Sierra de Guara, Huesca

Ruta de los Despoblados, la Sierra de Guara más solitaria

En otro tiempo, por toda la Sierra de Guara se escuchaban los gritos de los niños, la esquila del ganado y las campanas de las iglesias. Para este fin de semana os proponemos visitar a los despoblados de la cara norte de la Sierra de Guara, una actividad excursionista muy interesante per se y una gran lección de etnología al aire libre. Entramos en otro mundo, como si retrocediésemos en la máquina del tiempo.

Autor: Eduardo Viñuales Cobos | 5 comentarios | Compartir:
El templo mozárabe de San Andrés
El templo mozárabe de San Andrés

En otro tiempo, por toda la Sierra de Guara se escuchaban los gritos de los niños, la esquila del ganado y las campanas de las iglesias. Incluso en los rincones más remotos había pueblos y aldeas habitados por hombres y mujeres que arrancaban el sustento de una tierra áspera y difícil que hacía pocas concesiones. Una tierra que poco a poco fue siendo abandonada quedando los campos incultos y las casas vacías. La visita a los despoblados de la cara norte de la Sierra de Guara es, además de una actividad excursionista muy interesante per se, una gran lección de etnología al aire libre. Entramos en otro mundo, como si retrocediésemos en la máquina del tiempo.

Los pueblos del valle de Nocito y del Alto Alcanadre todavía conservan parte de los cánones de la arquitectura tradicional altoaragonesa, con casas solariegas, chimeneas troncocónicas rematadas por una piedra espantabrujas, molinos, fuentes, herrerías, bordas, mallatas, pozos y pajares hábilmente edificados con las piedras y maderas que a aquellas gentes que ya no están les otorgó el medio natural de tan áspera sierra… por no hablar incluso de la existencia de ermitas de gran interés como la rehabilitada de Nasarre, del siglo XI, en medio de nada, en pleno corazón de Guara.

En estas páginas vamos a describir una travesía a pie, de una jornada completa de duración, por los confines del Parque Natural, por la que quizá sea la faz más desconocida, tranquila y callada de este territorio. Un paisaje antaño humanizado de viejos campos, bancales y pueblos pequeños que miran a las cumbres nevadas del Pirineo y que hace más de medio siglo perdieron a su actor principal: el ser humano. Las gentes marcharon a Barbastro, Monzón, Huesca o Zaragoza buscando una vida mejor. Muchos nunca volvieron a la sierra y los pueblos que les vieron nacer quedaron vacíos. ¿Cuáles fueron las causas que llevaron a la muerte a toda esta comunidad rural de Guara? En buena parte, su aislamiento. Pierre Minvielle en una de las primeras guías que se publicó de la zona, habla de la hospitalidad de los aragoneses y de unos oficios ancestrales en unos parajes fuera del tiempo, y en sus páginas recuerda a los últimos supervivientes de Otín que en caso de enfermedad tenían que bajar a telefonear a Rodellar, caminando cuatro horas entre ida y vuelta, y luego esperar a la llegada del médico. «Cuando visité este pueblo por primera vez en 1956, la población estaba reunida en la era y pude contar veintiséis personas, entre ellas un anciano al que transportaban en un sillón. Pero en la década siguiente no había una sola visita en la que al indagar noticias sobre una familia amiga a la que había visto el año anterior, no escuchase la respuesta inexorable de ‘Se han marchado'», escribe Minvielle en el libro Los cañones de la Sierra de Guara, publicado en Francia en el año 1974.

Otros factores que contribuyeron a ese viaje sin retorno fueron el abrupto relieve de la sierra, las pésimas condiciones de vida y los suelos pedregosos, poco aptos para el cultivo. La luz eléctrica nunca llegaría a estos núcleos. Ni tampoco el teléfono, los servicios mínimos… o las carreteras asfaltadas. Las pistas de acceso rodado que hoy vemos se construyeron hace más de treinta años por las máquinas del Patrimonio Forestal del Estado, después de ese éxodo rural.

Hacia Bagüeste

Dentro ya de los límites nororientales del Parque Natural, empezaremos a caminar en la aldea aún viva de Las Bellostas –unos cinco habitantes–, en el Viejo Sobrarbe, zona cuya primitiva historia se hunde en la noche de los tiempos, dentro de un área geográfica que coincide con el nacimiento de varios ríos de relevancia en Guara: Mascún, Isuala y Vero.

Por estas tierras propicias para el boj y el roble cajico transcurrían importantes cabañeras o vías pecuarias. Nosotros, paso a paso, también empezamos nuestra ruta. Tras conocer la cruz de término de entrada al pueblo, la iglesia de San Ramón Nonato – con ábside románico- o la torreada Casa Molinero, caminaremos por el Sendero Histórico o GR-1, que en dirección oeste baja hacia un molino –que tuvo dos muelas y que dispuso de hasta tres azudes–… aunque bastante antes de tan singular edificio rural deberemos de desviarnos a mano izquierda por el sendero balizado hacia Bagüeste. Por un paso de piedras se badea el curso naciente del río Balcés o Isuala, y luego por el camino de Canarella se remonta la ladera enfrentada, entre viejas fajas de cultivo, bojes, erizones, pinos y quejigos, hasta alcanzar la pequeña ermita de San Miguel, donde siempre había una vela encendida cuya llama mantenía cada día un vecino de Bagüeste. Es allí donde se enlaza con otra mala pista que nos llevará al visible despoblado de Bagüeste, que, situado a 1.207 metros de altitud, está considerado como el asentamiento humano más alto que hubo en todo Guara. Pero hoy, aquí, ya no vive nadie. Sólo hay ruina, silencio y casas caídas.

Bagüeste también dispone de un templo románico, el de San Salvador, que destaca al sur, orgulloso, en la cima un de cerro. Muy cerca hay algunas casas fuertes, aunque ya en ruina, como Casa Javierre, de grandes proporciones y que contó en el siglo XVI con una torre defensiva con aspilleras. Merece la pena darse un paseo por este sitio triste y melancólico para tratar de entender cómo fue la vida en estos pueblos. Las fotografías levantarán acta del hundimiento de los pesados tejados de losas, de las vigas vencidas y de los tapiales en equilibrio junto a bordas, corrales y eras de trilla. Bagüeste contó con nueve casas y su población fue menguando década a década: en 1857 contaba 124 habitantes; en 1960 sólo 27; y en 1970 se cerró la última puerta. Por eso ya no hay campos trabajados, ni rebaños, ni voces, ni gritos, ni romerías como aquella a Santa Marina a la que cada 18 de julio acudían las gentes de toda la redolada.

Las marcas rojas y blancas del GR-1 nos dirigen hacia una solitaria meseta calcárea al oeste, en dirección a Letosa, atravesando un monte reforestado y cruzando la cabecera del río Mascún, ese barranco que aguas abajo se encañona y crea rincones inverosímiles. Letosa, también vacío de gentes, igualmente merece otra visita pausada, al menos hasta donde nos lo permita la profusa vegetación que todo lo invade. Tuvo seis casas y una calle única, la de San Úrbez. Al norte, no muy lejos de nuestra ruta, queda la aldea despoblada de San Hipólito –llamada igualmente San Póliz– que sólo tuvo dos casas y las Casas de Albás. Todos ellos fueron lugares de viejos pastores, campesinos, carpinteros, panaderos, carboneros y sastres ambulantes que iban de pueblo en pueblo, y que aparecen descritos en las crónicas de finales de siglo XIX de viajeros pirineístas como Tissandier, el conde Saint- Saud, Briet o Lequeutre.

Sobre el barranco de Mascún

Dejaremos una pista de tierra que va a Nasarre y, siguiendo siempre las marcas del Sendero Histórico, vamos hacia Otín. A medio camino veremos el indicador de un desvío a nuestra izquierda que marca la bajada por una faja colgada hacia el remoto y hermoso paraje de las cascadas de Peña Guara y del Saltador de las Lañas –a una hora de camino–, un reservado tramo del barranco de Mascún Superior con forma de circo donde el agua cristalina forma pozas de color verde turquesa. Luego pasaremos el desvío del barranco Raisén. Por fin se llega al despoblado de Otín, que fue importante tiempo atrás, aunque parece ubicado en tierra de nadie. Se diría que sus casas casi se asoman al cañón del Mascún, calificado por el explorador Pierre Minvielle como el “florón mayor de la sierra” porque reúne todas las fascinaciones del agua y la roca. Alejado de todo, Otín tuvo tres barrios y once casas cada una con su nombre. Las más relevantes fueron Casa Félix y Casa Bellosta. El último poblador del lugar fue Félix Mairal, que marchó en 1972. Años después, un francés montó un bar veraniego para barranquistas. Pero casi ni rastro de eso queda ya. A la salida hacia Nasarre, a mano derecha, nos despide al paso una magnífica borda.

Desierto silvestre

Ascenderemos hasta un roble y por antiguas fincas olvidadas arribaremos en la Pardina de Villanúa o Billanuga, caserío que no llegó a ser pueblo y que todavía guarda cierta compostura y estética urbana. El tiempo parece detenido en este desierto silvestre. Muy cerca observaremos el desvío al dolmen de Losa Mora, perfecto en sus formas y dimensiones, simbolizando en cierto modo ese misterioso mundo de leyendas y tradición oral, ese patrimonio cultural inmaterial que también se pierde con la despoblación de la Sierra de Guara.

La travesía prosigue con las marcas rojas y blancas del GR-1. La visita a Nasarre, con la antigua iglesia mozárabe de San Andrés y sus diez siglos de historia, nos revela que nada es para siempre, que los tiempos cambian y que a veces pueden suceder acontecimientos sociales poderosos y profundos. Se sabe que en 1940 el lugar contaba con 32 habitantes distribuidos en tres casas: Casa Español, Casa Liena y Casa Pedro Campo, la cual conserva en la dovela de entrada un bello motivo vegetal y la fecha 1770.

Tras dejar el desvío de entrada al cañón Gorgas Negras y rebasar el barranco de las Picarizas, se atraviesa finalmente el joven río Alcanadre por un puente que da entrada a la localidad de Bara. El caminante puede tener la sensación de regresar de nuevo al mundo civilizado, pero para los que llegan en coche desde Nocito, por la pista sin salida que fue asfaltada hace no muchos años, Bara sigue siendo el fin del mundo. Un confín de la Sierra de Guara que, como otros pueblos del lado sur, al otro lado de la montaña, un buen día resucitaron gracias al turismo y la iniciativa de nuevos habitantes.

Guía práctica

Acceso: desde Huesca tomar la autovía a Lérida para seguir por la A-119 a Abiego, Adahuesca y Alquézar. Continuar por la A-2205 a Colungo, Bárcabo y, pasado el desvío de Eripol, desviarse nuevamente a Paúles de Sarsa y Las Bellostas.

Tiempos del recorrido: de Las Bellostas a Bagüeste, 1 h 15 min. A Letosa, 45 min. A Otín, 45 min. A Nasarre, 1 h. A Bara, 50 min. Total: Unas 5 horas totales.

Importante: la travesía requiere hacer una combinación de vehículos con salida y final en Las Bellostas y Bara respectivamente, lo que implica una larga conexión en coche por carretera del valle de la Guarguera -A 1604-. Son más de 60 kilómetros en los que habrá que invertir alrededor de 2 horas de viaje.

Señalización: todo el itinerario está marcado con las señales blancas y rojas del sendero de gran recorrido GR 1.

Cartografía: Sierra y cañones de Guara. Mapa/Guía Excursionista 1:50.000. Ed. Alpina.

Consejos: en invierno llevar ropa de abrigo. En verano, ropa ligera, protección solar y agua abundante.

Comentarios
5 comentarios
  1. Conozco la zona, la sacó del olvido el libro de La Montaña Olvidada, a raiz de el limpiaron y senalizaron. El artículo no esta completo sin la mención a ese libro.

  2. A Santa Marina de Bagueste siguen acudiendo los pueblos de la redolada. Vale la pena. Saqué un libro de la zona, que hoy no está a la venta y sólo se puede encontrar en bibliotecas de Zaragoza y Huesca, «La Montaña Olvidada. Despoblados del Alto Alcanadre», Centro de Estudios de Sobrarbe, ARturo González Rodríguez, que creo que modestamente es una buena guía para esta zona. Se nota que Eduardo el autor ha recorrido la zona.

  3. Excelente articulo y muy buena iniciativa para dar de conocer estos rincones preciosos de Guara.

  4. Pues no sé cuánta gente leerá esta noticia, pero estoy seguro de que esta excursión es una gran idea. Conociendo la zona de Otin, que es preciosa, el conjunto que aquí proponéis tiene que ser precioso.

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