El factor mental en escalada es central, tanto para rendir físicamente como para controlar el miedo. En todo ello, el género, como elemento sociocultural, influye más de lo que suele analizarse, a nivel deportivo y de gestión del riesgo. Esta desigualdad no ha quedado en el pasado para muchos de quienes practican la escalada, pese a los resultados de alto nivel que demuestran las escaladoras de élite; desgranarla permite repensar y elaborar estrategias colectivas para superarla.
El riesgo y su valoración subjetiva
Escalar es una actividad física que se practica por placer, diversión, por su tendencia a la deportivización y, cuando se practica en espacios naturales, por la sensación de libertad y aventura, ligadas inevitablemente al riesgo. Este último suele ser controlable de manera objetiva, pero su evaluación es más bien subjetiva y está condicionada por una serie de factores: los medioambientales, tales como las características de la roca o la disposición de los seguros; los internos, como la personalidad, la autopercepción o la antropometría; y los externos, como los socioculturales, donde destaca el género. Todos ellos se interrelacionan y moldean unos a otros.
De esta forma, por ejemplo, el género femenino suele desconfiar de sus habilidades deportivas, lo que lleva a muchas escaladoras a controlar peor el miedo, ejecutando movimientos menos eficientes, aplicando demasiada fuerza en los agarres o incrementando el estrés. Todo ello se retroalimenta y limita su progresión.
Entre la neutralidad y el sesgo de género deportivo
El género es un conjunto de reglas socioculturales que las personas vamos interiorizando a lo largo de nuestras vidas, según ciertas características biológicas de nacimiento. El género masculino se construye en torno al vigor, el liderazgo, la competitividad y la indiferencia frente al dolor; la fuerza, la potencia, la musculación, el espíritu de conquista, la atracción por el riesgo y la valentía. El miedo es la emoción que los hombres menos expresan y los grupos masculinos refuerzan este patrón.
La feminidad sería lo complementario: exteriorización del miedo, debilidad, delgadez, interdependencia, gracia, belleza, emocionalidad. Los datos ilustran la vigencia de estos estereotipos y cómo condicionan nuestras creencias, expectativas, comportamientos y participación en unas actividades u otras. Por ejemplo, según datos del Observatorio Catalán del Deporte de 2019 y 2023, las mujeres entrenan menos que los hombres y sus objetivos no suelen buscar el máximo rendimiento deportivo, obteniendo logros menores. El máximo rendimiento se asocia a los hombres, más en escalada, donde la épica tiene un lugar central y hay que demostrar valentía y autocontrol.
En esta línea, la mayoría de rocódromos y zonas de escalada siguen siendo testimonios de dinámicas de grupo de tipo patriarcal: ellos suelen apretar más que ellas, resolver secuencias más difíciles, ir más de primeros… nutriendo creencias, expectativas y comportamientos de unos y otras sobre el potencial propio y de los demás. Otro ejemplo es la creencia de que los hombres son más aptos para la escalada por su visible y evidente tren superior más musculoso.
Las narrativas de los medios de comunicación, y especialmente en redes sociales, potencian estos estereotipos; por ejemplo, Matilda Söderlung señala que sigue existiendo la creencia de que las mujeres tienen que ir con cuidado para no muscular demasiado y así mantener su apariencia femenina.
Pero lo cierto es que, por un lado, la escalada es de los pocos deportes calificados por las investigaciones como neutros en género, por el abanico de habilidades psicomotrices que requiere. Por otro lado, va apareciendo evidencia científica que pone de relieve cómo características fisiológicas más presentes en mujeres, como las fibras musculares tipo I y los estrógenos, disparan la resistencia y disminuyen la fatiga en zonas como los músculos flexores del antebrazo, claves para la progresión en escalada.
Autopercepción sesgada
La autopercepción es la valoración que hacemos de nuestras capacidades y flaquezas, de nuestras posibilidades o límites para lograr objetivos. Se concreta en emociones y pensamientos automáticos que pueden actuar como palanca positiva o como barrera para la progresión.
En lo que al control del miedo se refiere, aquellas personas con una autopercepción más elevada asumen riesgos extra y son más perseverantes, ya que confían en las propias capacidades para superarlos. Así, alcanzan mayores niveles de rendimiento, lo que a su vez refuerza su autopercepción.
La autopercepción no es estática, sino que se va construyendo en base a nuestra interacción con el entorno y eso incluye las representaciones de género. El estereotipo femenino de fragilidad, musculatura menos marcada, miedo y rendimiento deportivo inferior al masculino, contribuye a la edificación de autopercepciones menos positivas a nivel deportivo, que lleva a muchas escaladoras a evitar más riesgos que sus compañeros, sobre todo a los inicios.
Como ejemplo, en entrevistas sobre estos puntos, las mujeres valoran de manera mediocre su autocontrol, mientras que los hombres, de manera espontánea, expresan confianza en sus recursos para progresar de manera segura en pared, controlando así el miedo.
Podría parecer que se trata simplemente de adoptar discursos más positivos, más mantras de guerreros de la roca, pero es naïf obviar estos condicionantes que para muchas mujeres implican mayores esfuerzos psicológicos y ampliar sus experiencias positivas en escalada.
Betas
El género también moldea cómo afrontamos los factores ambientales. La escaladora profesional Katie Lambert ha analizado cómo y por qué la roca no ofrece igualdad a las personas de menor estatura (por debajo del 1.73 m) y ape index negativo –habitualmente mujeres–. Sostiene que quienes responden a estas características antropométricas deben entrenar más, especialmente su agarre en presas pequeñas; perfeccionar su técnica; afinar más al escoger sus objetivos y trabajar mejor sus secuencias alternativas y estrategias en dificultades máximas.
Esos esfuerzos adicionales pueden enlentecer la progresión en escaladoras, por ejemplo limitando su autonomía después de un periodo adecuado; empeorar su autopercepción; y menguar la confianza en su destreza frente a la dificultad y la exposición de un itinerario (al variar las secuencias, movimientos y agarres, tampoco se encaja en la graduación), identificando más riesgos y controlando menos el miedo.
Cordadas, expertos y zonas de confort
Tal y como ya se ha mencionado, los estudios insisten en elpeso del androcentrismo en los grupos de escalada, tanto en grupos masculinos como en los mixtos. En cordadas mixtas, los hombres suelen ser quienes escalan grados más altos, tienen más experiencia y autonomía, se enfrentan más al miedo, dan indicaciones sobre los movimientos a hacer e incluso sobreprotegen a sus compañeras.
Estas, al percibirlos como expertos, más todo lo expuesto en apartados anteriores, no exploran su potencial y autonomía. La voz de quien se considera el experto del grupo sobre el riesgo de un itinerario tiene mucho peso, cómo este puede transmitir serenidad y control o desconfianza e inseguridad al resto.
Y, de nuevo,roles y estereotipos pueden influir en dicha valoración del riesgo, según la percepción de dicho experto de las capacidades de quienes le rodean, sobrevalorando a unos o subestimando a otras. También, recibir indicaciones del experto, que no se adecúan a morfologías y habilidades distintas, puede generar más frustración o sensación de incapacidad que reforzar la autopercepción y la motivación para afrontar retos.
Estas situaciones vienen confirmadas por escaladoras con años de experiencia a sus espaldas y por profesionales, incluyendo guías de montaña que reconocen que las mujeres, incluyéndose ellas mismas en sus primeros años, parten de una confianza pobre en sus habilidades físicas y psicológicas, al contrario de la depositada en las de sus compañeros, reduciendo considerablemente su capacidad para controlar el miedo. Y que ha sido el ir superando retos lo que ha mejorado su autocontrol.
Muchas coinciden, además, en que la construcción de la autoconfianza, salir de la zona de confort y comprobar la solidez de sus recursos ha sido posible gracias a la participación en grupos y cordadas femeninas.
Reflexiones finales y algunas herramientas
Muchas escaladoras de modalidades distintas, desdeLynn Hill a Laura Rogora, han demostrado que se puede escalar en grados máximos sin necesidad de tener el género y la antropometría a favor, siempre que se confíe en las habilidades propias, se tengan claros los objetivos y se gestione adecuadamente el miedo.
Pero esto no impide que, lejos de la élite, muchas escaladoras tengan que hacer frente a las barreras aquí expuestas, las cuales, pese a no ser imbatibles, sí son cargas adicionales y nunca explícitas que dificultan la aplicación de técnicas de control del miedo como el enfoque, la motivación, la confianza y el dejar a un lado las dudas: sus pensamientos automáticos están fuertemente enraizados y es posible que su experiencia en la roca no encaje con el estándar masculino. Si no se analizan y se consideran seriamente estas barreras, será fácil caer en la lectura de que a las mujeres les cuesta más por su biología.
Algunas herramientas para superar estas barreras de género son, primero, conocer y derribar falsas creencias sobre habilidades innatas, para lo que es clave seguir difundiendo referentes femeninos en escalada; segundo, adaptar o repensar aspectos como la disposición de los seguros, la graduación de la dificultad o de la exposición de las vías teniendo en cuenta la percepción de personas con antropometrías diversas; tercero, potenciar la experiencia y la autonomía propia de mujeres, sin importar el nivel, motivando la superación de riesgos y así construir autopercepciones positivas. Respecto a esto último, las cordadas y grupos femeninos han demostrado obtener buenos resultados.
Efectivamente, investigaciones sobre deporte y género sostienen que los equipos femeninos permiten a menudo que las mujeres progresen más en su destreza deportiva por las relaciones de igualdad y afinidad que se crean.
En escalada, estas relaciones suelen potenciar el hecho de si una no puede, puede la otra, o el descifrar juntas betas alternativos, entre otras dinámicas que promueven el enfrentarse al miedo y obtener experiencias positivas que nutran la autoconfianza. Hay que añadir que presenciar ascensos a vías y encadenes femeninos, en sectores cualquiera, convierte a estas escaladoras en referentes de a pie, cotidianos, influyendo positivamente en expectativas de otras practicantes, y que puede ser superior a leer los logros de las escaladoras de élite en los medios de comunicación.













Manos, pies, cabeza y roca. Solo es un juego divertido sin reglas.
Al final todas ganamos. Ánimo.