ALTA RUTA DEL HIMALAYA EN SOLITARIO Y EN INVIERNO

Javier Campos: “Una expedición en solitario es un ejercicio de sinceridad absoluto”

Javier Campos fue la primera persona en hacer la Alta Ruta del Himalaya en solitario y en invierno. Un viaje a pie que le llevó casi tres meses en los que recorrió los caminos tradicionales de Nepal mientras bordeaba las montañas más altas de la Tierra. El libro ‘El país azafrán’ recoge su periplo.

Autor: Ana Torres/ Desnivel | No hay comentarios |
Javier Campos era llamado Burò Manché
Javier Campos era llamado Burò Manché

Hace unos años, casi por casualidad, Javier Campos descubrió en una librería de Katmandú un mapa con una línea pintada a trazos de colores sobre el territorio de Nepal. Arrancaba en un extremo y cambiaba gradualmente de tono según avanzaba hacia la otra punta del país. El hallazgo dejó una semilla a la que decidió atender en diciembre de 2011, cuando emprendió un gran viaje solo y en invierno por los caminos tradicionales de Nepal que conforman la Alta Ruta del Himalaya. “Fue sobre todo esfuerzo mental”, cuenta en esta entrevista, en la que habla de los retos a los que se enfrenta el viajero solitario.

Los números de su proyecto fueron estos: 83 días de trekking entre las poblaciones de Chainpur y Ghunsa, cada una en un extremo del país, y unos 1.800 kilómetros de recorrido estimado. Los recuerdos y las experiencias vienen a continuación. 

¿Por qué decidiste hacer  el camino en la soledad máxima, es decir, sin compañero y en invierno?
Hay muchas razones para elegir ese estilo, aunque por supuesto se pueden compartir o no. La elección “en solitario” tiene que ver con la libertad que te da encontrar tu propio ritmo y asumir todas las decisiones. Puede ser más arriesgado, pero le confiere a la actividad un compromiso especial. En cuanto al invierno, siempre digo que no soy un buen alpinista, pero si un tío duro, capaz de sufrir como el que más. Saber que nadie lo había intentado en la época más fría era toda una provocación.

«Debes calibrar muy bien cada paso. Aprendes a reconocer tus límites»

¿Qué se aprende al viajar solo?
Asumir los riesgos de una expedición en solitario te obliga, ante todo, a un ejercicio de sinceridad absoluto. No hay público, ni equipos de rescate, no nadie que te ayude. Debes calibrar muy bien cada paso. Creo que sobre todo aprendes a reconocer tus límites.

En una parte del libro mencionas que el esfuerzo no solo es físico, también mental. ¿A qué retos se enfrenta la cabeza?
¡Es sobre todo esfuerzo mental! Cualquiera puede caminar 83 días con una mochila a la espalda. El problema aparece cuando las cosas se ponen difíciles. Hay que saber controlar esa vocecilla que te pregunta “¿Qué demonios se te ha perdido allí?”. Al final, aprendes a hacerte trampas a ti mismo, a engañarte diciendo que lo que falta no va a ser tan duro como lo que ya has hecho.

«El invierno del Himalaya es muy exigente, pero el cuerpo llega hasta donde le ordena la cabeza»

Algo se llevará también el cuerpo…
Hombre, el cuerpo sufre, como es de esperar. Yo acabé con congelaciones leves en los pies, dos costillas fisuradas y con un peso de 57 kilos. El invierno del Himalaya es muy exigente, pero el cuerpo llega hasta donde le ordena la cabeza.

¿Qué equipaje llevabas al salir?
Al salir de Chainpur iba cargado como una mula. La mochila parecía un árbol de navidad lleno de cosas colgando, situación que detesto. Quería ser lo más autosuficiente posible y eso se tradujo en 28 kg de trastos para una travesía invernal a gran altitud. Cuando veo las fotos de aquella mochila todavía me espanto.

Y al volver, ¿qué había en la mochila?
A la vuelta la mochila era liviana, solo llena por la extraña tranquilidad que da haberlo conseguido. Casi me parecía un sueño.

«Recuerdo que me decía mentalmente: “¿Ves, tío? Lo has conseguido”

¿Cuál es el recuerdo más emocionante del viaje?
Hubo miles de momentos, pero si me tuviera que quedar con uno, sería la llegada a Ghunsa en medio de la nevada. El pueblo vacío, el silencio y, sobre todo, saber que eran los últimos pasos. Recuerdo que me decía mentalmente: “¿Ves, tío? Lo has conseguido”.

¿Viviste alguna situación delicada?
Recuerdo un par de ellas: el día en que me fisuré las costillas bajando del Laurebina La hacia Helambu, cuando pensé que todo se había acabado. Tengo grabados la rabia y el dolor. Y luego, a pocos días del final, en el descenso del Lumba Samba, en el último paso de 5.000 metros, hubo un momento crítico en el que estuve a un pelo de despeñarme. Me juré que nunca repetiría algo así.

«El verdadero éxito fue decidir que quería intentarlo»

¿Qué se lleva el lector que se adentre en tu relato?
Es un viaje muy personal. Es un relato emocional sobre una historia real, en una época en la que casi todo se novela, se disfraza o se adorna. Si mi libro tiene una virtud es la sencillez. Es solo un tipo caminando en solitario por el Himalaya, con sus miedos y sus ilusiones. De niño, leí libros de personajes así que me incitaron a seguir este camino en la vida. Digamos que estoy devolviendo lo que me dieron.

Al final del libro escribes: «Si [el viaje] ha servido de algo, habrá que verlo con el tiempo». ¿Qué dices ahora que han pasado algunos años?
Obviamente, no solo sirvió, si no que marcó mi vida. Una experiencia así es un master en crecimiento personal. Nada ha sido igual después de aquella experiencia. Pero si digo la verdad, con el tiempo he descubierto que el verdadero éxito no fue cruzar el Himalaya de Nepal a pie, en solitario y en invierno. El verdadero éxito fue, mucho antes, decidir que quería intentarlo.

Sobre el autor

Javier Campos (1968) se ha convertido en los últimos años en uno de los aventureros y exploradores más polifacéticos del país. Ha esquiado dos veces hasta el Polo Norte magnético, ha atravesado los “Hielos Patagónicos”, ha recorrido el Sáhara en bicicleta y ha escalado bigwalls en la isla ártica de Baffin, entre otras actividades. Como operador de cámara ha realizado y producido más de 100 documentales.

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