La Puna de Atacama sigue ofreciendo oportunidades para la exploración a quienes deciden visitarla cuando casi nadie lo hace. Durante una expedición desarrollada entre finales de junio y comienzos de julio, un equipo formado por el chileno Carlos Fouilloux y los argentinos Facundo Carrizo, Sebastián García y Diego Molina abrió dos nuevas rutas invernales en los volcanes El Muerto y Ojos del Salado, demostrando que incluso algunas de las montañas más conocidas de los Andes conservan itinerarios inéditos cuando el invierno transforma completamente el terreno.
“Hay montañas que cambian con las estaciones y otras que parecen convertirse en un lugar completamente distinto. La Puna de Atacama pertenece a estas últimas”, resume Carlos Fouilloux al describir una expedición en la que las condiciones invernales fueron tan determinantes como las propias ascensiones. Frente al ambiente relativamente accesible que presenta el Ojos del Salado durante la temporada estival, el invierno devuelve a estas montañas un carácter mucho más salvaje: carreteras bloqueadas por la nieve, temperaturas cercanas a los 40 grados bajo cero y un viento capaz de modificar por completo el relieve de las laderas.
El equipo llegó a la región el 18 de junio y dedicó los primeros días a la aclimatación mediante ascensiones al Colorado, Falso Morocho y volcán Bertrand. Sin embargo, la meteorología obligó a modificar continuamente los planes. Buena parte del esfuerzo no se empleó en escalar, sino en abrir con palas los caminos sepultados por la nieve para conseguir que los vehículos alcanzaran cotas cada vez más elevadas.



Una nueva línea en la cara este de El Muerto
El primer objetivo llegó el 25 de junio en el volcán El Muerto (6.488 m). Desde un valle situado entre Mulas Muertas y la propia montaña, la cordada accedió al pie de un gran corredor que recorre directamente la cara este y que desde hacía tiempo había llamado su atención por la lógica de su trazado.
La ruta asciende cerca de 900 metros de desnivel, alternando nieve, roca y un tramo final de hielo de unos 40 grados que desemboca en el glaciar sur de la montaña. Aunque el fuerte viento había barrido buena parte de la nieve caída durante las últimas nevadas, el intenso frío permitió conservar suficientes condiciones para completar el itinerario. La altitud se dejó notar especialmente en los integrantes menos aclimatados del grupo; Sebastián García, recién llegado de una larga estancia en Nepal, fue quien mejor respondió al esfuerzo.
Quince minutos después de alcanzar el glaciar, los cuatro montañeros llegaban a la cima convencidos de haber encontrado una línea tan evidente como elegante.



Una alternativa al itinerario clásico del Ojos del Salado
El principal objetivo de la expedición aguardaba, sin embargo, unos días más tarde. El 28 de junio el equipo regresó al refugio Tejos para dirigirse al Ojos del Salado (6.893 m), la montaña más alta de Chile y el volcán activo más elevado del planeta.
En lugar de seguir la habitual ruta normal por la vertiente noroeste, los cuatro alpinistas se desviaron hacia el este para buscar un amplio corredor que conduce al glaciar noreste, uno de los escasos glaciares permanentes del macizo. Tras superar un largo tramo de acarreos y terreno volcánico alcanzaron el hielo hacia los 6.600 metros de altitud.
Desde allí progresaron por una larga diagonal de nieve dura y hielo, con pendientes de hasta 35 grados, hasta ganar un hombro rocoso que les permitió acceder a la denominada cumbre argentina. Alcanzaron el punto culminante hacia las cinco y media de la tarde y completaron posteriormente una travesía descendiendo por la vertiente oriental, rodeando las fumarolas activas del volcán y enlazando finalmente con el refugio Amistad antes de regresar al refugio Tejos.



El invierno como territorio de exploración
Más allá de las dos aperturas, los expedicionarios consideran que el principal aprendizaje del viaje fue comprobar cómo el invierno modifica completamente el potencial alpinístico de estas montañas.
Mientras en verano el Ojos del Salado recibe numerosas ascensiones por su itinerario habitual gracias al acceso motorizado hasta casi 5.900 metros, la nieve transforma el paisaje y obliga a replantear tanto los accesos como las propias líneas de ascensión. Corredores que permanecen secos gran parte del año se convierten entonces en itinerarios lógicos, mientras que otros desaparecen bajo el hielo o quedan expuestos al viento.
“El invierno modifica el relieve, transforma las posibilidades y devuelve a la Puna ese carácter de incertidumbre que hizo grande la historia del alpinismo”, reflexiona Carlos Fouilloux. Una filosofía que resume el espíritu de la expedición: más que buscar la dificultad por sí misma, explorar una manera diferente de recorrer montañas que muchos consideran ya plenamente conocidas.

- Etiquetas: Carlos Fouilloux, Diego Molina, El Muerto, Facundo Carrizo, Ojos del Salado, Sebastián García








