El pasado 13 de mayo, a las 20 horas, llegaba a la población Inuit de Gjoa Haven, en pleno Nunavut canadiense, la expedición española que conseguía por segunda vez en la historia completar el paso del noroeste siguiendo el ramal 4, tras los pasos de la famosa expedición de John Franklin de 1845 (en la que se hundieron los dos barcos, pereciendo los 129 hombres de la tripulación a lo largo de dos inviernos).
La expedición ha estado compuesta por Sechu Lopez (procedente de Miño, Galicia), José Trejo (Badajoz) y Paco Mira “Quitin” (Santomera, Murcia). Realizaron la travesía en 39 días, recorriendo un total de 613 kilómetros, consiguiendo la que sería la primera expedición española y segunda internacional en completar el paso del noroeste, que solamente se había realizado por una expedición canadiense en 2021.
Además de unir las poblaciones de Resolute Bay (Isla de Cornuallis) y Gjoa Haven (Isla Rey Guillermo), los expedicionarios llegaron por medios no mecánicos al Polo Norte Magnético de Ross de 1831 (primer punto definido como polo norte magnético).
Para alcanzarlo tuvieron de desviarse de su ruta hacia el sur, girando hacia el oeste sobre ese mar congelado entre la península de Boothia y la isla Rey Guillermo, suponiéndoles hacer en la jornada 30 de expedición un esfuerzo extra, y permanecer durante 13 horas y 57 minutos en marcha, llegando a las 2.57 de la madrugada a las coordenadas 70ºNorte de latitud y 96º Oeste de Longitud, estando a 1609 kilómetros del polo norte geográfico.
Actualmente el polo norte magnético ha sobrepasado el polo norte geográfico y está derivando hacia Siberia, desplazándose año a año, desde 10 km a los actuales 40 km anuales.
En la preparación de este proyecto han invertido dos años, preparando la expedición y buscando financiación. Paco Mira “Quitin” explica a continuación el desarrollo de la misma, que ha incluido numerosos imprevistos y complicaciones:
«La expedición fue complicada por su logística en ese entorno tan hostil, ya que, en esta zona, salvo en Resolute Bay, población Inuit de la isla de Cornwallis, no existe ninguna infraestructura, y teníamos por delante 700 km de mar congelado, sin apoyo externo y con toda nuestra comida, combustible y equipamiento para poder realizar de manera autónoma nuestra travesía polar.
Nuestro contacto Inuit desde hacía meses en Resolute, con el que habíamos concertado que nos pasaríamos una semana de adaptación al medio, haciendo trayectos en trineo de perros, documentando la vida Inuit y sobre todo, vital para pasar el fragmentado estrecho de Barrow y poder comenzar la expedición, no apareció a nuestra llegada.
Así que de llegada nos encontramos sin la vivienda en alquiler que nos había asegurado, sin su apoyo para cruzar el estrecho de Barrow y sin medios para poder subsistir hasta la llegada de nuestros equipamientos y comida.
Nuestro material y comida venia en porte aéreo desde Ottawa con la compañía Canadian North, incumpliendo esta con el excesivo pago de “porte priority” que nos aseguraron llegaría en 2 o 3 días. Estuvimos 10 días esperando la llegada de nuestro equipaje y comida (190 kilos de comida y material) y tuvimos que pedir prestados sarten, olla, hornillo, cubiertos, etc… La compañía nunca se excusó ni reintegró dinero alguno.
Permanecer los primeros 6 días en una cabina de madera, en medio del hielo a las afueras de Resolute, a una media de -26º grados y con una sensación térmica de -32 e incluso -35º por la noche, nos hizo aclimatarnos rápidamente al medio polar.
Después, durante 4 días, alquilamos la casa de Wayne, el meteorólogo de Resolute, donde ya pudimos ducharnos, tener calefacción, una cocina y un colchón donde dormir.
Comenzamos a buscar a otro cazador Inuit para que nos pasara el estrecho de Barrow y además alquilar otra arma de fuego para llevar 2 (nosotros traíamos uno desde España). Así que desde un principio la cosa no pintaba bien, todo se ponía en contra nuestra… y pasaban los días.
Tras 10 días en Resolute Bay, éramos las 3 almas errantes de la población, pero esos días nos ayudaron a entender esta forma de vida, su introversión hacia los que venimos de fuera. Ha sido un pueblo machacado desde los años 50 y 60, y aún tienen ese resentimiento hacia todo lo que representamos.
Finalmente conseguimos alquilar otra arma de fuego y conseguimos contactar con la única compañía de vuelos que tiene en esa zona de Nunavut, con una avioneta capacitada para poder aterrizar y despegar en el hielo.
Cuando nos dijeron que la expedición de 2021 que nos precedía hizo uso de esta misma avioneta para cruzar el estrecho de Barrow, nos quitó la presión que llevábamos y que habíamos vendido en nuestros proyectos y dossieres de emisiones 0 de carbono, dentro de los parámetros de la Agenda 20/30. Utilizamos el dinero que teníamos en la cuenta “retenido” para un posible rescate y pagamos el vuelo con este dinero.
Sin cruce del estrecho de Barrow no había expedición, no teníamos otra opción. El estrecho estaba totalmente fracturado, con muchas vías de agua, muchas focas y por lo tanto muchos osos polares.
Desde hacía meses, teníamos dos posibles track definidos en etapas de 15 km durante 40 días, por la costa oeste de la isla de Somerset y península de Boothia hasta la isla del Rey Guillermo, y el día antes de comenzar la travesía lo cambiamos a la costa este de la isla Príncipe de Gales. Tuvimos que cambiar todo el trayecto previsto 24 horas antes de empezar.
Wayne, el meteorólogo, nos aconsejó desechar nuestra ruta definida; en la sociedad de cazadores Inuit también nos indicaron no ir por donde pensábamos, y el piloto del avión igualmente nos aconsejó aterrizar y comenzar en el estrecho de Peel y bajar por el ramal siguiendo la costa de la isla Príncipe de Gales, una zona totalmente inexplorada, pero menos fragmentada y mucho más segura que nuestra ruta definida, la cual era este año zona de cría del oso polar.
La expedición comenzó el sábado 5 de abril y terminamos el martes 13 de mayo.
Una vez la avioneta partió, ya no había vuelta atrás. Tras algo más de media hora nos dejaba a nuestra suerte sobre el mar congelado en el estrecho de Peel, al norte de la isla Príncipe de Gales, a 605 km en línea recta hasta Gjoa Haven (eso indicaban nuestro InReach) comenzaba la expedición propiamente dicha.
-24ºC nos daban la bienvenida al lugar. Comenzamos el domingo 6 de abril de 2025, tirando de nuestras pesadas pulkas con entre 120 y 130 kilos cada una, cargadas con más de 40 kilos de comida, 15 litros de combustible y todo lo necesario para sobrevivir durante 40 días ese medio tan hostil y en esa zona desconocida y quizás nunca antes explorada (por allí solo había pasado en verano algún barco durante los últimos 40 años).


Comenzamos haciendo 8 km, 10, 11, 12 kilómetros al día… Tuvimos una tormenta ártica ya al tercer día de comenzar, permaneciendo durante 17 horas en el saco, saliendo solo para comer algo y derretir nieve y otras 8 o 9 horas en el saco.
Desmoralizados y viendo que no avanzamos al ritmo deseado, cada miembro de la expedición gestionó de manera diferente esta situación, demostrando Sechu López que estaba más en línea de ir viendo día a día lo que nos deparaba la situación y no tomar una decisión equivocada. Y así fue, poco a poco la confianza de que sería posible conseguirlo se fue acrecentando entre los miembros de la expedición.
Sechu había pasado por situaciones límite en las montañas de 8000 metros y eso le había dado una visión positiva para tener una mente fuerte y capacidad de análisis de cada situación.
José Trejo demostró su adaptación al frío de una manera especial, encargándose de montar y desmontar todos los días la sinuosa barrera perimetral anti osos y demostrando tener un buen ímpetu en lograr el fin, a veces, por encima de cualquier otra cuestión.
Paco Mira “Quitin” demostró que, a pesar de estar una semana con diarrea y tener las hernias mordiendo a diario, en un carrusel de sensaciones y de contradicciones, si tienes la suficiente experiencia en situaciones no ya duras, sino limite, finalmente el fin justifica los medios y tener la capacidad de aguantar el dolor físico es el éxito de una expedición de esta tipología.
Así pues, fuimos avanzando día a día, viviendo en el hielo, en situaciones de mucho frío y extremas, sobre todo al finalizar cada día la travesía y tener que montar la tienda con aire muy frío, el sudor congelado y encontrándonos más de una vez al borde de la hipotermia… Hasta que encendíamos el hornillo de gasolina y nos daba la vida.


Sufrimos en los bordes de presión de las placas, donde se levantaba el mar congelado en cientos, miles de bloques, que nos obligaban a quitarnos los esquís y tirar de las pesadas pulkas a mano, sufrimos incluso al parar cada 3 horas para tomar nuestros dos tentempiés diarios, a veces de rodillas sobre las pulkas. La situación se hacía dura.
Sufrimos cuando teníamos el viento del sur, de cara, soplando sobre nuestros cuerpos congelando todo a su paso y sufrimos con el White out, ese fenómeno de niebla, de no ver nada, nada, donde se junta el suelo y el cielo en una nube blanca sin referencia alguna y añadiendo más riesgo al encuentro con los osos polares.
En los 613 kilómetros con encontramos tan solo con 3 osos polares, lo cual indicaba que los consejos que nos dieron eran los correctos. La expedición que nos precedió en 2021, contaron 14 encuentros con los osos polares, nosotros solamente 3.
Fueron avistamientos a unos 100/150 metros de distancia y siempre fueron especiales, ver a ese enigmático animal en su medio, fue increíble. Más que arma en mano, los 3 avistamientos nos llevaron a coger las cámaras y grabar o echas fotos. No recuerdo que ninguno tuviéramos la sensación de miedo ni de peligro en su máximo nivel.
Nos agrupábamos para hacer un bulto lo suficientemente grande como para que no nos vieran como una pieza vulnerable y posible caza, levantaban su hocico, nos olían, nos daban alguna mirada y nos observaban, pero nunca pasó de eso, de intentar entender qué éramos y qué hacíamos allí en medio.




A los 13 días de travesía tuvimos una tormenta ártica que nos retuvo 3 días en la tienda, registrándose una temperatura exterior de -35 grados y con unos vientos de 60/70 km hora, una sensación térmica de -50ºC. Nos limitamos a permanecer en nuestros sacos durante 20 horas al día, para ahorrar calorías corporales y ahorrar combustible y comida. Una prueba mental de resistencia, y más pensando que teníamos aún mas de 20 días por delante y a muchos kilómetros de nuestros objetivos.
Poco a poco fuimos haciendo más km diarios, conociendo mejor el hielo y la nieve, las zonas de bloques, la meteorología (con el apoyo de Meteo Galicia que nos daba el parte a diario, lo cual fue vital en determinadas situaciones) y gestionando mejor los turnos de arrastre, llegando a ponernos en 15, 18, 20, 21, 24 km diarios de meta. Llevar cada vez menos peso de comida y combustible también contribuía a que nuestro avance fuera cada vez más y mejor.
Creernos que llegaríamos sin problemas al polo norte magnético de Ross como primer objetivo nos daba ánimo, y una vez llegado a este punto, creernos que podríamos hacer los 187 km que nos quedaban hasta Gjoa Haven en 8 días, nos impulsó a estar durante 10, 11 y 12 horas diarias de marcha, sin quejarnos, con estrategia. Una estrategia que nos llevó en los dos últimos días no dormir y comer los últimos 2 liofilizados que nos quedaban.


Cuando dejamos atrás el mar helado y pisamos la isla del Rey Guillermo, fue un momento muy emocionante, dejábamos atrás nuestro “Mar de hielo” y sabíamos que lograríamos llegar a nuestro destino, a unos 30 km de donde ahora estábamos, solo había que bajar la cabeza y echarle horas, llegáramos a la hora que llegáramos.
Esos 2 últimos días hicimos 24 km, montamos la tienda 4 horas para descansar ya sobre nieve de la isla del Rey Guillermo… Fundir nieve para hacer agua, comer lo último, desmontar y seguir otros 24 km hasta final de travesía y final de expedición.
Conseguir en 39 días desde que entramos en el hielo, hacer la segunda travesía polar internacional del paso del noroeste y ser los primeros en llegar al polo norte magnético de Ross sin medios mecánicos, fue todo un hito.
Nos sentimos importantes en esos momentos, dos tíos de 59 y otro de 54 habíamos conseguido completar lo que desde un principio parecía irrealizable.
Gracias a mis dos compañeros Trejo y Sechu, por su capacidad de aguante, su resiliencia, su empeño en terminar, en gestionar las situaciones duras que pasamos, las discusiones y diferencias de pareceres y opiniones, en luchar para que los 3 pudiéramos decir aquello que dijo Alfredo Barragan “Que el hombre sepa que el hombre puede” y lo demostramos en el ártico canadiense, con creces».
– Paco Mira «Quitín»
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