Relatos de supervivencia

Encrucijada en el Dhaulagiri por Jordi Canyameres

Ocurrió en el otoño de 1989. Los alpinistas catalanes Jordi Canyameres y Quico Dalmases hacían un intento a la pared Oeste del Dhaulagiri (8167 m) en estilo alpino. Pero las condiciones cambiaron, el invierno se adelantó y decidieron separarse… 32 años después, los recuerdos de Jordi no han perdido intensidad.

Día 10 de octubre, 9 de la mañana: “Quico sale de la tienda y se aleja muy lentamente hacia la arista. Le hago una foto. La última”.
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Relatar una escalada, una ascensión o una expedición, no resulta demasiado complicado. Uno se limita a contar unos hechos y punto. Es más difícil contarlo cuando estos hechos vienen marcados por fuertes emociones y profundos sentimientos, luego, cada lector los interpreta subjetivamente y, por tanto, los vive y los siente de distinta manera…

La historia sucede hace más de 30 años, pero no me cuesta demasiado recordar mi aventura en el Dhaulagiri. Una experiencia como aquella no se olvida. Es más, marcó mi vida para siempre. Siento que, desde entonces, veo la vida en “formato panorámico”.

Os cuento: Quico y yo. Dos amigos, alpinistas. Un ochomil, el Dhaulagiri, con su pared Oeste de 4300 m que es, junto a la del Rupal del Nanga Parbat, la pared con más desnivel de la Tierra. Vía Checoslovaca del 84.

Nuestra mentalidad era la del alpinismo de dificultad y aventura, minimizando al máximo el equipo y la logística, para exponernos el menor tiempo posible a la montaña y así reducir el riesgo. Tendríamos que estar preparados física y mentalmente al máximo, pues el compromiso de la escalada sería altísimo.

El estilo de ascensión que teníamos en mente sería el “súper-alpino”, es decir, muy ligero: sin oxígeno artificial, sin cuerdas fijas, sin la ayuda de sherpas… Autosuficiente. Usando un sistema “cápsula” o “caracol”: escalar con todo a cuestas, montando y desmontando los campamentos, dejando la montaña limpia tras nuestro paso.

Cumpliendo un sueño Tras meses de preparación y muchos nervios, finalmente, a principios de agosto, volamos a Kathmandú Quico, Nathalie (su novia) y yo. Trámites burocráticos, compras, contratos con la agencia, porteadores…

Un retraso con el Cargo nos hace perder 14 días preciosos. Traslado a Pokhara, desde donde empezamos la aproximación al Dhaulagiri por el salvaje valle del Mayhandy Khola, hasta llegar al campamento base (CB Italiano) de la cara Oeste, a 3800 m. En un par de días organizamos todo el material y logística de la ascensión.

“Si hay algún error, una vez en la pared, que no sea por culpa de una mala planificación”, decía Quico.

Durante dos semanas, aclimatamos en la zona norte del Dhaula, subiendo el Hongde (6556 m) y el Tukuche Peak Occidental (6850 m), durmiendo cerca de la cima tres noches, sin problemas.

¡Estamos aclimatados! Tras un primer intento, frustrado por una nevada inesperada, finalmente el 3 de octubre empezamos la escalada al Dhaula. Todo va fenomenal. El tiempo nos acompaña y, pese las dificultades técnicas, la altura y el cansancio acumulado, la ascensión avanza según lo previsto.

Cada día, por la mañana, una vez desmontada la tienda y cargando la mochila con todo, escalamos al máximo para alcanzar la cota más alta posible. De vez en cuando, nos paramos a beber y comer trozos de chocolate o turrón que llevamos a los bolsillos.

Largo tras largo, avanzamos por roca, nieve y hielo, según el terreno. Tramos más verticales, otros más expuestos, otros no tanto… Por las tardes, antes de que el sol se esconda, montamos de nuevo la tienda, derretimos nieve para beber y cocinar comida liofilizada.

Después, dentro de nuestros sacos de pluma, algo inquietos por la incertidumbre del día siguiente, nos dormimos. A medida que subimos, nos damos cuenta de la dimensión de nuestro proyecto: “¡Estamos en la pared Oeste del Dhaula! ¡Solos tú y yo, Quico! ¡Nuestro sueño se está cumpliendo!”.

Pero también, cada día, acusamos la presión del riesgo y compromiso que significa seguir subiendo. Desde el campo base, Nathalie, el oficial de enlace, el cocinero y dos de porteadores, nos siguen con unos prismáticos.

A partir del cuarto día de escalada, desmontaran el campamento para trasladarlo al campo base de la ruta normal, al pie de la cara Norte y esperar nuestra llegada, unos días más tarde. Cambia el tiempo La noche del campamento 4, a 6600 metros, sufrimos un duro golpe, que cambiará por completo la historia de la expedición. La temperatura se desploma a 40º bajo cero.

Más adelante sabré que el invierno se adelantó. Dormimos mal, pero aceptamos el revés, pues sabemos que los cambios de tiempo y/o de temperatura son habituales en el Himalaya. Por la mañana sale el sol, pero la temperatura no se recupera.

Con el frío, tardamos más de lo habitual en ponernos en marcha. Seguimos escalando por una fuerte y larga pendiente de nieve hasta superar una pirámide rocosa a 7400 metros. ¡Llegamos helados y exhaustos!

Debajo de la nieve polvo hay hielo y tardamos más de una hora en cortar la repisa e instalar la tienda. Esa noche nos dormimos con la esperanza que el día siguiente la temperatura mejore. Por la mañana, el frío sigue a -40ºC. Tengo los dedos de los pies muy fríos y blancos.

Empiezo a preocuparme, pues sé que mis pies, apretados dentro de las botas y hundidos todo el día a la nieve, no se recuperarán. Nos falta superar 200 metros de corredor para llegar al collado a 7650 m, donde (en principio) acaban las dificultades técnicas, pero una acumulación de nieve blanda con una capa dura encima y mucha pendiente nos advierten de la posibilidad de desprendimientos.

Nos cuesta muchas horas superar este tramo, pero al fin llegamos al collado Noroeste, destrozados pero muy satisfechos de haber superado lo más difícil.

Abrazos y alguna lágrima. ¡La emoción es alta! ¡Qué alegría poder ver la vertiente Norte y la arista que nos llevará a la cima!

Pronto, montamos la tienda y nos metemos dentro. No saldremos ni para hacer nuestras necesidades. Aprovechamos las bolsas vacías de la comida liofilizada… Al quitarme las botas, me doy cuenta de que tengo algunos dedos congelados, pues no siento nada al tocarlos y están duros.

Quico también se queja de congelaciones en los pies, aunque parecen de menor gravedad. Nos metemos dentro de los sacos con toda la ropa puesta.

El frío es insoportable y nuestros cuerpos están rígidos. Hablamos positivamente de la situación, pero sabemos que si el tiempo sigue así, no será nada fácil hacer cumbre. Pronto nos dormimos. Hoy el desgaste ha sido brutal y necesitamos descansar.

Me despierto. Tengo mucho frío. No sé qué hora es. Quiero seguir durmiendo pero no puedo. El frío me lo impide. Noto que Quico también se mueve. Supongo que, al igual que yo, busca la mejor posición para mantener el calor. No hablamos. Pasan las horas y apenas dormimos. “¡Aguanta Jordi! ¡Mañana vamos a cumbre!”, me digo.

La peor noche

9 de octubre. Esta ha sido la peor noche en la pared. ¡Suerte que hicimos bien la aclimatación y no tenemos mal de altura! Nos cuesta mucho levantarnos y esperamos a que salga el sol para ponernos en marcha.

La temperatura sigue igual: frío extremo. Somos conscientes de que hoy será un día muy duro. Casi no hablamos. Sabemos bien lo que hay que hacer. Es el mismo protocolo de cada día, pero hoy es especialmente lento, penoso y duro.

Ponerse las botas, los crampones, el arnés, la cuerda, los piolets, desmontar la tienda, cargar la mochila… ¡Uf! ¡Salimos! ¡Hostia pu…, que fríoooo! Avanzamos muy lentamente, rígidos, como autómatas, con la cabeza agachada y la respiración muy acelerada debido a la altura.

Cada paso nos supone un enorme esfuerzo y no parece compensado por lo avanzado. Tras unos 80 o 100 metros, nos paramos. El frío nos ha entumecido la cara y casi no podemos hablar.

— ¡Quico, con estas condiciones es imposible subir!
— Estoy de acuerdo contigo, Jordi. Volvamos al collado.

Volvemos a montar el campamento y nos metemos dentro los sacos. Son momentos de angustia y preocupación. ¿Qué hacemos? ¿Y si el tiempo no mejora? ¿Podremos subir?

De momento, esperamos. No hay otra. Van pasando las horas. De vez en cuando, comemos y bebemos sopas y tés calientes, pero no es suficiente.

El intenso frío nos está matando. Los temblores no nos permiten dormir. Somos conscientes de que el cuerpo se irá debilitando cuanto más esperemos.

Con estas condiciones y a 7650 metros, no se vive, ¡se sobrevive! El resto del día casi no hablamos. Le doy mil vueltas a la cabeza, intentando buscar la mejor salida a nuestra difícil situación, pero no la encuentro. Solo nos queda esperar y tener la esperanza de que el tiempo mejore…

Aquella noche fue espantosa. Un infierno. Sin duda, la peor noche en toda mi vida. Sufría temblores constantemente y ya no sentía mis pies. Fue entonces cuando pensé que, quizás, no saldríamos vivos del Dhaula.

¡Qué mala suerte hemos tenido! Cuando todo iba tan bien… De la alegría, al desánimo. De la euforia, a la decepción…¡Qué rabia!

Jordi y Quico realizando la difícil travesía a unos 6200 metros, muy expuesta a los aludes, en el cuarto día.

Dos alternativas

Primera hora de la mañana. Llevamos ocho días en la pared. El tiempo no mejora. El agua de la cantimplora que guardo dentro del saco, ¡se ha helado!

Me desespero. Nuestros cuerpos no responden. Los pensamientos se bloquean. La situación nos supera. Estamos abatidos. Pasan las horas. Nos consumimos poco a poco….

Tengo la sensación que es más fácil dejarse morir que esforzarse por vivir. Después, aceptación, calma y reflexión. Ningún remordimiento.

Estamos aquí por nuestra voluntad, haciendo lo que siempre habíamos soñado. Pero ahora, la montaña se nos come, como una fiera a su presa. Lentamente…

— Quico, ¿qué hacemos?
— Sigo hacia la cumbre– me responde.

Habla por él. No quiere condicionarme. Parece muy decidido. Supongo que lo ha reflexionado mucho, aunque… Está claro que técnicamente era la mejor opción. Era el itinerario que teníamos planteado desde el principio y sabíamos que, a partir de los 6200 metros (travesía muy difícil y expuesta), la única posibilidad de regreso era pasando por la cima.

La bajada por la ruta normal sería técnicamente más fácil y con la posibilidad de encontrar otras expediciones. Desgraciadamente, todas habían abandonado… A mí, esta opción me resulta imposible. Ya lo intentamos ayer y no pudimos. 24 horas después, nada ha mejorado. Al contrario. Estamos peor. ¡Mucho peor!

A más altura, más frío… ¡Ni soñarlo!

— Yo bajo. Quiero perder altura, como sea. Quiero recuperar temperatura en mi cuerpo. Después… ya veré
— le contesto.

Sé que mi idea es una locura, quizás un suicidio, pero si veo una pequeña, pequeñísima luz de esperanza de salir con vida, es bajando. Lo intentaré por la cara Norte. Desconozco un posible itinerario, pero recuerdo que los primeros intentos al Dhaulagiri (suizos, argentinos, japoneses…) se hicieron por esta vertiente, superando grandes grietas y enormes seracs.

Hablamos poco. Creo que los dos ya habíamos reflexionado y decidido qué hacer horas antes o después del intento de cumbre del día anterior. Estaba claro que las dos opciones eran “imposibles”, pero pienso que lo importante es que supimos tomar una decisión, cuando lo más fácil era quedarse en la tienda y morir.

Si no lo intentamos, moriremos. Si lo intentamos, quizás sobreviviremos. Me doy cuenta de lo débiles que somos a estas situaciones, pero también de la capacidad que tenemos de resistencia y superación, gracias a la pasión por lo que estamos haciendo. La clave es la pasión y… algo más.

En aquel momento, para mí, la expedición tal y como la entendemos ya había terminado. Seguir juntos no tenía sentido si no se comparte el mismo objetivo. Exhaustos como estábamos, tampoco tendríamos la fuerza para ayudar al compañero en caso de desfallecer o de accidente. No hay enfados. No hay discusiones.

Ninguno quiere forzar al otro para que lo acompañe ¿para qué? En las dos opciones el riesgo es altísimo. Ninguno quiere comprometer al otro en su decisión. Me atrevo a decir que fue un momento bonito, de respeto, casi solemne. Nos repartimos el material. Yo me quedé la tienda. Quico prefirió el saco de vivac de emergencia, pesaba menos y en la arista le sería más fácil de instalar.

En el Campo 4 (6600 m)

Comida, gas… y la cuerda. Llevábamos dos, pero una la abandonamos en el campo 5, tras superar la parte más difícil. Cortamos la cuerda que teníamos por la mitad y nos la repartimos. Podría sernos útil para asegurar un tramo o para rapelar.

En el alpinismo, la cuerda tiene una carga simbólica muy fuerte. En aquella situación, se redujo a un simple hecho funcional… Son aproximadamente las 9 h cuando Quico sale de la tienda y se aleja muy lentamente hacia la arista. Le hago una foto. La última. Yo espero, demasiado frío para salir. Al cabo de un rato oigo ruido de material. Es Quico. ¡Regresa!

Le hago espacio en la tienda. Se tumba con los pies fuera de la tienda sin sacarse los crampones. “¡Demasiado frío! Me espero un rato”, me dice. Seguimos tumbados, en silencio. Serían sobre las 11h cuando Quico salió de nuevo.

— ¡Adiós, Jordi!
— ¡Adiós, Quico! Nos vemos abajo.

El descenso

Me quedo solo. Inmóvil. Muy lentamente, me pongo el arnés, las botas, los crampones y guardo el resto en la mochila. Desmonto la tienda. Está rígida por la escarcha de la condensación de nuestro aire al respirar.

Hoy sopla un poco de viento. Cargo con todo y miro hacia la arista. Veo a Quico a unos 50 o 60 metros. Ha avanzado muy poco. Le grito pero no llego a entender qué me responde. Doy media vuelta y empiezo a descender hacia la pendiente.

Enseguida me doy cuenta de lo que me espera. Con el frío, la capa superior de la nieve se ha helado formando una gruesa costra; por debajo hay 30 o 40 centímetros de nieve blanda. Cada paso que hago, tengo que subirme encima la superficie helada, pero esta no soporta mi peso, se rompe y me hundo.

Después, tengo que volver a subirme para volverla a romper… El esfuerzo es brutal y pronto empiezo a estresarme. ¡Esto será horroroso! No tengo otra opción. Sigo avanzando. Por mi cabeza pasan mil pensamientos contradictorios.

Desolación, esperanza, miedo, consuelo… Pero, cada vez más, me invade una gran sensación de soledad e impotencia. Será media tarde cuando monto la tienda en una zona bastante plana. Por debajo hay niebla y parece más empinado. Desde aquí puedo ver la repisa del campo del collado. ¡He avanzado muy poco! Casi no como nada.

Me hago una foto. Quién sabe, quizás sea la última… Solo quiero dormir. La noche llega y con ella el miedo y la desesperación. Lloro. Lloro mucho.

Estoy desesperado. ¿Por dónde bajaré? ¿podré? ¿cuándo tiempo necesitaré? Me despierto. Ya ha amanecido. El viento ha parado. Todo es silencio. He tenido pesadillas, pero he dormido bastante bien.

Ayer estaba destrozado… Me duelen mucho les pies. Me saco los patucos de pluma y los calcetines. Tengo los pies hinchados, blancos y algunos dedos de color gris y otros con ampollas, síntomas de congelaciones graves. Sé que perderé algunos dedos pero no le doy demasiada importancia. Aún estoy vivo. ¡Sigo! Abro la cremallera de la tienda y veo todo blanco: ¡Niebla! ¡Mierda!

Soledad

Hoy consigo perder bastante altura. Me dirijo a un corredor que me llevará al pie de una gran “pera” (la pared Norte se caracteriza por tener cuatro grandes zonas rocosas en forma de “peras”). La mayor parte del recorrido lo hago de cara la pared, con la técnica de piolet tracción.

Las horas pasan y estoy un poco más animado, hasta que en una zona de mixto me resbalo, arrastrándome un par de metros. El susto me deja bloqueado y necesito un tiempo para restablecerme. ¡Otro fallo como este y no lo cuento!, me digo.

Sigo bajando hasta encontrar una grieta que puedo sortear, otra, más otra, una más grande… hasta que, de repente, se corta hacia el precipicio. Estoy encima de un serac enorme. Con la niebla, no consigo ver la altura que tiene.

Es imposible bajarlo. Empiezo a flanquear al Este hasta que empieza a oscurecer. No hace tanto frío como los días anteriores. Esto me anima, pero estoy muy cansado. Monto la tienda en una pendiente sin ninguna protección.

A media noche oigo cómo la tela de la tienda tiembla. Es debido a la nieve polvo que se desprende de la zona superior del Dhaula y choca contra la tienda. El temblor crece y empiezo a preocuparme. Si sigue aumentando el grosor, puede llegar a aplastarme o arrancar la tienda, saltando por el serac que tengo por debajo.

Me levanto y, sentado con la espalda contra la pared de la tienda, hago presión para aguantar el peso de la nieve. Unos segundos, que se hacen eternos. ¡Que susto! Estoy temblando. Una vez más, lloro de impotencia.

¡Me siento solo, muy solo! Acurrucado en el saco, me duermo.

Abandono

Por la mañana, empiezo a racionar la poca comida que me queda y sobre todo el gas, pues cambio el último cartucho del hornillo. Me hago una foto. Sigo vivo. Mis pies tienen muy mal aspecto y se han hinchado. No consigo meter el derecho dentro del botín de la bota, tendré que andar cojeando.

Salgo de la tienda: ¡sol! Sigue haciendo mucho frío, pero el cielo se ha abierto y puedo ver toda la cara Norte. Muy lejos, veo la arista Noroeste de la ruta normal, que lleva al Campo Base, donde quiero dirigirme. ¿Podré? Pasan las horas y parece que no avanzo nada. Todo es inmenso.

Ahora, la nieve es muy blanda. Me angustia pensar en caer en una grieta que no haya visto. Me siento indefenso. Me desahogo llorando, hablando solo. Tengo que pararme constantemente, no soporto el dolor del pie derecho; encima es el que soporta más peso por estar al lado de la montaña.

Cada vez voy más lento, cada vez estoy más cansado. Deseo que todo termine. No puedo más. Empiezo a pensar en abandonarme. ¡No puedo más! ¡No puedo más! Oigo voces… Detrás de mí unas mujeres hablan. Me giro. No veo a nadie.

Estoy enloqueciendo. ¡Que alguien me ayude! ¡Por favor! ¡Que alguien me ayude! Me dejo caer hacia atrás, apoyándome en la mochila. Siento descanso, me siento bien….¡Aquí me quedo! He luchado todo lo que he podido y más. No me arrepiento de nada. Estoy tranquilo, sereno.

Quiero dormirme y no despertar… y morir, en paz. Contemplo el paisaje. ¡Es precioso! Hago alguna foto. Me pongo a llorar. Recuerdo a mi madre. La siento muy cerca. ¡La puedo ver! Es mi madre de cuando yo era pequeño. La madre que me quería, me cuidaba y me protegía. “¡Mamá!”.

Qué sensación tan extraña… Me cuesta creer lo que me está pasando, pero me reconforta sentirla tan cerca. ¡No me siento tan solo! Me viene a la cabeza imaginar cuando alguien tendrá que decirle: “¡Teresa, tu hijo ha desaparecido en el Dhaulagiri!”.

No soporto este pensamiento. ¡Me duele mucho hacerle esto a mi madre! Lloro desesperadamente. ¡Tengo que seguir bajando! ¡Por ella, tengo que salvarme! Me levanto. Sigo andando. Sigo llorando. Pero no consigo andar mucho más y me vuelvo dejar caer en la nieve. Pienso en mi madre… y me pongo a rezar.

Me siento ridículo. No soy creyente (bueno, tengo mi propia espiritualidad…) y no sé qué rezar. Apenas recuerdo el Padre Nuestro, pero me pongo a hablar a “alguien” y a pedirle que, por favor, me ayude. Y rezo, intentando recordar el Padre Nuestro que me enseñó mi madre (curiosamente, era profesora de catequesis). Lo repito. Lo vuelvo a repetir. Me levanto. No me detendré más.

Entre grietas

A media tarde, puedo gozar de los últimos rayos de luz. El suelo se aplana y supongo estar encima del pincáculo conocido como “Eiger” (por el parecido Eiger de Suiza). Vuelvo a montar la tienda, dispuesto a pasar una noche más en este calvario. Otra noche de dolor, angustia y desesperación. Por la mañana, el sol traspasa la tela de la tienda, calentando un poco el interior. ¡De nuevo, el sol! Me duele todo pero estoy algo animado.

Desgraciadamente los pies están peor, pero no puedo hacer nada por ellos. Intento concentrarme en la bajada para no cometer ningún error. Sigo por el llano, mirando a lo lejos la arista Noroeste. ¡No podré llegar! Está demasiado lejos y hay un serac gigante que me lo impide. A mi izquierda, intuyo una pendiente que puede llevarme al glaciar hacia la ruta normal.

Me acerco y descubro una cascada de grietas y seracs, cubiertos de nieve nueva, que caen hacia el glaciar que lleva al Campo Base. Sin duda, una trampa mortal.

–¡Hostiaaaa! ¡Qué horror! ¡Solo me faltaba esto!–

Me desespero. Grito. Lloro de impotencia. ¡No puede ser! Me quedo un buen rato mirando el glaciar, buscando el mejor itinerario, pero solo veo el primer tramo (unos 200 metros), después cae perdiéndose a la vista. No tengo otra opción.

¡Me meto! Observo la cuerda que llevo atada al arnés y voy arrastrando para no tener que cargarla. La llevo así desde que voy solo. Pienso que quizás la podré utilizar para rapelar alguna de las grietas.

Con mucha prudencia empiezo a descender. Llevo un piolet en cada mano. Voy despacio, pues hay grietas por todas partes que tengo que ir sorteando. Me acerco a una grieta enorme que me corta el paso.

¡Por aquí no hay paso! Tengo que darme la vuelta, volver a remontar un tramo y buscar otro itinerario más seguro. Me desplazo más a la derecha y sigo bajando. Otra grieta con un puente de nieve muy precario.

Autorretrato que Jordi se tomó la mañana del tercer día de su descenso en solitario (detrás se pude ver hasta dónde llegaba la nieve que dejó el alud)

Me la juego y paso. Me voy poniendo tenso. Hay mucha nieve blanda y grietas que están tapadas. De repente, me hundo. Abro los brazos para intentar frenarme. Por suerte solo me hundo hasta la cintura. Salgo como puedo. ¡Qué susto! Estoy muy nervioso y estresado. Se me va la cabeza. Me dejo caer. ¡No puedo más! ¡Abandono! Me pongo a rezar y a llorar.

¡No voy a soportarlo! Me siento tan solo que creo que el mundo se ha acabado y he quedado abandonado a mi suerte. Buscando por donde escapar, descubro caras escondidas en paredes de las grietas. Me miran horrorizadas. ¡Me asustan! Soy consciente que son alucinaciones pero no puedo evitarlo.

Me siento muy tenso y no controlo mi cabeza. Me estoy volviendo loco. Llevo demasiado tiempo al límite y mi cuerpo no aguanta tanto esfuerzo y presión. Pero sigo avanzando, paso a paso…

No sé cuántas horas llevo. Una pierna se me ha hundido en otra grieta, sin más consecuencias, y he destrepado unos seracs muy verticales. He tenido que concentrarme tanto en ese tramo que, sin darme cuenta, he rebajado mi estrés.

A media tarde, estoy llegando al glaciar principal. Destrozado y muy débil. Mientras cruzo el lateral del glaciar, me caigo de nuevo en una grieta tapada por la nieve. Esta vez, el susto es increíble: me quedo atrapado dentro con un pie por encima de mi cabeza y la mochila entre mi espalda y la pared. Por suerte, un crampón se clava y evita que me caiga grieta adentro…

Tengo la boca tapada por la nieve que me he llevado al caer. Ahora sí. ¡Ha llegado mi hora! ¡De aquí no salgo con vida! No sé cómo, consigo levantar un brazo que me había quedado empotrado (con el otro agarro el piolet que he clavado instintivamente) y me saco la nieve de la cara. Respiro y jadeo bruscamente. El corazón parece que me va a estallar.

Intento relajarme. Creo que no me he roto nada, pero estoy en una posición muy incómoda para poder salir. ¡Venga! ¡Inténtalo! Empiezo a hacer movimientos cortos, consiguiendo bajar la pierna que está por encima de mi cabeza. Después, poco a poco y con la ayuda de los piolets, consigo salir de la grieta, quedándome tumbado en la nieve. Lloro desesperadamente.

Avanzo unos metros más y monto de nuevo la tienda. ¡Estoy exhausto! Hoy me acabaré la poca comida que me queda y el último cartucho de gas, con una sopa Instant. Esta jornada ha sido la más dura y expuesta de todo el descenso. He sobrevivido de milagro. Me emociono recordando los momentos más comprometidos que he soportado.

Aun así, me siento orgulloso de haberlo superado. Duermo profundamente, pero tengo pesadillas. Cada vez que me despierto, me doy cuenta de la tensión y estrés que he ido acumulando. Pienso que lo que estoy viviendo me marcará profundamente, para el resto de mi vida. Mientras viva, no me importa.

¡Huellas!

No me levanto hasta notar el sol encima la tienda.

Me siento abatido pero tengo el presentimiento de que hoy quizás llegue al Campo Base. Llevo un buen rato andando hasta que veo, a lo lejos, ¡huellas! Se me hace muy largo llegar hasta ellas. Cuando lo consigo, exploto de emoción y alegría.

¡Solo tengo que seguirlas y llegaré al Campo Base! Me animo pero no puedo correr. Los pies me duelen mucho y el desgaste físico es brutal. Por suerte, ya no tengo frío y respiro mucho mejor. Estaré a unos 5200 metros.

Siguiendo la huella, me siento mejor, pero el glaciar es larguísimo. Encuentro un “nido de material» abandonado y busco entre la basura algo para comer. ¡Un bote de mermelada medio vacío me parece un manjar de dioses! Aquí abandono la cuerda que he ido arrastrando durante el descenso.

Ya no la voy a necesitar porque al final del glaciar, en el tramo de grietas llamado “el puzzle”, al ser delicado y peligroso, las expediciones instalan cuerdas fijas. Podré usarlas.

Sigo descendiendo, hasta llegar al “puzzle” pero, ¡horror! ¡No están las cuerdas fijas! (más tarde sabré que, debido al intenso frío, todas las expediciones habían abandonado). Los sherpas desinstalaron todas las cuerdas para reutilizarlas. Una vez más, me arriesgo a saltar grietas, pasar por puentes de nieve, destrepar, seracs, etc. sin más seguridad que mis crampones, piolets… y mi tenacidad.

Muy lentamente, voy superando los diferentes obstáculos que voy encontrando. Resignado. Sabiendo que, aunque esté llegando al final, una vez más, cualquier error puede ser fatal. Tensión y estrés. De repente, saliendo detrás de un serac, me aparece una persona.

Grito: ¡NOOOO! Me asusto muchísimo. No me esperaba encontrarme a nadie y menos aquí. Es Eric, miembro de una expedición francesa. Nos conocimos en el campamento base, durante la aclimatación.

Desde el Campo Base, nos buscaban con unos prismáticos resiguiendo la ruta normal. Al desconocer que bajaba por la cara Norte, no me encontraron hasta que salí por encima del glaciar.

Enric Lucas, Nathalie, Jordi y el sirdar en el campo base, tras el épico descenso de cinco días de Jordi por la cara norte-

Se acerca. “¡Jordi, hemos venido a buscarte!”. Me abraza. Lloro desesperadamente. Intenta calmarme. Me saca la mochila. Me dejo caer, hundido. No puedo pronunciar palabra. Poco después, llega Gurutx (vasco), Enric Lucas (catalán) y otros alpinistas a socorrerme.

Me siento impotente, pero a salvo. Cojo aire y pregunto:

— ¿Y Quico? ¿Cuándo ha llegado?
— Jordi, no ha llegado. Tranquilo, ya llegará. Lo esperaremos…
— me dicen.
— Si no ha llegado, ya no llegará… ¡Imposible!
— contesto.

Estuvimos esperando a Quico unos días. No regresó.

Análisis

Cuantas veces me he preguntado ¿qué hicimos mal? ¿Qué hubiéramos tenido que hacer? Analizo y repaso todo lo ocurrido en al Dhaulagiri y no encuentro respuesta. Porque no la hay.

Los hechos son los que fueron y en cada situación, buena o mala, tomamos la decisión que creíamos más oportuna, como hemos hecho siempre y seguiremos haciendo. Como en la vida. Si no tomas una decisión, pierdes.

Si la tomas, tendrás oportunidades y, quizás, ganas. La supervivencia no tiene normas ni reglas. No existe un manual a seguir. Cada situación es excepcional y única. En una situación límite, el riesgo es absoluto. Conocimiento, experiencia y una buena dosis de intuición, son el aval para tomar la mejor decisión en cada adversidad.

Pero también la suerte, siendo ajena a nuestras capacidades, tiene que ser nuestra compañera, pues su incidencia es crucial y definitiva, en la mayoría de las situaciones extremas.Uno no es mejor o peor alpinista por haber muerto o sobrevivido.

Es una posibilidad sin sentido. Amigo Quico, siempre he admirado tu valentía y tenacidad como alpinista. Eres el amigo y mejor compañero con el que emprender los más osados proyectos alpinos. Contigo viví la aventura más grandiosa de mi vida.

Me hubiera encantado crecer a tu lado y juntos recordar nuestro querido Dhaula. ¡Hasta siempre!

Jordi Canyameres

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Comentarios
1 comentario
  1. Te recuerdo muy bien junto a Fredi Parera, en el apartamento que compartíamos en Canillo, tu hermana, padres, en Terrassa. Recuerdo el día en que fui contigo al espolón del Ribuls. Tengo un arnés tuyo…

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