EXPLORANDO

Florencio Fuentes, un pionero en La Pedriza

El 16 de julio, con 84 años, fallecía Florencio Fuentes Floro, cabeza visible de la escalada de dificultad nacional en los años 40 y 50, habiendo desarrollado gran parte de su actividad en la escuela madrileña de La Pedriza.

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Florencio Fuentes en Siete Picos, el año pasado.- Foto: Col. Familia FuentesFlorencio Fuentes en Siete Picos, el año pasado.- Foto: Col. Familia Fuentes

Hay huellas que no borra la montaña. Siluetas definidas en la claridad de una cumbre y, lo que es más difícil, en la larga sombra del tiempo. Florencio Fuentes fue una de las figuras de aquellas escaladas en las décadas de los 40 y 50, cuando aún quedaba todo por hacer y solo unos pocos se atrevían a asumir el llamado de la montaña, «La llamada del silencio» como lo definiría Joe Simpson. Floro fallecía el 16 de julio, a los 84 años, en Madrid, haciendo posible que se materializase su último deseo, como apunta su hijo Carlos Fuentes: «Podrá descansar en su amada Sierra de Guadarrama». Las cenizas de Florencio se trasladarán a las inmediaciones del Refugio El Pingarrón, «donde serán custodiadas por las cumbres de Cabezas y Peñalara».

«Fue Floro un hombre que encontró en la montaña una de sus grandes pasiones, y sobre ella construyó la filosofía que le impulsó a lo largo de su vida», apunta Carlos, de 51 años. Otro de sus hijos, Ignacio, el menor de los cinco, compartió la actividad de Florencio durante sus últimos años: «Hasta dos días antes del final estuvo en La Pedriza, como miles de veces antes», afirma Ignacio, mientras recuerda sus paseos por el Collado Cabrón y la Dehesilla. Y las cervezas en Canto Cochino.

Actividad pionera

Floro, a la izquierda, con Nuñez de Celis en la cima del Mont Blanc.- Foto: Col. Familia FuentesFloro, a la izquierda, con Nuñez de Celis en la cima del Mont Blanc.- Foto: Col. Familia Fuentes

La historia del incansable Florencio, claro, empezó con una montaña. Entró en el mundo de la vertical al tiempo que otros grandes representantes de su generación como Teógenes Díaz, Ricardo Rubio, Agustín Faus o Ramón Somoza, llegando a formar parte de la promoción inicial de monitores que surgió en Guadarrama en 1953. Pionero de la escalada madrileña durante los años 40, Floro fue miembro del Club Alpino Español, con quien descendería la norte de Cabezas de Hierro, en Madrid, y de la Real Sociedad de Alpinismo Peñalara. Y precisamente como «peñalaro» realizaría su actividad más destacada, escogiendo La Pedriza a modo de tarro de sus esencias, donde realizaría la Pared de Santillana junto a Antonio Rojas y José González Folliot Pepín. «Nos metimos por allí un poco sin saber…y el nombre se lo pusimos nosotros, porque estabas allí todo el rato viendo el pantano. Fue una vía muy poco conocida en su momento, por aquella zona no subía casi nadie. Después se ha hecho más famosa, y ahora se hace mucho», recordaba Florencio en una entrevista concedida a César Castro y Javier López en 2005.

Con Rojas y Foillot, abría la variante directa a la Sur del Torreón el 19 de julio de 1947. Uniéndose Teógenes Díaz a la cordada, firmaban otra primera de dificultad con la Sur directa a la Torre Santa, en Picos de Europa.

Y sintió el reclamo de la roca internacional. En 1950 aceptaría la invitación de la ENSA francesa para acudir a Chamonix en compañía de Teógenes y Raimon Estrems. Dos años más tarde, en los locales del Centre Excursionista de Catalunya, narraría su ascensión al Cervino. En ese mismo 1953 haría cumbre en el Mont Blanc. Aún así, nunca se quebró su atracción por La Pedriza.

Peregrino pedricero

Florencio rapela en la Buitreras, en La Pedriza.- Foto: Col. Familia FuentesFlorencio rapela en la Buitreras, en La Pedriza.- Foto: Col. Familia Fuentes

«En aquella época costaba bastante llegar a la Pedriza. El sábado había coche de línea, pero el domingo no había de regreso, así que o te quedabas a dormir (imposible por el trabajo), o después de escalar salías con tiempo para llegar andando a Villalba, a coger el tren. Otras veces nos íbamos en bicicleta», recordaba Florencio. Y en bicicleta fue como conoció a Folliot: «Me lo encontré en Colmenar Viejo intentando arreglar un pinchazo de la bici».

En la escuela madrileña, Florencio dejaría su legado imprescindible en itinerarios como el del Gran Molondrio, en julio de 1956, junto a Ignacio Lucas Fermín, Antonio Flores y Rafael Pellús y sobre todo en la vertiginosa Sur del Pájaro, por el Escudo. «Creíamos que habíamos hecho la primera Sur integral, pero nos enteramos por Ángel Tresaco que se había hecho antes de la Guerra Civil». La Sur del Pájaro, la indiscutible Sur del Pájaro, había dado comienzo a la escalada de dificultad en La Pedriza y la fe necesaria para afrontarla todavía no estaba al alcance de muchos: «El tramo del Escudo se superó después de varios ataques entre unos cuantos y en varios domingos. En la grieta ancha del principio metíamos lo que podíamos… ¡troncos! Ni tacos ni nada, allí metíamos un pedazo de tronco que encontrábamos abajo».

1957 sería un año intenso para la escalada nacional y Florencio formaría parte de ello. Solo en marzo protagonizaría las ascensiones de la Torre de Cerredo, el Neverón del Urriello, la Torre de la Párdida y las Morras, por la norte y sur. En agosto participaba en la primera por la cara oeste directa y la placa Pellús al Pequeño Galayo.

Su papel en aquellos años, alentado por «la felicidad que siempre llevaba dentro», como dice su nieta Clara, le llevarían finalmente a ser miembro de honor del Grupo de Alta Montaña Español.

 

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