Nunca fui de hacer puzles, tampoco crucigramas. No sé por qué. No me aportaban nada. Algunos domingos lluviosos de la infancia, cuando ya el aburrimiento llegaba a cotas altas, ojeaba el librito de crucigramas de la ama… y a veces me animaba a rellenar las actividades de unir los puntos; ya sabéis, unir los puntos para luego “descubrir” la imagen oculta. Había una recompensa más allá de encontrar 10 palabras horizontales, verticales o diagonales. La de descubrir la imagen “oculta”.
Años más tarde, cuando pasaba la noche en algún lugar fuera de luces y farolas, en Busturia, en el Naranjo, en Marboré, solía mirar al oscuro cielo y me daba por unir los estrellados puntitos blancos… para después intentar recordar y recorrer el camino de vuelta al punto de origen. Pedradas que tiene uno.
Hace dos años, una enfermera me puso su mano en el brazo en el box nº3 de urgencias y me dijo algo relevante. Lo que pasa en el box queda en el box. Tres horas más tarde, en un momento de miedo y profunda soledad, surgió el primer punto, el punto de origen: fue un punto-boya, un asidero como dicen los astures de campo.
A ese punto siguieron otros: la relectura del relato Caer y levantarse, la búsqueda de vías y croquis en el blog non-stop eskalada de Mikel Saez de Urabain, etc. Con todo, los puntos y los conectores fueron surgiendo y la imagen, aunque borrosa, fue cogiendo algo de cuerpo. Lenta y dolorosamente.
Así surgió el proyecto que meses después se llamaría Izarren Zaunka(Premio 2025 Mejor película en euskara-Mendifilm). En la comunidad escaladora no gusta traducir nombres de vías, pero toca hacer una excepción: Izarren zaunka significa algo así como Ladrido de Izar, Ladrido de estrella(s)… todavía no lo sabréis del todo.
Si la mítica arista del Txindoki es una arista que separa dos muros verticales, según cómo lo mires a un lado está la oscuridad, la ansiedad, el insomnio, el dolor; al otro, la fuerza, la luz, la mente centrada, la naturaleza. La arista separa pero, también, relaciona los lados contrapuestos, vinculándolos: la fuerza es fuerza porque existe la debilidad, la vulnerabilidad; la luz es ausencia de oscuridad, oscuridad iluminada; el norte es lo opuesto al sur, y viceversa. En medio, el punto de equilibrio. El jodido y difícil equilibrio.
Con un berenjenal de emociones y pensamientos contrapuestos, con una especie de mapa de puntos –era más una sopa de pollo flaco con estrellitas que un mapa real–, aquel abril del 2024 la directora del corto por un lado, y el guionista por otro, me preguntaban: “Vale, muy bien, tienes la idea… pero ¿qué quieres contar, en concreto?”.
No sabía. Sabía lo que no quería: ni hacer apología de la caída, ni ensalzar con trompetas y clarinetes la épica de la cima. Ya tenía visto y leído suficiente sobre esa combinación binaria de “me juego la vida, me libro por los pelos, y gracias a los tantras como no pain-no gain o el follow your dreams-everything is possible, alcanzo la cima y el merecido éxito”. Eso no quería. ¿Qué es el éxito? Pepe Mújica, meses antes de su muerte, dijo dirigiéndose a los jóvenes que el éxito es levantarse cada vez que uno cae. Lo secundo.


“Vale, muy bien, pero qué quieres contar?”, me insistieron.
“No lo sé, joder!”, respondí. “Tengo el derecho de no saber, de no tener las cosas claras, de estar en algún lugar entre lo negro y lo blanco…. ”.
Tras dos horas de desahogo y diálogo, se terminó el encuentro. Un mes más tarde Koldo, el guionista, propuso dos guiones. Elegimos uno. Increíble cómo algunas personas son capaces de sintetizar, darle forma y secuenciar historias.
La sopa se convirtió entonces en un una secuencia (flexible) de comandos: escenas, palabras, zooms in, zooms out…
Con Mikel Saez como compañero de cordada (Andoni Ormazabal, siempre encordado al proyecto, no pudo por temas de agenda), tocaba salir del asfalto y subir el Txindoki. Tocaba ver, buscar, y escalar. Era julio del 2024.
Primero nos fijamos en Escarlet O’Lara, un A3 abierto por Mikel hacía tiempo; Mikel la reequipó y la probamos. Podría ser un 8a o un 8a+. Un viote pero quedó para otra ocasión. Después echarle un vistazo a Purple Rain, también de Mikel. Va cerca de un canal húmedo, muy oscura, difícil de grabar.
Iniciando el descenso vi a la derecha una placa preciosa, unas fisuras… se me fueron los ojos. Para otro día quedó y, lo que sería para otro día, se convirtió en vía, proyecto, y escenario principal del cortometraje Izarren zaunka.
Pocos seguros fijos, placa “lisa”, fisuras… Una joya. Desde la vía se ven, cuando conseguía despegar los ojos de la pared, dos cabañas de pastores a lo lejos, alguna que otra cabra despistada de Jon cerca del frontón del Txindoki, las redondeadas colinas de Aralar salpicadas por rebaños de puntitos blancos… paisajes de respuestas más que de preguntas.
Mientras escribo esto recuerdo que en la estantería de la sala está el libro El arte en el croquis de escalada, de Rafa Elorza, Juancar Sanz y Eli Azurmendi.
Me levanto y busco el croquis de la vía Purple Rain, sigo ojeando y veo la Rabada-Navarro del Naranjo…. cuántas vías, croquis, y puntos (reuniones) unidos por líneas zigzagueantes.
El corto documental Harri, Orri, Arkatz, de Jon Herranz, basado en ese arte de los croquis, se proyecta, casualmente, el mismo día que Izarren zaunka en el recorrido del Mendi Tour. Una conexión más entre puntos, películas y personas cercanas.
Otras conexiones son Bhagirathi III de Rubén Pérez (Ino), Sustraiak-raíces perdidas de Luis Arrieta, Into Altai de Yannick Boissenot. Películas de ver en la ruta del Mendi Tour. Hoy mismo, 11 de febrero, se proyecta en Donosti, y sigue la gira por muchos otros pueblos y ciudades.
Algún día dejará de llover, de haber olas gigantes en el Cantábrico, y la nieve se asentará en el monte; todo llega. Hasta entonces, o en paralelo, ojalá coincidamos uniendo puntos en el cine ya que, más que el origen o el destino, lo que siempre importó fue el camino.










