cuerpo, sus manos y su instinto para salir adelante, con el cuidado amoroso de su padre y sus hermanas. «El haber realizado con precisión trabajos manuales ya en la infancia es algo que más adelante, en la montaña, me vino muy bien.

A fin de cuentas, la escalada es también un trabajo manual». Ahí se gestó el hombre valiente que sería después ya que en la granja también maduraron su conciencia y actitud frente al peligro.

Con ocho años podemos decir que descubrió el alpinismo. Como cada día, fue corriendo a la escuela, que no le interesaba demasiado. En el camino se  encontró con dos turistas alemanes, un hombre y una mujer, que le preguntaron por el camino al Moosstock, ¿qué se les habrá perdido ahí arriba? Se preguntó. Les siguió hasta la cumbre, su primera cumbre.

«Esa vivencia en la montaña resultó sencillamente preciosa. Hoy creo que fue ese preciso instante uno de los motivos por los que siempre he seguido queriendo repetir»

Esta biografía es también una historia de cómo las vivencias nos marcan el camino, las experiencias favorables y también las que no lo son. Hans Kammerlander logró éxitos impresionantes en las montañas más altas del mundo, pero su camino también se ha visto salpicado de reveses amargos y momentos bajos. «En algún momento me di cuenta de que las relaciones más difíciles son las que se dan entre dos personas, ya sea en pareja o en cordada».

Y una de sus cordadas más fructíferas fue la que hiló durante años con Messner. Su primer encuentro cuando Hans tenía solo 23 años y Messner ya era una leyenda y se encontraba en plena carrera por los ochomiles… la primera expedición al Cho Oyu. «El que, en 1983, pudiera hacer con él mi primera expedición fue una gran suerte. Reinhold me había invitado a viajar con él, pero en la práctica me había llevado de la mano. formábamos la cordada ideal. En un extremo de la cuerda, Reinhold, perro viejo en cuanto a táctica y planificación, y un alpinista extraordinario; y en el otro yo, escalador agresivo y que asumía de buen grado el riesgo».

Ambos en magnífica forma física. No racaneábamos nada con el entrenamiento, ni un solo metro». Fue una época larga junto a Messner, muy instructiva y que en cierta manera le convirtió en el alpinista que después fue. A pesar de las diferencias de pareceres o de las distancias si le preguntan un alpinista al que admire responde: «Sin duda Reinhold Messner. Su fuerza de voluntad era enorme y siempre era capaz de pensar en positivo».

«Mientras estoy aquí sentado tomándome un café, vivir es algo que se da por sentado. Pero cuando estás en montaña, en un terreno tan expuesto, es cuando aprecias de verdad el valor de la vida»

Entre estas páginas el gran alpinista no rememora únicamente récords alpinos, también habla a cerca de la amistad y los errores que ya no pueden remediarse. El drama del Manaslu donde perdió a su mejor amigo. Y volver para sanar.

Durante mucho tiempo los récords, la velocidad y la rivalidad guiaron su vida, llevando a la máxima expresión la unión de sus dos grandes pasiones: el alpinismo y el esquí, con el ascenso al Everest más rápido y el descenso esquiando.

Es un libro sobre la sabiduría que te da el tiempo… saber cuál es la preparación adecuada es algo que solo te llega con los años, afirma. Y la capacidad de reflexión que también te otorga la edad.

Y entre estas páginas, con una larga conversación que se gesta sobre todo en el salón de su casa, también habla sobre temas que le preocupan, como la honestidad y el egoísmo, y lo hace desde un lugar en el que no juzga las acciones de los demás, aunque posea una opinión clara sobre aquello que más valora; «cualquiera que se decida por el alpinismo, no puede evitar ir al Himalaya. Pero los auténticos van a vías solitarias en las que poder probar algo nuevo.

Y están en absoluta minoría. Se les reconoce porque al pie de la montaña solo se ven dos o tres tiendas. No temen el aislamiento, y la soledad no les molesta. Los campos base abarrotados, como los del Everest o el Cho Oyu, son destinos turísticos. A mí eso no me dice nada, pero por otro lado pienso que si esas personas disfrutan haciendo eso, pues que lo hagan».

Una autobiografía en conversaciones que nos acerca, desde ángulos completamente nuevos, a este extraordinario alpinista. Que no pasa ni un solo día repanchingado en el sofá sino que siempre anda en busca de la naturaleza y de nuevas sensaciones reconfortantes.

«Tal vez llegue un momento en el que únicamente pueda mirar las montañas desde el valle y tenga que alimentarme de recuerdos, pues sé lo que es estar ahí arriba. Pero para eso falta tiempo, espero»

Su pasión por la restauración de vehículos antiguos,  las satisfacciones del trabajo como guía de montaña, las heridas que dejan huella, sus fortalezas y fragilidades… cómo lo ha transformado el nacimiento de su hija y lo que espera del futuro. 

Por Pati Blasco


 
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