«Y ahora qué» de Silvia García, ganadora del Concurso Desnivel de Relatos Cortos de Montaña (V)

Entre los 40 textos presentados nos hemos decantado por este hermoso relato que llegó a nuestras manos ávidas de historias, deseosas de leer un párrafo en el que querer continuar porque es diferente, es ágil, intenso y tiene una personalidad muy definida porque habla desde un lugar muy concreto en el que deseas quedarte a leer.

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Y ahora qué, por Silvia García
Y ahora qué, por Silvia García

«La historia, la montaña, la escritura y la lectura para salvarnos en este encierro» nos confiesa su autora, la escaladora Silvia García, que con una mezcla de estilos narrativo, periodístico, poético… nos lleva a su interior para desde allí mirar atrás, a lo que ahora nos inspira y nos conecta con lo que tanto amamos, y se va a una escalada emblemática de unos pioneros que también estaban viviendo un momento histórico duro, convulso y que sembraban en las paredes de granito sus sueños de libertad y expresión.

Después regresa a ese lugar donde la temática, la historia, lo que se cuenta no es lo principal, para viajar de la mano de esos recuerdos que nos han acompañado en estos días de encierro, para habitar el presente mientras inventa esos futuros que muchas veces forman nuestros sueños. En esa búsqueda de senderos que se caminan observando y escuchando.

Como siempre, muchos tesoros se quedaron guardados en sus cofres, aunque no en el fondo del mar, ya que hemos leído y disfrutado cada una de las aventuras y esperamos que algunas puedan ver la luz en otros formatos. Seguimos estando inmensamente agradecidos por vuestra participación.

Os recordamos que la última convocatoria (VI) ya está en marcha. Tenéis hasta el 18 de mayo para presentar vuestros relatos cortos que esperamos con alegría ¡venga un último apretón a ese texto a medio terminar!

De momento os dejamos con el  relato ganador de esta semana ¡Qué lo disfrutéis!

«Y ahora qué» de Silvia García

Me estallan las manos.

No puedo más, es frustrante, yo casi diría que desesperante. Esta fisura es demasiado ancha y profunda. No puedo asegurarla y, si lo hago, me quedo sin material. Imposible salir en artificial. Avanzar en libre hasta la siguiente reunión supondría una exposición desmesurada y, aunque me resista, la opción del artificial directamente ya está descartada. ¡Mierda!

Y pensar que solo hemos utilizado dos clavijas para llegar hasta aquí. Unos largos que, entre el artificial y escalar en libre, apenas entrañaron dificultad y ahora…

¿Ahora qué?

Observo cómo un buitre traza círculos ascendentes en este cielo rutilante, cómo va ganando altura mientras planea y se va fundiendo con la inmensidad de la atmósfera entre corrientes térmicas. 

Necesito respirar, que la sangre fluya por cada ángulo de mi cuerpo, recuperar el latido, la respiración y calmar este torbellino de pensamientos.

Necesito sentir mis manos, planimetría de un deseo que busca una salida. Ese mapa que me niego a mirar cada vez que salgo, porque en la montaña me gusta descubrir, aunque el terreno ya esté pisado. Solo busco pistas, señales que seguir, no quiero senderos marcados ni hechos, quiero rutas que se hagan observando y escuchando.

Porque mis manos hablan de mí, son un espejo de mi rostro curtido por los vientos de la sierra. Un relieve de arrugas, una cordillera de vida. La depresión que forman mis ojos no desprende la claridad de un glaciar, por el contrario, son dos oscuras cavidades que, en ocasiones, transforman mi mirada en una extensión desierta que me separa de la realidad. En esos momentos, podría cerrar los ojos y moverme por los relieves de la roca sin equivocarme, o recorrer senderos entre raíces, jaras y romero.

Solo tengo que cerrar los ojos.

Y al cerrarlos noto cómo se apacigua mi pulso y la sangre fluye por todos los recovecos de mi esqueleto, y se remansa en los meandros de mis manos, llenas de viejas cicatrices, de heridas labradas por el mármol, moldeadas por la roca, callosas y curtidas de aventuras. Piel áspera, que alberga sueños de escaladas y montañas. Y es curioso, porque la piel no deja de ser esa última capa que cubre un submundo de células sin vida. Nuestra parte más expuesta, la más visible, aquella que deseamos tocar, cuidar, proteger y no deja de estar ya muerta. El papel de regalo de un bonito cadáver.

Mientras, un vendaval me agita con estrépito furor, quiere moverse conmigo y tal vez por eso me invita a bailar una danza macabra de equilibrios y ululares violentos.

¿Por qué el viento ruge furioso y despierta ecos solemnes en este laberíntico santuario de riscos? Entretanto, las nubes están suspendidas sobre el horizonte, parecen antiguos dioses contemplando este perverso espectáculo.

Respiro profundamente, necesito llenarme de naturaleza, de la abundancia que me rodea. Necesito formar parte de este algo invisible que me envuelve y, a la vez, quiero fundirme en el paisaje y deshacerme en partículas para configurarme como parte de este todo.

Encrucijada de fisuras

Las palabras anteriores podrían ser el fragmento de un relato y transcurrir por una trama que trenza un argumento de vidas imaginarias. Pero la historia ya está escrita hace tiempo y la firmaron tres jóvenes escaladores –Ángel Tresaco, Teógenes Díaz y Juan Bautista Mato– que, en el verano de 1935, abrieron una vía legendaria, un hito de escalada en La Pedriza. En primavera, subieron por la normal, rapelaron y recopilaron los datos necesarios para idear una línea de escalada a la cara sur del Pájaro. Fue una estrategia novedosa y bastante audaz en su época. Unos meses después, un día de verano, decidieron vestirse su material de escalada: dos cuerdas de cáñamo atadas a la cintura, unas alpargatas con goma de neumático en la suela y algunas clavijas. Llegaron a la base del Escudo con relativa facilidad y aquí es donde surgieron los problemas. Una encrucijada de fisuras, tanto por el lado izquierdo como por el diedro de la derecha, presentaban la misma problemática: grietas anchas y profundas que no dejaban a Teógenes escalar en libre ni salir en artificial por la falta de material. Múltiples intentos fallidos y agotadores les hicieron replantearse su ascensión.

Quizá las ganas de escalar aquel risco, tal vez esa visión imaginaria de la vía y ese croquis creado de ilusiones les hace insistir en su empeño. Ángel Tresaco relató esta ascensión en un texto para la Revista Peñalara en el año 1973, y decía así : «Nos resistíamos a retroceder y en vista de ello, y previo un rápido examen visual, decidíamos intentar salir por la arista del diedro vertical unos 20 a 25 metros aproximadamente a las llambrias exteriores». Desde allí acceden a  la «plataforma en zona de la segunda placa, que estaba algo separada del plano lateral del diedro» y tras «no recuerdo si con una medio escala humana o algo parecido con la ayuda de Teo y de Mato» llegaron a «lo que pudiéramos llamar arista del plano lateral del diedro límite de la sombra en el dibujo dando vista a la gran placa vertical y a las llambrias de la cara sureste, hasta llegar a la altura del gran techo. Este tramo es en verdad difícil, no admite clavijas para una progresión en artificial». 

Probablemente es aquí donde empieza a escribirse una historia alucinante de escalada libre y exposición. «Se había levantado poco antes un fuerte viento racheado que nos obligaba a progresar únicamente en los cortos intervalos de calma», relata Tresaco, «y a quedarnos pegados a la roca –nunca mejor empleada la expresión– por adherencia, encogido el cuerpo y en tensión, próximos nuestra cara y el granito y, como digo, en tensión brazos y manos y con el temor y la desconfianza metidos en el cuerpo». 

Temor y desconfianza de una época en la que estaba todo por descubrir, una escalada por «la superficie inmensa de esta gran placa completamente lisa», continúa el escalador, «de granito rubio y ligeramente abombada, así como la que le sigue, más movida y, en general, este enorme conjunto de planos a plena luz, de vuelos en transparente sombra, de diedros en fin, verticales o en vuelo según el mirar y de accidentado o recortado perfil, nos empequeñecían, pero no obstante, sintiéndolo, corría por nuestro interior la alegría».

Justo ahora

Y este pasaje, aquella vía, esa época y sus protagonistas son los que en estos días de confinamiento han hecho perderme en la montaña. Como el pasaje de aquel libro que tanto te gustó o descubrió y vuelves una y otra vez a releer.

En breve volveremos a (re)encontrarnos los unos con los otros y nos tocará modificar planes que nos conducen no se sabe muy bien a qué. Volveremos a ser y volveremos a ser muchos. Y esas ganas de escalar que hemos cocinado a fuego lento durante estos días de encierro irá saliendo al monte entre aristas y esquirlas de miedo.

Aparcaremos los miedos, nos asomaremos a un abismo de «nuevas libertades», nos adentraremos en cuevas de libres interpretaciones y bajaremos a simas de responsabilidades colectivas. 

Entretanto, y poco a poco, llegarán otra vez las prisas y echaremos de menos la calma de estos días cuando la Parca del tiempo nos regale la cadena de la rutina.

Pero ahora, justo AHORA, a punto de que se cumplan 85 años de la escalada a la Sur del Pájaro,  a punto de pasar a otras fases en este nuevo cambio de modelo social que nos ha tocado vivir, he decidido pararme en aquella repisa, en aquel cruce de fisuras y observar el poso que van dejando estos meses de encierro, y me niego a que la celeridad de la costumbre me obligue a perderme lo extraordinario de la montaña, un vacío que, en este tiempo, se ha ido llenando con lecturas de legendarias y visionarias escaladas y que han abierto esa puerta y me ha hecho volver a sentir la roca, a oler a jara, a tierra, a escalada a pesar del temor y la incertidumbre de este nuevo largo.

«Qué placer al saborear lo dulce después de lo amargo, el descanso cuando sigue a la fatiga de un esfuerzo continuado o la calma y la confianza al superar el peligro …».

Ángel Tresaco, Revista Peñalara 396-1973. 

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