HACE 41 AÑOS

El Ogro, o cómo la pasión por vivir hizo posible que Chris Bonington y Doug Scott sobrevivieran a la primera ascensión

Hace 41 años, la tarde del 13 de julio de 1977, tras convertirse en los primeros alpinistas en alcanzar la cumbre del inexpugnable Ogro, Doug Scott y Chris Bonington comenzaron el largo descenso de la montaña. Antes del primer rápel, Scott sufre una caída y se fractura las dos piernas. A partir de ese momento inician una lucha desesperada por sobrevivir.

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Doug Scott desciende del Ogro arrastrándose con las dos piernas rotas. 13 julio 1977
Doug Scott desciende del Ogro arrastrándose con las dos piernas rotas. 13 julio 1977   ©Chris Bonington

Existen montañas altas, y existen montañas difíciles. Pero pocas son ambas cosas a la vez.

La tarde del 13 de julio de 1977, tras convertirse en los primeros escaladores en alcanzar la cumbre del inexpugnable Ogro, Doug Scott y Chris Bonington comenzaron el largo descenso de la montaña. Antes del primer rápel, Scott sufre una caída y se fractura las dos piernas. A partir de ese momento inician una lucha desesperada por sobrevivir.

El Ogro, o Baintha Brakk, que eleva sus más de siete mil metros en el centro del macizo del Karakorum, tiene entre la comunidad escaladora la merecida reputación de ser una de las montañas más difíciles del mundo. Scott y Bonington la escalaron por vez primera en 1977, en el transcurso de una expedición compartida con Paul Tut Braithwaite, Nick Estcourt, Clive Rowland y Mo Anthoine. Pasaron casi veinticuatro años antes de la segunda ascensión del Ogro, y otros once años antes de la tercera.

Así relata Doug Scott cómo tuvo lugar el accidente, en el libro «Ogro. Biografía de una montaña y la dramática historia de su primera ascensión», que pronto verá la luz editado por Ediciones Desnivel:

«Comenzó a soplar un viento helado cuando abandoné la cumbre y comencé a descender por una arista de nieve granulada, con la intención de colocar una cinta en torno a un bloque de roca y así poder realizar el primer rápel. Apresuradamente, porque la oscuridad se avecinaba, obligué a mi cuerpo helado y dolorido a descender por las cuerdas congeladas, efectuando una sucesión de tirones y saltos, moviéndome hacia la izquierda, en dirección a la fisura que había escalado unas tres horas antes. La cuerda llegó a la grieta, y me estiré para alcanzar el par de pitones que había dejado allí al subir. Me faltaba muy poco, así que elevé un poco los pies para guardar mejor el equilibrio. Sin mirar, puse el pie sobre una lámina de hielo que se había formado al congelarse el agua de deshielo con el frío de la noche. En aquel momento de descuido perdí el control.

Mis pies resbalaron sobre el hielo, perdieron contacto con la pared y yo empecé a volar colgado de la cuerda sobre las rocas, cada vez más rápido, intentando recuperar el control y detener la trayectoria pendular, y entonces comencé a dar vueltas, girando desenfrenadamente en el aire, aferrando con desesperación los extremos de la cuerda. Me revolví tratando de quedar de cara a la pared, mientras veía pasar a toda velocidad ante mis ojos grandes muros de roca tachonada de nieve, y ahora ya viendo mis botas, extendidas frente a mí como un par de amortiguadores, imposible ya detenerme.

De repente mis piernas, brazos y cuerpo impactaron contra la roca con un estrépito de material. Mis gafas y mi piolet cayeron al vacío. Me detuve al fin, rebotando un poco en el extremo de la cuerda, con todos los huesos estremecidos. La inundación de latidos en mi cabeza se redujo a un hilo y todo quedó en calma, tras lo que me había parecido una vida entera, con el tiempo en suspenso mientras todo sucedía».

Doug Scott construye en este libro la biografía en dos partes de esta enigmática cumbre: en la primera parte, Scott investiga meticulosamente la geografía y la historia de esta montaña; y la segunda parte aporta el relato, largo tiempo esperado y muy personal, de la ascensión que él y Bonington realizaron, así como del dramático descenso que les exigió una semana, y durante el cual Scott sufrió la fractura de ambas piernas y Bonington el aplastamiento de varias costillas. Cuarenta años después, y utilizando los diarios, cartas y cintas de audio de la época recuperados recientemente, Scott nos cuenta el papel heroico y generoso que jugaron en este descenso sus compañeros y amigos Clive Rowland y Mo Anthoine. Cuando por fin aquellos desesperados escaladores llegaron al campo base, nadie les esperaba allí. Todavía les quedaba un largo trecho para llegar hasta la salvación.

El Ogro constituye, sin duda, uno de los más grandes relatos de aventuras de todos los tiempos.

Puedes acogerte aquí a la oferta prepublicación de este libro que pronto verá la luz editado por Ediciones Desnivel.


 

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