CUMBRES OLVIDADAS

Pasión por los tresmiles

El principal símbolo del Himalaya son las codiciadas cumbres que superan los 8.000 m. Otro tanto sucede en los Alpes con los prestigiosos cuatromiles y también ocurre algo similar con nuestro próximo Pirineo cuyos tresmiles han ejercido una atracción especial.

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¿Cuántos tresmiles hay en el Pirineo? Los pioneros del pirineismo también se plantearon esta pregunta, pero las limitadas e imprecisas fuentes cartográficas de que disponían no les permitieron dar una respuestas precisa. El sector de los «tresmiles» cubre el tercio central de la cordillera. Entre las cumbres situadas en ambos extremos, la Frondella Occidental y el Montcalm, hay una distancia de 140 kilómetros.

En este espacio, caracterizado por una compleja estructura orográfica, se encuentran diseminadas 329 cotas que superan los tresmil metros de altitud. Este dato es el resultado de una minuciosa labor de investigación llevada a cabo por el «Equipo de los tresmiles del Pirineo», un grupo de trabajo constituido por iniciativa de Juan Buyse.

Los primeros pirineistas eran ya fervientes «tresmilistas», pues en vez de empezar por las cumbres más accesibles se obstinaron en buscar la más elevada, rango que recayó, inicialmente, en el Monte Perdido, después en la Maladeta y, por fin, en el Aneto. El instinto de superación, cualidad esencial del montañismo, impulsó a las siguientes generaciones de pirineistas a afrontar el reto de la dificultad. En los años 60 el turismo de masas contribuyó a popularizar los deportes de montaña, prevaleciendo el número de ascensiones sobre cualquier otra consideración.

En la última década, la proliferación de guías y mapas de montaña, la mejora de los equipos y de la alimentación, así como la optimización del rendimiento gracias a la preparación física, han posibilitado otro salto cualitativo del pirineismo, que incide notablemente sobre el auge del tresmilismo. En efecto, si hace 30 años lo habitual era alcanzar una cumbre cada día, hoy es frecuente encadenar varias mediante travesías que discurren por el lomo de las cresterías.Empezando por las suaves crestas que dominan el Circo de Gavarnie, después nos asomaremos a los abismos del Circo de Troumouse, dirigiéndonos más tarde a las aristas de los Besiberri, del Vignemale, del Posets y de la Maladeta. Sin apenas darnos cuenta hemos acumulado un centenar de «tresmiles» y todavía nos quedan la Cresta de la Frondella, la de Cregüeña, La cresta de Llosás, la Cresta de Costerillou y otras más para llegar a los doscientos.

La pasión por los «tresmiles» se puede encauzar de diversas maneras: planteándonos alcanzar los once puntos culminantes de los núcleos que agrupan los «tresmiles» o proponiéndonos coronar los 129 «tresmiles» principales. Lo importante en cualquier caso es que esa saludable afición tenga unos límites adecuados a nuestras posibilidades y no se transforme nunca en obsesión enfermiza.

En 1933 Miquel Capdevila lograba completar las 212 cumbres del «catálogo de los tresmiles» mediante un procedimiento difícil de superar: cabalgando por sus cresteríos durante 30 etapas. Este acontecimiento, junto con la travesía integral de la divisoria de aguas del Pirineo, realizada en 1986 por Louis Audoubert y Guy Panazzo y que implicaba alcanzar 930 cumbres, constituyen las actividades pirineistas más importantes de las últimas décadas.

Alrededor de la cota de los tres mil metros se producen cambios cualitativos en la montaña pirenaica. El hecho de que a esa altura la temperatura media sea 20º C inferior a la del nivel del mar, poseyendo la atmósfera un tercio menos de oxígeno, entraña notables repercusiones a nivel medioambiental y humano. En el Pirineo hay unos cuarenta espacios cubiertos de nieves perpetuas que alojan bajo su superficie capas de hielo y, por tanto, reciben el nombre de glaciares. Pues bien, todos ellos se encuentran en el entorno de cumbres que superan los tres mil metros y permanecen cubiertas por la nieve durante la mayor parte del año.

Los «tresmiles» constituyen un mundo mineral, integrado en su mayor parte por rocas calizas, esquisitos y granito, donde cualquier forma de vida se desarrolla en condiciones absolutamente adversas. Aparte de los líquenes, sólo un reducido número de flores, que compensan su diminuto tamaño con una singular belleza, logra completar allí su ciclo vital.


 
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