«LA ARISTA ASIÁTICA» O CÓMO AFRONTAR EL MIEDO EN ESCALADA

Del efecto maillon a escalar (más) libres

El escalador Iker Uranga expone en este personal artículo lo que él llama «efecto maillon», ofreciendo su teoría sobre cómo vivimos el miedo en la escalada y por ende en la vida. No faltan referencias a la filosofía asiática, llevadas al terreno de la montaña.

Ladakh. Foto: Ane Hernani
Ladakh. Foto: Ane Hernani
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En 1923, un “chaval” de 31 años, trabajando junto a su padre en la forja que este último tenía en Montizel, en la Alta Saboya francesa, inventó el maillon (maillon rapide, en francés). Esta especie de tatarabiznieto del mosquetón (inventado 300 años antes) con pequeña apertura vertical mediante rosca, fue creado para satisfacer las necesidades de algunos agricultores locales. A partir de 1941, una vez mejorada la primera versión, se oficializó su nombre y empezó a conocerse y emplearse por parte de escaladores y alpinistas de todo el mundo. Un buen invento. Te puede sacar de alguna miseria en roca a un coste económico (no siempre emocional) muy reducido.

Lo que llamaré el “efecto maillon” es, así de claro, una inventada. Eso sí, simbólicamente muy útil. La primera vez que pensé en el efecto maillon fue gracias a Piti y su perenne sentido del humor realista.

Iker Uranga en un vuelo, escalando en una zona Navarra. Foto: Ander "Etxauri"
Iker Uranga en un vuelo, escalando en una zona Navarra. Foto: Ander «Etxauri»

Más de un lector o lectora habrá escalado alguna vía, en deportiva o pared, y se habrá encontrado en su camino con un maillon unido, en roñoso e inseparable matrimonio, a un parabolt. Un maillon, con todo lo que eso significa: que alguien no ha pasado más allá de ese punto, que se ha bajado de la vía, que ha abandonado por miedo y/o incapacidad. Ni más ni menos.

Cuando digo efecto maillon me refiero, por tanto, al inesperado miedo e inseguridad que nos puede surgir cuando estamos escalando, básicamente porque la presencia del maillon coincide con que la roca aprieta, nos pone a prueba y, como mínimo, otro ha palmado en ese mismo lugar. ¿Qué se hace con él? Me refiero al miedo (el maillon, obviamente, a poder ser nos lo llevamos a casa tras escalar la sección dignamente).

Vayamos, como no diría Rufián, a analizar en slow-motion esa emoción tan poco comercial: el miedo, ese “quid de la questión” que hará que nos bloqueemos o, si conseguimos aprender, domarlo y vivir con él, hará que escalemos más, mejor, incluso que vivamos más en “libre”.

Templo budista Ladakh, India. Foto: Iker Uranga
Templo budista Ladakh, India. Foto: Iker Uranga

Una buena amiga que escala más fuerte que un Gibón (familia Hylobatidae, para quien interese la vida de estos maravillosos homínidos que nunca tocan el suelo), muchas veces me ha dicho: “Me tengo que quitar el miedo! El objetivo es volar y no tener miedo!”.

En muchos pies de vía he escuchado a gente (con buenas intenciones) animar a su colega, que va con la tensión en 160/100 de primero, con frases como “Venga, no tengas miedo!”, “Sin miedo, a muerte!”, “Tranquilooo! Tranquiloooo!!!”, a 55 decibelios de empatía.

Es posible que psicólogos, entrenadores, no estén de acuerdo con lo que voy a decir; dispuesto estoy a escuchar otras opiniones pero, mientras lo siga creyendo profundamente, eso del “sin miedo”, aunque también lo he dicho, me parece antinatura y alejado de nuestra psicología más especimen-esencial. La alternativa en cambio, asumir el miedo, mirarlo de frente, conocerlo, convivir con él…. es, sin duda y por experiencia propia al menos, un camino mucho más eficiente para superar el paso duro patrocinado por maillones “La angustiosa”.

En nuestra cultura y en el rápido presente de la fibra óptica no es común hablar del miedo en mayúsculas. ¿Lo evitamos porque desanima? ¿Es el follow your dreams el tantra antifrustración a añadir a la cesta para alcanzar rápidamente el éxito? ¿Cuánto pesa el éxito? ¿Su densidad aparente? ¿Se alcanza este corriendo con anteojeras? Preguntas en el aire.

Arjuna's Penance, Mahaballipuram, Tamil Nadu, India. Foto: Iker Uranga.
Arjuna’s Penance, Mahaballipuram, Tamil Nadu, India. Foto: Iker Uranga.

En países asiáticos no se vive tan corriendo para alcanzar el placer, la satisfacción, la felicidad, el éxito. En India, Nepal, Tailandia… se nace, se vive, se muere y se nace, y se vive…. y prisa mata, my friend. Y a pesar de que socialmente identificamos muchas injusticias (sistema de castas, inmovilidad social, karma, etc.), a nivel psicológico, en temas “maillones”, están en otra liga.

Jidu Krishnamurti, nacido en India en 1895, lo dijo bien clarito: «Lo que se necesita, en lugar de correr… Lo que se necesita, en lugar de huir, controlar, reprimir o cualquier otra resistencia, es comprender el miedo; es decir, míralo, aprende sobre él, entra en contacto directo con él.

Volviendo a la roca, para mí una de las claves en escalada deportiva está en el reposo. Es la clave. En el reposo es cuando da tiempo a entrar en contacto directo con el miedo, da tiempo a mirarlo, a respirar, a domarlo. Gestionar bien ese reposo, antes y/o después de la sección dura, es el todo o la nada: o ir agarrotado o escalar con confianza, escalar temblando de tú a usted o ir de tú a tú.

Mahaballipuram, Tamil Nadu, India. Foto: Iker Uranga
Mahaballipuram, Tamil Nadu, India. Foto: Iker Uranga

Cuando estamos en una vía dura de deportiva, en una tapia con pasos expo (caídas potenciales largas, escalada expuesta), en secciones de roca frágil…. en este caso iría en contra de la tendencia actual de correr. Invito a probar el “paremos un rato”: parar en tapia es meter un friend aunque lo que venga sea fácil y de roca podrida; saber parar en deportiva es llegar al reposo y respirar mirando al valle para bajar pulsaciones y desde ahí sacar el crux con renovada fuerza; en montaña, saber parar es evaluar si conviene o no bajarse, es saber decidir ser no menos fuerte para abandonar a tiempo, quizás; y, en la vida, parar significa afrontar (del latín afrontare, derivado de frontis, frente: hacer frente al enemigo) muchas de las cosas que nos dan miedo y evitamos: el miedo a perder lo que tenemos, el miedo a que nos abandonen, el miedo a no gustar, el miedo al dolor, a sufrir y, sobre todo, el miedo al miedo.

El simbolismo de la «Arista asiática»

Tras volver a caer, ya como hábito más que por rememorar relatos pasados, cuando toca volver a navegar entre maillones, me paro ante una imagen de Ladakh, India, enviada por Ane: es una senda que se dirige hacia la base de una montaña rocosa, sin nieve. La montaña, de forma piramidal vista de frente, apetece ser escalada por su afilada arista occidental.

Ladakh. Foto: Ane Hernani
Ladakh. Foto: Ane Hernani

En el tercio final de la arista se intuyen tres zonas de menor verticalidad, conectados entre sí por una afilada arista. Para llegar al hito final de cima, tendríamos que pasar por los dos previos. Hitos simbólicos, imaginativamente visibles y sencillos de identificar desde lejos, pero jodidamente interesantes (“¡Interesantes no, Carmiña, estresantes!” que diría Pazos en Airbag) de alcanzar y superar, psicológicamente hablando.

El primero de los hitos de la “Arista asiática” va de la mano de Gautama Budda. Ejerce de brújula, como todo mojón, pero también me impacienta lo que dice ya que, de serie, soy más dragón que oso panda: la paciencia es cuando se supone que estás enfadado, pero eliges entender. Primer mojón, “¡reunión!”.

Al siguiente hito clave le da forma Thich Nhat Hanh, un maestro vietnamita que murió el año pasado con 96 años, y nos sugiere: a veces el miedo se manifiesta, y nuestra respiración consciente nos devuelve a nuestro miedo para que podamos abrazarlo. Miramos profundamente en la naturaleza de nuestro miedo para reconciliarnos con él… transformarlo. Pasado el largo clave, “¡reunión!”.

En el libro Miedo, Thich Nhat Hanh acumula las piedras necesarias para crear el hito final, justo en la cima: Mira el pánico. Observa y observa de la manera más desapegada posible. Quédate solo en el presente. Observa tu propia respiración, lo rápida y temerosa que parece, pero no juzgues, simplemente observa. El simple acto de observación, en el momento presente, casi inmediatamente disminuye tu pulso, tu respiración y tus pensamientos acelerados y temerosos. “Reunión, zimie! (cima)”, grita el primero de cordada.

En la reunión, recuerdo lo que Michael Pritchard, un estadounidense muy diferente de aquellos a los que tuve la desgracia de padecer en Pensilvania en la época en la que aprendí a afeitarme el bigotillo, tragar “chicken” Nuggets y disparar todo tipo de armas de fuego, dijo sobre un pequeño cuarto oscuro (aviso que será sólo comprensible para aquellos que nacimos en la época del fotogénico carrete): el miedo es ese pequeño cuarto oscuro donde los negativos son revelados.

Revelar, de Revelāre, “mostrar”: descubrir o manifestar lo ignorado; hacer que una imagen sea para ti visible. Visible en un cuarto oscuro.

El que lo dice, Pritchard, transitó de paramédico en Vietnam a humorista, y desde ahí a activista en favor de la no-violencia y defensor de la alfabetización socioemocional en los institutos de EEUU. Un gran reserva, vinícolamente hablando.

Volvemos a la arista por última vez: “¡Libre!” se oye en el valle, dos segundos después, dicho por el segundo de cordada. Las cuerdas ya no pasan por el reverso, cuelgan libres, y las comienza a recuperar el de arriba. Quizás inconscientemente, con ese adjetivo está proyectando lo que pronto él mismo sentirá escalando hacia esa cima: respiración mediante, eclipse de angustias con confianza en fase creciente.

“Nahi dezunean” (Cuando quieras), llega la invitación desde arriba.

Iker URANGA

Iker Uranga con sus hijas en un templo budista en Sri Lanka.Sri Lanka
Iker Uranga con sus hijas en un templo budista en Sri Lanka.

[Eskerrik asko a Baraiazarra por animarme a escribir en mitad de una sección dura, y a Marije por su revelador apoyo en boxes de verdes cortinas.

Nota: además de leer a Thich Nhat Hanh, si hay tiempo y ganas de profundizar en lo que es la cultura de la India, su historia, sus claves, quizás previo a un viaje a las montañas de Himachal Pradesh, Kashmir o a los boulders de Hampi, recomiendo leer Vislumbres de la India, de Octavio Paz. Libro muy denso y lleno de miga. De lenta digestión].

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