EXPLORANDO

Kurt Albert. Adiós al inventor del ‘Rotpunkt’

Kurt Albert (Alemania, 1954 – 2010), profesor de Matemáticas y Física, forma parte de la historia no sólo como el creador del Rotpunkt, sino por haber extendido este concepto por los distintos ámbitos de la escalada y el alpinismo.

Kurt Albert el inventor del rotpunkt  (Darío Rodríguez)
Kurt Albert, el inventor del rotpunkt   Darío Rodríguez
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Kurt Albert el inventor del ‘Rotpunkt’. Foto Sergio PrietoKurt Albert el inventor del ‘Rotpunkt’. Foto Sergio Prieto

El simple hecho de comenzar en 1975 a pintar un pequeño punto rojo en la base de las rutas que conseguía subir sin caídas y sin reposar de los seguros revolucionó en poco tiempo la forma de entender la escalada en todo el mundo y trajo consigo la aparición de la deportiva tal y como la entendemos hoy día.

Fuertemente marcado por la arenisca del Elbsandstein, sus escaladores y sus reglas escritas (no utilizar fisureros –sólo nudos empotrados–, no usar magnesio, no colocar más de dos seguros cada ocho metros…), Kurt Albert desarrolló la idea del rotpunkt en Frankenjura y fue cosechando metas en forma de grados: Exorzist (7a) en 1976, Santanz (7b+) en 1981, Magnet (7c) en 1982…

Es una década trascendental en el desarrollo de la escalada deportiva. Frankenjura se convierte en un continuo centro de pregrinación de los mejores escaladores del mundo y los más influyentes de de aquella época. Por la casa de Kurt y Wolfgang Güllich, con quien vivió varios años hasta su accidente mortal en 1992, pasaron Ron Kauk, Jerry Moffat, Ben Moon, Henry Barber…

De la escuela a las paredes

Su primer viaje a Yosemite (1977) y el encuentro con Ron Fawcett, Peter Livesey y Ron Kauk también debemos entenderlo como una influencia clave, no para el rotpunkt en sí, pero sí para lo que vendría después y lo que denominó como su “máximo reto”: encontrar grandes rutas que ofrecieran la posibilidad de escalar en libre.

En 1986, sus liberaciones a la Vía de los suizos (7b+), Cima Ovest, y a la Brandler-Hasse (7a+), Cima Grande, en Dolomitas, son un anticipo de su exportación de la escalada libre de dificultad y el punto rojo a las grandes paredes alpinas del mundo.

En 1988, la Eslovena a la Torre sin Nombre del Trango sigue el camino de las anteriores (7a+). Un año después, en la misma montaña, abre, junto a Wolfgang Güllich, Christof Stiegler y Milan Sykora, Eternal flame (7b+/A2); en 1991, Riders on the storm (7c/A2) a la Torre Central del Paine, con Bernd Arnold, Norbert Bätz, Peter Dittrich y Wolfgang Güllich; 1995, Royal flush (7c), en el Fitz Roy, junto a Bernd Arnold, Jorg Gershel y Lutz Richter.

Escalada libre

Pero Kurt nunca buscó proclamarse como el nuevo profeta de la escalada. Explicó que su propuesta no debía concebirse como un dogma, ni siquiera como una filosofía, simplemente como una nueva manera de subir por las rocas que podía trasladarse a todos los ámbitos de la escalada. Tampoco imaginó la gran trascendencia posterior del rotpunkt en todas las paredes del planeta.

Cuando, con 14 años, comenzó a escalar le chocó que a los escaladores de su entorno sólo les interesase subir, no el cómo se hacía. Por esta razón surgió el rotpunkt. Inspirándose en las reglas de Elbsandestein, pero descartando la licencia de reposar de las anillas, en Frankenjura cuaja la idea de lo que actualmente entendemos como “encadenar”: escalar de primero, sin caer y sin reposar en los seguros ni ayudarnos de ellos para subir.

Paradójicamente, Kurt huyó de las reglas y mucho más de establecerlas. La escalada debía ser “libre”, no una actividad sometida a normas que limitaran la creatividad.

En cualquier caso, la escalada, libre y deportiva, en escuela y en paredes, se lo debe casi todo a Kurt Albert y a aquel inocente gesto que consistió en pintar un punto rojo en 1975 bajo la vía Maria Schrott Gedächtnisweg (6a).

El control subjetivo

Aunque las increíbles imágenes de sus solos integrales, escaladas en pared, descensos en kayak, saltos en torres… pueden darnos la imagen de un Kurt que se exponía en exceso, todo el riesgo se encontraba perfectamente medido y siempre evitó jugar a la ruleta rusa.

De hecho, los peores momentos de sus escaladas, y de los que no disfrutaba en absoluto, los vivía cuando su seguridad dependía en exceso de factores externos e imprevistos, como la caída de un serac. Él llamaba a esas situaciones “choques de adrenalina”. Su estrategia consistía en encontrar el equilibrio entre miedo y pánico; dominar la situación, los movimientos, las decisiones; buscar alternativas con una seguridad más subjetiva, y no perder el control.

Pese a todo, no existen paredes de 1.000 metros seguras y el control subjetivo es una cosa y la realidad otra muy distinta. El precio que se paga por disfrutar de la aventura y una vida intensa es a veces muy alto; él lo sabía. En muchas ocasiones se anda sobre un delicado filo, y precisamente este camino supuso su gran estímulo vital.

Pero Kurt tuvo suerte y reconocía ser afortunado en toda su vida de expediciones y escaladas. Tan solo había sufrido unas cuantas tendinitis provocadas por sus odiados monodedos de Frankenjura, alguna dolencia de espalda tras acarrear enormes petates, una rotura del tendón de Aquiles al fallar en un salto en Checoslovaquia y una brecha en la cabeza cuando le cayó una piedra en los Alpes.

El 26 de septiembre Kurt pisó en el lado prohibido del filo. Cayó casi 20 metros cuando escalaba una vía ferrata en Baviera.

 

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