El escalador y equipador Martín Ramírez de Alda falleció el pasado mes de marzo a la edad de 58 años. El maldito cáncer se lo ha llevado y nos ha dejado sobrecogidos y, por qué no reconocerlo, huérfanos. Su marcha ha dejado un hueco que difícilmente vamos a poder cubrir quienes le conocíamos.
Martín era un enamorado de la escalada, un fanático, si se me permite la expresión. Pocas eran las salidas a la montaña o los viajes al extranjero en los que no incluía en su equipaje los pies de gato, la cuerda, los expreses y el magnesio. Y cuando el viaje era a tierras desconocidas, nunca olvidaba incluir una guía de escalada que había adquirido previamente y que compartía con los que le acompañábamos en sus aventuras.
Martín empezó a equipar vías casi al mismo tiempo que aprendió a hacerse el ocho. Junto a sus compañeros “Los Marañones” descubrió Antosiña, un sector situado en la escuela de Araotz (Oñati) cuyo valor, en aquellos años, era considerablemente superior al Dorado que perseguía tiempo atrás un vecino del lugar llamado Lope de Agirre. Los Marañones disfrutaron como niños equipando un montón de vías y eligiendo nombres con mensajes ocultos difíciles de descifrar.
Martín equipó multitud de vías en las escuelas de Araotz, Valdegovia, Atauri y Sobrón, pero, sin duda, su obra maestra es la vía Sonata para cuchillo y metralleta que equipó en el sector Corea a principios de los años noventa. Tal y como le dijo un reconocido escalador, “en su grado es la vía más guapa que he escalado en toda mi vida”. Basta con ponerse debajo de las dos chorreras paralelas para ver lo visionario que era Martín.
No conforme con abrir vías para el disfrute del resto de la comunidad de escaladores, Martín, junto a otros tres miembros del grupo “Los 4 gatos”, fue coautor de la guía de escalada Euskalarria, de la que tanto hemos echado mano los escaladores locales y los que vienen de más lejos. Comprometido con la escalada hasta el tuétano, durante los últimos 35 años ha dedicado un tiempo incalculable en mejorar el rocódromo de Bergara, su pueblo. Echaremos de menos sus cálculos matemáticos hechos en una servilleta de papel para encajar los tablones en la curvada pared del fondo. Vamos a ver si conseguimos que el Ayuntamiento nos deje bautizar el rocódromo con su nombre.
Martín, aparte de todo lo anterior, también era un enamorado de la física, de la química, de las matemáticas, de la historia y de la naturaleza. Hace unos días estuve en su casa y me quedé asombrado de todos los libros que acumulaba en las estanterías. Ahí entendí el porqué de su sabiduría. Ahí entendí su afición por la lectura y el porqué de sus ganas por saber cada vez más. Si tenía papel y boli, Martín era capaz de explicarte la teoría de la relatividad en un santiamén. Y en un viaje de Bergara a Sobrón, que dura poco más de una hora, Martín era capaz de explicarte el efecto Cherenkov, el efecto Coriolis, las costumbres del Alimoche y la vida y milagros de un matemático inglés cuyo nombre no te sonaba ni de lejos. Temas interesantes de conversación no le faltaban.
Pero Martín era, sobre todo, un gran compañero. Un amigo de sus amigos, un camarada, un colega. Cuando abandonábamos una escuela después de un largo día de escalada, Martín, que conocía a todo el mundo, se paraba con todas y cada una de las cordadas que se cruzaban en su camino, y hablaba con ellas de tal o cual vía, de un chapaje endemoniado en no sé qué paso, de la relatividad del grado de dificultad de las vías, de proyectos, de recientes viajes, de viajes futuros, de la actualidad política o de la cerveza que nos íbamos a tomar en el bar de turno. Ahora, sin Martín, llegaremos a casa más temprano y nos preguntaremos por qué.
Los que te conocimos no te olvidaremos nunca porque te echaremos en falta todos los días. Que descanses en paz.











Vaya palo….de esas personas que te quieres volver a cruzar y compartir un rato en el sector….
Goian bego
El sábado fue emotivo ver a tanta gente dispuesta a confortar a familia y amigos cercanos. Martín era un cielo de tío.