25 aniversario de la gran tragedia del Everest de 1996

El 10 de mayo de 1996, a estas horas, cerca de 40 personas intentaban subir, y después bajar, de la cima del Everest. Una tormenta pronosticada para el día siguiente se adelantó y provocó la muerte de ocho alpinistas, en una tragedia que impactó profundamente y generó un fuerte debate y polémica sobre las expediciones comerciales en las grandes montañas del mundo.

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Edición ilustrada por Jon Krakauer. Escaladores en el sección sureste del Everest el 10 de mayo de 1996
Edición ilustrada por Jon Krakauer. Escaladores en el sección sureste del Everest el 10 de mayo de 1996

En toda la temporada de primavera de 1996 fallecieron 15 personas convirtiéndola en la más trágica de la historia del Everest hasta entonces. La tragedia que impactó profundamente fue la que tuvo lugar en apenas 24 horas -entre el día 10 y 11 de mayo- en la que fallecieron ocho personas que descendían de la cima golpeadas por la gran tempestad que se desencadenó. Entre los muertos se encontraban los directores y guías de montaña de las entonces más importantes compañías de guías de altitud del mundo: Rob Hall, director de Adventure Consultants; y Scott Fisher, de Mountain Madness.

En la historia más reciente del Everest, ha habido otras dos temporadas con un número mayor de fallecidos. El 18 de abril de 2014, una enorme avalancha se llevaba por delante a un nutrido grupo de sherpas y acababa de golpe con la vida de 16 de ellos. El 25 de abril de 2015, solo una semana después de que se homenajease a las víctimas de la avalancha en la Cascada de Hielo, el terremoto que afectó a todo Nepal con más de 8.000 muertos dejaba 19 cadáveres en el campo base del Everest. Aquel terremoto hizo que 210 alpinistas y sherpas quedaran atrapados en el campo 1 desde donde tuvo lugar uno de los mayores rescates en altura jamás realizados.

El desastre que tuvo lugar el día 10 y 11 de mayo 1996, tras alcanzar la cima, sigue siendo la gran tragedia de la historia del Everest por la forma tan dramática en que desarrollaron los acontecimientos.

El día de cima de aquella primavera de 1996 las cosas comenzaron a ir mal pronto. Las cuerdas fijas no estaban instaladas y las tres expediciones, las comerciales de Adventure Consultants y Mountain Madnnes junto con una taiwanesa, se vieron retrasadas durante varias horas.

Después, la lentitud. Entre otras razones porque ninguno de los clientes de Hall y sólo dos de Fischer (Charlotte Fox con el G2 y el Cho Oyu y Pete Schoening, de 68 años -protagonista de la primera ascensión al Gasherbrum 1 en 1958 y de salvar la vida a seis compañeros en 1953 al detener su caída en el intento americano al K2-, pero que decidió no participar en el intento final) habían ascendido un ochomil con anterioridad. Uno más tenía intentos previos al Everest llegando a la Cumbre Sur. Esta ética comercial de aceptar clientes inexpertos para subir el Everest fue fuertemente criticada. Para compensar la inexperiencia había tres guías por expedición, un sherpa por cada cliente, cuerda fija que se tendría que haber instalado a tiempo, y oxígeno que al ralentizarse la ascensión estaba condenado a acabarse antes de tiempo.

El escritor Weston DeWalt, autor del libro de Anatoly Boukreev «Everest 1996, crónica de un rescate imposible», resumen así lo ocurrido:

«A primera hora de la tarde del 10 de mayo de 1996 sopló sobre el Everest una tormenta especialmente violenta, que se prolongó durante más de diez horas en las zonas superiores de la montaña. Veintitrés montañeros, hombres y mujeres, que aquel día habían estado escalando en la vertiente sur, en el lado nepalí, no lograron alcanzar la seguridad de su campamento en altitud. En plena ventisca y sin visibilidad alguna, azotados por vientos huracanados con la fuerza suficiente para volar un camión, los escaladores se vieron obligados a lucha para sobrevivir».

Un elemento de debate y polémica fue la decisión de Anatoly Boukreev, uno de los ochomilistas más fuertes del momento, de no usar oxígeno mientras abría huella y guiaba la ascensión. Fue criticado por ello por Jon Krakauer en su libro Mal de altura. Ambos llegaron a enfrentarse dialécticamente en público durante una conferencia en el Festival de Banff, algo de lo que Krakauer, después, se arrepentiría:

«Lamenté mi exabrupto de inmediato. Concluido el foro y con la sala vacía, corrí en busca de Anatoli y lo encontré… Cuando terminamos de hablar y cada cual se fue por su lado, habíamos llegado a la conclusión de que tanto Anatoli como yo debíamos hacer un esfuerzo por moderar el tono del debate. Coincidimos en que no había ninguna necesidad de que el ambiente estuviera tan emocionalmente cargado entre los dos. Pactamos que no había acuerdo sobre ciertos puntos –sobre todo en lo tocante a la pertinencia de guiar sin oxígeno en el Everest y en lo que se dijeron Boukreev y Fischer durante aquella última conversación en lo alto del escalón Hillary–, pero ambos nos dimos cuenta de que en casi todo lo demás estábamos completamente de acuerdo».

Los hechos fueron que Boukreev no usó oxígeno. Estuvo esperando en la cima y comenzó a sentir mucho frío. Se bajó al Collado Sur para preparar líquido y estar preparado para ayudar cuando los clientes descendieran. Para Krakauer, si Boukreev hubiera usado oxígeno durante la ascensión, habría estado allí para ayudar a los clientes en apuros sin tener que subir a por ellos cuando la tormenta estaba desencadenada. Sea como fuere, después salvó tres vidas. Mientras muchos valoraron positivamente estos rescates -que realizó arriesgando en medio de la tormenta- otros le acusaron de haber contribuido a la tragedia con su decisión de descender que -según su testimonio- consultó a su jefe, Fischer, al cruzarse con él–.

En el fondo también entraban en conflicto dos maneras de contemplar la profesión de guiar en altitud. Sin que esto signifique dejar a los clientes a su suerte, Boukreev era de la opinión de que los alpinistas debían estar a la altura de la montaña. Así lo explicaba en su libro Everest 1996, donde refleja su visión de los acontecimientos:

«Para escalar a 8.000 metros (…) no hay dinero que pueda garantizar el resultado. Parece que cada vez hay más gente dispuesta a pagar dinero al contado, pero no todos tienen intención de invertir en sí mismos, de aportar el esfuerzo personal que haga falta para prepararse gradualmente en cuerpo y mente, de comenzar con cimas más bajas y dificultades más sencillas y para intentar al final subir ochomiles».

«En la Cumbre Sur comencé a preguntarme dónde estaba Scott. Quizá fuera necesario enviar de vuelta a algunos clientes desde este punto, pero él no estaba aquí para hacerlo, y no no me sentía con derecho a tomar esa decisión»

«Basé mis actos y decisiones en más de veinte años de experiencia en grandes altitudes. A lo largo de mi carrera he ascendido tres veces al Everest. En doce ocasiones he escalado montañas de más de ocho mil metros. He ascendido siete de los catorce ochomiles de la tierra, siempre sin utilizar oxígeno auxiliar».

En el otro lado, de una manera un tanto irónica, mordaz, estas palabras con las que Rob Hall recibía a Jon Krakauer: «He conseguido que tíos más patéticos que tú subieran» el Everest. Krakauer, alpinista nada patético que había escalado el Cerro Torre (sin hongo) por la Ferrari, y respetado periodista que ese mismo año publicaba Hacia tierras salvajes (Into the wild), llevada al cine por Sean Penn en 2007, escribió Mal de altura (Into Thin Air: A Personal Account of the Mt. Everest Disaster) como ampliación a su reportaje para la revista Outside. Un cuidado y honesto trabajo periodístico por el que desfilan hechos y caracteres desde su óptica personal, como reconoce en el título, ya que confiesa que su juicio pudo estar mermado por los efectos del aire sutil que se respira en altura.

Anatoly Boukreev, desaparecería dos años después (1998) en el Annapurna barrido con Dimitri Sobolev por una avalancha, con Simone Moro como único superviviente para contarlo en su emotivo Estrellas en el Annapurna)

En septiembre 2015 se estrenó la película «Everest» basada en el libro Mal de altura. Por aquellas fechas John Krakauer hablaba del Everest como el mayor error de su vida:

«Yo diría que deberías pensar bien lo que vas a hacer y por qué. Escalar el Everest fue el mayor error que cometí en mi vida. Ojalá no hubiera ido. Sufrí durante años y todavía sufro por lo que ocurrió. Estoy contento de haber escrito un libro sobre ello, pero si pudiera echar marcha atrás y reescribir mi vida, no iría nunca al Everest».

Y una reflexión final que hace Krakauer en Mal de altura:

La manera más simple de reducir el número de futuras tragedias sería, quizá, prohibir el oxígeno embotellado a no ser para uso médico de urgencia. Algún que otro insensato moriría tal vez tratando de lograr la cumbre sin oxígeno, pero un buen número de escaladores sin probada competencia se vería forzado a dar media vuelta por sus propias limitaciones físicas antes de llegar a altitudes problemáticas. Y una normativa antioxígeno tendría como derivación el reducir automáticamente los desechos y los atascos, pues muy pocas personas intentarían escalar el pico si supieran que no existe la opción del oxígeno adicional.

Porque ¿se volverán a vivir tragedias en la montaña como aquella? Krakauer lo tiene claro:

El escalador, como especie, no se distingue precisamente por su prudencia. Y eso es aún más cierto en el caso del Everest: la historia demuestra que ante la posibilidad de conquistar el pico más alto del planeta, la gente pierde el sentido común con una rapidez asombrosa. «Lo que ocurrió en el Everest –advierte Tom Hornbein, treinta y tres años después de su ascensión por la arista Oeste–, seguro que volverá a ocurrir»


 
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