La cara norte de las Grandes Jorasses no necesita presentación. La pared forma parte de las seis caras norte de los Alpes históricas y clásicas, y está llena de rutas legendarias que han inspirado a todas las generaciones de alpinistas. La generación más reciente, representada por los veinteañeros Arthur Poindefert, Killian Moni, Hugo Peruzzo y Pierre Girot (tienen entre 23 y 28 años de edad) ha dejado su huella en forma de una nueva línea, que han llamado Jorassique Pâques y presenta 1.100 metros de desnivel con dificultades máximas de M7 y A3.
“Buscábamos una nueva línea, encontramos mucho más”, aseguraba en sus redes sociales Arthur Poindefert, quien reconocía que era “un proyecto que representaba muchísimo para nosotros. No solo por la envergadura de la pared o el compromiso de la ascensión, sino por todo lo que cuenta: pasión, amistad, una buena dosis de exploración entre amigos y bastante resiliencia”.
El proyecto no estaba nada claro, como bien admite Poindefert: “En las Grandes Jorasses, no es tan fácil encontrar una línea sin cruzarse con otra vía. Eso es también lo que hace que esta montaña sea tan fascinante. Nuestra idea surgía precisamente de uno de los bastiones más verticales de la pared, en una zona tan desplomada que, vista desde abajo, nada parecía realmente viable”.

Dos intentos
Se metieron en ese terreno de lo imposible ya el pasado mes de diciembre. Sin embargo, entonces se tuvieron que dar la vuelta después de dos días de esfuerzos. Luego llegó todo un invierno esperando “a que las estrellas se alinearan de nuevo”. Y finalmente, las condiciones llegaron a principios de este mes de abril, cuando regresaron a por su objetivo improbable.
Los aperturistas, cuya identidad ya empieza a resonar en los círculos alpinos europeos, describen la ruta como “una escalada de lectura constante”, donde la intuición pesa tanto como la técnica. No se trata de una vía de dificultad extrema en términos absolutos, sino de una propuesta seria, comprometida, donde las condiciones dictan la verdadera dificultad.
Fiel a la ética que define las grandes aperturas en los Alpes, la cordada optó por un estilo ligero y autónomo: sin fijaciones previas, sin cuerdas fijas y con una progresión continua desde la base hasta la arista somital.
La escalada combina largos de hielo fino (a menudo delicado y discontinuo) con secciones de mixto técnico sobre roca compacta. Las protecciones, en muchos casos, son precarias o inexistentes, obligando a una gestión mental constante. Según relatan, varios largos obligaron a escalar con la sensación de “no poder fallar”.
Al final, cuatro jornadas y tres vivacs los llevaron hasta la cima de la Punta Whymper (4.184 m).









