40 ANIVERSARIO DE LA PRIMERA SIN OXÍGENO

Messner y Habeler, los “locos” que ignoraron las leyes de la naturaleza en el Everest

Voces prestigiosas, respaldadas por cálculos científicos, dijeron que era imposible llegar a la cumbre del Everest sin oxígeno. Reinhold Messner y Peter Habeler demostraron que se equivocaban hace hoy 40 años.

Autor: Ana Torres | 1 comentario | Compartir:
Reinhold Messner y Peter Habeler en el International Mountain Summit 2014.  (© Darío Rodríguez/DESNIVEL)
Reinhold Messner y Peter Habeler en el International Mountain Summit 2014.   ©Darío Rodríguez/DESNIVEL

Científicos, funcionarios de las asociaciones alpinas y también muchos alpinistas les decían no, no es posible, solo los idiotas como vosotros se atreven a ignorar las leyes de la naturaleza, es imposible respirar en la cumbre del Everest. Pero Reinhold Messner y Peter Habeler intuían que se podían alcanzar sus 8.848 metros sin bombonas ni respiradores o, al menos, merecía la pena probarlo. “Sabíamos que los sherpas habían llegado a esa cota sin oxígeno y que una expedición suiza de los años 50 fue sin él hasta pasado el Collado Sur. Al final, era un tramo de 400 o 500 metros más”, recuerda Habeler muchos años después.

El 8 de mayo de 1978 Messner y él consiguieron probar que los científicos se habían aproximado al resultado pero habían hecho mal la cuenta final. “Cuando me encontré sobre la cumbre del Everest no pude respirar a fondo en libertad —escribió Messner en el libro Vida de un superviviente—. El contenido de oxígeno en el aire era demasiado bajo, había poco sitio, la ventisca reducía la visibilidad y además debíamos bajar cuanto antes”.

Era cierto que se respiraba mal en el último tramo del Everest, pero quedaba un hilo en el que cupieron el oxígeno, la exploración y el éxito.

«Esperaba el momento en el que me volvería un poco loco»

“Estaba más asustado antes de escalar. Según ganamos altura, me sentí como en los Alpes. No pensaba en los problemas del oxígeno, estaba concentrado en cada paso que daba”, dice hoy Habeler. “Claro que esperaba el momento en el que me volvería un poco loco, me refiero a no poder avanzar más, pero esperé y esperé y, gracias a Dios, nunca llegó”.

Messner vivió el último tramo como una eternidad lenta y pesada donde no solo las piernas habían perdido su energía, también la cabeza carecía de voluntad y capacidad de juicio. “En la cumbre no hubo euforia alguna, todo quedó reducido al mínimo. Lo que sentíamos era humildad, no arrogancia. Tal vez también miedo. La sensación de estar seriamente amenazados permaneció viva hasta que descendimos al Valle del Silencio. Nuestra tentativa de ascender sin oxígeno, sin información meteorológica recibida por satélite, sin dopaje, sin tecnología punta y sin una pista trazada se había saldado con éxito”.

Una cordada kamikaze

Antes de conseguir la cumbre del Everest sin oxígeno, Messner y Habeler eran los descerebrados gemelos terribles empeñados en un plan absurdo. Después, dos estrellas del alpinismo que inauguraron una nueva forma de entender este deporte. En medio, una cordada que se entendió bien y que supo elegir la estrategia adecuada.

Decía uno: “Messner y yo pensamos que podía hacerse si íbamos ligeros, nada de grandes mochilas, y eso fue la clave de nuestro éxito”. Explicaba el otro: “Ambos teníamos una meta común, una estrategia conjuntamente trabajada y máxima confianza recíproca. Yo no me habría atrevido a subir el Everest sin oxígeno con ninguna otra persona”.

Detrás tenían un equipo compuesto por diez alpinistas más. Algunos también hicieron cumbre en aquella expedición y entraron en la lista de los que lo habían coronado en Everest con oxígeno, que en aquel momento sumaba menos de 70 personas. Fueron Horst Bergmann, Robert Schauer y Wolfgang Nairz (3 de mayo); Oswald Ölz y Reinhard Karl (11 de mayo) y Franz Oppurg (14 de mayo). No llegaron hasta arriba Helmut Hagner, Hanns Schell, Raimund Margreiter y Josl Knoll.

Everest para todos

En 1978 el Everest era todavía una criatura salvaje, pero 40 años después es un objetivo que las expediciones comerciales han domesticado. Reinhold Messner menciona con frecuencia esta realidad en sus libros, donde dice no entender “qué puede atraer a un aventurero a una montaña a la que han robado ya sus secretos, sus peligros y hasta su grandeza”.

“A principios del milenio yo pensaba que en el futuro, en diez años, nadie más subiría al Everest o al K2 empleando oxígeno, y que se haría solo con los propios pulmones y confiando en las propias fuerzas. […] ¡Cómo me equivoqué! Hoy, la mayoría de los que aspiran a subir al Everest llegan allí en expediciones comerciales que les suben al techo del mundo por una vía completamente preparada”.

Messner y Habeler desafiaron a las grandes voces de la época y salieron airosos de lo que muchos consideraron una estupidez. Hoy son ellos los que tienen argumentos respetados. “Hay demasiada gente en el Everest y creo que…”, frena con cautela Habeler. “En fin —sigue— , creo que algunos no deberían estar. Muchos piensan que subirlo es un récord, pero no lo es, hace falta tener sentimientos hacia las montañas”.


 
Comentarios
1 comentario
  1. Interesante. Me impacto mucho y me enseño que debo ser mas humilde.

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