PICO ORIENTAL DE LA CASCADA

Ekaitz Maiz libera ‘Bizi bizitza’ (310 m, 8b), una joya de Pirineos

Abrió esta vía en el Pico Oriental de la Cascada con Asier Luke en 2015 y ha regresado este verano para pintarle el pinto rojo, acompañado por Pablo Escudero.

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Ekaitz Maiz en 'Bizi bizitza' (310 m, 8b).
Ekaitz Maiz en ‘Bizi bizitza’ (310 m, 8b).   Pablo Escudero

Los Pirineos pueden ser también un escenario ideal para vías de pared en libre del más alto nivel. Lo ha puesto de manifiesto una vez más Ekaitz Maiz, que ha sumado a su dilatado currículum la liberación de Bizi bizitza (310 m, 8b) en el Pico Oriental de la Cascada. Es un itinerario que abrió él mismo junto con Asier Luke en verano de 2015. Ambos habían compartido otras varias ascensiones remarcables, especialmente en la Torre de Marboré, pero esta estaba todavía pendiente de liberar cuando Luke falleció en un accidente de escalada en marzo de 2019.

Este verano, Ekaitz Maiz ha regresado a la zona, por encima del circo de Gavarnie culminando a más de 3.000 metros de altura, con Pablo Escudero. El pasado 12 de septiembre consiguió pintarle el punto rojo a un itinerario cuyo nombre se puede traducir como “vive la vida”, que recorre 310 metros a través de nueve largos con dificultades de hasta 8b: L1 6a, L2 6a, L3 6a+, L4 7c, L5 8a, L6 8b, L7 8a, L8 7b+, L9 IV+.

El propio Ekaitz Maiz nos cuenta las vicisitudes de todo el proceso en este texto:

En la primera visita que hice a la Tour du Marbore, repetí junto a Antton Zabala la vía Woodpeakers. Mikel Zabalza nos la había recomendado y acertó de pleno. Quedamos impresionados con la zona, la calidad de la roca y el ambiente excepcional.

Sorprendidos por las pocas rutas que habían en la pared, se nos abrió un nuevo horizonte. Miquel Puigdomènech y Raül de Bràfim acababan de abrir Ningú no comprèn ningú y, además de la clásica Ravier, apenas había tres rutas más.

Vimos muchas opciones de aperturas en la pared. Abrimos Agur eta ohore (300 m, 8a) y a esta le siguieron Izarren hautsa (en invierno), Hiperamort (280 m, 7a) y Nafarroa bizirik (250 m, 8b).

No obstante, siempre que llegábamos al collado de Serradets, la mirada se nos iba al gendarme que destaca en el Pic de la Cascade, tan cerca y tan lejos a la vez, ya que el acceso que seguía al camino de la Tour du Marbore, no invitaba a seguir por él.

Aproximación de cinco horas

En 2014, Alberto Fernández y Roger Cararach abrieron Alternativa Estel (530 m, 6b) en la pared que tantas veces habíamos mirado. Y, tras informarnos sobre la aproximación, en julio de 2015, junto a Asier Luke, fuimos con idea de abrir una nueva ruta.

El objetivo era muy claro, una línea de color azul que traza la pared en su parte más desplomada. La aproximación resultó estar a la altura de las expectativas, laderas escarpadas e inestables, con neveros de nieve dura y una pendiente pronunciada debajo del tercer muro de Gavarnie. Íbamos cargados y andábamos con cuidado, el lugar era espectacular y las cinco horas de aproximación se nos hicieron más amenas de lo esperado. Llegamos a la base del glaciar de la Cascade. Preparamos el vivac en un resalte de roca al pie de la arista Passet y dejamos el material preparado para empezar a escalar al día siguiente.

En el primer tercio de la pared, seguimos una línea evidente de fisuras, diedros y repisas. No siempre escalando con buena roca, llegamos la base de la chorrera de color azul que atravesaba de arriba abajo el gran muro desplomado.

Secciones delicadas

Al empezar a abrir el primer tramo del muro, enseguida me di cuenta de que la roca no iba a ser como la de la Tour du Marbore. La roca no daba regletas horizontales netas, tenía muchas regletas romas, laterales e invertidos y lo que más condicionaba era que los pies no eran buenos. No obstante, buscando las debilidades que ofrecía la pared a izquierda y derecha, habiendo escalado unos 35 metros, llegué a una buena repisa donde instalé la reunión.

El siguiente largo tenía un inicio por la derecha, sencillo en apariencia. Un diedro, acababa en una repisa con un ‘menhir’ saliente de unos seis metros. Tras colocar varios friends, llegué a la parte alta del ‘menhir’ y, por el ruido que hacía y la vibración que sentía en los pies, me di cuenta de que estaba ‘apoyado’ sobre el diedro. Con máxima delicadeza, destrepé a la reunión conteniendo la respiración.

Alta dificultad


 

Después de recuperar el aliento, comencé por una zona más directa, de peor roca y metiendo dos chapas, pero resultó mucho más segura. Pasada la zona fácil y de roca delicada, el largo cambiaba radicalmente. La roca era increíblemente buena y el canto se reducía a unas pequeñas regletas que daban acceso a una preciosa fisura que atravesaba en diagonal la gran chorrera azul. Entre totems negro-azul-amarillo escalé la fisura, que apenas tenía pies, y llegué a una placa desplomada con pequeñas regletas, con movimientos atléticos y largos. Los pies seguían sin aparecer, por lo que tuve que emplear mi mejor técnica. Tras colocar tres chapas de protección y unos 35 metros escalados, llegué a un pequeño diedro que me llevó a la repisa de la reunión.

Una placa desplomada de color azul salía de la repisa; tenía la pinta de tener poco canto y de ser difícil. En este caso, las apariencias no engañaban: hasta el punto donde nos alcanzaba la vista, se caracterizaba por cantos pequeños y romos, con movimientos largos. Escalé lo mejor que pude, colocando el mínimo de chapas posible. Un precioso mantle sobre una repisa roma daba fin a la zona difícil. Seguían varios diedros ciegos hasta un pequeño techo con un bloque donde reposar los pies, y allí puse la reunión. Cuando abro las vías y coloco chapas, me detengo en cada una de ellas para recolocar el material, escalar con comodidad y dejármelo a punto para la siguiente. El largo me pareció muy difícil. No estaba seguro de que fuese capaz de escalar todos los movimientos seguidos.

Incertidumbre final

Lo que venía a continuación era incierto. El desplome terminaba y el cambio de rasante de la placa no enseñaba lo que había más allá. Una placa de poco canto con un movimiento de bloque, me hizo llegar a un pequeño diedro diagonal. Por suerte, tumbaba en uno de sus lados, era sencillo de proteger y de escalar. La roca era excepcional. Pero cuando se terminó el diedro… ¡problemas! La pared se convertía en vertical, los pies iban en adherencia y las manos eran sobre cantos muy pequeños, romos y pinzas. Con un movimiento muy largo, conseguí llegar a un canto lateral bueno; dándolo todo, con otro movimiento muy largo y físico, llegué a una fisura en diagonal que en diez metros se convertía en repisa. Suerte que se podía proteger con facilidad, ya que no había pies y se escalaba prácticamente ‘a pulso’. En la parte más cómoda de la repisa, instalé la reunión.

La placa, que seguía en línea recta, era lisa como el cristal, pero siguiendo la repisa en sentido descendente, llegué a un gran diedro desplomado. La travesía descendente tenía su gracia, la repisa se hacía roma y se estrechaba y, junto al patio que había, le daba un gran ambiente. Una vez en el diedro, no había pérdida. La roca no era tan buena como la de los largos precedentes, no ofrecía buenas posibilidades para asegurar naturalmente y estaba parcialmente cubierta de líquenes. Pasé el desplome instalando unas chapas para asegurarme. A partir de aquí, la roca mejoraba, la escalada era más sencilla y ofrecía buenas posibilidades de aseguramiento. Una larga fisura de color azul me llevó al final de las dificultades e instalé la reunión en una buena repisa. Dejamos el último largo que daba a la cima de la aguja, en apariencia mucho más sencillo, para cuando escalásemos la vía en libre.

Vive la vida

Bajamos al vivac de noche, felices y cansados. Mientras cenamos, ambos comentamos que la vía que habíamos abierto era de un nivel más difícil que las anteriores. Dormimos al pie del glaciar. Decidimos llamar a la vía Bizi bizitza (“vive la vida”), una frase que un amigo nos repetía cada vez que nos enfadábamos o nos poníamos nerviosos. Dejamos material, gas y una cuerda auxiliar en el vivac con idea de regresar lo antes posible y nos fuimos a casa. 

Las mariposas bailaban en el estómago cada vez que recordábamos esta vía. Pero debido al corto periodo hábil para escalar que tiene esta pared, tuvimos que retrasarlo al año siguiente.

En 2016, no tuvimos más ocasiones de regresar a intentar escalarla en libre. En la época buena (agosto y septiembre) estuve en la Shipton Spire y tampoco encontramos ocasión de intentarla.

En 2017, regresamos. Pero esta vez hicimos la aproximación desde Ordesa, subiendo por las clavijas de Cotatuero. Nos costó un día entero llegar y nos encontramos la parte baja de la pared totalmente empapada. Estaba impracticable. Regresamos para escalar en Ordesa. Para afrontar esta vía, son necesarios al menos tres o cuatro días de buen tiempo. Ese año no encontramos hueco para intentarla.

En el año 2019 Asier nos dejó.

No tuve ganas ni fuerzas para regresar.

Cinco años después…

En septiembre de 2020, con anticiclón y buenas condiciones, con la forma y la motivación necesarias tras haber pasado todo el verano escalando, regrese junto a Pablo Escudero. Fue fácil entenderse con Pablo, bien rodado en este tipo de paredes, en buena forma y sobre todo rebosante de motivación y energía. Los ingredientes necesarios para acometer una vía de este tipo.

Escalamos los primeros largos algo mojados. El primer largo difícil (L4 7c), lo escalamos más fácilmente de lo que esperábamos. No desploma apenas y combina tramos técnicos de pies malos con buenos reposos. Superando el factor psicológico, de una larga sección de placa protegida por un bird peak, se trataba de no fallar en las secuencias.

En el primer intento al quinto largo (8a), nos quedó claro que iba a ser más difícil que el anterior. Una fisura de dedos en un desplome sin apenas pies, marcaba el largo. Le daba continuidad una placa de regletas pequeñas con apenas pies. Concentrados, aprovechando las buenas condiciones, ambos encadenamos el largo sin fallar. Era un largo increíblemente bueno y ambos ya estábamos súper contentos. El tema fluía bien.

Largo clave

Mirábamos el siguiente largo (L6 8b) con mucho respeto. Tenía el recuerdo de haber dejado sin hacer varios movimientos al abrirlo y no estaba del todo seguro de si encontraríamos la solución a los problemas.

Ensayando el largo, encontramos la solución a los movimientos. Era un largo de resistencia, sin ningún canto bueno, donde los chapajes eran un movimiento más. De manos y pies malos, requería fuerza, ritmo, precisión y un poco de suerte para no cometer ningún fallo. Pero a veces las condiciones, los astros y la forma de uno se alinean. Después de darlo todo, con los brazos como porras y la respiración a tope, conseguí salir del mantle en la repisa roma. ¡No podía creérmelo! Haciendo equilibrios, recuperé el aliento en la repisa y, asegurando cada paso, llegué a la reunión. Había encadenado el largo más difícil, pero estaba destruido, con los brazos infladísimos. Pese a ser algo más sencillo, no sabía si sería capaz de encadenar el siguiente largo.

Pablo le dio un par de buenos pegues al largo. Pese a verle color, no consiguió encadenarlo. A mí me vino muy bien para descansar, comer y beber algo.

Liberación completada

El séptimo largo (8a) tenía un inicio intenso al que seguía un diedro sencillo, donde había ocasión de reposar. Al salir del diedro, llegaba lo que podía ser la sección clave de la vía. Pies malos en adherencia y varios movimientos largos con cantos de mano donde entraban las uñas. Subo los pies y me estiro a tope, parece que los pies aguantan y, dándolo todo, consigo coger el canto bueno lateral. ¡Ni me lo creo! Ha ido del ala de una mosca. Me tiro a la fisura bavaresa, donde a pesar de ir infladísimo, le meto el talón y consigo mantenerme. Pablo prueba el largo y, a pesar de hacer los movimientos, los anteriores largos pesan y no consigue encadenarlo.

Menos mal que la repisa es buena y podemos recuperar. Comemos y bebemos, pero a los brazos no se les baja la hinchazón como nos gustaría. Los pies son en adherencia, pero los cantos de mano son mucho mejores que en los anteriores largos. Pablo encadena el diedro diciendo “estoy metiendo rodillas, como en Baltzola”… No pierde el humor ni estando reventado. Yo también consigo encadenar el largo dosificando a tope los esfuerzos.

Salimos a la punta de la aguja sin poder creer lo que acabábamos de escalar. Sacamos unas fotos y disfrutamos del entorno. Hay varias nubes sobre el circo de Gavarnie, que, con la puesta de sol, le dan un toque muy especial. Rapelamos a la luz de las frontales. Esa noche las piedras del vivac que se clavaban en la espalda no nos molestarán. Estamos reventados y felices. Después de una cena de gala, nos dormimos. Estoy seguro de que esa noche, la estrella de Asier tendría un brillo especial.


 

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