La Sierra Nevada de Santa Marta, que alberga las montañas más altas de Colombia y es el sistema montañoso tropical más alto del mundo, ha sido protagonista de varias noticias en los últimos meses. Hace justo un año nos llegaba la historia de supervivencia y rescate de dos montañistas atrapados en el Pico Colón; a finales del año pasado nos hicimos eco de la apertura de una nueva ruta en la cara sur del Pico Bolívar; y a principios de febrero publicamos otra apertura en el Pico Bolívar.
En esta ocasión, la noticia es la primera repetición de la travesía integral de la Sierra Nevada de Santa Marta, realizada por Cristian Alarcón, Daniel Henao y José Mostajo 37 años después de la primera ascensión de Juan Pablo Ruíz y Cristobal Von Rothkirch, a finales de la década de 1980. Los tres montañistas han enlazado las ascensiones de los picos Cristóbal Colón, Simón Bolívar y Santander. En 18 jornadas de expedición, con escaladas técnicas y vivacs a más de 5.500 metros, también alcanzaron la cumbre del Pico Reina, una montaña prácticamente inexplorada en las últimas décadas, conectando así los extremos de la Sierra.
Este es el relato que firma Cristian Alarcón sobre su periplo en la Sierra Nevada de Santa Marta:
Expedición al corazón del mundo
Tuvieron que pasar 37 años para retomar un sueño utópico. En esta ocasión, el sueño tenía como escenario la majestuosa Sierra Nevada de Santa Marta, una montaña genuina, única y hostil. Quisimos rememorar las sendas que trazaron Juan Pablo Ruiz y Quapp (Cristobal Von Rothkirch) en su integral de los picos Colón, Bolívar y Santander, una trilogía con precedente de antaño que marcó uno de los eventos montañísticos colombianos más destacados de los ‘80.
5 de febrero de 2025. Salía el sol en el campo base del flanco norte del Pico Colón cuando nos colocamos los morrales que curvaban nuestras espaldas por el gran peso que llevábamos. Nuestro equipo estaba conformado por Abel, Luis y El Ovejo (Daniel Machado), quienes eran parte del staff y soporte, y por Daniel Henao, José Mostajo y yo (Cristian Alarcón), los encargados de intentar la trilogía de los picos. Dos días antes habíamos escalado el Pico Colón con el objetivo de visualizar nuestro camino y los retos logísticos a los que nos enfrentaríamos. Atravesar el equipo de soporte al otro lado de la montaña para que nos esperaran con las provisiones necesarias, sin duda era uno de ellos. Así que nuestro plan fue subir hasta el collado (unión del glaciar entre los picos Colón y Bolívar) juntos y ayudar al equipo de soporte a pasar al flanco sur mediante un rápel de unos 60 metros. El gran desafío: portear todo el equipo y atravesar esa muralla de hielo a 5.500 metros. Finalmente, tras una ardua jornada, lo logramos. Daniel, Mostajo y yo nos quedamos en el collado para hacer un vivac sobre el hielo y continuar al día siguiente, el equipo de soporte instaló campamento en el costado sur.


6 de febrero de 2025. Despertamos, salimos del vivac. Nos tomó sólo 29 minutos ascender a la cumbre del pico Colón por segunda vez, pues la cima estaba muy cerca. Descendimos, desmontamos el vivac y seguimos hacia el pico Bolívar. Una escalada en roca de cuatro largos expuestos, sueltos y técnicos nos conectó con su gran cumbre, el punto más alto de Colombia. Al llegar a su cima, como si fuera una señal divina, un majestuoso cóndor de los Andes alzó su vuelo bajo nuestros pies y se perdió en la gran serranía.
Continuamos el trayecto por la cresta que nos conducía al Santander. A eso de las 5:00 p.m., llegamos al punto que Juan Pablo Ruíz describió con precisión en el libro De los Andes al Everest – Expedición Colombia: Los despeñaderos y la roca suelta amenazaban a derecha e izquierda; de pronto, encontramos como si faltara un enorme dado de piedra, como si hubiese sido extraído de la montaña. Caía una pared de unos doce metros y volvía a subir al frente: un cubo casi perfecto. Era tarde para continuar, así que decidimos hacer un segundo vivac a 5.500 metros y retomar la escalada al día siguiente.
7 de febrero de 2025. Tras una noche mágica, con una de las vistas más impresionantes que nuestros ojos han contemplado, desmontamos el vivac y nos dirigimos hacia el punto donde habíamos pausado el día anterior. Era un rápel expuesto como lo describió Juan Pablo. No les miento, sentía miedo. Una gélida brisa susurraba en mis mejillas, haciéndome mirar a izquierda y derecha, donde más de 300 metros me separaban del suelo firme. La sensación de temor era inevitable, como si mi mente me estuviera advirtiendo que lo que venía no sería fácil. En el rápel, encontramos algunas cintas viejas que, presumimos, fueron dejadas por Juan Pablo y Quapp hace 37 años en la primera ascensión.
Continuamos la escalada de cuatro largos con mucho cuidado. Horas después, alcanzamos la cumbre del Pico Santander a las 3:00 p.m. Nos comunicamos por radio con El Ovejo, quien nos esperaba en el campamento base del flanco sur. Fue un momento emotivo: vivíamos un sueño, el mismo que Juan Pablo y Quapp cumplieron casi 40 años atrás. Nuestra gesta se convertía en la primera repetición de la trilogía; éramos la segunda cordada en pisar esa gran montaña. Pero aún faltaba algo esencial: descender.
A las 4:00 p.m., iniciamos el descenso por la pared sur, una ruta inexplorada. Sabíamos que la noche sería cómplice de nuestro descenso, así que nos abrigamos para el frío. La bajada fue intimidante; toda la pared estaba rota y las rocas caían como balas. Nos enfrentamos a una pared de más de 300 metros, lo que hizo que cada movimiento fuera cauteloso y delicado. Después de siete rápeles, llegamos a la morrena y nos comunicamos con El Ovejo, quien por radio y linterna nos guió para llegar hasta el campamento base. Eran las 2:00 a.m. cuando llegamos, sanos, salvos y exhaustos. “Nos hicimos el pegue de la vida”, dijimos entre sonrisas y alivio.
Pero nuestro proyecto aún no terminaba. El objetivo final era conectar otra montaña, el Pico la Reina, ubicada a dos jornadas de allí, y salir por el extremo oriental. Una verdadera peregrinación que conectaba los extremos de la Sierra Nevada de Santa Marta.
11 de febrero de 2025. El reloj marcaba las 12:45 a.m. cuando iniciamos nuestra jornada para ascender el Pico Reina. Nuestro equipo estaba compuesto por Abel (indígena arhuaco), El Ovejo, Daniel, Mostajo y yo. Este ascenso era especial, pues aparte de querer compartirlo con quienes nos apoyaron incondicionalmente en la trilogía, sus últimos ascensos fueron presuntamente reportados a inicios de los años ‘90, es decir, más de 30 años sin ser escalada. La madrugada estuvo marcada por un gran laberinto de hielo, donde enormes grietas dividían nuestro camino. La luna fue la gran protagonista del ascenso, iluminando tanto que solo usamos nuestras linternas en contadas ocasiones. Una rimaya nos separaba de la cima, por lo que tuvimos que sortearla con una escalada en hielo de 15 metros. La luna, de un amarillo radiante, se ocultaba sobre los picos Colón, Bolívar y Santander, mientras que al oriente los primeros rayos de sol teñían de rosa la gran serranía. A las 6:10 a.m., alcanzamos la cumbre del Pico Reina, el corazón de la Sierra (el corazón del mundo). Desde allí, iniciamos nuestro descenso hacia el extremo oriental por la cuenca del río Guatapurí.
12 de febrero de 2025. La luna llena iluminaba la increíble cuenca alta del río Guatapurí. Exhaustos por las jornadas previas, la noche nos envolvía en incertidumbre, pues no sabíamos exactamente dónde estábamos (solo sabíamos que era territorio kogui). De manera inesperada, un indígena de dicha comunidad, y de avanzada edad, apareció. Pensamos que nos retendrían por estar en su territorio, pero ocurrió todo lo contrario. Con gran amabilidad, nos brindó información sobre el camino hasta Guatapurí. Decidimos caminar toda la noche para llegar hasta allí.
13 de febrero de 2025. La expedición llegó a su fin después de 18 días. Nuestro equipo de seis personas arribó sano y salvo a Valledupar, aunque con secuelas del esfuerzo: pérdida de peso, heridas y lesiones. Sin embargo, llevábamos en la memoria recuerdos imborrables y en el corazón la profunda felicidad de haber completado esta expedición al corazón del mundo.
Trilogía en honor a Juan Pablo Ruíz Q. E. P. D. (pionero del montañismo en Colombia). Gracias por inspirar y enseñar el valor del liderazgo.



















