Miércoles 23 de noviembre a las 19 h

Presentación de «Prohibidas pero no vencidas» en la librería Desnivel

Daremos la bienvenida a este maravilloso libro en la Librería Desnivel junto a Carlos Beltrán, su autor, y la gimnasta olímpica Diana Plaza, el miércoles 23 a las 19h, para hablar de mujer, deporte, aventuras y rebeldía.

Tarjetón presentación Prohibidas
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¿De lo que no se habla no existe? ¿Lo que no se recuerda no inspira? ¿Cómo cambiar la historia sin conocerla?

Todo esto son preguntas que me surgen al leer Prohibidas pero no vencidas, y las respuestas me dan un poco igual porque estoy tranquila: hay un lugar pequeño, hermoso, cuidado, contrastado, documentado, ilustrado con unas preciosas fotografías que a veces te dejan sin aliento; esas miradas, esa alegría, ese desafío, esa normalidad, esos cuerpos. En el que sí existen, en el que sí ha pasado todo eso que se cuenta. En el que podemos reescribir, entre cuerpos, sudores, dolores, alegrías y rebeldías. Y eso me da mucha calma. Por eso es tan recomendable este libro.

A través de una selección de episodios de los siglos XIX y XX, Prohibidas pero no vencidas, con un estilo informal y divertido, revela cómo distintas precursoras de buena parte del mundo, siendo míticas y pioneras en su tiempo, concienzudamente ocultadas primero y olvidadas después, influyeron en la práctica masiva del deporte entre las mujeres.

Y, por supuesto, no fue un camino fácil ir en contra de la idea hegemónica sobre lo que una mujer tenía o no tenía que hacer. Como se verá en el capítulo que compartimos a continuación, los medios de comunicación, los médicos y hasta los ministros de la iglesia decían cosas como «que las mujeres jugasen al rugby era peligroso, médicamente hablando y aborrecible, moralmente hablando».

Y este libro habla de ellas, mujeres que eligieron derribar muchos muros que los prejuicios y la ignorancia llevaban levantando durante siglos.

¡No te pierdas la presentación! Hablaremos de todo esto y mucho más.
Será el miércoles 23 de noviembre, a las 19 h, en la librería Desnivel de Madrid (c/ Plaza Matute 6, Metro: Antón Martín).

Tarjetón presentación Prohibidas

Lee gratis el capítulo 6. Diques de contención, olas rompientes

Lady Constance Villiers y lord Frederick Stanley, de Preston, tenían ocho hijos y dos hijas. A él lo nombraron gobernador general de Canadá.

Cuando llegaron a Canadá les gustó ver esa adaptación del hockey hierba que allí se practicaba con un disco y unos patines sobre láminas de hielo. Y esa afición se la supieron transmitir a su prole. Una de sus hijas se llamaba Isobel.

Isobel Stanley, que había nacido en 1875, fue fundamental para que su padre se lanzase a crear un gran torneo de hockey en todo el país, el primer torneo se jugó en 1883, y el premio de aquel y de los cientoventitantos siguientes hasta hoy se llama la Copa Stanley. Como Isobel se casó con John Francis Gathorne-Hardy, se la conoció como Isobel Gathorne-Hardy, y esa es la razón de que el gran premio individual femenino del hockey sobre hielo actual se llame Premio Isobel Gathorne-Hardy, y no Isobel Stanley. Sin embargo, el trofeo que se lleva el equipo campeón de la liga femenina es la Copa Isobel, a secas, aunque esa es otra batalla.

El primer partido femenino de hockey sobre hielo se jugó en Ottawa, en 1891, y el impulso de Isobel fue fundamental para que eso sucediese.

Ya vamos viendo que con la vocación aventurera de nuestros descubrimientos nos invade un espíritu giróvago y la curiosidad nos lleva a lugares inesperados. Sin cruzar aún la frontera imaginaria trazada en el tiempo —que es una entelequia— que separa el cambio de siglo xix al xx, despegamos de la capital de Canadá (desde hacía treinta y cuatro años en ese momento) y, sobrevolando el Pacífico, llegamos a la tierra de la gran nube blanca para conocer a una empresaria deportiva que encontró que la sociedad más avanzada en derechos civiles e igualdad aún dejaba algunas cositas que desear.

Nita Webbe, de Auckland, en el mismo 1891 de hace un par de párrafos, tuvo la brillante idea de organizar los primeros equipos femeninos de rugby. Su propósito era seleccionar a treinta deportistas para montar una gira de partidos de exhibición, y después, ya se vería.

En la Biblioteca Nacional de Nueva Zelanda hay un archivo de papeles del pasado en el que se pueden encontrar algunos datos. Por ejemplo, que Nita Webbe colocó anuncios en algunos de los principales periódicos del país en busca de aspirantes. Las interesadas tenían que llegar al punto de encuentro con el consentimiento firmado de sus padres, y una vez realizadas las pruebas, si eran seleccionadas, los gastos del viaje a Auckland serían reembolsados por Nita. El objetivo, en principio nada descabellado, era formar a treinta jugadoras, crear con ellas dos equipos y, cuando ya estuviesen preparadas para dar un buen espectáculo deportivo, salir de bolos por las colonias australianas para terminar con varios partidos en Nueva Zelanda y generar allí el germen necesario para afianzar el rugby entre las deportistas neozelandesas.

¿Alguna cosa más que sepamos de aquella idea disruptiva? Bueno, por añadir detalles, las candidatas debían llevar a las pruebas «gymnasium suits with a jersey, knickerbockers and short skirts», es decir, trajes de gimnasia con un jersey, pantalones cortos y faldas cortas, y además el pelo cortito para evitar tirones. Todo esto, en junio de 1891.

Entonces sucedió algo que no entraba en esos planes, de primeras muy bien calculados, de Nita Webbe. La misma prensa que no tuvo problema en cobrar por unas inserciones publicitarias se convirtió en una inesperada enemiga. Se publicaron artículos con comentarios muy negativos sobre el proyecto, algunos decían que era inmoral que las jóvenes se comportaran así, preparándose para ser parte de un espectáculo deportivo, otros recurrieron a la igualmente tópica preocupación por la seguridad de las jugadoras practicando una disciplina con esa carga de violencia en su esencia. Las pobres muchachas desvalidas, ya sabes.

La realidad es que acudieron un número suficiente a Auckland, que se seleccionó a treinta, que comenzaron a entrenar, que durante seis semanas la prensa y los poderes que la manejaban enseñaron las uñas a la propuesta y que se organizó lo que ahora llamamos una tormenta mediática. Llegaban a decir que el juego del rugby destruiría la dignidad de las deportistas. En fin, que aquello se disparó. Nita tuvo que recalcular sus esfuerzos económicos, porque una cosa es organizar algo sin que te ayuden y otra muy diferente es organizarlo en contra del mundo.

La aventura se quedó ahí.

Mientras el rugby no encontraba aceptación social en absoluto en Nueva Zelanda, al hockey sobre hielo las cosas no le estaban resultando tan espinosas. En la década de 1890 se introdujo a nivel universitario. En Montreal, en Toronto, en Kingston. En 1899 un equipo de Edmonton era protagonista del anuncio de los patines Starr Acme Club.

Cuando llegó la Primera Guerra Mundial las ligas femeninas de hockey se convirtieron en las más seguidas, los jóvenes estaban ocupados redibujando fronteras por aquí y por allá. Fue el momento en el que aparecieron las primeras grandes estrellas femeninas del hockey hielo, en la segunda mitad de la década de los 10.

En 1921, las Vancouver Amazons, las Victoria Kewpies y las Seattle Vamps compitieron en un campeonato de la Asociación de Hockey de la Costa del Pacífico.

Y ya que hemos llegado a 1921, volvamos a Nueva Zelanda, que aún nos esperan algunas kiwis para que conozcamos sus peripecias. Recordemos que la semillita de Nita Webbe quedó plantada, y en 1898, momento en que las neozelandesas ya llevaban seis años con derecho al voto, aunque aún no a ser votadas, se propuso la creación de un club femenino de rugby en Ngaruawahia, un pueblo de la región de Waikato, en la isla del Norte. Fue uno de los pocos de los que hay noticia hasta que llegó la Primera Guerra Mundial y empezaron a organizarse partidos para recaudar fondos para los gastos sobrevenidos que ocasionaba la guerra, partidos en los que, como puedes imaginar, la dignidad, la salud y la moralidad de las jugadoras habían pasado a no ser relevantes. Sabemos que, en el Athletic Park de Wellington, la capital neozelandesa, en mayo de 1915 se celebró un partido patrocinado por el Oriental Club y respaldado por la Wellington Rugby Union, y que hubo algún otro en otros campos de la ciudad y de todo el país. Procurando aprovechar esa grieta que había quedado abierta, en 1921 se fundó el Wellington Ladies Rugby Football Club, la fenómena que tuvo el empuje fue Phyllis Dawson. Su propuesta pasaba por organizar algún partido de demostración e ir captando adeptas. El Poneke Club ofreció al equipo de Phillys su gimnasio los domingos por la mañana, como un gesto de tremenda generosidad. Y desde Auckland, la otra gran ciudad neozelandesa, llegaban noticias de que se estaba montando una liga para equipos femeninos. Todo parecía ir suficientemente bien para empezar o, mejor dicho, para volver a empezar.

Los medios de comunicación, para darle salsa al intento de Phillys Dawson y todas sus seguidoras, recabaron las opiniones de médicos y de ministros de la iglesia ¿Y sabes qué dijeron? Lo resumo: que las mujeres jugasen al rugby era peligroso médicamente hablando y aborrecible moralmente hablando. Y entonces fue Phillys la que tuvo que echarse para atrás porque ante semejantes teorías terraplanistas ningún club cedía el campo para que pudiesen jugar. Phillys Dawson dijo a la prensa que las mujeres deseaban ejercicio y libertad física. Sus palabras fueron estas: «¿Qué es mejor para un grupo de chicas jóvenes: estar al aire libre jugando o sentadas en un salón mal ventilado sin otro objetivo a la vista que parecer elegantes?». Aún hoy hay personas que no saben qué contestar.

LA UNIÓN DE  RUGBY DE  NUEVA ZELANDA ACEPTÓ LA RESPONSABILIDAD SOBRE EL RUGBY FEMENINO EN 1992.

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