MOAB (UTAH)

La «progresión geométrica» de David Palmada ‘Pelut’ y Andeka Escolar en las Fisher Towers

Visitaron las famosas torres de Moab a finales de invierno y regresan con un montón de actividad, entre la que destaca una variante nueva a Beaking in tonghes (A4/V) a The Oracle, sendas repeticiones en la King Fisher y la Echo Tower y primeras ascensiones de tres agujas.

David Palmada 'Pelut' y Andeka Escolar, en las Fisher Towers (Foto: D.Palmada/A.Escolar).
David Palmada ‘Pelut’ y Andeka Escolar, en las Fisher Towers (Foto: D.Palmada/A.Escolar).
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David Palmada ‘Pelut’ es un gran conocer de las Fisher Towers. De hecho, las había escalado prácticamente todas desde que visitó el lugar por primera vez, todavía en el siglo pasado. Sin embargo, no había recalado allí nunca fuera de la época de verano. Así pues, en su primera experiencia en el desierto invernal y acompañado por Andeka Escolar, llevó a cabo una expedición entre el 3 y el 24 de marzo siguiendo la filosofía de la “progresión geométrica”.

Sobre el papel, esa visión consistía en escalar las cinco torres principales de menor a mayor dificultad. Una vez sobre el terreno, terminaron escalando tres torres y tres agujas de las que no constaban ascensiones previas. Resumiendo, lo más destacado fue la nueva variante de tres largos de Beaking in tongues (A4/V) en la cara norte de The Oracle. También realizaron las segundas repeticiones de The return of Mudzilla (V/A3) en la cara norte de la Kingfisher y de The tapeworm (A3/V) en la Echo Tower. Como guinda de este pastel, las primeras ascensiones de tres nuevas agujas: Centinela, Satán Needle y Satán Brothers.

David Palmada 'Pelut', en las Fisher Towers (Foto: D.Palmada/A.Escolar).
David Palmada ‘Pelut’, en las Fisher Towers (Foto: D.Palmada/A.Escolar).

A continuación, sigue el completo relato redactado del puño y letra de ‘Pelut’, con su inconfundible estilo:

Progresón geométrica

Que a todos nos van a faltar vidas para escalar lo que queremos está clarísimo, pero de ahí a ser un ser masoquista de la arena vertical va mucho trozo. Y sí, amigos, así es… por no sé cuántas veces consecutivas vuelvo a mi pequeño paraíso arenoso. ¿Por qué? Pues por varias razones: la primera, porque vamos a ir en invierno –cosa que nunca he hecho antes–, me saca de mi zona de confort y eso me motiva mucho; la segunda, porque voy a intentar cerrar un ciclo que empecé hace ya muchos años, que es escalar todas las torres de las Fishers; y la tercera, porque quiero escalar en progresión geométrica repitiendo vías duras y buenas de menos a más junto a Andeka, que es su primera visita a los Estados Unidos y su primera experiencia mística con el barro vertical.

Lo que no sabíamos es que la progresión geométrica se aplicaría, no a la dureza de las vías, sino a nuestro cansancio físico llegando a la extenuación. Así que podría buscar millones de excusas para disfrazarlo todo muy bonito y muy épico, pero la realidad es que las torres en invierno nos lo han puesto muy difícil, dándonos solo la oportunidad de escalar tres de ellas y enseñándome una cara que no conocía: una cara tétrica y lúgubre donde casi toda la escalada me ha hecho estar tenso y muy fuera de la zona de placer, que sí experimento en verano. Pero dejadme que os cuente un poco más cómo va la movida.

Dentro de mi fliposis personal, y sentado en mi rincón de pensar –que no es otro que el váter de mi casa–  con el libro de las torres en una mano y una buena cerveza en la otra, empiezo a calcular… Si apretamos fuerte, podemos intentar escalar las cinco grandes torres (King Fisher, Cottontail, Echo Tower, Oracle y Titan). Total, las conozco todas menos el Oráculo, que es la única torre que me queda por subir; en las demás he realizado aperturas y primeras repeticiones y me las conozco un poco, aunque nunca lo suficiente. Así que me salen unos números apretados, pero no imposibles. Le cuento toda la movida a mi compañero y lo tiene clarísimo: lo que haga falta, sin problema, por donde yo vaya él viene sin pensarlo, así que nada puede fallar.

Llegamos a Salt Lake City el 2 de marzo. Primera sorpresa: todo blanco Navidad, pues acabamos de llegar después de una gigantesca nevada y hace una rasquilla importante. Todo es raro para mí; normalmente, al bajar del avión en todos mis antiguos viajes lo primero que notas es una llamarada de calor que abrasa tu cerebro, pues en verano en Salt Lake City se puede estar sobre los 45 grados sin problema. Los 7 grados bajo cero empiezan a molar, como si nos hubiéramos tele transportado a otro lugar diferente de donde suelo viajar. Con  mucho cuidado, vamos conduciendo nuestro coche de alquiler… Viéndonos venir el percal, hemos optado por un tracción 4 por lo que pueda pasar, y este ya fue el primer acierto, pues después de realizar las compras pertinentes tanto en el súper como en las tiendas de deportes habituales, salimos para Moab y nos encontramos que la conducción se complica bastante el paso de un puerto elevado, llegando a límites de conducción del nivel del mundial de rallyes en Finlandia (a lo mejor no había para tanto, pero nuestros momentos tensos pasamos).

La duda nos posee, y nos hace pensar si Moab estará blanco o no. Por un lado, nos hace ilusión, porque nos imaginamos unas fotos brutales por el contraste con el marrón de las torres, pero por otro lado sabemos que, cuanto más despejado esté todo, más podemos triunfar. Conforme pasan los kilómetros, me siento afortunado de poder ir explicándole cosas y hacer un poquito de guía turístico con Andeka. Él está flipando con todo lo que ve, típico de los Estados Unidos: coches y camiones gigantescos, etc. Y aún le queda por ver la imagen de las torres cuando aparecen a lo lejos, esa imagen es de las que no olvidará jamás.

Moab y las Fisher Towers

Sin más, nos encontramos en Moab. Todo despejado y todo en orden; todas las tiendas en su sitio. Arrancamos por la carretera de River Road. A nuestra izquierda queda el imponente río Colorado, un espectáculo para la vista por su magnitud y su color. Después de un placentero paseíto, llegamos al templo de la precariedad, las Fisher Towers.

En nuestro empeño por ir en progresión geométrica y en mi línea de ir a contra corriente, la primera vía que queremos escalar es una ruta moderna llamada The return of Mudzilla, que se encuentra en la cara norte de la Kingfisher. Yo siempre he escalado en la cara sur en verano y ahora en invierno no podía ser de otra manera que escalar en la norte. Sé que para lo único que sirve esto es para hacerte el chulito escribiendo aquí y contándoselo a los colegas aunque la realidad es que en verano te asas y en invierno te jodes de frío, pero reconoced que decir “yo en verano escalo en la sur y en invierno en la norte” mola.

El sistema que hemos pensado para minimizar el tiempo es empezar a escalar de la torre más cercana hacia la más lejana, que es el Titan. Así, conforme nos bajemos de una vía, tendremos el material más cerca de la siguiente. Mientras realizamos los porteos, la idea es escalar el primer largo y ya quedarnos en pared con la hamaca para no perder tiempo subiendo y bajando, pero esto no siempre es así. Al principio, las torres se empeñan en ponerlo difícil, dándonos un tiempo no muy bueno de nevadas y lluvias varias que nos hacen ir improvisando día tras día. Como anécdota curiosa, deciros que el primer día estuvimos caminando más de 15 kilómetros ubicando y porteando material a los diferentes pies de vías, y no encontramos el de la Kingfisher… maldita sea, ¿será posible que es la primera torre que queremos escalar y no encontramos el camino? Pues sí, así es. Después de un larguísimo día de pateos y porteos, no hemos dado con el acceso. Estoy reventado y necesito una cerveza con carácter de urgencia. En este punto, Andeka, con toda la motivación y apurando la última horita de luz, se va a hacer el último intento y acertamos de pleno: él, caminando por los márgenes de arena verticales de arriba, y yo, desde el parking con los prismáticos, hicimos el tándem perfecto y encontramos el dichoso pie de vía. Aunque pueda parecer raro, os aseguro que este lugar es perdedor y todos los cañones parecen iguales. A simple vista parece que se puede subir y a la hora de la verdad son rampas de arena imposibles.

Kingfisher

Al día siguiente, con un poco de pereza matutina, empezamos a vibrar en la norte de la King. Vamos todo motivados, pensando que estamos realizando la primera repetición, pero al colgar los primeros vídeos en mi Instagram un colega follower americano me pregunta dónde estamos… “en Mudzilla, Tito”. “Ah, guay, nosotros hicimos la primera repetición en 2020”. La verdad es que me jode un poco, pero no importa; seguimos con la motivación a full. Lo importante es que la vía es buena y vibrante. Vamos conectando micro fisuras con multitud de anclas y mierdas varias, y donde está liso conecta con algún bolt. Largos entretenidos que me van desgastando, el tiempo no acompaña mucho y el sol no hace acto de presencia… ¿Será porque estamos en la norte?

Para Andeka, todo es nuevo, pues nunca se ha enfrentado a ningún largo de artifo de esta categoría y mucho menos en arenisca. También es novato en montar, desmontar y dormir en hamaca, así que llega la primera noche y hacemos un curso intensivo in situ, sin margen de error y ya colgados en la vertical. Andeka aprueba con sobresaliente; es un tío muy versátil y resolutivo y con unas ganas de aprender a full gas. Eso me encanta, pues os puedo asegurar que no es fácil encontrar compañeros capaces de soportar estas palizas verticales.

Pasan los días y, largo tras largo, por fin nos encontramos en el último, donde solo nos queda escalar la corona para pisar la cima. Me confundo, voy un poco más a la derecha y abro un nuevo largo hasta la cima, brutal… Me parecía raro que estuviese tan roto y desplomado con una salida con un Camelot del 6 en un bloque vibrante, pero por fin puedo pegarle un sambarinait a Andeka para que se apresure a subir y disfrutar de su primera cumbre en las torres, que normalmente suele ser la que nunca olvidas.

Sencillamente brutal. Mientras mi compi sube desmontando el largo, yo aprovecho para sentir nostalgia de tiempos pasados en esta misma torre, donde abrimos Hot Paradise junto a Ester Ollé en memoria de Pau Escalé. Piso la misma cumbre y me llega la esencia… También me viene a la memoria la repe de Death of American Democracy junto a Samba y la primera repe de Weird Science junto a Ester. Todas ellas grandes rutones. Así que, completamente poseído por el énfasis y casi sin darme cuenta, aparece la cabeza de Andeka en la cima. Ahora sí, abrazos y gritos de emoción, pues ya tenemos nuestro proyecto “progresión geométrica” en marcha.

The Sentinel

El cansancio ya se va dejando notar, pero sabemos que el reloj no se detiene por nada y nosotros tampoco. Empiezo a tener claro que no seremos capaces de aguantar el ritmo de destrucción, tanto físico como mental, para escalar las cinco torres, así que despreocupándonos del tema vamos a centrarnos en escalar lo que más nos motive y nos venga en gana en cada momento. Eso es lo que hacemos.

Después de descender de la King, nos curramos un vivac a pelo enfrente de la torre, en un replanito de película donde hay una pequeña torre virgen sin escalar aún a la cual nosotros bautizamos como The Sentinel (el vigilante), porque cada día nos estaba observando. No hizo falta insistir mucho para, justo terminar de levantarnos, subir a desayunar al top del Centinela. Brutal, ya tenemos una nueva vía abierta, súper cortita y fácil, pero con unas sensaciones de felicidad y plenitud brutales.

Oracle

Ahora, según nuestro plan inicial, nos iríamos a escalar la Cottontail o la Echo Tower, pero ya no puedo resistirme más y, antes de pensar que podemos ir en decadencia, nos decidimos por el Oráculo, que es la última torre que me queda por escalar para completar mi colección personal de torres. La vía elegida es un viote de uno de los aperturistas más old school de la zona, Steven Bartlett. Con su apertura de Beaking in tongues con Dave Levine, consiguieron coronar el Oráculo sin expansiones en los largos, sólo en las reuniones, dándole un plus de intensidad a una movida ya de por sí difícil.

Seguimos el mismo modus operandi. Después de descender por la mañana de abrir el Centinela –tras haber descendido la noche anterior de la Kingfisher–, nos porteamos todo directamente a pie del Oráculo. Descubrimos otro lugar paradisíaco completamente increíble para montar un  mini campo base, con fueguecito y dos arbolitos diminutos de la medida perfecta para mi hamaca de red y poder observar las estrellas al dulce movimiento de un vaivén súper relajante. Pero no antes de haber probado el primer largo de la vía, que se deja escalar súper bien y nos permite intuir que la vía será muy buena.

Los días se hacen muy cortos porque no tenemos mucha luz para escalar y todo se ralentiza muchísimo; nos cuesta mucho encontrar fluidez y constancia en los largos. El tiempo empieza a cambiar: Andeka está en una reunión desprotegida y colgado sobre el vacío, yo en la parte final de un largo “romántico” jugando con peckers y mierdecillas varias cuando empieza una tormenta de nieve brutal, intensa, de esas que te ponen nerviosillo; se te empieza a calar toda la ropa, ya que la nieve es muy húmeda. Yo me lo tomo con calma y me refugio colgado de un pecker debajo de un  techito y así solo me mojo la mitad. Andeka tiene su particular guerra para irse sacudiendo la nieve de encima. Yo le insisto en que haga muchas fotos y vídeos, que esto es brutal y en verano no pasa… la verdad es que alguna foto valió la pena.

Y como no hay nada que mil años dure, pasó la tormenta y puedo llegar a la reunión, en un saliente donde la erosión del agua hace que dos de los tres anclajes estén la mitad fuera por el desgaste de la roca… claro, muy agradable no es. El vivac en nuestra hamaca es de los mejores momentos del día. Ponemos nuestras luces de navidad del “chino y de 2 euros” y nos dan un clima muy acogedor. Sí noto que, normalmente, solemos tomarnos nuestro tiempo de relajación y tranquilidad y aquí no; es entrar en la hamaca, encender el hornillo, calentar agua, hacernos una sopa… y el tiempo que tarda el sobre liofilizado en calentarse es el que tenemos, pues justo después de eso Andeka desaparece en su saco para ponerse a roncar. Flipa lo dormilón que me ha salido. Eso sí, para despertarle solo se lo tengo que decir dos veces: la primera abre un ojo y a la segunda se activa de golpe.

Le toca el turno a uno de los largos clave de la vía: una travesía a derechas con pasos muy románticos, dignos de los grandes maestros de las torres, con friends gigantes terroríficos, algunas anclas pequeñas y varias mierdecillas más. Vamos, lo que viene siendo intensito. Aquí, Andeka se lo tiene que currar y escalarlo de segundo, porque no hay posibilidad de jumarearlo. Os aseguro que ya va sintiendo el flow de la precariedad.

En este punto la vía sigue en dos largos más hacia la derecha que, a nuestro parecer, son como muy rebuscados e incluso un poco ilógicos. Justo desde encima nuestro sale una micro fisura en tendencia a la izquierda que se pierde en el horizonte, muy desplomada y con bloques al final. Así que utilizamos la tecnología, le damos una voladita a nuestro dron y ¡eureka!, la fisura tiene continuidad hasta la cima. Sin pensarlo más, nos lanzamos a lo desconocido en busca de abrir una variante directa a la cima de la parte izquierda del Oráculo.

Andeka Escolar en la primera trave expo de 'Beaking in tongues' en The Oracle (Foto: D.Palmada/A.Escolar).
Andeka Escolar en la primera trave expo de ‘Beaking in tongues’ en The Oracle (Foto: D.Palmada/A.Escolar).

Voy escalando y no puedo parar de flipar, la línea es brutal: fisura técnica de piezas cutrillas pero que te va dejando subir. Cada vez estoy más a la izquierda y más desplomado, bautizo este largo en honor a un vía que hay en Montserrat como La diagonal del vértigo. Un techito con un gran bloque me pone el último paso jodido, para poder montar justo encima del bloque la reunión; pongo un pequeño empotrador entre los dos bloques y me monto encima. Monto reunión y grito sambarinait.

Veo cómo Andeka va desmontando la gran diagonal flipando con el ambientazo que hay. Hemos pasado de repetición a apertura. Llega donde estoy yo y se sube encima de la repisa y… ¡boooom! La repisa explota y salimos los dos disparados y nos quedamos colgando de la reunión. No sabemos si reír o llorar, y al final nos partimos el culo. Yo agradezco a mi ángel de la guarda que tuviera el detalle de dejar el bloque quieto hasta que me subí en él. Si me llega a saltar haciendo el paso, la hubiéramos liado muy parda, y os aseguro que este no lo vi venir; tenía fe ciega en que aguantaría. Pero sí, amigos, así son las torres. Lo importante es estar aquí para poder compartirlo.

Un par de largos más con trozos en travesía y en libre vibrante a mi nivel nos dejan en lo alto del Oráculo, donde todos los libros dicen que hay de las mejores vistas de las Fishers. Y no es para menos. Siento que he cerrado un círculo que empezó en 1996, cuando vi las torres por primera vez. Pero esto aún no se ha terminado; vamos a por la última vía que creemos que nos dará tiempo a repetir. Nos vamos a la Echo Tower, y concretamente a la vía The tapeworm.

Echo Tower

Completamente reventados y con todo el material a pie de la Echo, le digo a Andeka que pruebe el primer largo de la vía, que marca A1/5. Es un largo que ya habíamos escalado años atrás con Samba, pues es el mismo que para la vía de Beyer Run Amok. Andeka no se lo piensa y empieza el largo con unos clavitos vibrantes, hasta que queda bloqueado y me dice que no puede seguir progresando, que se le rompe todo. Yo no entiendo nada, ya que en teoría este largo no era muy difícil. Tomo el relevo y, santísima sorpresa, pues después de la nevada está toda la roca muy húmeda y se descuartiza como un queso gruyère, dios mío, las rampas de quinto grado se convierten en largos súper expo (no voy a decir de A5, porque luego me diréis que soy un flipado, pero os aseguro que si fallas un movimiento te revientas pues no hay ni una pieza que aguante más allá de aguantar el equilibrio).

En fin, cosas de las torres, así que después de perder casi todo el día en esta “santísima mierda de largo” por fin estoy escalando ya lo que seguramente sean los largos más bonitos y espectaculares de las tres torres que estamos escalando. Es increíble cómo cambia la roca –o el barro, como queráis llamarlo– de una torre a otra. Dos largos de fisura galáctica y desplomada nos conducen al pie de una larga chimenea tétrica y lúgubre, donde se combina el libre salvaje con el artifo equipado.

David Palmada 'Pelut' en The tapeworm' en la Echo Tower (Foto: D.Palmada/A.Escolar).
David Palmada ‘Pelut’ en The tapeworm’ en la Echo Tower (Foto: D.Palmada/A.Escolar).

Ya solo nos queda un largo, pero queremos disfrutar de la cima. Nos recluimos en nuestra hamaca y sabemos que mañana será el gran día. Nos levantaremos prontito, escalamos el último largo y nos bajamos a por unas buenas y merecidas birras a Moab. Pues bien, amigos, eso no será así. El último largo que yo creí que sería “pim, pam” me ocupa casi todo el día; un largo súper largo y difícil, donde se combina de todo: pitonaje, fisura, travesía y un enorme roce. Tal es este que, a solo un metro de la reunión de cumbre, no puedo moverme. El roce es tan bestial que tengo que desatarme y salir a pelo a por la reunión para después poder recuperar la cuerda con la polea. Vamos, lo que viene siendo un largo completito. Ahora sí, ya me relajo disfrutando de esta última cima ultra estrecha entre las dos caras de la torre. Andeka tarda lo suyo en desmontar todo ese festival de largo y reunirse conmigo en la cima, para abrazarnos en un micro segundo mágico. Somos conscientes de que pillaremos noche y que no llegaremos para las birras, y que no podremos con las dos torres que nos quedan, pero vamos a seguir con nuestra tozudez de apurar al máximo los días y el disfrute, así que aplicaremos nuestro plan de emergencia.

Agujas de Satán

Nos quedan tres días de vacaciones y hay que asegurar el tiro. Le propongo a Andeka ir a abrir unas agujitas que tenía vistas hace muchos años y que este verano pasado estuvimos a punto de darles un pegue con Juanito, pero por falta de tiempo se siguieron quedando vírgenes. Ahora les ha llegado el turno, a las Agujas de Satán.

La primera intimida muchísimo, pues tiene toda la pinta de que se va a caer, y eso es real. En todos estos años que frecuento las torres, he visto desaparecer vías clásicas que ahora solo forman un montón de bloques y barro en el suelo, como puede ser el caso de la ET Tower o The cobra, que yo había escalado y que hace ya unos añitos se derrumbó. Cuando sabes y eres consciente de que estas agujas se desmoronan, el índice de adrenalina que corre por tus venas es alto. Busco la parte más desplomada y estética de la aguja, poco a poco voy cogiéndole confianza y maceando muy suavecito porque sí, amigos, realmente tengo miedo. Mientras escalo, me vienen pensamientos de “supongo que si se tumba la aguja mi muerte será rápida, con lo que tan mal no puede ser; siempre será mejor que quedar reventado y más tonto de lo que ya soy”. Así que voy progresando y disfrutando cada paso como si fuera el último. El ambiente es brutal, veo la rampita de salida a lo alto de la aguja… llego, me pongo de pie y me emociono, una sensación de lágrimas y un vacío interior… aquí estoy, no se ha caído y soy el primero en acariciarle la puntita a la torre. Momentos que –no sé por qué– son más placenteros que escalar una de las vías largas y duras que hemos hecho.

Nos juntamos con Andeka en la cima y disfrutamos del momento y nos deleitamos haciendo volar nuestro dron, pues los planazos son épicos… pero sabemos que el reloj no se detiene y, sin pensarlo dos veces, nos bajamos y escalamos la hermanita de la Satán Needle, que es la aguja vecina. Esta ya no da tanto miedo y subimos hasta con prepotencia y chulería, como diciendo esta sé que no se va a caer, así que me la suda… Repetimos el mismo ritual de fotos, vídeos, etc. Y, ya apurando el atardecer y con un poco de nostalgia, iniciamos nuestro camino de regreso al coche sabiendo que esta será la última vez que pisemos el camino de las torres. Desde aquí iniciaremos nuestro camino de retorno a la puta realidad de nuestras vidas, que no es otro que el de seguir trabajando para ahorrar pasta y poder volver a nuestro pequeño paraíso de la precariedad.

Conclusión: cuando una atracción por algo o algún lugar es tan fuerte e intensa debes escucharte a ti mismo y preguntarte si realmente vale la pena todo el esfuerzo y el sacrificio… La respuesta siempre será que no, pero seguirás volviendo, así que en tu interior, en la parte más honda de ti mismo, sabes que sí, que cada micro segundo que pasaste en ese maldito lugar valió la pena.

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