Escalar y progresar después de los 40 es un texto muy novedoso porque rompe tabús, y trata el hacerse mayor no desde la queja y el victimismo y las bromas de pie de vía, sino desde una mirada científica, empírica y empática con esa etapa de la vida. Y esto da una nueva narrativa a la hora de afrontar esta etapa.
Trata desde los cambios fisiológicos a los cambios psicológicos y del tejido social. Habla de planes de entrenamiento y de la vivencia de cuatro personas en un viaje en furgoneta.
Un libro imprescindible en el que el entrenador y escalador Juan Martín Miranda ‒más conocido como Marvin‒ pretende poner palabras y sentido a esta etapa de la vida deportiva, además de método y ciencia, como bien nos explica en esta entrevista.
En Escalar y progresar después de los 40 nos propones cómo seguir cuidándose, entrenando y progresando a partir de los cuarenta. ¿De dónde nació la idea?
La idea nace de una doble experiencia muy concreta: por un lado, mi propio tránsito por los cuarenta y cincuenta como escalador que sigue entrenando, fallando, ajustando y volviendo a intentarlo; y, por otro, los más de treinta años acompañando a personas en distintos momentos de su vida deportiva. Con el tiempo empecé a notar un patrón claro: mucha gente seguía entrenando «como antes», pero el cuerpo ya no respondía igual, y eso generaba frustración, lesiones o abandono silencioso.
Entonces, la palabra progresar ¿no está solo reservada para las personas menores de cuarenta?
Para nada. De hecho, una de las ideas centrales del libro es justamente cuestionar esa asociación casi automática entre progreso y juventud. Progresar no es solo levantar más kilos, hacer un grado más o encadenar más rápido. Progresar también puede ser moverse con más eficiencia, tomar mejores decisiones, entender mejor el propio cuerpo o sostener la práctica sin romperse en el intento
Después de los cuarenta, el progreso cambia de forma. Ya no se apoya tanto en la capacidad de tolerar cualquier carga, sino en la capacidad de adaptarse, de leer señales y de entrenar con criterio. Muchos escaladores y escaladoras mejoran su rendimiento técnico, su lectura de vías o su gestión del esfuerzo en esta etapa. El problema no es la edad, sino seguir usando una definición de progreso que ya no encaja con el momento vital que se está viviendo.
Para poder seguir haciendo lo que te gusta de la mejor manera, ¿dirías que la información y la capacidad de adaptación son esenciales?
Entrenar sin información es, en el mejor de los casos, ineficiente, y en el peor, una forma lenta de sabotaje. El cuerpo cambia, los tiempos de recuperación se modifican, la tolerancia al estrés ya no es la misma y las lesiones dejan de ser episodios aislados para convertirse en mensajes que conviene escuchar.
Pero la información por sí sola no alcanza. Lo realmente clave es qué hacemos con ella. La capacidad de adaptación implica dejar de copiar modelos pensados para cuerpos jóvenes, y empezar a construir un entrenamiento que dialogue con la realidad de cada persona. Adaptarse no es entrenar más suave, sino entrenar mejor: ajustar cargas, variar estímulos, respetar descansos y entender que la constancia inteligente vale más que la épica esporádica.
En ese sentido, la información bien entendida permite seguir haciendo lo que nos gusta, pero de una manera más sostenible y honesta con el cuerpo que tenemos hoy, no con el que recordamos.
¿Crees que a veces nos enfrentamos al paso del tiempo desde «qué no se note que el tiempo pasa»?
Vivimos en una cultura que valora mucho la apariencia de juventud y que tiende a esconder el paso del tiempo como si fuera un defecto. En el deporte eso se traduce muchas veces en intentar entrenar, moverse o rendir como antes, aun cuando el cuerpo ya está pidiendo otra cosa. El problema es que ese «que no se note» suele pagarse caro.
En el libro propongo movernos de esa lógica. No se trata de disimular el paso del tiempo, sino de integrarlo. Cuando uno acepta que el cuerpo cambia, se abre la posibilidad de entrenar desde un lugar más realista y, paradójicamente, más potente. Dejar de pelear contra el tiempo permite usar la experiencia, la percepción corporal y la inteligencia del movimiento como aliadas, en lugar de vivir cada límite como una derrota.
Algo que repites en varios momentos es que tu propuesta radica en entrenar con más consciencia y menos automatismo.
Uno de los grandes riesgos después de muchos años de práctica es entrenar en piloto automático. Repetir rutinas, gestos o cargas que alguna vez funcionaron, pero sin preguntarse si siguen teniendo sentido hoy. El automatismo te ahorra energía mental, pero también apaga la escucha del cuerpo, y ahí es donde empiezan a aparecer los problemas.
Entrenar con más consciencia no significa pensar cada movimiento de forma obsesiva, sino estar presente. Saber por qué se hace lo que se hace, qué se está buscando en cada sesión y cómo responde el cuerpo a eso. Implica distinguir fatiga de desorden, dolor de señal de alarma, esfuerzo de desgaste inútil.
A partir de los cuarenta, esa consciencia deja de ser un lujo y se vuelve una herramienta central de progreso, para entrenar con intención, con criterio y con una relación más madura con el propio cuerpo y con la escalada.
En el libro hablas de cambios fisiológicos, de cambios psicológicos y del tejido social como la pertenencia o la identidad. ¿Te parecía importante nombrar todo lo que influye en el paso del tiempo y el rendimiento?
Ceo que reducir el rendimiento solo al cuerpo es una simplificación que ya no alcanza, y se vuelve directamente engañosa. El rendimiento es el resultado de muchas capas que interactúan entre sí. Cambia la fisiología, claro, pero también cambian las prioridades, la percepción del riesgo, la confianza, el miedo a lesionarse y el lugar que la práctica ocupa en la vida cotidiana.
Además, el tejido social pesa mucho más de lo que solemos admitir. La pertenencia a un grupo, la identidad como escalador o escaladora, el espacio que ocupa la escalada en la agenda familiar y laboral, todo eso condiciona cómo entrenamos y cómo rendimos. Ignorar esas variables suele llevar a planes de entrenamiento que en el papel funcionan, pero en la vida real no se sostienen.
Por eso me parecía fundamental nombrar todo lo que influye. Cuando uno entiende el contexto completo, puede tomar mejores decisiones y construir una práctica más coherente con la etapa vital que está atravesando.
También abordas el descanso, la alimentación como parte esencial del entrenamiento, especialmente a partir de los cuarenta.
Después de los cuarenta ‒y antes también‒ ya no tiene sentido pensar el entrenamiento solo como lo que pasa en el muro o en el campus. El estímulo sin recuperación deja de construir y empieza a desgastar. El descanso y la alimentación no son «complementos», son parte activa del proceso adaptativo.
Con el paso del tiempo, los márgenes de error se achican. Dormir mal varios días seguidos, comer de forma desordenada o entrenar sin pausas adecuadas tiene un impacto mucho mayor que a los veinte. En el libro intento cambiar el foco de la lógica del sacrificio permanente y ponerlo en una lógica más sostenible: entrenar, sí, pero también recuperar, nutrir y cuidar los sistemas que permiten que ese entrenamiento tenga sentido. Entender esto no es volverse blando, es volverse estratégico. Cuando el descanso y la alimentación están integrados al entrenamiento, el cuerpo responde mejor, las lesiones disminuyen y la relación con la práctica se vuelve mucho más saludable.
Como bien dices escribes desde el presente pero con más de treinta años de entrenamiento a cuestas…
Eso era importante para mí aclararlo. No escribo desde la nostalgia ni desde el «todo tiempo pasado fue mejor», sino desde el lugar de alguien que sigue entrenando hoy, con las dudas, los ajustes y las contradicciones que eso implica. La experiencia no garantiza certezas, pero sí da perspectiva.
Esos más de treinta años me permiten reconocer patrones, errores repetidos y falsas soluciones que vuelven una y otra vez. Pero el libro no mira el pasado para idealizarlo, sino para entender qué cosas ya no funcionan igual y cuáles siguen siendo válidas si se las adapta. Escribir desde el presente significa aceptar que el cuerpo cambia, pero también que la capacidad de aprender, de mejorar y de disfrutar no desaparecen con la edad.
El libro nace de esa tensión entre lo que fui, lo que soy y lo que todavía puedo construir como escalador y como entrenador.
Es muy original esa mezcla de texto de entrenamiento más práctico/científico con el relato de los cuatro protagonistas en su viaje en furgoneta por escuelas de la península… ¿ Qué te proponías con esa mezcla?
La idea era salir del formato clásico de manual de entrenamiento, que muchas veces es correcto desde lo técnico pero difícil de habitar desde la experiencia real. Quería que el contenido científico estuviera, con rigor y profundidad, pero anclado en situaciones reconocibles, en conversaciones que cualquiera que escale después de los cuarenta haya tenido alguna vez.
El viaje de los cuatro protagonistas funciona como un hilo conductor que permite poner cuerpo, dudas y emociones a los conceptos. No entrenamos en el vacío, sino que entrenamos con historia, con miedos, con expectativas y con vínculos. La narrativa permite mostrar cómo esas variables aparecen en la roca, en el descanso, en una charla después de escalar o en una decisión de entrenamiento.
Mi intención era que el lector no solo entienda, sino que se reconozca. Que pueda verse reflejado en alguno de los personajes y, desde ahí, conectar el conocimiento técnico con su propia experiencia. Cuando la ciencia dialoga con la vida real, el aprendizaje se vuelve mucho más potente.
¿Qué te gustaría que Escalar y progresar después de los 40 aportara a la comunidad escaladora?
Me gustaría que aporte, sobre todo, tranquilidad y criterio. Tranquilidad para quienes sienten que el cuerpo ya no responde como antes y creen que eso significa el principio del fin. Y criterio para tomar decisiones de entrenamiento más inteligentes, menos impulsivas y más sostenibles.
Ojalá el libro ayude a cambiar el discurso del «todo o nada», de la épica constante y del sufrimiento como única medida de compromiso. Que habilite otras formas de entrenar y de progresar, sin culpa y sin comparaciones innecesarias. También me gustaría que refuerce la idea de comunidad: que escalar después de los cuarenta no es una rareza, sino una etapa compartida por muchas personas que atraviesan preguntas similares.
Si el libro logra que alguien siga escalando un poco mejor, un poco más consciente y con más disfrute dentro de cinco o diez años, entonces ya cumplió su función.
Creo que con este libro rompes muchos tabúes hablando de hacerse mayor no desde la queja, el victimismo, el abandono o el disimulo. Gracias.
Justamente una de mis intenciones fue alejarme de esos lugares tan instalados. Hacerse mayor no es una falla del sistema ni algo que haya que ocultar, y mucho menos una condena deportiva. Es una etapa distinta, con desafíos reales, pero también con recursos que antes no estaban.
Hablar desde la queja o el victimismo suele inmovilizar. Hablar desde la negación o el disimulo, tarde o temprano, pasa factura. En cambio, nombrar lo que cambia, aceptarlo y trabajar con eso abre un espacio mucho más fértil. El libro intenta aportar una mirada honesta y respetuosa sobre el paso del tiempo, sin romantizarlo pero tampoco dramatizarlo. Si logra habilitar conversaciones más sanas sobre el cuerpo, el entrenamiento y el disfrute a lo largo de los años, entonces el agradecido soy yo.









