ENTREVISTA

Iván Vallejo: «Hoy el himalayismo está dedicado a consumir la montaña»

Entrevista en profundidad con la gran figura del himalayismo –primer ecuatoriano en los catorce– en la que habla sobre su forma de relacionarse con las montañas, su legado, su visión del ochomilismo actual o sobre la polémica «nueva» lista de ochomilistas, entre otros interesantes temas.

Iván Vallejo en el Illiniza (Ecuador) en su 63 cumpleaños (diciembre 2022). Fuente: Facebook personal.
Iván Vallejo en el Illiniza (Ecuador) en su 63 cumpleaños (diciembre 2022). Fuente: Facebook personal.
Sergio Ruiz Antorán | No hay comentarios |

Gran figura del himalayismo, Iván Vallejo (63 años) fue el primer ecuatoriano en escalar los catorce ochomiles, que comenzó en 1997 y culminó en 2008. Desde hace años se ha mostrado crítico con la deriva de las expediciones comerciales en el Himalaya, llegando a afirmar que no pensaba volver a los ochomiles.

Esta conversación se desarrolla en el Pirineo aragonés, que visitó hace un par de semanas junto a Esteban Topo Mena y Carla Pérez, invitados en Benasque por Jonatan García, junto a quienes estuvo escalando y disfrutando de estas montañas por primera vez. En ella nos habla de este viaje, así como de su relación con el alpinismo español, su forma de relacionarse con las montañas, su legado y la polémica actual sobre el revisionismo de las cumbres (en el nuevo listado de 8000ers.com también a él le «quitan» el Manaslu) y de la tendencia comercial del ochomilismo actual.

Ha pasado unos días en el Pirineo. Es curioso que alguien que ha recorrido montañas de medio mundo nunca hubiera estado en esta humilde cordillera

Después de la pandemia me estoy dedicando a cumplir esas aventuras pendientes y una era venir al Pirineo y poner en mi lista al Aneto. Y más por la cara sur, por esa línea que ha abierto Jonatan García. Hicimos escalada deportiva, me divertí muchísimo. También subimos al pico Estós, desde el que ellos se lanzaron en parapente. Yo bajé andando, aunque quiero aprender a volar.

Para alguien que ha subido los catorce ochomiles sin oxígeno habrá sido pan comido subir un tresmil...

Todas las montañas tienen su presencia, su fuerza, su porte. Porque el Aneto está a 3.404 metros, pero hay que tener en consideración desde dónde subimos. Y es ahí entonces donde te encuentras con un pedazo de montaña. Verla desde el parte baja es imponente. Al final es un desnivel de más de 1.500 metros. Lo importante no es la altura. Piensa que en Quito vivimos a 2.300 metros.

Suelo decir que cuando salgo a las montañas voy a mis catedrales particulares porque en ellas encuentras un momento de reflexión, realizas un viaje interior, de meditación. El Pirineo no ha sido una excepción. Particularmente cuando llegué a la cima del Estós, donde tienes 360º de montañas, ves la maravilla de la creación, tuve la misma conexión que en el Himalaya.

Topo Mena, Carla Pérez, Iván Vallejo y Jonatan García, en la cruz del Aneto, agosto 2023. Foto: Jonatan García
Topo Mena, Carla Pérez, Iván Vallejo y Jonatan García, en la cruz del Aneto, agosto 2023. Foto: Jonatan García

Juanito Oiarzabal, Edurne Pasabán, Iñaki Otxoa, Txikón… En su reto se ha visto acompañado de la mejor generación de alpinistas españoles.

Tuve la suerte de haber escalado y hacer amistad con la pléyade de montañeros. Ellos me hablaban del Pirineo y tenía esa cuenta pendiente. Aquí pensé en todos aquellos, le mandé fotos a Juanito y a Sebastián Álvaro y les conté que había cumplido un sueño.

Mientras subía al Aneto, en mi interior y compartiendo con los chicos, repasamos a esos amigos españoles con los que compartí cordadas y obligatoriamente a los que ya no están. Recordé a Ricardo Valencia, de Pamplona, que me invitó a vivir esa locura que son los Sanfermines y que luego me visitó en Ecuador. Pensé en Santiago Sagaste, aragonés de Ejea. Ambos fallecieron en el Dhaulagiri en 2007. Tengo de Sagaste un recuerdo bellísimo. Me impresionó el gran sueño que era subir la cara sur del Shisha Pangma (2004), no porque fuera un ochomil, sino por la dificultad de esa vía. Esa filosofía me encantó, cómo mantuvo esa ilusión.

Fue la última estirpe de los grandes aventureros. ¿Cómo ve la evolución comercial del himalayismo?

Estamos en otro ciclo. Creo que junto al rumano Horia Colibasanu cerramos una etapa anterior en la que fundamentábamos nuestras propuestas en el reto de superación como individuo insignificante ante una montaña que me abruma por su inmensidad. Hoy creo que el himalayismo está dedicado a consumir la montaña. Se ha incrementado la competencia por ser el más rápido, el mejor, algo que siempre ha estado presente porque es intrínseco al humano. Es obvio que esa pelea es la que llevó a Reinhold Messner a ser el primero en subir los catorce ochomiles o junto a Peter Habeler a llegar sin oxígeno al Everest, pero se mantenía el reto del ser humano contra la montaña.

Ahora es distinto, no importan los medios, lo que importa es el fin. Quiero demostrar que soy el más rápido, que puedo subir los 14 en seis meses. ¿Cómo lo voy a subir? Todos con oxígeno, con un equipamiento previo y una logística sin duda extraordinaria para que haga el montaje porque lo que importa es el objetivo. Es un ciclo donde solo importa el consumo, el número.

La esperanza es que detrás de esta vorágine haya otros seres humanos, españoles, italianos, de Europa del Este, que no se achiquen en esta luminaria, que sigan sus proyectos les cueste lo que le cueste, se muestren indiferentes a la velocidad y sigan con un concepto prosaico, más primario de retarse con la montaña, entendiendo su magnitud.

Iván Vallejo con Sebastián Álvaro en la Librería Desnivel en Junio 2013. Foto: Darío Rodríguez
Iván Vallejo con Sebastián Álvaro en la Librería Desnivel en Junio 2013. Foto: Darío Rodríguez

¿Se ha perdido el alma del ochomilismo?

Yo sé lo que significa, sé qué es subir un ochomil sin oxigeno o subirlo currándotelo todo como decís en España. En el año 2000 fuimos solo cinco personas al K2 y tuvimos que montar todas las cuerdas desde el campo 1 al 4. Estoy muy orgulloso de todo el trabajo que tuvimos que hacer. Fue una satisfacción porque es una montaña durísima. Ahora se ha convertido también en parte de esta oferta de Disneylandia, donde van 250 personas, que por 65.000 dólares te resuelven todo con tanques de oxígeno, veinte sherpas que equipan toda la ruta y te suben a la cumbre. Ahora solo cuenta el titular que subiste y no el cómo. Tiene que ver con la comunicación en la que vivimos. Antes había un teléfono satelital y llamabas a casa una vez a la semana. Ahora te puedes mandar un selfie en tiempo real desde el Cuello de Botella a 8.500 metros.

En las circunstancias actuales, si volviera a tener veinte años, ¿repetiría el reto de los catorce ochomiles? ¿Le resultaría atractivo?

Lo volvería a hacer. Cambiaría cosas. Me gustaría tener un par de amigos de mi edad para hacerlo con ellos. Porque es maravilloso escalar un 8000 con un buen equipo. Me gustaría hacer una ruta distinta en el Annapurna, en el Nanga Parbat, volver a la sur del Shisha Pangma o intentar un ochomil invernal. Ahora tengo 63 años, una operación de columna, pero me da alegría no haber perdido el entusiasmo, seguir notando esas mariposas en el estómago cuando escalo. Y escalo al lado de unos chiquillos como Jonatan, Carla o Topo, pero tengo la misma ilusión de ellos.

La reciente investigación de Eberhard Jurgalski le ha arrebatado una de las cimas y transformado el listado de ochomilistas sin oxígeno. ¿Cómo se toma este estudio?

Es una noticia que ha dado la vuelta al mundo. Hablando con un amigo americano, hilando más fino, creo que Eberhard Jurgalski tiene un problema con Messner, porque es un personaje amado por unos y odiados por otros. A mí no me han quitado el sueño porque basa su estudio en fotografías e imágenes y, como ha dicho Juanito, con un tono muy vasco, ‘qué sabe este señor alemán a qué cumbre llegué y dónde yo puse los pies’. Sería distinto si hubiera estado en la cima, en el camino y nos lo explicara con hechos, por lo que este señor alemán, desde su casa, no sabe dónde hemos puesto los pies las quince personas que estamos en la lista de los catorce sin oxígeno suplementario.

A muchos nos ponen la duda del Manaslu. Subí con Carla y Topo en 2012, es evidente que en el horizonte no había ningún pico por encima de nosotros. En la cima coincidimos diez personas. ¿Todos nos equivocamos? Cuando asciendes no sabes exactamente dónde está el pico, cuál es el final, pero si hay algo más alto sigues hasta que no hay nada más alto.

¿Cuál es el objeto de este revisionismo?

Creo que los que estamos en esta lista somos montañistas que hemos afrontados retos personales. Entiendo, en este tiempo de récords de velocidad, que pudiera haber una suspicacia para bajar los tiempos, pero no es el caso, porque todos somos defensores de unos principios. El Dhaulagiri lo conseguí en el tercer intento porque los dos anteriores no subí por el riesgo de avalanchas. La primera vez me quedé con Iñaki Otxoa de Olza a 250 metros de la cumbre. En el Kangchenjunga llegué al quinto intento. Era un montañismo donde sabíamos que éramos unos seres minúsculos que a la primera no lo íbamos a conseguir. Yo sé las cumbres que hice y cómo lo hice.

Lo que más me duele es por Messner. Messner es el crack de los cracks. Y no tengo el privilegio de conocerlo personalmente. Pero fue el primero al que se le ocurre subir el Everest sin oxígeno suplementario, el primero que se le ocurre subir a los ochomiles en estilo puramente alpino, el primero que completa los catorce; es un ser humano fuera de serie. Le han arrebatado el Annapurna porque dicen que se quedó a tres metros de la cumbre cuando se atrevió a abrir una nueva línea por la cara noroeste en una cordada de dos junto a Hans Kammerlander. Una cosa impresionante. Hay que tener un poco de respeto a la valentía y huella que dejó el señor Messner, pero ya ves cómo es el tema, ahora todo es mediático.

Iván Vallejo y Edurne Pasaban a la vuelta de su expedición al Dhaulagiri (2008).
Iván Vallejo y Edurne Pasaban a la vuelta de su expedición al Dhaulagiri (2008).

¿Le dolió ver cómo ningún alpinista ayudó a un sherpa moribundo en el K2?

Eso no pasaba en mi tiempo, porque los que íbamos a la montaña éramos montañistas, deportistas. Los que van ahora, que me disculpen si se me enojan, pero no tengo un compromiso con ellos, son turistas. Si un turista paga 65.000 dólares, un buen precio, no va para decir ‘que pena, voy a ser solidario’. En nuestro tiempo no pasaba, porque veías a un sherpa como un compañero, alguien con el que colaborabas. Yo al Manaslu subí con dos sherpas y en la cima nos abrazamos como hermanos. Ellos eran dos miembros más de la expedición. Ahora, en este proceso de ascensión turística el sherpa ha pasado a ser tu peón y no se tiene la misma empatía entre un hermano y un peón. Ahora se piensa ‘qué pena que este se está muriendo, que se preocupe la agencia, porque yo tengo que llegar a la cima para hacerme una foto’. Es un tema muy fuerte de deshumanización.

La explotación turística del medio natural está extendida por todo el mundo. ¿Censurar a los nepalíes por hacer lo mismo que ocurre en Alpes o Pirineos no es una visión hipócrita?

Hay un inconveniente o punto fundamental que es la parte económica que va por dos lados. Las agencias encuentran una veta importantísima para generar recursos. Y luego el pueblo nepalí que está entre los más pobres del mundo se debería beneficiar de este turismo. El problema es que es una minoría quien lo hace, las agencias y los sherpas de altura, que consiguen ese remanente económico, que no llega ni a los porteadores. Se me calló la boca al saber que pagan 150.000 dólares por subir al K2. Si llevas veinte clientes, ¡multiplica! Es una cantidad de dinero brutal. Se pierde el sentido de la montaña y se convierte en un negocio que cambia las reglas.

Están en su derecho de hacer un negocio con las montañas. El tema es en qué sitios y en qué condiciones. Porque en el Himalaya el riesgo es alto, te puedes morir, te puedes quedar en mitad del camino y ese es un problema real.

En todos sus ascensos llevaba un peso especial en su mochila

Mi primer Everest, en 1999, mi hijo Andy, que tenía 13 años y mi hija Kamila, que tenía tres, me enviaron una carta y un sobrecito de regalo con un par de guantes de guardameta y un peluche con el compromiso que me tomara una foto con ellos en la cima. Cuando a 8.500 me dio un bajón, incluso vomité bilis, me quedaba el ultimo contrafuerte, el chute emocional de cumplir mi promesa me dio la fuerza de levantarme y completar mi compromiso. Inicialmente mi reto era subir el Everest… pero llegó el proyecto de K2 y, como el poder del amor funcionó en el Everest, me volví a llevar los objetos y una carta. Y luego repetí en todos los catorce. El poder del amor es uno de los mas fuertes y extraordinarios que tenemos los seres humanos para lograr los grandes logros.

Siempre se ha mostrado como una persona espiritual, que meditaba durante sus expediciones. ¿Ha reflexionado por qué sigue aquí y otros compañeros se quedaron en las cimas?

En el montañismo se necesita ese toque de suerte, un poquito y la he tenido. Pero también he tenido un gran olfato, un talento, un regalito para saber qué hay que hacer. Que me he retirado frustrado, sí; que me he retirado con rabia, sí; que me he retirado con las tripas revueltas, sí; pero me he retirado para vivir. En 2007 me invitaron a ir al Dhaulagiri Santiago Sagaste y Ricardo Valencia. Tenían toda la expedición preparada, iban con Gerlinde Kaltenbrunner, pero les dije que no porque me quedé con miedo tras los intentos frustrados del 2005 y 2006 y no quise ir. Era muy tentador, pero en las tripas tenía miedo de volver ese año. Me preguntaron dónde iba. Y les dije que al Annapurna. “¡Pero si es más peligroso!”. Cuando me llamaron al teléfono satelital al Campo Base me quedé helado al saber de su accidente, porque habían muerto mis dos grandes amigos, y a la vez estaba aliviado porque no había ido.

Ese olfato lo tengo gracias que en mi mochila siempre llevo el altísimo valor del poder de la oración. Esa conexión con la oración me permite tener un poco más dispuesto este olfato de que es sí o no.

Iván Vallejo con los jóvenes alpinistas de Somos Ecuador en los alrededores Librería Desnivel.
Iván Vallejo con los jóvenes alpinistas de Somos Ecuador en los alrededores Librería Desnivel (2013).

Sus compatriotas Esteban ‘Topo’ Mena y Carla Pérez han seguido su estela. ¿Ese es su mayor legado?

Estoy muy feliz de que se haya cumplido esta idea de continuidad en el alpinismo ecuatoriano. Tenia claro que la actividad que yo he hecho debía de servir de referencia e inspiración, como a mí me inspiraron en mis inicios Ramiro Navarrete o Marco Cruz a pensar en grandes objetivos. Tenía la responsabilidad de transmitir esos valores. Después de volver de los 14 creé el proyecto «Somos Ecuador» y es cuando conozco a Topo Mena y Carla Pérez. Ahora vuelan altísimo por todas las montañas del mundo. Me siento complacido por la información que les he dado y que ellos tendrán la responsabilidad de pasar a otros.

También me he encontrado con otros alpinistas suramericanos que me han dicho que al leer mis historias se han inspirado para generar expediciones y eso me emociona porque el ser humano en cualquier instancia tiene la obligación de inspirar a los otros.

¿Cuáles son sus retos actuales?

Tras el parón de la pandemia, en 2022 comencé mi proyecto de «Somos Ecuador» con otro grupo de alpinistas ecuatorianos. Este año he estado en México, en Perú, fui a escalar a los Dolomitas y ahora en el Pirineo. El próximo año en enero nos iremos a escalar los Ojos del Salado. Gracias a Dios tengo muchos proyectos y que tengo salud y entusiasmo desde jovencito.

Tiene una anécdota preciosa: con doce años se dibujó así mismo en la cima del Everest. ¿Qué le diría ahora a ese niño?

Abrazaría a ese niño y lo felicitaría por soñar en grande y al oído le diría que no dudase que con el compromiso, entusiasmo y disciplina iba a lograr su sueño.

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