DESCANSA TRAS PASAR 2 NOCHES EN EL C2

Miguel Ángel Pérez: dolores de espalda y reflexiones desde el K2

El alpinista Miguel ángel Pérez está en el K2 donde acaba de completar la fase de aclimatación. Sus dolores de espalda añaden incertidumbre a su proyecto de ascender esta gran montaña del Karakorum. Hará cordada con Ferran Latorre. Tienen previsto salir mañana hacia la cima.

Miguel Ángel Pérez en la Chimenea House del K2 (2014)  (© Ferrán Latorre)
Miguel Ángel Pérez en la Chimenea House del K2
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Miguel Ángel Pérez está completando la fase de aclimatación en el K2 (8.611 m), uno de dos ochomiles que le quedan en el Karakorum, junto con el Gasherbrum I. Salió de España sin saber cuál de las dos montañas abordaría, pero se ha decantado por el proyecto más ambicioso. No en vano, este año hay muchas expediciones en el K2 y Miguel Ángel cuenta con algunos amigos en los que puede apoyarse, como Ferran Latorre, con el que ya ha acordado compartir estrategia.

La primera fase de aclimatación ha sido buena, pero los dolores de espalda amenazan con dar más de un problema en las horas de descanso. Este es el diario íntimo que Miguel Ángel ha enviado a familiares y amigos donde cuenta los detalles de su incipiente aventura:

Hola amigos:

La anterior crónica fue bastante escueta y ello se debió a que prácticamente no tuve tiempo: fue llegar al campo base, ordenar el equipo y al día siguiente de madrugada ya estaba saliendo para iniciar la escalada. Todo demasiado rápido, pero no tenía otra opción. Daban mal tiempo para el 16 de julio (como así ha sido) y tenía que aprovechar los tres días siguientes para escalar y portear material hasta lo más arriba posible con la idea de no quedar definitivamente rezagado respecto de otros alpinistas. Es lo que tiene llegar siempre el último.

La tarde de mi llegada me encontré con Ferran Latorre, gran alpinista y buen amigo. Acordamos tratar de hacer equipo si nuestro grado de aclimatación era parejo, pues ello facilitaría mucho la logística de instalación de los diversos campamentos, al compartir a medias tiendas, gas o cocinas. 

Contamos con los servicios de Bashir, un porteador de altura baltí que nos ayudará a subir parte del material. Para mí es una suerte porque tengo la espalda en muy mal estado y es ahora mi principal preocupación.

El día 13 salí por la mañana con Bashir. Hay unas dos horas de paseo por el glaciar hasta el comienzo de la escalada, el Espolón de los Abruzzos. Sólo la última parte es un poco expuesta, con algunos seracs. Tras superarlos veo unas pocas tiendas que algunas expediciones utilizan como campo base avanzado.

Bashir me señala unas pequeñas avalanchas de nieve primavera que caen lentas justo hasta donde comienza la ascensión. Entonces se da cuenta de que ha olvidado los crampones y no puede subir. Me sugiere que lo dejemos para el día siguiente. Miro hacia arriba. La ruta de ascensión es muy vertical, intimidante. Le digo a Bashir que se vuelva al base, que yo sigo para arriba.

En mi opinión, pequeñas decisiones como esta son las que te pueden llevar luego a la cumbre. Darme la vuelta en ese momento habría sido una especie de capitulación interior, aparentemente momentánea, pero probablemente irrevocable, pues el K2 me impone mucho (como a todo el mundo).

La recompensa inmediata fue una solitaria escalada hasta el campo 1 (6.100 metros), especial por esa sensación de soledad (que por otro lado no se correspondía con la realidad, pues había mucha gente por encima de mí en los campos 1 y 2).

Rápidamente comprobé que la vía de ascensión, aunque muy exigente físicamente por su verticalidad, estaba en muy buenas condiciones. La cuerda fija es de 9mm y de alta calidad, nada que ver con la cuerda coreana de tender ropa de otras expediciones. Y, sobre todo, el hecho de que la escalada transcurra por la cresta misma del Espolón de los Abruzzos (llamada así en honor al Duque de los Abruzzos, primer explorador de esta zona hace más de un siglo) supone que haya relativamente poco riesgo de caída de piedras o aludes. 

Llego a las 16:30 al campo 1 y allí me instalo. Pero prácticamente no duermo en toda la noche debido al dolor de espalda. El dolor había comenzado cuatro días antes, y no me impide la actividad diaria (incluso cargar peso o escalar) pero sí dormir, pues al relajar la espalda contra el suelo (no importa que sea boca arriba, boca abajo o de lado), me empieza a doler terriblemente y solo puedo dormitar sentado. Con la ayuda de Javier Arias, mi amigo osteópata de Astorga (gracias y perdona la lata, Javier), he aprendido de un músculo, el infraespinoso derecho, que no tenía el gusto de conocer. Habría preferido seguir en el desconocimiento.

Al día siguiente, cansado, me pongo en marcha hacia el campo 2 (6.650 metros). He acordado reunirme allí con Ferran que, más aclimatado, subirá directamente del base al C2. La escalada es más difícil que la del día anterior, con resaltes verticales de roca. Poco antes de llegar a las tiendas del campo 2 está la famosa chimenea House. Poco antes me ha alcanzado Ferran.

La noche es algo mejor que la anterior. Mucho más importante que el factor altitud es para mí el dolor de espalda, que se ve aliviado en parte porque Ferran aplica sobre el infraespinoso las recomendaciones de Javier.

El día siguiente lo pasamos en el campo 2, aclimatando. Cambiamos de sitio la tienda porque el primer emplazamiento no es muy seguro. Hay que moverse con precaución: hay mucha pendiente y un paso en falso te puede llevar en pocos segundos a la base de la montaña, 1.400 metros más abajo. Todo es agreste y desolador, con los restos de muchas tiendas abandonadas por expediciones de años anteriores.

Ferran quiere subir al día siguiente al campo 3 (7.200 metros) pero amanece nevando y con viento. Era lo previsto para el 16. Dedicamos un par de horas a dejar todo lo más organizado y seco posible. Luego comenzamos el rápel de descenso, muy duro al principio. Recuerdo como momento especial estar rapelando un muro vertical a 6.500 metros, con el viento moviendo la cuerda de un lado para otro y sin poder abrir casi los ojos debido a la ventisca. Recuerdo haber pensado entonces, colgado del abismo: «esto es muuuy bestia«, pero con una rara sensación de tranquilidad, como si estuviese viendo lo que le pasa a otro. Me suele suceder así en este tipo de situaciones. Como podéis imaginar, no hay fotos de esta parte del descenso.

Por suerte la situación mejoró mucho un poco más abajo. Y es que esta es otra de las particularidades del K2, puedes tener varias meteorologías muy distintas a lo largo de la ruta. 

Pasado el campo 1, el terreno se hace más fácil y me relajo. Le digo a Ferran que siga (no ha querido abandonarme) y me espera ya abajo, en el campo base avanzado. Tras el paseo por el glaciar llegamos al campo base a la hora de comer. Como siempre en estos casos me invade la sensación de «hogar dulce hogar»: alimentarse, lavarse, descansar…

Entiendo mejor ahora la fama del K2. La primera mitad de la ascensión, que es la que he hecho, sólo se puede comparar en mi experiencia a la del Nanga Parbat (8.126 m), pero a partir de los 6.500 m el Nanga se vuelve indiscutiblemente más fácil, cosa que no sucede en el K2, el cual por añadidura es 500 metros más alto. Por eso es una montaña casi inexpugnable salvo que se combinen dos factores: un grupo de alpinistas fuertes y dispuestos a equipar, con un tiempo muy bueno justo antes y después del día de cumbre. Lo primero lo tenemos este año, a ver si también hay suerte con la meteorología.

Esta noche ha caído una gran nevada en el campo base. Tocan días de descanso. El esfuerzo ha valido la pena y ya no estoy rezagado en la aclimatación. He dormido dos noches a 6.650 metros y una a 6.100. Pero queda mucho todavía.

Mi principal preocupación ahora es la espalda. Si tuviese que resumir en una palabra el proceso de escalada a un ochomil, usaría esta: desgaste. Mi suerte es que duermo y recupero bien, es una de mis virtudes aquí. Si me quitan eso y se añade otro factor de desgaste, que es el dolor, no creo que tenga ninguna oportunidad.

He estado buscando un fisioterapeuta por el campo base sin suerte, pero Bashir, nuestro fiel acompañante, dice que él se encarga de estas cosas en Hushé, su pueblo. Me he puesto en sus manos.

Hasta pronto, un abrazo.

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