OCHOMILISTAS EN ACCIÓN

Montañas de libro

Desde Maurice Herzog hasta nuestro Juan Oiarzábal cada ascensión a un ochomil escribe una página en el libro del alpinismo.

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Un reciente documental de Al filo de lo imposible suma y mezcla con emoción la ascensión al Annapurna de Maurice Herzog en 1950, el primer ochomil logrado por el hombre, y la del último de los ochomiles conseguido por Juan Oiarzábal en 1999.
Pensaba al verlo que aquella hazaña no fue lo único bello que se produjo, sino también un libro que condensó y difundió la grandeza de la acción. Un libro que incrementaba ese patrimonio o capital cultural común de todos los alpinistas, más allá de las naciones, que constituye la lite-ratura de montaña.

Gracias a este libro hay un legado que llega del viejo al joven montañero como un magisterio, que inscribe con continuidad la nueva ascensión en la senda de la primera. Un símbolo del sentido civilizado de enlace y renovación de lo que hacemos, ya distinto, con una tradición que abrió itinerarios que seguimos recorriendo. Cuando Oiarzábal lanza al viento la última página de ese libro desde la cumbre del pico culmina una montaña y también, con ese signo, un proceso cultural. Pero el desarrollo del legado no acaba ahí: nuevamente hay una obra que lo cuenta, en este caso una película que, como el libro, proseguirá pasando el legado a otros para que siga transcurriendo el ciclo de ascender-escribir/filmar-leer/ver-ascender…
Aventura y cultura siguen alimentándose mutuamente en el anillo mil veces repetido de viajar y escribir. El alpinismo, además de un deporte, es una parte de este ciclo cultural de explorar y narrar. Ya es indisociablemente ambas actividades, ambos logros. Pero con una peculiaridad: si la literatura de viajes procede tanto de viajeros que escriben como de escritores que viajan, la alpinista –por sus mayores dificultades físicas que las rutas viajeras– tiene casi sólo una de esas partes, pues hay pocos escritores que escalan en comparación con los escaladores que escriben. Cierto que también hay buenos escritores que, sin ser alpinistas, abordan el tema de la montaña, pero su número es escaso.

Se ha creado así una aportación propia, con sus códigos, símbolos, pruebas, con sus referencias específicas, con su historia particular. La actividad montañera, la directa y la literaria, está inmersa, por un lado, en un cuadro cultural, estético y hasta moral más amplio, romántico, aventurero y geográfico; forma un todo con él, lo alimenta, se nutre de él, comunica con sus sentidos. Pero además tiene los límites de su género bien definidos, tanto en sus escenarios –en el marco o en información y logística–, como en su acción, en sus elementos dramáticos para comunicar determinados sentimientos y emociones. En consecuencia, no es nada extraño que ser montañero consista también en ser escritor de montaña y, por supuesto, ser lector de lo mismo. No es nada raro, así, que un montañero viejo sea una biblioteca andante.

Hace poco ha fallecido una de las pruebas más claras y de calidad más alta de esta mezcla:

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