Hacía tiempo que Martín me comentaba la idea de abrir algo en el Tossal de Sant Salvador, un paño de pared muy vertical que resta virgen, con espacio suficiente; intuimos un par de posibles líneas.
El Tossal de Sant Salvador (ubicada en la comarca de Ribagorza, Huesca), es una pared donde ya existían un buen número de vías, abiertas entre finales de los 90 y principios de siglo y que, por alguna razón, raramente son repetidas, aún gozando de una roca increíblemente excelente.
Así que, sin prisa pero sin pausa, nos ponemos manos a la obra, establecemos las normas del juego y, en varios días de abril y diciembre de 2024, abrimos la vía. Entramos por el primer largo de una vía vecina, nos parece lo más lógico, hasta llegar a la primera repisa. Desde aquí arranca un muro espectacular, vertical, y que en sus primeros metros ya vemos que no da tanto canto como nos pensábamos.
El segundo día ya habíamos abierto los dos primeros largos, con algún vuelito y algún paso que nos hace sudar. Llegamos a R3 y enseguida empiezo el cuarto largo. Ya desde el principio veo que será difícil. Pongo una chapa cerca para evitar caer sobre la reunión, realizo unos pasos y me cuelgo de una uña precaria. Pido el taladro y, con cuidado, coloco la segunda chapa del largo. Los pasos que vienen son sobre presas minúsculas y ni siquiera me aguanto de los cantos. Le digo a Martín si le apetece probar, pero estamos los dos cansados y nos bajamos.
Volvemos al cabo de pocos días, llegamos donde lo habíamos dejado y nos ponemos al lío. Pruebo la sección y, después de varias caídas y ganando pasos poco a poco, llego a una regleta lateral un pelín más buena. La misión se va a convertir en llegar a esa regleta e intentar ganchear algo. Llego, coloco la uña en lo que parece una gota de agua microscópica, me cuelgo con cuidado y salgo volando; la gota de agua se ha roto. Vuelvo a subir una segunda y tercera vez con el mismo resultado, así que decido intentar taladrar cogido de la regleta. Empiezo a escalar, esta vez con el taladro a la espalda. Llego a la famosa regleta, saco el taladro, empiezo a perforar y, apenas aguanto diez segundos, que ya estoy volando por los aires, taladro en mano. Lo vuelvo a intentar y, esta vez, no aguanto ni 5 segundos.
Apenas he hecho dos milímetros de agujero y no soy capaz de hacer fuerza al taladro desde esa presa. Vuelvo a probar sin tener claro qué voy a hacer. Llego a la regleta y, sin pensarlo, saco la uña y la coloco en esos dos milímetros de agujero. Me cuelgo y pongo un parabolt. Ese día, acabamos de abrir este largo y el siguiente.


Al llegar a casa, me invade una sensación agridulce y un sentimiento de contradicción. Por un lado, me siento contento con cómo ha quedado el largo: movimientos sobre micropresas, secciones obligadas y un diedro precioso. Pero, por otro lado, soy consciente de que, aunque no fuese la intención inicial, me he colgado de una uña picada (también llamado bat hook) para poner un seguro, algo que no entra en «las reglas del juego» y que, personalmente, considero trampa. No estoy orgulloso de esta acción, no todo vale.
La vía está prácticamente equipada, con bastante chapa en general, sin grandes alejes, aunque hay que escalar entre seguros y donde se tiene que proteger de manera puntual, lo que permite la roca.
Proceso del encadene
Habré ido unas 4 o 5 veces durante el invierno, hasta el día del encadene que, de forma improvisada, salió todo rodado:
Me llama Jaime Merino para pasar unos días en casa y escalar por la zona. Llega al mediodía e intentamos planificar un poco los días. Le comento que tengo un proyecto al que me gustaría volver, aunque quizá no sea el mejor plan para estos días. Al contrario de lo que podría pensar, Jaime me dice que trae todo el equipo de fotografía y que le molaría sacar unas fotos. Así que, de forma improvisada, decidimos ir esa misma tarde, como dice Jimmy, a preparar el escenario, aunque todavía no sabíamos si alguien más se apuntaría para que él pudiera colgarse.
Subimos por la vía de al lado, de un grado más asequible, y en la que disfrutamos mogollón. Luego rapelamos por nuestra vía. Vamos cargados con varias cuerdas estáticas, un montón de cintas y una hamaca de pared para dejar en R3, que es incómoda. Así lo hacemos, y a medida que vamos rapelando, aprovechamos para fijar cuerdas, poner cintas en los seguros fijos y dejar todo listo.
Al bajar, llamamos a Gil y se apunta sin dudarlo. Al cabo de un rato nos escribe Pau y también se suma. Iremos los cuatro: Jimmy de manera autónoma, y los demás en una cordada de tres. Las risas están aseguradas.
Al día siguiente madrugamos y, a las 8 de la mañana, ya estamos escalando. La pared está orientada al oeste, de manera que al mediodía le entra el sol.
Subimos hasta la repisa y empezamos por el primer largo de la vía, 7c+ bastante a bloque y con un final a proteger. Empiezo a subir y rápidamente llego a la sección clave del largo, la supero y rápidamente llego a la reunión. Le comento a Jaime que nunca me había salido tan bien este largo, prácticamente no me he cansado. Lo tenía bien matizado, eso sí.
Me quedo en la reunión y tiro la cuerda. Gil encadena el largo sin despeinarse y Pau le da un par de intentos, quedando cerca de hacerlo. Escalo el siguiente largo sin soplar demasiado. Por detrás hacen lo mismo Pau y Gil. Llegamos a la tercera reunión y montamos el campamento diurno.
Estamos de lujo, la motivación alta y las cintas puestas. Le doy un primer intento, en el que me quedo cerca de salir de la sección más difícil. Me descuelgan hasta la reunión y descanso un rato mientras Gil prueba el largo, dejándolo a punto. Pau me cede su turno y le doy un segundo intento antes de que entre el sol. Supero la sección donde me he caído y, asegurando los movimientos, consigo llegar a la reunión. El largo está encadenado.
Este cuarto largo son unos 25 metros, de escalada técnica y variada, sobre agarres muy pequeños que hay que coger a la perfección para que la cosa funcione. Los pies son precisos y, en mi caso, si me equivocaba en un solo pie, ya no tenía ninguna opción. Creo que rondará el 8b.

En mi opinión, uno de los factores clave y, a veces, lo más difícil a la hora de hacer actividades de este tipo es tener un amigo que esté igual o más motivado que tú. Y en esta ocasión fue sencillo en este aspecto. No puedo más que agradecer a Martín Elías, que es quien visualizó la vía y juntos la abrimos pasando unos días excelentes, así como a los amigos Pau Valladares, Gil Varriere y Jaime Merino, que hicieron posible el encadene.














