EXPLORANDO

Gerlinde Kaltenbrunner cuenta su Everest sin oxígeno

En contra de las informaciones iniciales no la acompañaba su pareja, el alpinista y guía alemán Ralf Dujmovits. Gerlinde nos envía el relato de lo que ocurrió durante sus días de cima en el Everest.

Ralf Djumovits y Gerlinde Kaltenbrunner
Ralf Djumovits y Gerlinde Kaltenbrunner
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Las dos noches previas al día de cumbre Ralf no había descansado por culpa de la tos. Después de decidir cambiar de ruta ante las malas condiciones para escalar el corredor Hornbein, Gerlinde salió sola del último campamento en la ruta del Collado Norte y Arista Noreste. Ella nos envía su relato contando los tres días finales de su escalada al Everest.    

“El 19 de mayo dejamos el base avanzado y salimos a la cumbre. Hasta el último minuto no supimos si debíamos intentar la cima el 23 o 24 de mayo ya que Charly nos había dicho que debido al fuerte jet-stream la predicción meteorológica estaba siendo extremadamente difícil este año.    El 19 de mayo nos despedimos del cocinero y ascendimos hasta el pie de la montaña a 6.200 m.

La noche fue muy ventosa pero lo bastante soportable como continuar por la muy agrietada ruta Odell hasta el Collado Norte, a 7.000 m, el día siguiente. El viento fue tan fuerte que nos preocupaba que nos barriera, hasta el punto de que teníamos que ir asegurados incluso en las parte más llanas, de hecho perdimos el equilibrio más de una vez.   

Pasamos dos noches en el Collado Norte. Consultamos a Charly y él nos aconsejó esperar porque los días siguientes parecían extremadamente ventosos, lo que convertiría a nuestros ascensos sin oxígeno en muy difíciles, por no decir imposibles. El día extra en el collado norte fue bueno para los dos ya que nos dio la posibilidad de recuperarnos del frío y la deshidratación del día anterior. 

  El 22 de mayo fue un bonito día sin viento. Hicimos la mochila y escalamos hasta 7.600 m casi en el mismo sitio donde pusimos la tienda el día de nuestra subida de aclimatación. El cielo del atardecer nos sorprendió con unas vistas sobre el Tíbet que nos dejaron con la boca abierta. Son esos los momentos en los que sé por qué me gusta tanto escalar montañas altas.   

Cavé una repisa, pero me salió bastante torcida. Ralf no pegó ojo pero creo que en gran parte fue por su tos. El 23 de mayo, nosotros y muchos otros llegamos al C3 a 8.300. Las nubes se movían y comenzaba a nevar. Ralf y yo pusimos la tienda en el extremo derecho del campamento e intentamos cavar una repisa para pasar una noche mejor que la anterior. Nuestros dos hornillos trabajaban sin parar y bebimos unos 3 litros de líquidos, pero a pesar de hidratarse tanto la tos de Ralf no cesó. A las 7pm cuandonos estábamos metiendo en el saco, vimos una tormenta que estaba descargando bastante lejos y comenzó  a nevar más fuerte. Me intenté relajar y concentrarme en el intento a cima aunque me daba cuenta de que Ralf no descansaba. Se pasó la noche sentado tosiendo y escupiendo las flemas.   

Encendimos los hornillos a la 1.30am  para poder salir a las 3am. Habíamos dejado las mochilas hechas la noche anterior así que sólo teníamos que desayunar nuestra mezcla de copos de avena para niños y galletas hechas puré dentro de una bolsa de plástico. Bebimos un gran tazón de café con leche y concentrado de zumo de manzana. Llenamos las cantimploras. Estábamos listos para salir. Pero Ralf se encontraba muy cansado ya que no había descansado en dos noches. Mientras desayunábamos se quedó dormido dos veces.

Cuando se le cayó la taza, con su contenido, por segunda vez me dijo: “Gerlinde, no puedo ir contigo, estoy muy cansado. Si me sigo quedando dormido yendo a cima… sería muy peligroso. Tienes que seguir sin mí”. Tenía razón, sería un gran riesgo, pero necesité un momento para redirigir mis pensamientos. Subir sin Ralf… Él deseaba tanto subir el Everest sin oxígeno ¿y ahora yo debo subir sin él? Acordamos que el bajaría hasta el collado norte y me esperaría allí. 

  A las 3.40am me puse las botas y crampones, comprobé todo el material, me despedí de Ralf y dejé la tienda un poco triste. Eran las 3.55, noche cerrada y nevaba bastante. Por suerte tenía visualizada la ruta desde el día anterior, lo que me ayudó bastante aunque fuera difícil orientarme. De vez en cuando mi frontal iluminaba  huellas por delante de mí. Los escaladores que iban por delante habían salido un poco antes.  Hasta el amanecer estuve exclusivamente concentrada en encontrar la ruta sin ver a nadie. Una vez llegué la arista y se hizo de día tampoco pude ver mucho porque seguía nevando.   

En el Primer Escalón encontré  a dos italianos, Abele y Marco, quienes estaban también escalando sin oxígeno suplementario ni sherpas. En el Segundo Escalón también encontré a Michelle y Silvio Mondinelli (viejo amigo), lo que me dio una gran alegría. Seguimos juntos mientras comenzábamos a cruzarnos con quienes volvían de la cumbre usando oxígeno. Algunos habían comenzado a escalar a las 9pm, otros hacia las 11pm. Después del Tercer Escalón, la cumbre parecía estar a punto, pero nos equivocábamos: nos llevó otras dos horas alcanzar el punto más alto. A las 12.30pm dimos los pasos finales y pisamos el techo del mundo, un momento que no puedo describir con palabras. No me podía imaginar que sentiría tanta felicidad ya que siempre había soñado con la Cara Norte y no con la cima como tal.    Estaba muy tranquila, nevaba un poco y hacía algo de viento. En mis pensamientos, sentí agradecimiento por toda la gente que me quería: Ralf, mi familia y amigos que tenían los dedos cruzados, Diosa Madre de la Tierra y nuestra creación… 

 Los cuatro italianos y yo éramos los únicos en la cumbre. No teníamos vistas pero debido a la nevada la temperatura era soportable. Me sentía bien y comprobé mi cabeza planteándome tres problemas matemáticos. Todo parecía estar en orden.    Miré hacia la Cara Norte y aunque tampoco pude ver mucho me sentí muy feliz por no haberla intentado, ya que no habríamos tenido oportunidades con esas condiciones. Estuvimos 35 minutos en la cima y antes de comenzar a descender metí dos piedras en el bolsillo, bebí unos sorbos de agua y comí unos trozos de piña deshidratada. Los cinco decidimos hacer el descenso juntos.    A 8.600 las nubes se abrieron y la nevada aflojó pero entró viento fuerte que hizo que el frío fuera difícilmente aguantable.  De todas formas, cuando vi nuestra tienda a 8.300 me olvidé de la tormenta. ¿Estaba Ralf esperándome?   

A unos 50 metros de desnivel de la tienda vi a Ralf que venía hacia mí. ¡Me había esperado! No puedo decir lo feliz que me sentí. Era otra cima para mi. La noche anterior admiré su entereza para reconocer sus límites y tomar la decisión correcta sin más. Ahora le estaba muy agradecida por esperarme a 8.300 m durante todo el día.   

Inmediatamente Ralf llamó  a Charly Gabl, en Innsbruck,  que llevaba todo el día preocupado. Entré en calor dentro de la tienda, bebí zumo de manzana caliente, recogimos y continuamos el descenso. A la 1am llegábamos a nuestro CBA completamente agotados, pero también felices. Nuestro cocinero Sitaram se puso a hacer sopa y pasta aunque me quedé dormida antes de que estuviera lista.   

El 27 de mayo llegamos a Katmandú  pero estaba tan cansada que no me había recuperado. Los yaks estaban esperando cuando llegamos al CB y cuando nos despedíamos del Everest la montaña mostró su cara más áspera con una tormenta de nieve muy fuerte que nos acompañó durante todo el día”.   

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