EXPLORANDO

Montañas. Pérdidas. Cambios. Esperanza: Revista Desnivel

Turno para Rosa Fernández-Arroyo, una de las autoras del iniciático Desnivel dedicado a Eduardo Benedé y colaboradora, y lectora, desde los primeros números. También fue la autora de «Couloir Lagarde-Arsandaux» publicado en el número 2 y seleccionado entre los 20 mejores artículos con motivo de nuestro 20 aniversario.

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Desde la adolescencia he andado por las montañas y éstas siempre han sido una parte fundamental de la trama de mi vida. La aparente solidez e inmutabilidad de las montañas contrasta, ¿o se funde?, con el cambio continuo y permanente, a veces profundísimo, inscrito en cuanto nos rodea, incluyendo ideas, personas y seres vivos, procesos, realidades percibidas.

La muerte de un joven Eduardo Benedé nos apiñó a un puñado de sus amigos casi adolescentes, enfrentados por primera vez a la pérdida, a la ausencia sin retorno. Y juntos nos esforzamos para recordarle, casi para intentar revivirle, desde las páginas de un embrionario número cero de la revista Desnivel.

Han pasado 30 años, y 300 números de la revista han salido a la calle, reflejando mil sucesos, aspectos y secuencias de estos tiempos. Las vidas y peripecias de las personas siguen discurriendo; cambiamos unos miedos e ilusiones por otros miedos e ilusiones distintas, y  las ganancias y pérdidas siguen sucediéndose, porque con el tiempo todos ganamos experiencia, perspectiva, achaques y, se supone, capital interior; y perdemos inocencia, grados de libertad, personas queridas, y también  tratamos de no perder la esperanza. Arturo, mi compañera Marisa, José Luis y Guillermo -por citar sólo a los más queridos- se marcharon. Perico estaba cerca de mí en esa fotografía de la Cima d’Ambiez, en los Dolomitas, en aquellos tiempos felices en que no había otra cosa que hacer más que escalar cientos de metros cada día.

Otros cambios han ido sucediéndose. Las fotos, las conversaciones y los recuerdos compartidos fijan algunos de ellos; otros son sólo certidumbres inasibles en el fondo de tu mente, que no sabes cómo objetivar, cómo ponerles fecha, cómo darles un valor en la escala de tus otros valores.

¿Desde cuándo son distintas las montañas? Una pregunta absurda, porque las montañas cambian cada segundo, en virtud de la física, la química y las leyes de la geomorfología. Nunca olvidaré ese día de mi cumpleaños en el Corredor del Diamante, en el Monte Kenya, con Jesús y mi querido Jose. Una fantástica escalada más, de no ser porque esta ruta ya no existe, al menos del modo en que era entonces. El cambio climático se ha encargado de fundir gran parte de los hielos por los que en 1987 todavía pudimos transitar, de puntillas sobre los crampones, contemplando África -mi sueño de la infancia- desde nuestra atalaya.

En La Pedriza, en la Sierra de Guadarrama, mi base cotidiana de operaciones  desde hace muchos años, contemplo otras secuelas del tiempo. Se perdió el canto de la cogujada de mis correrías infantiles, luego dejó de oírse a la abubilla, y al cuco, y al chotacabras. Otro año calló ¿para siempre? la voz del sapo partero en las primaveras del Arroyo Cortecero. Cambios insignificantes, irrelevantes para muchos. No caeré en el juego inútil de debatir si las cosas presentes son mejores o peores que las cosas pasadas. Pero en las escuelas de escalada contemplo a veces todas esas parejas jóvenes con niño, perro y autocaravana, y no puedo evitar preguntarme qué montañas verán, de mayores, esos niños; qué voces de animales marcarán sus recuerdos, y si habrá cielos limpios con un millón de estrellas para presidir sus noches.

El mundo natural se nos marcha a grandes zancadas. En su lugar, irrumpe un mundo inquietantemente hendido por la huella humana. Las montañas son los últimos bastiones en que aún conviven, con una cierta armonía, los usos humanos, la belleza y las criaturas silvestres. Cuando una institución tan poco sospechosa de fundamentalismo ecologista como es la FAO denuncia que las montañas se enfrentan a dos grandes tipos de riesgos: convertirse en gigantescos parques de atracciones, o ser víctimas de la explotación codiciosa e ilimitada de sus recursos, ¿no será el momento de pararnos, reflexionar y tratar de hacer algo?

En 2005 unos cuantos pesimistas esperanzados fundamos RedMontañas, y convencimos a Desnivel para que, como socio fundador, se uniera a la aventura. A esta aventura se han sumado también, a lo largo de estos años, más de un centenar de colectivos, además de casi quinientas personas, entre soñadores, luchadores y amantes de las montañas, a título individual. No sé decir si esto es mucho o poco, pero ver cada año los rostros de estas personas sonriendo desde las montañas en las fotografías de las acciones Montañas en Red es reconfortante, y refuerza la esperanza de que algo puede cambiar para mejor.

Unas rodillas empeñadas en dar guerra me mantienen hoy mucho más lejos de las cumbres de lo que yo quisiera, pero recorrer las montañas en bici desde sus zonas medias y visitar los pueblos y las zonas de escalada me permite ver muchas cosas que no veía antes, cuando pasaba todo el tiempo posible persiguiendo los rayos del sol desde las paredes y las alturas, por encima del bien y del mal. Y lo que ahora veo es que hay mucho, muchísimo por hacer, desde proteger las criaturas, los bosques y las aguas de las montañas, hasta defender de la codicia humana y la destrucción irreversible sus más bellos parajes, pasando por salvar del olvido los viejos conocimientos, profesiones y culturas, hermanados con los ritmos naturales, que hacen posible la subsistencia de las gentes de las montañas en el seno de territorios y paisajes no desvirtuados, no artificializados, pero sí llenos de vida, quehaceres y vitalidad. 

Y Desnivel, desde este número 300 en adelante, debe formar parte de este proceso de cambio, educación en valores y esperanza, descubriendo desde sus páginas no sólo retos y hazañas, sino ese elemento fundamental que es la sensibilización, el mensaje de la conservación, el amor a la vida, la defensa de la montaña no únicamente como cancha deportiva y terreno personal de juego, sino como patrimonio y bien colectivo que nos aporta infinitos tesoros, sensaciones y beneficios, algunos obvios y otros sutiles pero todos esenciales, y que necesitamos transmitir, lo más íntegramente posible, a las generaciones que vendrán.

Rosa Fernández-Arroyo, presidente de RedMontañas (www.redmontanas.org). Manzanares el Real, mayo de 2011

 


 

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