EXPLORANDO

Annapurna: el lugar de la mujer está en la cumbre

Relato de la ascensión de una expedición íntegramente femenina al Annapurna en 1978 por la ruta holandesa establecida el año anterior, que puso en la cumbre a la checoslovaca Vera Komarkova y a la americana Irene Miller.

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Cuenta la anécdota de que en el siglo XIX una mujer, con ocasión de su ascenso a una cumbre alpina, le comentó a su compañero: «Dijiste que ninguna mujer podría subirla». Él respondió: «Dije una dama».

Nos encontramos en 1978, en plena efervescencia de expediciones al Himalaya. Se ha logrado ascender cada una de las 14 cumbres principales de ocho mil metros. Apenas quedan grandes misiones exploratorias en la superficie terrestre, pero permanecen inmaculados tantos retos alpinos que es difícil hacerse a un lado. La mujer empieza a tomar relevancia en el ochomilismo. El camino lo iniciaba la japonesa Junko Tabei, en 1975, cuando ascendía la ruta normal del Everest y alcanzaba la cumbre con Ang Tsering. Esa misma temporada una multitudinaria expedición china ponía a la tibetana Phantog en la misma cima, carcajeándose una vez más de la desafortunada cita aparecida en un artículo de 1838 que definía a la mujer alpinista como «una virgen que es incapaz de encontrar u obtener un hombre con quien casarse». Han pasado cien años y las eras han iniciado una carrera inigualable en todos los campos, pero la mujer continúa minusvalorada en la senda de las grandes montañas y hacen falta más ejemplos que encumbren la actividad femenina.

En el 78 escalar el Annapurna sonaba razonable. Pero ¿por una expedición exclusivamente femenina? 13 mujeres pensaban que su lugar durante aquel otoño estaba a los pies de esa altiva Diosa de la Abundancia. La expedición sería liderada por Arlene Blum (1945), una escaladora de Chicago cuya perseverancia la había llevado a ascender, ocho años antes, el Denali, la cumbre más alta de Norteamérica, convirtiéndose en la primera mujer en hacerlo, lo que le valdría una invitación para intentar el Everest en el 76.

Arlene
Arlene «Gran Montaña» Blum, con la norte del Annapurna al fondo.- Foto: Col. Arlene Blum

Arlene había escogido para su equipo a lo más granado del alpinismo afincado en los Estados Unidos. Vera Komarkova, una botánica de Pisek (Checoslovaquia) cuya afición a la montaña desembocó en dos matrimonios fallidos y un traslado a Boulder, avalada por su currículum en las paredes de Tatras y los Cárpatos, y Alison Chadwick-Onyszkiewicz, quien había inaugurado el Gasherbrum III junto a Wanda Rutkiewicz en 1975, serían las puntas de lanza de una expedición que también contaba con Irene Miller, jefa de suministros, Joan Firey, Liz Klobusicky-Mäiländer, la médico Piro Kramar, Margi Rushmore, Vera Watson, Annie Whitehouse, la administradora del base Christy Tews y un equipo de filmación formado por Dyanna Taylor y Marie Ashton.

Blum encontraba a Komarkova la más enigmática de las mujeres que había conocido. El carácter combativo de la checoslovaca llevaría a más de una discusión por diferentes aspectos logísticos de la escalada.

La intención inicial había sido contratar solo mujeres sherpas, pero Arlene descubrió que éstas solo estaban interesadas en labores como la colada y la cocina, una actitud que, a la vista del espíritu feminista de la expedición, se consideró remilgada . El sadar Lobsang Tsering, lideraría el equipo de apoyo local para el intento a la cara norte donde escogerían entre dos rutas: la holandesa del 77, abierta por el equipo encabezado de Alexander Verrijn Stuart (1923-2004), que ponía tres hombres en la cima, y la española del 74 a la cumbre este (8.026 metros), abierta por J.M. Anglada y E. Civis, quienes lograban con su escalada el primer éxito del ochomilismo español.

El Annapurna había sido el primer ochomil en ser ascendido a manos dos jóvenes algo ingenuos, pero con una fuerza de voluntad irreprochable, como Louis Lachenal y Maurice Herzog, pero se la consideraba (y aún hoy es así) uno de los ochomiles más exigentes. Lachenal y Herzog se enfrentaron a uno de los retos de mayor envergadura de la exploración alpina. La conquista de su cara norte fue el primer paso para una actividad que se había cobrado dedos, mentes y vidas a partes iguales. Alison Chadwick escribiría a su marido, Janusz Onyszkiewicz: «La vida en el Annapurna es una constante ruleta rusa. Es la montaña más peligrosa que he visto». Para el equipo era la montaña por excelencia, una hazaña vital incomparable a las ascensiones en Alpes o Alaska, una meta que solo se podría alcanzar aprentando el corazón e invocando la clemencia del santuario de cumbres y lenguas de nieve que la envuelve.

Una camiseta para una cumbre

Vera Komarkova en una de sus escaladas de los
Vera Komarkova en una de sus escaladas de los «70 en los Estados Unidos.- Foto: Col. Vera Komarkova

La comercialización de las expediciones era un concepto que el excelente Chris Bonington había introducido años atrás, pero para nadie fue fácil abastecerse de ingresos que facilitasen sus intentos a las cumbres de los Himalayas. Con en lema «El lugar de la mujer está en la cumbre… Annapurna» impreso en una camiseta, el equipo de Arlene logró recaudar tres cuartas partes de los 80.000 dólares necesarios para partir, lo que se completó con el patrocinio del American Alpine Club, la National Geographic Society y la marca de tampones 0B de Johnson & Johnson, «la inesperada ventaja de un equipo integramente femenino» como plácidamente observó Vera Komarkova.

El equipó había optado por un estilo tradicional de escalada en el postmonzón, usando oxígeno suplementario y un «pequeño» número de porteadores de altura (6) que incrementasen la posibilidades de éxito y la seguridad de la expedición. El 15 de agosto daban los primeros pasos para la aproximación desde Pokhara: 13 alpinistas y 200 sherpas marchaban hacía los pastos de los Nilgiri, el aislamiento del Miristri Khola y la última aldea antes de los terrenos salvajes, Chhoya, donde la mayoría de porteadores había desertado durante la expedición francesa de 1950. Afortunadamente, a ellas no le sucedió lo mismo. Sus problemas con los porteadores llegarían más tarde.

La 13 alpinistas de la expedición al Annapurna del 78.- Foto: Col. Arlene Blum
La 13 alpinistas de la expedición al Annapurna del 78.- Foto: Col. Arlene Blum

Gastando las botas durante once días, la larga fila de expedicionarios se amontonó por encima de los 4.300 metros, en un campo base con vistas al caótico reinado de los Annapurnas. Joan Firey sufría el primer impacto de aquellas caprichosas latitudes, con una neumonía monumental. El 28 de agosto, Liz Klobusicky, Alison Chadwick y Lakpa Norbu, quien ya había participado en la ruta holandesa del 77, establecían el primer campo de altura, a 5.000 metros, entre los desechos de una morrena al norte del glaciar principal. Desde allí, la montaña ofrecía sus alternativas: la Francesa del 50 suponía un riesgo que era afrontado en menor medida por la Holandesa del 77, que compartía espacio en la única papeleta con la posibilidad de abrir un nuevo itinerario utilizando parte de la ruta española, menos técnica pero más larga y expuesta a las frecuentes avalanchas.Tras observar durante días las condiciones de la montaña, el debate, que se había enquistado en la moral de la expedición, concluyó con la Holandesa como elegida. Los sherpas serían tratados como iguales, teniendo la oportunidad de ascender hasta la cumbre con el equipo principal, lo que se alejaba de la línea purista que perseguían Alison Chadwick, la única británica, y Vera Komarkova.

Aunque la dirección de Arlene Blum era de tono democrático, los días en la montaña, en aquella soledad donde suena la roca como un engranaje, iba dilapidando la moral de la expedición. Komarkova se impulsaba por una escalada menos mecánica, dispuesta a lanzarse al ilimitado sueño de cumbre, y sus propuestas se estrellaban con la visión más comedida de Arlene. «Esta forma de pensar es una pérdida de tiempo» sentenciaba la checoslovaca.

El equipo necesitaba un salto emocional; una bendición de la montaña que llegaría el 12 de septiembre, cuando durante los cantos y ofrendas de la tradicional ceremonia en el campo base, el Annapurna mostró su cumbre entre unas nubes que la habían abrumado durante semanas. La mágica pregunta de Lachenal a Herzog durante la primera ascensión, «¿Crees que vale la pena»?, iba a encontrar pronto una respuesta en cada una de las 13 mujeres del Annapurna; con mayor relevancia en cuatro de ellas.

Profundamente vacío

El equipo de filmación durante la ascensión.- Foto: Col. Arlene Blum
El equipo de filmación durante la ascensión.- Foto: Col. Arlene Blum

El equipo de cumbre estaba decidido. A pesar de la resistencia de Alrene, Komarkova, Irene Miller y Piro Kramar ascenderían sin ayuda de los sherpas, a los que se incluiría en un ocasional segundo intento. Algunas tormentas de nieve amenazaron el avance de la cordada, pero el 13 de septiemrbe se alcanzaba el cuarto campo de altura. «Otra vez el día ha traído viento y frío», escribía Komarkova en su diario. La única radio dejó de funcionar y una avalancha casi arrasa el campo base, quedando a pocos metros de una cocinera nepalí que se enfrentó al alud cargada con un puñado de arroz bendecido.

La jornada siguiente, tras lidiar con la secciones superiores al campo IV, Piro Kramar se retiraba con congelaciones en sus pies. Komarkova y Miller seguirían solas hasta el último cono de nieve, contando con los relevos de los sherpas, de Vera Watson y de Alison Chadwick para abastecer los depósitos en la montaña. A las 3:30 del 14 de septiembre Irene Miller y Vera Komarkova tomaban la cima.

«El frío nos perforaba», relató Komarkova al explicar su estancia en los 8.091 metros. «Se reconocía la ruta por el valle de Kali Gandaki, la soberbia figura del Dhaulagiri entre brumas rojas y azules y un mar de montañas emergiendo entre turbulentas nubes». Komarkova, «de fuerza increíble y una escaladora dedicada», como la definió Arlene Blum, concluiría: «Aquí se siente un profundo vacío». Pronto ese sentimiento se vería trágicamente confirmado con la desaparición de Watson y Chadwick, observadas por última vez por el equipo de filmación a pocos metros por debajo del campo V, cuando caía la oscuridad.


 
Dos mujeres sherpas con la camiseta de la expedición.- Foto: Col. Arlene Blum
Dos mujeres sherpas con la camiseta de la expedición.- Foto: Col. Arlene Blum

El éxito en su objetivo se mezclaba con la impotencia del equipo de rescate formado por los sherpas Migma Tsering y Lakpa Norbu, quienes encontraban el cuerpo de Alison Chadwik en las imediaciones del campo IV, hasta donde se precipitaba el día 17 durante un intento a la cumbre. Vera Watson se había precipitado por una grieta, frenando así una caída de más de 350 metros. «No pudimos absorber la tragedía», reconocía Komarkova.

La retirada definitiva fue irremediable. En la piedra de conmemoración del campo base quedarían labrados los nombres de las dos alpinistas fallecidas y posteriormente se realizarían diversos homenajes destacando que «mantuvieron la fé en que el lugar de la mujer estaba en la cumbre».

Se había sentado un precedente fundamental para las expediciones femeninas, con todos los ingredientes de una gran aventura, que depositaba una vívida luz en la cima del Annapurna.


 
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