EXPLORANDO

Miguel Ángel Pérez, el viernes en la cima del Dhaulagiri, el lunes trabajando en la oficina

Por su trabajo dispone de muy poco tiempo para ir de expedición. Por eso es un especialista en ascensiones muy rápidas. Ha hecho cima en dos ochomiles en once días desde que llegó al campo base. La ascensión y cima del Dhaulagiri la compartió con Oscar Cadiach, que venía de ascender el Annapurna. Este es el relato de su aventura.

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En este artículo el alpinista leonés Miguél Ángel Pérez (ocho ochomiles) nos relata su ascensión al Dhaulagiri con Oscar Cadiach, que venía de ascender el Annapurna y a quien conoció en el campo base.

“El 17 de mayo decidí darme la vuelta sobre todo por el frío. Salió un día con mucho viento y el progreso de las doce personas que partimos a cumbre desde 7.250 metros era muy lento, apenas 50 metros en las primeras dos horas. Tenía los pies congelados y decidí no arriesgar con las congelaciones. La mayor parte de la gente acabó dándose la vuelta unas horas más tarde y ese día sólo hicieron cumbre tres personas: el sherpa Dawa con oxígeno y los italianos Mario Panzeri (que completó a así los catorce ochomiles) y Jean Paolo (que bajó con congelaciones de consideración) sin oxígeno.

Mi intención era hacer un nuevo intento hacia el 22 de mayo, pero el viento seguía siendo fuerte y hasta el 25 no daban un primer día aceptable de meteorología. El problema era que el 27 yo tenía que volar a España y casi no había margen para la vuelta.

Oscar Cadiach y yo decidimos intentarlo juntos y encargar un helicóptero para que nos llevase del Campo Base a Katmandú el mismo día 27. Era un plan muy ajustado, pero acabó saliendo perfecto. Oscar y yo nos conocíamos hasta ahora pero la verdad es que nos hemos entendido muy bien, seguro que volvemos a escalar juntos.

Creo que puedo calificar el Dhaulagiri como el ochomil más difícil y peligroso que he subido. Otros, como el Nanga Parbat, pueden tener mayores dificultades técnicas, pero a una altura inferior. El Dhaula concentra la parte más expuesta en el tramo superior de la montaña, donde la falta de oxígeno hace que tomar las decisiones correctas sea más difícil.

Por otro lado, que la montaña no esté equipada con cuerdas fijas cambia completamente las condiciones de seguridad. Si el Dhaula contase con la «infraestructura» del Everest, no tendría nada que ver. Tal vez otros años haya habido gente suficiente para equipar los tramos superiores, pero éste no era el caso: esta temporada, a partir de 7.300 metros no había cuerdas y sabías que dependías enteramente de ti mismo y de no cometer un solo error tanto subiendo como, especialmente, bajando de la cumbre probablemente de noche.

La doble tensión de la cumbre y la vuelta al trabajo a tiempo me hicieron dudar hasta el último momento de intentarlo una tercera vez, pero finalmente Oscar y yo partimos del Campo Base el 22, para subir de un tirón del Campo 1 al Campo 3 el día 23, montar un nuevo Campo 4 a 7.600 metros el día 24 e intentar la cumbre el día 25.

Una dificultad añadida es que íbamos a cumbre completamente solos. Ya casi todas las expediciones habían abandonado el Campo Base y las otras cuatro personas que quedaron decidieron esperar a intentar la cumbre el día 26, quizás para aprovechar nuestra huella. Nosotros apenas pudimos aprovechar la de la semana anterior pues se había perdido con el viento.

El primer día transcurrió según lo previsto, durmiendo bien en el Campo 1, pero el siguiente se nos hizo muy largo al saltarnos el Campo 2, llegando de noche y con mucho frío al Campo 3.  Tampoco la siguiente noche fue fácil, pues la tienda del Campo 4 estaba montada en condiciones muy precarias y era difícil dormir. En conclusión, no estábamos muy descansados cuando salimos a cumbre a las 6.00 del día 25. Decidimos esperar al sol para evitar congelaciones, y fue una buena decisión porque el día, aunque con poco viento, fue muy frío

Los primeros tramos de escalada tenían el riesgo de desprendimiento de placas de viento, aunque el sol de los últimos días había atenuado el riesgo. Entre los 7.700 y los 7.900 metros vienen las mayores pendientes, a veces de hasta 40 grados, donde las condiciones de la nieve son muy importantes ya que no es lo mismo dejar una buena huella en la nieve a que ésta sea tan dura que sólo entre la punta de los crampones. Hacia las doce habíamos superado ese tramo peligroso y comenzaba una larga travesía a la derecha, menos empinada, a la búsqueda de un corto corredor con cornisas en su parte superior que llevaba casi directamente a la cumbre.

Los últimos metros se hicieron muy duros, especialmente superar la cornisa, que aunque sólo tuviera un par de metros, carecía de buenos puntos de apoyo para los pies, por lo que hubo que tirar de brazos y piolets para superarla.

Luego todo cambio. Pasamos de la sombra del corredor a la dorada luz de la tarde de la cumbre. Fue un momento maravilloso. Hicimos cima hacia las 16.30.

La bajada fue complicada. Se hizo completamente de noche mientras desandábamos la travesía y tocó destrepar los tramos más pendientes en completa oscuridad. Valoramos la posibilidad de montar rápeles con la cuerda de 50 metros que llevábamos pero consideramos que eso nos iba a retrasar mucho y tampoco podíamos meter anclajes muy seguros. Nos fiamos de nuestra pericia y destrepamos la ruta de cara a la pendiente, muy concentrados.

Sobre las 10.30 llegamos al Campo 4 para encontrarnos con que teníamos «okupas» en la tienda, así que tocó otra noche casi sin dormir, pues apenas había espacio.

Bajamos al día siguiente muy despacio, concentrándonos en las partes peligrosas sin cuerda fija, y hasta las 20.00 no llegamos al Campo 1. Teníamos que seguir pues el helicóptero nos recogería muy pronto a la mañana siguiente, pero la oscuridad nos impidió ver con claridad la ruta de descenso entre las grietas del glaciar y acabamos vivaqueando a unos 5.700 metros. Fue un momento agradable: todo es cuestión de contraste, y a nosotros nos pareció, después de la dureza de la cumbre, que la brisa era oxigenada y agradable.

A las 4.30, con las primeras luces del alba, pudimos encontrar el camino de descenso y finalmente llegamos muy contentos al Base sobre las 7.30, apenas cuarenta minutos antes que el helicóptero. Todo había salido perfecto.

Ya de vuelta en España, y tras completar mi octavo ochomil, sigo sin querer pensar en los seis pendientes hasta los catorce. No quiero pensar en listas, sino en la ilusión de la expedición de cada año. Confieso que ésta se me ha hecho especialmente dura, sobre todo por mis hijos, que ya son personitas y me insistían por teléfono en que volviera cuanto antes. A lo mejor llega un año en que decido que ya está bien de ochomiles, por ahora no pienso en ello, no quiero prefigurar el futuro ni en un sentido ni en otro”.

Miguel Ángel Pérez

 

 

 

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