PERFIL

Pequeño Karim

Seguro que se puede decir de él que nunca alguien ha hecho tanto por el éxito de otros. Añadir lo de «alguien tan pequeño» sería una necedad, porque en este caso el apelativo cariñoso de Little Karim

Little Karim
Little Karim
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Little Karim con el que le bautizó Chris Bonington restaría mérito a una labor que no la habría realizado ni un gigante. Este porteador baltí de 41 años, uno de los alpinistas más fuertes del mundo, ha sido el anónimo hombre clave en numerosas expediciones. Y a veces sin que se lo pidieran.

Corría el año 1983 y vivíamos -y sufríamos la mayor parte del tiempo- nuestra primera expedición a la Montaña de las montañas. Todo a los pies del K2 nos resultaba colosal, desmesurado, abrumador, casi inhumano. Además, nuestra experiencia era tan limitada como inmensa era nuestra ingenuidad. Las cosas no funcionaron bien en un principio y suplimos nuestras limitaciones a base de algo que sin embargo poseíamos a raudales: ilusión y ganas. Ansiosos por comernos el mundo apreciábamos más que otra cosa el valor, el esfuerzo y la lealtad. Puede que sea un ingenuo todavía porque aún sigo creyendo en ellos.
Tal vez por ello, mi admiración por Karim surgió casi de inmediato. Su talante siempre alegre, las extraordinarias cualidades físicas que se encierran en un cuerpo tan pequeño, su continua disposición para acometer los trabajos más duros y enojosos, el amor a la montaña y su infatigable capacidad de trabajo en alturas muy elevadas, lo hacían un excelente compañero con quien compartir las maravillas del Karakorum.


Es algo que hemos podido comprobar mis compañeros y yo en las sucesivas expediciones que nos han llevado hasta el lugar donde habita Karim, el reino de las altas montañas: el Karakorum. Un espacio cuya evocación atrapa nuestra memoria y nos fascina como pocos sitios de la Tierra pueden hacerlo. Es la patria de nuestro corazón, el sitio donde siempre nos gustaría volver. Pero sobre todo, con diferencia la mayor gratificación es compartir la vida con sus gentes. Personas como Karim, Rustam o Ibrahim, amigos con los que me unen lazos tan fuertes como sólo pueden provocar vivencias extraordinarias.
Hemos nacido en lugares que parecen tan alejados en el espacio y el tiempo que casi somos de planetas distintos; nos comunicamos en un inglés caótico que necesitamos ayudar con gestos. Y, sin embargo, cuando estamos juntos nos sentimos, por encima de todas las circunstancias, amigos entrañables como sólo lo pueden ser hombres que comparten una pasión que ha construido su vida. En nuestro caso no se trata de algo difuso y vago, pues tiene la abrumadora solidez de un fenómeno geológico y un nombre que, como en los cuentos orientales, con tan sólo mencionarlo obra prodigios en la imaginación: Karakorum. No hace mucho que he estado con mi amigo Karim y quiero que conozcáis su historia.Hace poco más de un mes que regresamos de nuevo al país del Leopardo de las nieves, de la Montaña de las montañas, a la tierra de Little Karim.Esta vez pretendíamos filmar el Karakorum desde una perspectiva radicalmente nueva.Y, como siempre, en Skardú, la capital del Baltistán, me estaban esperando Karim y su hijo mayor Hanib. Lo novedoso es que esta vez no habíamos llegado a Skardú ni por la «Karakorum Highway», una eufemística forma de calificar a un camino más o menos transitable con permiso de terremotos, avalanchas, riadas y desprendimientos, ni por avión, sino en dos helicópteros de la Fuerza Aérea de Pakistán puestos a nuestra disposición para la filmación de la zona más alta y remota de este macizo montañoso.

Después de desearlo durante más de quince años y, por paradójico que parezca, gracias a la guerra que se libra en la Cachemira tuvimos por fin la suerte de poder utilizar helicópteros para efectuar la primera filmación aérea del Karakorum. Aunque Galen Rowell, allá por finales de los setenta y luego un canadiense, que publicó un libro sobre la guerra, hicieron sendos artículos y fotos aéreas de la zona, nunca antes se había realizado una filmación específica de la zona, cuya finalidad fuese precisamente las bellezas naturales, montañosas todas, que encierra la región y no la interminable guerra que enfrenta a India y Pakistán. De los puntos en conflicto, uno en la zona de Kargil en Cachemira más propiamente dicha, y el otro en el mayor glaciar del Karakorum, el Siachen, en el Baltistán más remoto, fronterizo con el Xin Jiang chino, ha sido este último el que nos ha servido de cobertura logística imprescindible para poder efectuar el rodaje. Lo cual quiere decir que ni siquiera para efectuar esta inocua filmación nos podemos olvidar de la dichosa guerra que está determinando todos los ámbitos de la vida de los países en conflicto.


Skardú se encuentra inmaculadamente blanco y la niebla invade el valle oval del Indo haciendo imposible el vuelo. Debemos esperar y mientras tanto paseamos por los bazares mientras reencontramos a antiguos amigos. Paseamos lentamente, sin prisas, como si la niebla nos diese una oportunidad de volver a charlar con estos hombres. Y al calor de un buen té con leche me resulta imposible no recordar los gratos momentos pasados en su casa este verano, cuando al terminar la expedición del Nanga decidí aceptar la invitación de Karim e irme a su valle natal y pasar unos días trepando por las montañas de los alrededores. Sí, aquellos fueron unos días maravillosos…

En casa de Karim

POR el agujero en el techo que hace las veces de chimenea, un haz de luz, solidificado por el humo, el polvo y la penumbra hasta convertirlo en una refulgente columna de acero, parte en dos la estancia. Unas tímidas llamas se agitan dentro de un círculo de piedras que forma el hogar en torno al cual nos encontramos unos amigos de procedencias tan diversas. Pero lo que de verdad llena de calidez esta modesta casa de una aldea baltí perdida en el corazón del Karakorum son los rescoldos de una vieja amistad, avivados con fuerza por los recuerdos comunes que fluyen incontenibles. Estamos en casa de Karim. Pudiera parecer que estamos en un poblado medieval anclado en el tiempo.

Ese pequeño hombre que nos llena de atenciones, que nos ofrece lo mejor de cuanto tiene -unos espaguetis de una expedición italiana, una confitura alemana, un paté francés- y de apariencia normal es sin embargo, lo sé con la certeza más absoluta, un hombre extraordinario. Puede incluso que engañe a alguien al que las prisas le hagan cavilar que es uno más de los rudos hombres que pueblan estos valles escondidos en las montañas. Pero sus ojos negros, atentos y vivaces, con los que escudriña el mundo desde una distancia infinita lo delatan como un personaje único, ajeno a ese tiempo detenido en hogares como en el que me encuentro. Aun conociendo muchos de los que nosotros soberbiamente nos atrevemos a calificar «adelantos técnicos» de nuestra época, se intuye que su realidad es otra, que, parafraseando a Castaneda, el mundo de Karim está separado de nuestra burda realidad. Por eso asistimos boquiabiertos a las historias que desgrana y en las que resulta difícil marcar el límite siempre difuso entre lo real y lo imaginario. Lo mismo habla de las leyendas de su pueblo, señalando con las vivaces manos la cueva donde el Yeti escondía a las mujeres de la aldea que raptaba y con las que se apareaba, que a continuación nos dice muy seriamente que él ya se lo había advertido a aquel escalador francés, al que le había porteado la tabla de surf hasta la cumbre del Gasherbrum II, «que no se tirase porque se iba a matar».

-«¿Y qué te contestó?».
-«Que morir no era importante».
– «¿Y qué pasó?».
-«Joder Sebas, que se mató. Ya se lo había dicho».
Y es que su caótico inglés está salpicado de palabrotas en español que, eso sí, coloca perfectamente en el lugar que corresponde en la frase. Son muchos años juntos. Superponiéndose a la animada charla de Karim hablándonos de lo ocurrido en los últimos tiempos a él y su familia, me resulta inevitable recordar, desde un ya lejano pasado, esa misma voz que, a través de un walky talkie, nos anunciaba algo que no podíamos creer.Corría el año 1983 cuando, desde el campo 2 a 6.600 metros en el K2, uno de nuestros porteadores de altura abría el walky para saludarnos y decirnos que seguía bajando. Tan sólo diecisiete minutos antes había partido del campo 3, a 7.050 metros de altitud. En la tienda comedor del campo base, Juanjo San Sebastián dijo lo que todos estábamos pensando: «¡Este cabrón va como una moto!». Ese porteador era Abdul Karim, «Little Karim», el Pequeño Karim, como le bautizó, lleno de admiración, el gran alpinista británico Chris Bonington. El gran Karim. Vivíamos nuestra primera expedición a la Montaña de las montañas mientras germinaba, sin ser aún conscientes de ello, la semilla de lo que con el correr del tiempo se convertiría en «Al filo de lo imposible». Todo era tan duro que las sensaciones, la pasión desplegada, la fe en lo improbable y la amistad se convirtieron en humanas como nunca antes habían sido ni nunca más serían. No subimos ese año al K2 pero descubrimientos como Karim, y lo allí aprendido, justificaron plenamente nuestros esfuerzos y algunas decepciones.

La memoria de lo que ha vivido escalando las grandes montañas es el tesoro más preciado para Karim. «En invierno, cuando no se puede salir de casa, cuando estoy dormido, sueño con esas cosas y os recuerdo a los amigos». Karim se señala la sien y cierra los ojos. «Entonces pienso…»Karim es el porteador más famoso del Karakorum, casi un símbolo de ese puñado de baltíes -mongoles de raza aria, como los definió Ardito Desio, jefe de la expedición italiana que coronó por primera vez el K2, en 1954- que se empeñan en sobrevivir en uno de los hábitats más inclementes de la Tierra, asumiendo uno de los trabajos más duros que pueden realizarse y en condiciones extremas. Y todo ello por 700 pesetas diarias. La fama de Karim es más que merecida. Si, en lugar de portear cargas para otros por encima de los 8.000 m, se hubiera dedicado a subir a esas mismas montañas estaríamos ante un «ochomilista» de élite a la altura de los mejores. Su actividad desde que, en 1977, comenzó a portear realizando dos o tres expediciones cada verano, es impresionante: veinticinco expediciones, de ellas nueve al K2, donde ha superado la frontera del octavo kilómetro por cuatro rutas diferentes; cinco al Broad Peak, otras tantas al Gasherbrum II, y muchas más a otras montañas menos conocidas pero, al menos, tan difíciles y casi tan altas como aquellas. Porque Karim de las montañas de 6.000 metros simplemente no se acuerda. «De esas habré subido más de cien».Puede parecer paradójico pero Karim comenzó a escalar grandes montañas gracias a un río. Cuando tenía 22 ó 23 años (ó 25 pues, sobre el tema de la edad, Karim suele ser muy voluble, dependiendo la cifra del día o incluso de la hora del día en que se la preguntas) fue contratado como porteador por una expedición neozelandesa que iba al pico Hobuste, de 7.000 metros. Durante la marcha de aproximación, una componente del grupo se cayó al río Braldo. Karim se lanzó al agua y consiguió salvar a la chica. Como agradecimiento por su valor, y a pesar de su pequeña estatura, juventud e inexperiencia, le permitieron trabajar como porteador de altura, lo cual significaba mayor paga. En tan sólo siete días consiguieron la cumbre, logro en el que tuvo bastante que ver el gran trabajo realizado por aquel joven animoso y despierto.

En 1978, fue al K2 por primera vez, después de ganarse literalmente el puesto a pulso. Cuando se presentó ante el gran Chris Bonington para que le eligiese, éste le desechó por débil y pequeño. Sin pensárselo dos veces, Karim abrazó al corpulento alpinista británico, le levantó en vilo y echó a correr por el pasillo del hotel con tan peculiar carga. Obvio es confirmar que Bonington no tuvo más opción que contratarle.Años después, cargó con otro alpinista mucho más pesado que él pero entonces la anécdota se transformará en reconocimiento. Contra las advertencias de Karim,él y Laurent Chevalier descendían ya sin luz por el muy agrietado glaciar del Gasherbrum 2 después de haber hecho cumbre. Y cumpliendo los pronósticos, Chevalier acabó dentro de una grieta. Karim consiguió retenerle y aguantarle durante mucho tiempo a pesar de la diferencia de peso entre ambos. Desde entonces tiene una cicatriz en el cuello, producto de la quemadura de la cuerda. Peor fue, en 1988, cuando descendiendo del Broad Peak se rompió una pierna. Necesitó dos días para bajar al campamento, de donde. los helicópteros sólo evacuan a los extranjeros, y otros dos para llegar al pueblo más cercano sin ayuda ni medicinas para mitigar el dolor.

Con cada expedición la figura del porteador baltí se agigantaba hasta situarle, entre los himalayistas, como el porteador más prestigioso del Karakorum, aunque las mieles de los éxitos se las llevaran otros. En 1981, estaba a 6.600 metros en la arista oeste del K2 y oyó por el walkie que el paquistaní Sabir y el japnés Ohtani tendrían que bajarse desde 8.100 metros porque no tenían ni comida, ni oxígeno, ni hornillo. Sin decir una palabra, Karim cargó su mochila y en seis horas se presentó con la carga. Al día siguiente, Ohtani y Sabir se adjudicaban la hazaña de esta primera.El recuerdo de la siempre terrible experiencia de la muerte en la montaña es lo único que consigue borrar la sonrisa de los ojos de Karim: «He tenido grandes amigos que han muerto en la montaña. Muchos. Cassarotto, el matrimonio Barrard, Wanda Rutckiewicz, Nick Escourt, Bettembourgh…muchos». Fue Karim quien rescató a Renato Cassarotto de la grieta que se lo tragó en 1986 cuando descendía de un intento solitario al K2, y a donde lo volvió a dejar a petición de Goretta, la compañera del alpinista italiano.

Durante ese año 1986, Karim trabajó duro. En el K2, estaba contratado por Jerzy Kukuczka, quien abrió la directa de la cara sureste. Karim realizó para él tres porteos desde el campamento base (5.100 m) hasta los 8.100. Y los tres en un solo día. Mientras terminaba la escalada, Kukuczka le pidió que bajara al base. Pero él quería estar con sus amigos, Ramón Portilla y Juanjo San Sebastián, que se encontraban en el Broad Peak. Cogió sus cosas, marchó al campamento base del ochomil vecino, donde le dijeron que ya estaban en la montaña, y, sin más, se puso a subir para encontrarse con ellos a 7.500 metros.
A sus 41 años, junto con un compañero de trabajo, planea para este verano su propia ascensión al K2, la montaña que tanto ha pateado para otros. Quiere escalar en diez días lo que a una expedición le lleva dos o tres meses. Y lo mejor es que puede hacerlo.
Sería imposible comprender el Karakorum sin hombres como Little Karim y sin montañas como el K2, que él tan bien conoce. Las prematuras arrugas que cercan la vivaz e inteligente mirada de Karim y los estratos que surcan las laderas de «la Montaña de las montañas» son en realidad líneas escritas de una misma historia en la que se narra la biografía de uno de los más asombrosos paisajes de cuantos se pueden encontrar en el planeta Tierra.

Karim es el Karakorum tanto como lo es su universo imaginario lleno de «Pilis», mujeres bellísimas que sólo pueden ver los puros de corazón, u «hombres de luz» en el hielo que ayudan a los que se han caído en una grieta. Hablar con Karim puede ser tan desconcertante como volver a la Edad Media. A nosotros, seres del siglo XXI, herederos de una tradición científica y racionalista, de Galileo a Descartes, Karim nos ofrece la fascinación primordial de las palabras y los sonidos.

Cuando por fin se calló, un silencio nos envolvió. Ese pequeño hombre de las montañas no sólo nos ha regalado su amistad sino que nos ha enseñado a caminar por los senderos de la vida con el paso leve de los niños.

SEBASTIÁN ÁLVARO
(DIRECTOR DE AL FILO DE LO IMPOSIBLE, HA REALIZADO TRECE EXPEDICIONES EN PAKISTÁN)

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