El sendero de las estrellas

El Camino de Santiago se ha convertido en un fenómeno social de extraordinaria magnitud que trasciende fronteras y culturas. Su reconocimiento como Primer Itinerario Cultural Europeo en 1987, y su declaración como Patrimonio de la Humanidad en 1994 no deja lugar a dudas de la importancia de este camino.

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Camino de Santiago. Entre Sobrado dos Monxes y Arzúa
Camino de Santiago. Entre Sobrado dos Monxes y Arzúa

Desde que en los años noventa se revitalizó el Camino Francés, dotándolo de albergues y otros servicios, el número de peregrinos que llegan hasta la plaza del Obradoiro a pie o en bicicleta ha ido creciendo de forma progresiva, y en los años santos, como el presente se multiplican por tres. En el mes de enero de este año, la Oficina de Atención al Peregrino de Santiago de Compostela registró 679 peregrinos, más del doble que en el mismo mes del anterior Año Santo y cinco veces más que en enero del 2003. Aplicando el incremento experimentado, la previsión de peregrinos que obtendrán la Compostela (por lo tanto no se incluyen a los que llegarán en coche, avión o tren hasta Santiago) supera los 370.000, y el noventa por ciento de ellos lo harán por el Camino Francés.

Entre la historía y la leyenda

Santiago el Mayor, uno de los apóstoles de Jesucristo, tras varios años de evangelización por la Península Ibérica y sobre todo en lo que hoy es Galicia, regresó a Jerusalén con sus dos discípulos, Atanasio y Teodoro. Allí le apresaron y le decapitaron en el año 42 d.C. Sus discípulos recuperaron el cadáver y lo embarcaron rumbo a Galicia para ser enterrado donde había predicado. Atanasio y Teodoro desembarcaron en Iria Flavia (actual Padrón) y le dieron sepultura. La tumba cayó en el olvido hasta que en el año 813, un ermitaño llamado Pelayo informó a Teodomiro, a la sazón obispo de Iria Flavia, de unos extraños fenómenos que sucedían en el monte Libredón. El obispo ordenó inspeccionar el terreno y aparecieron las ruinas de una capilla y un sepulcro con unos restos que Teodomiro adjudicó al apóstol Santiago y a sus dos discípulos. Enterado de la noticia, el rey Alfonso II el Casto, que años antes había declarado a Santiago patrón del reino, viajó desde Oviedo con su corte al lugar del descubrimiento, y ordenó construir una ermita. El lugar pasó a llamarse Compostela, que puede provenir tanto de campus estellae (campo de estrellas) como de compositum (cementerio). Había nacido un mito religioso con trascendencia política, pues Santiago serviría para unificar los reinos cristianos contra los musulmanes.

Los primeros caminos

La fama del Apóstol se extiende por toda Europa y empiezan a acudir devotos de todo el continente que utilizan antiguas vías romanas y comerciales cercanas a la costa del Cantábrico, protegidas por las montañas de las incursiones árabes. Incluso hay quien mantiene que ya antes de que se descubriera la tumba del Apóstol, existía una peregrinación ancestral hasta el fin del mundo conocido, al Finis Terrae, donde el sol se hundía en el mar. Según estos estudiosos, la Iglesia se habría limitado a cristianizar una camino de iniciación que existía desde tiempos inmemoriales. El caso es que los peregrinos tenían como paso obligado Oviedo, capital del reino asturiano y con una catedral, San Salvador, que ya entonces era un importante lugar de culto cristiano (durante el medioevo se hizo famoso un refrán que decía que el que iba a Santiago y no visitaba al Salvador (la catedral de Oviedo), iba a casa del criado y no visitaba al señor. Según aumentaba el número de peregrinos, se construían nuevos hospitales, albergues, iglesias y ciudades. Los reyes de Navarra, Asturias y León contribuyeron a promocionar la ruta construyendo puentes y nuevos caminos. El propio Almanzor quedó sorprendido por el culto que tenía Santiago. Cuando arrasó la ciudad en el año 997 se llevó las campanas pero respetó el sepulcro del santo.Al comenzar el nuevo milenio para ayudar a repoblar los terrenos reconquistados, la ruta de la costa pierde adeptos. Se aprovechan entonces las calzadas romanas que vienen desde Francia y atraviesan los Pirineos para dirigirse hacia el oeste, hacia las ricas minas de oro de las Médulas. Estaba forjándose el Camino por excelencia, el Camino Francés.

El camino de las estrellas

El Camino Francés, es decir, el que entra por el puerto de Ibañeta y atraviesa la península de este a oeste, es a día de hoy la más popular de las rutas jacobeas hasta el punto de que para la inmensa mayoría de la gente es la única. A ello han contribuido la historia y las actuaciones más próximas en el tiempo. Sin embargo, estos setecientos kilómetros sólo representan una pequeña parte de una extraordinaria red de caminos que parten desde distantes puntos de Europa, y que según bajan hacia el sur se funden hasta quedar convertidos en dos poco antes de atravesar los Pirineos. El ramal de la Vía Tolosana lo hacía por Somport, mientras que las vías Podense, Lemovicenese y Turonense (reunidas en Ostabat) lo hacían por Ibañeta. Con el tiempo, el camino de Somport, que se unía al de Ibañeta en Puente de la Reina fue perdiendo importancia frente al vecino Roncesvalles.El Camino Francés se consolidó definitivamente durante el reinado de Alfonso VI, a mediados del siglo XII, coincidiendo con la construcción de la catedral de Santiago y la proclamación del Año Santo Compostelano por gracia del Papa Calixto II. Es la época dorada del Camino, que pasa a convertirse por añadidura, en la más sólida e importante vía de comunicación entre la península y el resto del continente. A través de Somport e Ibañeta penetraron en España el románico, la música, las leyendas y el pensamiento político de todos los pueblos de Europa unidos sólo por una religión común. Elementos todos ellos que en el crisol de Camino se fundieron para forjar Europa. Un texto medieval señala que «no hay lenguas ni dialectos cuyas voces no resuenen allí». Goethe escribió: «Europa nació de la peregrinación».

La primera guía

El mismo Calixto II promovió la edición de una guía para los peregrinos. Así surgió el Codex Calixtinus, publicado en el año 1139 y atribuido al presbítero francés Aymeric Picaud, peregrino del Camino, clérigo y viajero. En sus cinco libros se recogen cantos, alabanzas y milagros, la historia del enterramiento del apóstol Santiago, la crónica de las incursiones de Carlomagno en la península y la descripción de los caminos que llegaban a Santiago. En el quinto libro del Codex, conocido como Liber Sancti Jacobi, se describen las etapas, se mencionan los pueblos, las hospederías y también los peligros que aguardan al peregrino.El traslado de los centros de poder hacia el sur según avanzaba la Reconquista; el Renacimiento, con la revolución del pensamiento que trajo; y la Reforma protestante (Lutero recomendaba a sus seguidores: «Deja que yazga y no vayas allí. Deja que vaya quien quiera, tú quédate en casa») marcan el inicio de la decadencia del Camino. En 1588, el arzobispo de Santiago, Clemente, temiendo que los piratas ingleses de Francis Drake robaran las reliquias del santo, las esconde con tanta maña que quedan olvidadas y con ellas la devoción. Los hospitales se arruinaron y los pueblos levantados al rebufo de los peregrinos decaen. Trescientos años después unos obreros encuentran los restos del apóstol mientras realizaban unas obras. Tras el hallazgo, el Papa León XIII intenta revitalizar las peregrinaciones difundiendo el descubrimiento en 1884 en su bula Deus Omnipotens. Pero las peregrinaciones no aumentan.

El renacimiento

En la década de los cuarenta del siglo XX el Camino comienza a renacer tímidamente por voluntad del régimen de Franco, que veía en el Apóstol el símbolo de la unidad de España. En 1943, un cura de Burgos, Luciano Huidobro, publica Las peregrinaciones jacobeas (un libro delirante, según algunos expertos) que recibe el Premio Caudillo. Dos años después, Luís Vázquez de Parga, José María Lacarra y Juan Uría ganan el Premio Francisco Franco con los tres tomos de Las peregrinaciones a Santiago de Compostela, un trabajo mejor documentado que el del cura Huidobro. La campaña emprendida por el régimen para revitalizar el Camino incluyó una peregrinación multitudinaria de la Falange; en camiones, eso sí. Como curiosidad merece la pena apuntar que el escritor Vizcaíno Casas hizo el Camino Francés a pie en los años sesenta y que publicó un libro con su experiencia, y que también por aquellos años lo hizo, pero desde Madrid, el que después sería ministro de Agricultura de Franco, Martín Artajo.Pero la fecha que marca el despegue definitivo del Camino Francés es 1965. Aquel año, el párroco de Cebreiro, Elías Valiña, presenta un estudio sobre el Camino de Santiago basado en los libros de Huidobro y Vázquez de Parga. Pero su intención de sacar la ruta jacobea del olvido no para allí. Con la ayuda de Jato, un vecino de Villafranca del Bierzo que más tarde se convertiría en hospitalero, que a la sazón trabajaba en obras públicas, y con unos botes de pintura amarilla para señalar carreteras, el cura Valiña comienza a pintar flechas amarillas a trechos siguiendo la ruta descrita en su tesis, inspirada en el Liber Sancti Jacobi del siglo XII.Pocos años después, en 1971, el mismo Valiñas publicaría Caminos a Compostela, una guía fundamental en la que se basaron las posteriores. Por aquellos años se crean las primeras asociaciones de amigos del camino y en la ruta cada año se cuentan más peregrinos. Si en 1976 son sólo treinta y uno los que recogen la Compostela, diez años después son ya casi dos mil quinientos. Las Comunidades Autónomas comienzan a invertir en el Camino: se acondicionan los senderos; se repintan las flechas y se instalan nuevas señales; las asociaciones de amigos del camino multiplican los albergues, aparecen nuevas guías con más y mejor información, y sube geométricamente el número de peregrinos entre los que cada vez son más abundantes los extranjeros. Finalmente, en 1987 el Consejo de Europa declara al Camino Primer Itinerario Cultural Europeo y en 1994 la UNESCO lo nombra Patrimonio de la Humanidad.

Presente y futuro

El Camino Francés no es, desde luego, aquel camino plagado de peligros e incertidumbres descrito por Aymeric Picaud. A lo largo de sus setecientos kilómetros se han instalado centenares de albergues, herederos de los magnos hospitales que acogían a los peregrinos medievales, y la hospitalidad de los paisanos ha sido sustituida por una floreciente industria turística. Pero –y he aquí la mayor maravilla de este itinerario cuajado de ellas– a pesar de los notables cambios, su esencia sigue viva como pueden comprobar los viajeros que lo recorren a pie o en bicicleta impulsados por la fe, por el interés cultural o simplemente por curiosidad. Al final, cuando el peregrino, creyente o agnóstico, se asoma a la ciudad de las estrellas desde el Monte do Gozo no puede dejar de sentir un escalofrío gozoso a lo largo de toda su columna vertebral, y no puede evitar mirar hacia atrás como intentando resumir en una sola ojeada, la impagable lección que transmite el Camino.

Dioni SERRANO


 

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