GRANDES CLÁSICOS

Lionel Terray: ‘Mi encuentro con Lachenal’

Os ofrecemos un extracto de un capítulo de Los conquistadores de lo inútil, un clásico de la literatura de montaña, en el que Lionel Terray relata su encuentro con Louis Lachenal. Acabarían formando la cordada francesa más potente de la época realizando actividades tan importantes como la segunda ascensión de la norte del Eiger. Ambos morirían jóvenes: Lachel con 35 años, Terray con 45.

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Lionel Terray en la portada de Paris Match (2 de octubre 1965) que le dedicó un reportaje tras fallecer escalando en Vercors el 19 de septiembre de aquel año
Lionel Terray en la portada de Paris Match (2 de octubre 1965) que le dedicó un reportaje tras fallecer escalando en Vercors el 19 de septiembre de aquel año

Mi encuentro con Lachenal

(Capítulo tomado del libro «Los conquistadores de lo inútil» de Lionel Terray)

Durante el verano de 1945 mi destino cambió. El alpinismo, que hasta entonces había sido la afición dominante de una vida aún sin definir, se convirtió en mi pasión, en mi tormento y en mi trabajo.
El tiempo era excepcionalmente bueno y estable. Durante la semana, junto con los otros instructores, llevábamos a nuestros alumnos todos los días hasta las cumbres. Aunque no eran ascensiones de gran categoría, resultaban largas y difíciles, y lo lógico era que el sábado, tras haber realizado cuatro o cinco escaladas sucesivas, hubiera tenido un merecido descanso. Pero no ocurría así: en lugar de calmar mi pasión, estas escaladas no hacían más que exaltarla, y aspiraba a emplear mis energías intactas en combates más duros.
El fin de semana, a veces sin haber pasado ni un momento por mi casa, partía de nuevo hacia las cumbres con el primero que aceptaba seguirme. Cuando, con el alba del domingo, el disco del sol aparecía detrás de las brumas azuladas de la lejanía haciendo enrojecer repentinamente las mil llamas de piedra que hay por encima de la tierra de los hombres y lanzándolas hacia el cielo, nosotros ya luchábamos desde hacía tiempo persiguiendo la grandeza y la belleza.
Acumulaba ascensiones a un ritmo vertiginoso, realizando cinco o seis seguidas. Incluso otras veces, cuando estábamos de vuelta en el refugio antes de mediodía, me esforzaba por convencer a un amigo para acabar la jornada con una nueva escalada. Nada era más importante para mí. Esta pasión frenética me devoraba por completo. Viviendo a las puertas del cielo, había olvidado que pertenecía a la tierra. Mal alimentado por el ejército, estaba tan delgado que daba miedo, mis ojos parecían inmensos y mi cara estaba demacrada. El equilibrio en mi casa se estaba rompiendo: cansada de que prefiriese la montaña a ella, mi mujer amenazaba con dejarme. Pero nada me afectaba, ni el cansancio ni las penas del corazón. Las cimas estaban allí, centelleantes bajo la luz, y su llamada era más fuerte que mi razón.
 En esta época, los oficiales de la E. H. M. eran todos más o menos alpinistas y Édouard Frendo, que dirigía una parte de los cursos, era uno de nuestros mejores montañeros. Con excepción de uno, todos estaban muy dispuestos y se mostraban muy comprensivos con las tareas voluntarias, incluso se diría manifiestamente humillados en relación con los monitores asalariados. Peor pagado, yo vivía prácticamente como un civil. Aparte de la instrucción, a la que me entregaba con la misma pasión que al resto de actividades, no se me pedía casi nada. La vida hubiera sido maravillosa sin cierto capitán mezquino y puntilloso al que, no contento con aburrirnos con discursos y conferencias sin fin, se le metió en la cabeza hacerme respetar un poco más la disciplina militar.
Alpinista timorato y mediocre, envidiando sin duda mi facilidad y mis éxitos, comenzó a buscarme las cosquillas con detalles ridículos. La primera vez la tomó conmigo porque no llevaba ni galones ni insignias, pero así y todo, el motivo no era demasiado importante para dejarme sin mi día libre de domingo. La segunda vez consiguió sorprenderme sin la boina a diez metros de los cuarteles; eso era, o parecía ser, un crimen, una actitud de dejadez, una falta de respeto incalificable, y me advirtió que desde ese momento no podría salir más a la montaña en domingo sin pedir permiso. Afortunadamente, el comandante no me lo negó jamás.
Finalmente, ¡un día triunfó mi enemigo! Durante la semana, una violenta fiebre me tuvo abatido pero, el viernes, las fuerzas comenzaron a refluir a cálidos borbotones en mis músculos. El cielo estaba de un azul de sueño. Allí arriba, la montaña me llamaba con voz potente. Me fue imposible resistir. Con las piernas todavía un poco flojas, bajé al pueblo en busca de un compañero. En la plaza de correos, entre las grises construcciones sin estilo y sin gracia, la multitud disfrazada del Chamonix estival se agitaba en todos los sentidos. En mitad de gordas mamás en pantalón corto y de jefes de oficina ataviados con gorras de carnaval, me encontré por casualidad con un alpinista parisino de cuyas dotes de escalador de roca me habían hablado muy bien: el doctor Jacques Oudot.
Oudot fue, más tarde, uno de mis compañeros de la expedición al Annapurna, en la que su coraje y su abnegación fueron ejemplares. Pero en esa época apenas le conocía. A primera vista, este hombre, ya famoso cirujano, no tenía para nada el físico de un escalador virtuoso. Pequeño, achaparrado, casi calvo, con la tez pálida y nada guapo de cara, parecía mucho más unhombre de ciudad marchitado por el aire maloliente de los laboratorios y de los hospitales. Pero, cuando te acercabas a él, tanto sus pequeños ojos oscuros, profundamente hundidos en las órbitas, como toda su persona, desprendían una extraordinaria impresión de energía. De hecho, es uno de los alpinistas más valientes que he conocido jamás, y su asombrosa fuerza era desproporcionada si se comparaba con su físico.
Desde el primer contacto, le tomé una gran simpatía y, sin preámbulo alguno, le pregunté si quería venir conmigo a intentar la cara norte de los Drus.
A pesar de la gran reputación que encerraba todavía esta pared, aceptó sin dudar. En aquel tiempo, la cara norte de los Drus sólo había sido escalada cuatro veces. Todas las cordadas habían debido vivaquear y el pasaje clave, la fisura Allain, pasaba por ser una de las más difíciles de los Alpes. Previendo pasar la noche en las plataformas del pequeño glaciar suspendido que corta la pared a media altura y que se llama el nicho, habíamos cogido el primer tren para el Montenvers, y a media mañana subíamos lentamente, bajo un sol implacable, a través de los empinados pastos cubiertos de rododendros.
El aire estaba lleno de esa lánguida suavidad que confiere el viento del sur y nos parábamos a menudo. Oudot estaba feliz como un crío y parecía que había rejuvenecido diez años. Cuando sonreía, su aspecto un poco torpe y brutal se transformaba en una asombrosa dulzura.
A pesar del calor agobiante y de los restos de cansancio dejados por la enfermedad bastante misteriosa que me tuvo fuera de combate durante varios días, comenzamos la escalada en las primeras horas del mediodía. Mientras progresábamos bastante lentamente por penosas fisuras, enormes ráfagas de piedras pasaban por encima de nuestrascabezas, desapareciendo en el vacío de 300 metros que se abría por debajo de nosotros. El verano había sido seco y con el calor del final del día lo más normal eran las caídas de piedras.
Habíamos remontado la fisura Lambert cuando un desplome me pareció demasiado difícil para ser franqueado conservando sobre la espalda la pesada mochila que lastraba mis hombros. Estaba vuelto hacia atrás para confiar mi carga a Jacques, con la finalidad de poder izarla después con la cuerda. Ataqué el desplome, y presas que no había visto desde abajo me permitieron subir más fácilmente de lo que había pensado. Un restablecimiento más y pondría pie en un corredor poco inclinado, pulido por la erosión. Mi cabeza emergería entonces por encima del abismo. Pero fue entonces cuando me percaté de la existencia de un bloque gigantesco de unos 30 metros cúbicos que, colocado en mitad del hielo de el nicho, se puso a rodar hacia mí con un lento movimiento.
A toda velocidad, me acurruqué bajo el desplome esperando verle derrumbarse por el peso de la enorme masa de piedra. Se oyó un enorme estruendo. Llevado por su impulso como un saltador de trampolín, el bloque pasó a menos de un metro de mí, continuó su loca carrera durante 20 o 30 metros a lo largo de la pared para luego, con el zumbido que hubiera producido una bomba, abatirse volando sin parar hasta la morrena, desde donde se elevó rápidamente una nube de polvo.
Cinco alpinistas que se preparaban para instalar su vivac a cierta distancia me contaron más tarde que el bloque había cavado en el hielo un cráter de unos dos metros de profundidad.
Paralizados por el miedo, nos quedamos en el mismo sitio hasta que la helada nocturna fijó de nuevo la montaña, y sólo continuamos la escalada cuando la noche hubo alcanzado el silencio infinito de las estrellas.
Pero el corredor situado bajo el nicho se había transformado en un torrente debido a una jornada demasiado cálida. La oscuridad nos restaba habilidad y nos impedía escalar las placas más delicadas, situadas a una y otra parte del fondo del corredor. Debimos subir por el mismo torrente y, completamente calados, alcanzamos el emplazamiento de nuestro vivac

Desafortunadamente, el viento cambió. Venía del norte y se había tornado violento y glacial. En la cara en la que estábamos nos daba de frente y nos traspasaba.
En esta época, los alpinistas no disponían del cómodo material de vivac que, hoy, permite resistir casi sin sufrimiento las noches más glaciales. Además de la ropa que llevaba puesta para la escalada, sólo disponía, como protección suplementaria, de una malísima chaqueta de plumas apenas más caliente que un vulgar chándal y de un chubasquero impermeable remendado con innumerables trozos de esparadrapo. No tenía nada para proteger mis piernas, donde el pantalón mojado pronto se quedó tieso por el hielo.
Empapados como estábamos, la noche fue muy dura. En esta cara norte, el sol sólo da muy tarde por la mañana. Era imposible esperarlo. También debimos emplear mucho tiempo en desentumecer nuestros músculos y reemprender la escalada sobre una roca glacial. Algunos pasajes difíciles nos calentaron y estábamos peleándonos con la famosa fisura Allain cuando detrás de nosotros surgieron sucesivamente siete alpinistas. Por un singular efecto del destino, aquel día había en esta cara más hombres juntos de los que ésta había visto en toda la eternidad. Por su gracioso acento, reconocí que los cinco primeros eran de Niza, del famoso equipo que, desde hacía algunos años, había devorado las escaladas del Delfinado. Los otros dos eran guías de Chamonix: Félix Martinetti y Gilbert Ravanel, muy conocidos por su espíritu deportivo y su desinteresado amor por la montaña. Todos estos escaladores habían atacado al despuntar el día, calzados con ligeras alpargatas, sin llevar ningún material de vivac. Se elevaban con gran rapidez, que una simpática imitación pronto llevó a un grado extremo. Desafortunadamente, nuestra presencia en la fisura iba a detener su impulso, ya que intentando remontar penosamente este pasaje, permanecimos un tiempo exageradamente largo. Cansado de esperar, Martinetti, sin duda para poder mirar la parte más escarpada de la cara oeste, tomó una vira de la derecha. Cuando llegó al final de esta pequeña plataforma, le pareció posible escalar una fisura: después de algunos restablecimientos y dos pitones, estaba en una nueva vira 20 metros por encima. Acababa de descubrir el auténtico punto débil de la muralla; desde entonces, casi todas las cordadas han seguido este tramo. Inclinándose en el vacío, Martinetti me lanzó una voz de ánimo. Se nos había empotrado una mochila, estábamos todavía en plena faena en nuestra fisura, y los siete alpinistas pasaron sucesivamente por encima de nosotros. Más arriba, conseguimos alcanzar a nuestros rápidos antecesores y todos juntos efectuamos el descenso al refugio de la Charpoua.
Entonces, por segunda vezen veinticuatro horas, la muerte pasó a mi lado. Estábamos en un corredor casi vertical, bajaba el primero y Jeanne Franco acababa de reunirse conmigo en una pequeña plataforma. En ese instante, un violento ruido de piedras se oyó por encima de nuestras cabezas; grandes bloques bajaban a toda velocidad hacia nosotros, rebotando de una pared a otra en fantásticos brincos. Uno de ellos, con un peso de al menos siete u ocho kilos, se hundió entre nosotros.
No alcanzamos el refugio de la Charpoua hasta el principio de la noche. Después de la corta pero violenta enfermedad que me había mantenido en la cama a lo largo de la semana, esta dura escalada y este vivac glacial fueron una singular convalecencia y estaba anormalmente cansado.
Al día siguiente, hacia las nueve de la mañana, yo debía estar en la escuela de escalada de los Gaillands, pared rocosa situada a la entrada deChamonix, para dar un curso a los cursillistas de la E. H. M. Envueltos por el feliz ambiente que siempre reina a la vuelta de cualquier recorrido, engullimos algunos trozos de comida que aún quedaban en el fondo de la mochila y, tras tener la precaución de poner la alarma del antiguo despertador de la cabaña a las seis de la mañana, me tumbé sobre los jergones y me dormí rápidamente en un sueño sin sueños. Pero, cuando me desperté por la mañana, el reloj marcaba las ocho.
Me invadió una violenta contrariedad. La verdad es que aunque yo no estuviera en el curso de escalada, la tierra continuaría girando y nadie me comería; pero mi sentido del deber se rebelaba. Era imposible estar en los Gaillands a las nueve, pero, corriendo como un loco, todavía podía llegar a las nueve y media, antes incluso de que la lección hubiera comenzado en serio. Sin perder un instante, arrojé mi mochila sobre la espalda y me precipité por la pendiente.
Bajé en un instante las placas empinadas de debajo del refugio, no sin asumir el riesgo de romperme el cuello. Con la agilidad de un rebeco, descendí a toda prisa las morrenas y, veinte minutos más tarde, estaba en el glaciar. Corriendo tan deprisa como si mi vida estuviera en juego, me bastó apenas más de media hora para llegar al Montenvers. Aún faltaban veinticinco minutos de descenso desesperado para que, empapado de sudor, con los pies ensangrentados,estuviera en Chamonix. Gracias a mi moto, algunos minutos más tarde llegué a los Gaillands…
Las primeras cordadas apenas empezaban a elevarse por la roca y, si hubiera estado limpio y afeitado, mi retraso habría pasado inadvertido. Pero mi cara estaba negra debido a una barba de tres días y un pedazo de mi pantalón colgaba lamentablemente, dejando ver una de mis nalgas. Lo confieso, mi aspecto no tenía nada que ver con la rígida eleganciamilitar. Viéndome así ataviado, a nuestro puntilloso capitán le atacó una irascible cólera. Con los ojos fuera de las órbitas, los pómulos rojos, su larga nariz apuntando hacia mí como una pistola, me tuvo firme durante más de diez minutos, dándome una lección de moral que ya hubiera sido ridícula para un soldado, pero que, tratándose de un sargento de veinticuatro años, cuya conducta en combate había sido citada como ejemplo, sobrepasaba lo increíble.
El furor y el desprecio hacían brillar mis ojos, mis dedos agarraban el pantalón para impedir que le diera un puñetazo. Pero me contuve. Este imbécil con galones me mandó enseguida a mi trabajo y, con una impecable media vuelta sobre mis pies, le di la espalda sin remisión, pero el espesor de su cerebro le impidió que se diera cuenta de la cómica situación.
Durante toda la mañana, bajo un sol plomizo y con la gargantaencogida por una sed atroz, hice subir y bajar a los aprendices de escalador. A la hora de la comida, cuando me preparaba para descender, vi llegar a nuevos alumnos. Cuando les pregunté a qué venían, me explicaron, no sin algunos comentarios descorteses, que el capitán les había dado la orden de que vinieran a escalar conmigo durante todo el tiempo que durase la comida.
Sólo hay una cosa que dé noción de lo que es el infinito: la tontería dealgunas personas.

Fue durante esta temporada de 1945 cuando hice mis primeros recorridos con el que habría de convertirse en el maravilloso compañero de mis más grandes ascensiones alpinas: Louis Lachenal.
Le conocí a comienzos de la primavera, cuando debido a un permiso me detuve en Annecy a esperar un tren. Como no sabía qué hacer durante ese rato, me fui a pasear por las calles, y me encontré a unjoven pobremente vestido, que con una mano empujaba una vieja bicicleta y que llevaba una lechera en la otra. Se me acercó y, sin ninguna discreción, me preguntó:
-¿No es usted Lionel Terray?
Su cara pálida y delgada, en la que brillaban dos ojos muy vivos, me era desconocida. Además, su mal aspecto me hizo pensar por un momento que se trataba de un parado. Después de contestar afirmativamente, le preguntécuál era su nombre. Me dijo que se llamaba Lachenal y, entonces, recordé de pronto que hacía dos o tres años me lo habían presentado en una calle de Chamonix. En aquella época, el uniforme y el gorro de J. M. le daban otro aspecto. Había oído hablar bastante de él a mi amigo Condevaux, del que fue compañero de escalada. Sabía que era un escalador excepcionalmente dotado y que, en 1942, había sido el mejor del curso de jefe de cordada, refugiándose posteriormente en Suiza para huir de la guerra

Le invité a tomar una cerveza en un bar que estaba cerca de la estación. Lachenal era más bien hablador, de un temperamento vivo y curioso, y su conversación era rápida y cargada de un gran sentido del humor. Como faltaba mucho para que saliera mi tren, pudimos hablar bastante. Alabé la vida apasionante que llevábamos en el frente de los Alpes, pero él, con un ligero acento de la Suiza francesa y usando un rarísimo vocabulario, en el que semezclaba el argot de Lausana y el habla coloquial de la Saboya, expresó con vehemencia que le horrorizaba la guerra y el ejército. Me explicó que no tenía trabajo y que, mientras esperaba encontrarlo, vivía de «una pequeña herencia». No parecía afectarle su situación material, que era claramente penosa.
-Al final, todo se arreglará -decía-. Mientras, quiero seguir escalando. Un amigo tiene un coche viejo y también pasta. Todos losdomingos podremos ir a Chamonix para escalar. ¡Sería magnífico conquistar las Aiguilles du Diable!
Lo que más le contrariaba era carecer de un equipo adecuado. Tenía unas botas de clavos que él mismo había arreglado:
-¿Sabes? Tengo un amigo que es zapatero y le observo cuando trabaja. No es un mal oficio; ahora lo hago tan bien como él.
Pero el problema eran lasalpargatas: sólo tenía una.
-¿No podrías encontrarle una hermana? -exclamaba con una alegre carcajada mientras sacaba de un cesto una vieja zapatilla de tenis reforzada con trozos de cuero.
Tras este primer contacto, Lachenal no me sedujo nada, porque, aunque su pasión simple e ingenua por la montaña me agradó, su antimilitarismo y su forma de hablar me irritaron.
LaEscuela de Alta Montaña ocupaba un hotel por encima de Argentière, completamente al fondo del valle. Como mi mujer vivía en Chamonix, cuando yo no estaba en la montaña recorría una o dos veces al día los 10 kilómetros que separan ambas localidades en una vieja moto. Un día en que atravesaba Argentière, vi a Lachenal en medio de un grupo de alpinistas y me acerqué a saludar. Me explicó que había encontrado una plaza como monitor en la Unión Nacional de Centros de Montaña, una granorganización que acababa de crearse para el desarrollo del esquí y del alpinismo popular, y que había instalado un campamento allí.
Posteriormente, volvimos a encontrarnos a menudo.
Cada vez que atravesaba la ciudad, iba a visitar la vieja granja en la que Lachenal había alquilado una habitación. Allí vivía con Adéle, su mujer -una jovial y distinguida muchacha de Lausana que, arrastrada por la fuerza de un gran amor, se había casado con este joven de origen muy humilde-, y también con su hijo Jean-Claude, un chiquillo magnífico dotado de una vitalidad excepcionalmente ruidosa. Poco a poco, descubrí que Lachenal, detrás de su fachada irónica, ocultaba múltiples cualidades, y gradualmente empezó a unirnos una sólida amistad. Un viernes le anuncié que partía con J. P. Payot para escalar, al día siguiente, la cara norte de la Aiguille Verte y el domingo intentar realizar la segunda ascensión de la cara este de la Aiguille du Moine.
Sus ojos se iluminaron con esa llama de pasión de la que él solo era capaz, e inmediatamente exclamó:
-¡Uh! ¡Menudo programa! ¿Te molestaría que os siguiera con Lenoir? Nosotros también estamos libres y creo que seremos capaces de hacerlo.
Lenoir también era monitor en la U. N. C. M. y ya había escalado una vez con él años antes, por lo que acepté gustosamente realizar esta ascensión en grupo de cuatro.
En la subida del empinado corredor Couturier, en condiciones mediocres, y más aún en el descenso del corredor Whymper, donde una fina capa de nieve húmeda cubría el hielo vivo, pude admirar la extraordinaria soltura de Lachenal. Tanto en el hielo como en las rocas inestables o cubiertas de nieve, mostraba su facilidad desconcertante, esa elegancia felinaque le convertiría en el montañero más grande de su generación.
Al día siguiente, por un singular efecto de la casualidad, Lenoir y Payot tenían principios de oftalmia. Uno por haber perdido sus gafas durante la ascensión y el otro porque se le había roto un cristal de las suyas. En semejante estado les era imposible venir al Moine. Por voluntad del destino yo haría cordada, por primera vez de una larga serie, con Lachenal. La cara este del Moinees ahora una de las grandes clásicas de quinto grado. Pero en 1945 este recorrido no había sido repetido desde su primera ascensión por los excelentes escaladores Aureille y Feutren, quienes, a su retorno, la habían declarado, con toda razón, difícil.
Por aquel entonces, yo no era un buen escalador de roca. Gracias a mi fuerza, podía ascender y, aunque carecía de un estilo elegante, era rápido y eficaz. Por otro lado, pertenecía más bien algrupo de los que se parten el cuello, o como se dice en el horroroso argot de los alpinistas: «me jugaba el tipo». Esto quiere decir que no me distinguía por tomar muchas precauciones y, sobre todo, que utilizaba muy pocas clavijas para asegurarme en caso de caída. Aquel día estaba en plena forma y subí a gran velocidad. Y a Lachenal no parecía perjudicarle nada mi ritmo. Se mostraba brillante tanto en la roca como en el hielo. Tenía la flexibilidad de un gato y ascendía sinesfuerzo, por lo que no podía evitar envidiarle su destreza. Llegamos a la cumbre mucho antes de lo que habíamos calculado e hicimos una larga pausa.
Bañados por la luz, ya en la cima de aquel maravilloso pico, no nos cansábamos de admirar el magnífico paisaje que nos rodeaba por todas partes. Enfrente de nosotros se erigían las Grandes Jorasses como una gigantesca ciudadela, destacando sobre el resto del decorado. Nuestro entusiasmo se debía,sobre todo, a la punta Walker, cuyos muros negros y lisos se lanzaban grandiosamente hacia el cielo formando un pilar de 1.100 metros de altura.
Sabíamos que aquel mismo día Frendo y Rébuffat acababan de intentar escalar esa cumbre. Parecía estar nevada todavía y estuvimos discutiendo apasionadamente sus probabilidades de éxito:
-¿Crees que con toda la nieve que queda lo lograrán?
-Tanto si hay nieve como si no, creo que no tienen muchas probabilidades. Les falta la clase suficiente para conseguirlo. Si piensas que Cassin, con todo lo que era, invirtió tres días… imagínate lo que tardarán ellos. Además, Cassin era uno de los tipos más fuertes que se han visto en los Dolomitas. Sólo hay que recordar el tiempo que les llevó el intento de hace dos años… Todo un día para subir solamente una cuarta parte de la pared, y eso porque tomaroncomo punto de partida el intento de Allain. Si hubieran seguido desde el principio la vía que abrió Cassin, les habría costado dos días. A este ritmo, necesitarán por lo menos una semana y, al menor problema, no podrán salirse con la suya.
-Sí, pero Cassin era un puro escalador de los Dolomitas y no estaba acostumbrado al hielo ni al granito.
-Piensa que había hecho granito en el Bergell y, entre otrascosas, la cara del Badile, algo un poco más pequeño que la Walker pero también duro. En cuanto a lo de la nieve y el hielo, había hecho invernales, pero luego la Walker, cuando está bien, no hay por qué ocultarlo: es todo roca.
-Lo sé, pero Gaston parece que es especialmente bueno en artificial. Después de todo, es lo que ha hecho en las Calanques.
-¡Ah! Sí, de acuerdo, golpeando clavos se defiende, peroen libre no es más fuerte que tú. Además sabes que no puedes compararte con Cassin. Es un superhombre, todo el mundo lo dice.
-En los Dolomitas ha hecho cosas que se consideraban imposibles, luego tiene clase; estos tipos de los Dolomitas escalan más de la mitad del año y siempre en terreno difícil. Parece que allí abajo no hay más que paredes verticales y que se puede hacer VI durante todo el día. ¿Te das cuenta del entrenamiento que debenseguir? Es distinto de nosotros. ¿Cuántas veces hacemos roca dura? Muy pocas. La mitad del tiempo hacemos recorridos de hielo y cuando hacemos roca pasamos penurias para encontrar rutas donde haya más de V. Fíjate hoy: hemos colocado cuatro pitones y sólo hemos encontrado un paso de V superior. ¿Crees que esto es entrenamiento para la Walker?
-No, viejo, créeme. Nuestras montañas, con su hielo y todo, serán más bellas que sus Dolomitas, queestá todo más seco que yo que sé, pero para la escalada pura somos niños comparados con la gente de allí abajo.
-Entonces, ¿piensas que no lo conseguirán?
-Nunca se sabe, con tiempo se llega a cualquier parte, y Gaston, no hace falta ni decirlo, es un tipo duro. Pero para mí, la escalada de la punta Walker está tres grados por encima de todo lo demás que hay en este macizo.
-De todas formas, nunca se sabe, porque esas historias de los héroes de los Dolomitas quizá no sean más que leyendas. ¿Acaso tú lo has visto de cerca alguna vez?
-No, y creo que nunca lo veré.
-¿Aunque ellos triunfen?
-Hombre, en ese caso todo cambiaría. Pero el problema no es atreverse, sino encontrar un compañero que esté a esa altura.¿Te interesaría probarlo conmigo?
-Es muy fácil decirlo… Sería maravilloso. La punta Walker es mi sueño. Pero, ¿crees que yo podría? Todavía no he hecho nada importante.
-Desde luego, careces de experiencia, pero te he observado estos dos días. Tienes facultades; sólo hace falta quererlo. Y si ellos tienen éxito, nosotros lo intentaremos.
De este modo se formó,en aquella modesta cima, la fraternal asociación que nos daría la victoria en las principales paredes de los Alpes.
En septiembre, el ejercito me autorizó a seguir el curso de cinco semanas que me daba acceso al diploma de Estado como guía profesional, que obtuve además muy fácilmente.

 

Como pasa a menudo en los Alpes, el otoño fue bueno. Siempre estaba bajo las banderas, pero, cuando acababan los cursos, disfrutaba de una libertad casi total. A pesar del frío y la nieve, inevitables cuando avanza esta estación, aprovechaba para hacer el mayor número de rutas posible, y recuerdo emocionadamente una ascensión al Grépon-Mer de Glace. Una abundante nieve fresca había transformado este recorrido clásico en una temible empresa, hastatal punto que necesitamos más de doce horas de escalada muy delicada para llegar a la cima, mientras que, con roca seca, he llegado a emplear sólo tres horas y media.
Efectuamos el descenso de noche. Numerosas placas de hielo aparecían sobre el empinado glaciar de la vía normal. No teníamos ni linterna, ni crampones. Mi compañero estaba casi sin fuerzas y caía a cada instante; en tales condiciones, sólo gracias a la suerte conseguí detenerle cadavez.
A mediados de otoño el ejército decidió al fin licenciarme y me encontré con grandes dificultades económicas. Desde hacía un año vivíamos del dinero producido por la venta de mi ganado y gracias a una estricta administración habíamos conseguido que esta suma durase hasta entonces. Pero ahora se nos estaba acabando.
La Escuela de Alta Montaña me ofreció contratarme como monitor civil. Aceptar esaplaza era la solución más fácil: una paga aceptable, un trabajo sencillo y poco absorbente, la posibilidad de esquiar mucho y hacer mucha montaña. Poco porvenir, cierto, pero pocos problemas materiales. Eso sería, sin duda, sólo para algunos años, pero podría ser para toda la vida. Y aunque hubo cosas que me tentaron de verdad, vivir completamente del esquí y de la montaña no era lo que yo soñaba. Por ello, rehusé la oferta sin dudar un instante. La vida en sociedad no permiteescapar completamente a la arbitrariedad. Pero mis experiencias en J. M. y en el ejército me habían enseñado que aceptando servir a un gran colectivo se está expuesto por todas partes. Nada me parecía más odioso que estar sometido al dictado de jefes más o menos dignos de su mando y, para mí, la independencia se había convertido en un bien más preciado que la seguridad. Decididamente, me dirigía hacia un porvenir lleno de incertidumbre.
Cuandollegó el invierno, volví a trabajar como monitor de esquí en Houches. En la posguerra se había aglutinado allí una clientela bastante abundante y mis cualidades de esquiador, muy superiores a las de un monitor corriente, me permitieron tener muchos alumnos. De todas formas, las tarifas de las lecciones no habían subido lo suficiente, por lo que, a pesar de trabajar mucho, me ganaba muy mal la vida.
Ya no vivía en Houches, donde tuve que devolver migranja a sus propietarios, sino en un pobre apartamento en Chamonix. Tenía tan poco dinero que para ir de un pueblo a otro no podía tomar el tren. Sin embargo, lo recuerdo muy bien: el precio del billete en aquel entonces era de sólo diez francos. Pero, en aquella época, diez francos era mucho dinero.
A pesar del frío y de la nieve, recorría en bicicleta por la mañana y por la tarde los nueve kilómetros de carretera helada que separaban Chamonixde Houches. Cuando hacía muy mal tiempo, tenía que ir en tren; pero, para no pagar, sobre todo a la vuelta, cuando ya era de noche, cogía el tren en marcha. Para bajar, saltaba dejándome resbalar por una pendiente nevada en cuanto el tren empezaba a reducir la velocidad.
La U. N. C. M., que es donde trabajaba Lachenal, se había trasladado al pueblecillo de Bossons, situado dos kilómetros más abajo de Chamonix. Todas las noches, al volver, pasabapor allí y me detenía en el viejo hotel donde se había instalado la central. En la pequeña habitación donde mi amigo vivía apretujado con su familia discutíamos durante horas nuestros proyectos para el verano.
La escalada del espolón norte de la punta Walker estaba ya totalmente decidida y todas nuestras conversaciones giraban en torno a la célebre muralla.
El éxito de Frendo y Rébuffat nos daba una ideaclara sobre la dificultad técnica de la ascensión; sabíamos ahora que no era necesario ser superhombres para triunfar, pero la excepcional permanencia que exigía esta empresa nos inquietaba mucho: tres días, dos vivacs, eso nos parecía terriblemente largo. En los Alpes, incluso cuando las condiciones son muy favorables, es imposible saber el tiempo que hará al día siguiente y, mucho menos, dos días más tarde. Lo sabíamos, en una pared tan alta y difícil como la Walker, una tormentaes infinitamente más temible que en cualquier otro recorrido del macizo del Mont Blanc. En caso de mal tiempo extremo, y después de sobrepasar la primera mitad, una cordada corre el grave riesgo de no descender viva. Además de la vía Cassin, cuyo elegante trazado permite alcanzar directamente la punta más alta de las Grandes Jorasses, ha sido abierto otro itinerario en la cara norte, pero es bastante más fácil y acaba en la punta Michel Croz, menos elevada que la Walker. En el transcursode una tentativa de su primera ascensión, los alemanes Peters y Haringer fueron sorprendidos por una gran tempestad. Haringer resultó muerto durante el descenso y sólo después de varios días de lucha desesperada casi hasta el extremo de las fuerzas, Peters pudo llegar de nuevo a Chamonix donde ya nadie le creía vivo.
Este ejemplo y el de numerosas cordadas desaparecidas en la cara norte del Eiger, la gran rival de la Walker, nos dieron que pensar.Es verdad que aceptábamos todos los riesgos de la aventura, pero deseábamos reducirlos en la medida de lo posible. Reducir en una jornada la duración de la escalada permitiría rebajar los riesgos a la mitad y buscábamos apasionadamente cómo llegar a conseguirlo. Por supuesto, contábamos mucho con nuestra rapidez escalando, pero en alpinismo la capacidad atlética no da la solución a todos los problemas. A menudo, algunas «astucias técnicas» hacen posible lo que el mayorvirtuosismo no permitiría.
Desde el primer momento nos pareció que, en las grandes ascensiones, la principal pérdida de tiempo era causada por las mochilas. Una cordada que lograra ascender normalmente, sin tener que izar en ningún momento las mochilas con la cuerda, lograría reducir su horario en un veinte por ciento. Pero, ¿cómo podíamos lograr subir el material de vivac suficiente, los víveres para tres días, las bebidas y una treintena declavijas, y después transportarlo de manera que el peso de las mochilas, las cuales no se llevaban siempre a la espalda, no llegara a hacer muy difícil la escalada? A primera vista, parecía que encontrar la cuadratura del círculo no era más difícil que esto. Pero, al estudiar más de cerca el asunto, descubrimos que esta imposibilidad sólo era aparente y que una preparación minuciosa permitiría reducir bastante el peso de las cargas.
Habíamospesado cada uno de los objetos que debíamos llevarnos, eliminando todo lo que no fuera indispensable, y, no sin sorpresa, resultó que con una carga de cerca de 12 kilos podríamos mantenernos durante tres días. Decidiendo a priori que la escalada solamente duraría dos días, podríamos reducir el peso dos kilos.
Ahora bien, incluso en una escalada difícil, no resulta muy grave que el segundo de cordada lleve 10 kilos, porque siempre tieneposibilidades de ayudarse con la cuerda. El riesgo que correría este segundo de cordada sería fatigarse más de lo normal y, por tanto, avanzaría menos. ¿Cómo se podría disminuir aún más el peso sin aumentar la inseguridad del equipo de escaladores? Habíamos dado muchas vueltas al problema y habíamos pesado una y otra vez todos los objetos. Era indiscutible que el peso mínimo tenía que ser de 10 kilos si queríamos llevar la ropa mínima para soportar sin agotarnos un vivac o dos,suficientes alimentos y bebidas para sostener nuestras fuerzas al menos durante dos días, y suficiente material de escalada para enfrentarnos a las tremendas dificultades con las que íbamos a encontrarnos.
La solución, evidente por otro lado, se impuso con fuerza. Escalar con una mochila es extremadamente molesto para el hombre que va en cabeza, aunque sólo en el caso de que la carga sea muy pesada. En cambio, un peso de tres kilos no se notaría casinada y esta reducción sería muy importante para el segundo, que, con sólo siete kilos, podría ascender normalmente. Hoy puede parecer ridículo que hubieran podido detenernos problemas tan simples. Pero hay que ponerse en la piel de la época: el material y los víveres que se utilizaban eran mucho más pesados que los de hoy, pero sobre todo el peso de tradiciones tan antiguas como el propio alpinismo caía sobre nosotros. Lo habitual era llevar «por si acaso» más comida ymaterial de lo que realmente era indispensable. Era frecuente arrastrar de 10 a 12 kilos en un recorrido clásico, y atacar la Walker con una veintena de kilogramos habría sido absolutamente normal. Se entiende que, con esos pesos, izar las mochilas en cada paso difícil se hubiera tenido que convertir en un hábito sistemático.
El problema de las cargas no era el único que nos preocupaba. Como ya he dicho, en aquella época se solía marchar conpesadas botas claveteadas que, para los pasos de escalada en roca, se sustituían por alpargatas. Aparte de que estas botas pesaban mucho para ser transportadas en escaladas como la de la Walker, en la que se alternan los pasos de roca y de hielo, los cambios de calzado hacían perder un tiempo considerable.
Sabíamos, ya antes de la guerra, que los italianos habían tenido la idea de sustituir los clavos por suelas adhesivas de caucho, que permitíantrepar por las paredes rocosas más difíciles y avanzar sobre la nieve y el hielo prácticamente con la misma facilidad que con las alas de mosca o los clavos tradicionales. Incluso habíamos leído que, colocadas en un calzado ligero que se adaptase bien al pie, estas suelas Vibram permitían superar los pasos más difíciles.
Sin embargo, todavía no habíamos vuelto a la prosperidad anterior a la guerra. En Italia, al igual que en Francia, faltabantodavía muchos productos de primera necesidad y era muy difícil encontrar este artículo. De todas formas, no teníamos dinero suficiente para ir al otro lado de los Alpes a comprar este calzado.
Durante la última temporada, los alpinistas franceses habían sustituido esas suelas Vibram, que no había modo de encontrar, por fragmentos de neumático esculpidos a molde y adaptados al calzado. Aunque sobre el hielo estas suelas resbalaban, solían darbuen resultado. Las probé adaptándolas a unas botas muy pesadas, gruesas y mal ajustadas a los pies, no permitiéndome gozar de la misma comodidad que daban las alpargatas. Me parecía que las incomodidades que sufrí no se debían tanto a estas suelas como a mis botas. Si se aplicaban a una bota ligera que sostuviera bien el pie, sería posible realizar cualquier escalada rocosa, por difícil que fuera, sin necesidad de usar clavos en los pasos nevados o en las pendientes glaciares.
Sin embargo, no se podía encontrar en el mercado ninguna buena bota ligera. Unas eran demasiado grandes, otras demasiado flexibles y otras demasiado rígidas. En ese momento intervinieron las cualidades que tenía Lachenal como zapatero. Él, partiendo de mi idea de hacer algo intermedio entre la alpargata y la bota y que pudiera usarse eficazmente en todos los terrenos, fabricó con extraordinaria habilidad dos pares de botas que se parecían muchísimo a las queactualmente utilizan todos los escaladores. Probamos este nuevo calzado ya desde el comienzo de la primavera y respondió plenamente a nuestras expectativas. En la escalada en roca, la mayor rigidez de la suela hacía posible aprovechar hasta las más mínimas asperezas del terreno y lográbamos incluso mayor agilidad que con las alpargatas.
Gracias al perfeccionamiento de la táctica y del material, empezó a germinar en nosotros la esperanza detriunfar en la escalada de la Walker con un solo vivac.
Cuando acabó el invierno, estaba sin un céntimo. De nuevo me hacía falta enfrentarme a los angustiosos problemas de la vida cotidiana. La esperanza que alimentaba en el fondo de mi corazón era ejercer como guía independiente, es decir, el auténtico oficio de guía. El que, desde la edad de oro del alpinismo, consiste en ganarse la vida acompañando por la montaña a los turistas y a losalpinistas de vacaciones en el valle.
Aunque no era nativo de la región, por un favor todavía excepcional en aquella época, fui admitido en la Compañía de Guías de Chamonix poco tiempo después de obtener mi diploma. Gracias a esta amabilidad de mis colegas autóctonos, no era insensato esperar triunfar en una profesión casi cerrada automáticamente a los chicos de las zonas llanas, pero sí se trataba de querer comprometerse con una vida inciertadonde las haya.
Para entender las dificultades que debía afrontar para convertirme en guía independiente, es indispensable saber en qué consistía entonces esta profesión y también lo que era la Compañía de Guías de Chamonix. De hecho, la literatura y la prensa hablan mucho de nuestro oficio y de nuestra sociedad, célebre con toda justicia, pero poca gente sabe en qué consisten exactamente.
Fundada en1823, la Compañía de Guías de Chamonix nació de la necesidad de agruparse de los montañeros, para poder sacar mejor partido a la costumbre tradicional de acompañar a los turistas por la montaña. Con mucha inteligencia, pensaron que una asociación bien concebida permitiría un mayor rendimiento de sus actividades y también animaría a los alpinistas en este menester, gracias a las garantías de competencia y honorabilidad que se exigían a los miembros de la compañía.
Como el diploma de guía del Estado que se expide desde hace veinte años no existía todavía, sólo eran admitidos los hombres más cualificados después de haber trabajado varios años como porteadores.
Más tarde, se expidió un diploma bajo el control del Gobierno civil. Se excluía a las personas calificadas como deshonestas o de mala vida; emborracharse y faltar al respeto se penaban con severas sanciones, incluso con laexpulsión.
Se estableció una tarifa de los recorridos con la finalidad de evitar una competencia fraticida; se creó un fondo de ayuda para las familias de los guías desaparecidos en el ejercicio de su peligroso oficio; finalmente una oficina permitía a los nuevos clientes contactar con los profesionales, sin necesidad de recurrir a las informaciones demasiado interesadas de los hosteleros.
Esta oficina eratambién muy útil para los propios guías cuando, por cualquier razón, no eran contratados por alpinistas que ellos conociesen. Allí encontraban sus compromisos distribuidos «por turnos» dos veces al día.
Esta organización, social y comercial a la vez, era especialmente importante para la época y manifiesta de forma espectacular el espíritu de iniciativa y de organización, así como el sentido de la comunidad, de esta población tanapartada del mundo. Además, este ejemplo fue imitado por los montañeros de la mayoría de los valles alpinos.
La agrupación de los guías en una asociación de rígidas reglas reveló ser beneficioso en todos los sentidos. Permitió a los profesionales del alpinismo sacar mayor partido de su oficio, ejerciéndolo con dignidad. Les evitó una competencia enconada, capaz de generar todo tipo de infamias, y, sobre todo, esta prostitución pública de laque los guías de algunos valles suizos dan espectáculo captando a los clientes por la calle, exactamente igual que las «respetables» de Pigalle.
Sin constituir una asociación de santos y de angelitos, como quería hacer creer la literatura folclórica de gran tirada, concedió un espíritu corporativo y un amor por su trabajo, incluso una conciencia de su grandeza, que ha permitido elevar hasta un nivel muy alto su moralidad y sus cualidadestécnicas. Es evidente que, gracias a estas virtudes, los guías de Chamonix han podido asegurar con éxito, en ocasiones dando prueba de una abnegación y una valentía heroicas, el salvamento de los alpinistas accidentados en el macizo.
Esta organización ha permitido igualmente la construcción de refugios como el de la Charpoua, el acondicionamiento de senderos y la colocación de cables en los pasajes muy frecuentados, que habrían resultadopeligrosos sin estas instalaciones.
Es una cosa rara que esta institución de más de un siglo de antigüedad haya resistido victoriosamente el paso del tiempo. Ha conseguido adaptarse progresivamente a la evolución del alpinismo tanto en el plano técnico como comercial.
Es verdad que los problemas no se han solucionado siempre sin crisis y, a veces, ha pasado que la compañía estaba un poco atrasada para suépoca. Como todas las instituciones humanas, no podía ser perfecta. Pero, salvo por algunos detalles, nunca ha dejado de ser una organización eficaz, procurando a sus miembros enormes ventajas y dando preciados servicios a la causa del alpinismo.
En el valle de Chamonix, conseguir subsistir en el oficio de guía sin pertenecer a la compañía es una empresa condenada casi fatalmente al fracaso. Muchos muchachos llegados de tierras más bajas, que, comoyo, se hicieron guías por idealismo, intentaron esta experiencia. Pero salvo dos que conozco, ninguno lo ha conseguido y éstos, después de varios años, aún no han sido completamente admitidos en el círculo de la familia.

Una de las antiguas tradiciones de la sociedad era no admitir en su seno más que hombres nacidos en el valle y hasta la última guerra sólo dos excepciones han confirmado la regla. Desde 1945, como el número de autóctonos que deseaban consagrar su vida al oficio de guía era sensiblemente bajo, se tomó el hábito de aceptar a muchachos de cualquier capacitación profesional y moral mientras estuvieran profundamente unidos al valle, bien por habersecasado con muchachas de la región, bien porque tenían propiedades y estaban censados en el municipio desde hacía varios años.
Fue así como, después de la guerra, una veintena de muchachos que no eran chamoniardos se convirtieron en guías de Chamonix. Fui uno de los primeros en beneficiarme de esta excepción y fue gracias a ella por lo que en 1946 pude esperar ganarme la vida como profesional de la montaña, sin estar obligado a convertirme en unasalariado del ejército, de la U. N. C. M. o de cualquier otro organismo.
En esta época, yo era un joven entusiasta provisto con un título de guía que tenía tras de sí una larga lista de grandes ascensiones realizadas «como aficionado», y mis servicios como monitor en las colectividades me habían dado una sólida experiencia profesional.
Mis éxitos sobre algunas de las últimas paredes vírgenes ymis repeticiones de itinerarios entonces famosos me dieron a conocer a la camarilla de alpinistas de vanguardia, pero mi reputación no salía de este pequeño círculo. A pesar de mi capacidad, era demasiado joven y demasiado poco conocido para encontrar, en mis comienzos en el oficio, suficientes clientes para subsistir. Sólo gracias a los «turnos» de la Oficina de Guías tuve la posibilidad de tener suficiente trabajo para mantenerme hasta el día en que consiguiese formar mipropia clientela.
Es justo decir que la profesión de guía independiente es, por esencia, difícil e incierta. A veces, lo más frecuente es que sea un trabajo complementario que se añade, durante el verano, a los de campesino u obrero. Incluso cuando se completa con clases de esquí, esta profesión da mal de comer y eso era todavía más acusado en 1946 que en la actualidad. Además, está sometida a numerosos sucesos aleatorios y, sin hablar de losaccidentes graves, un largo periodo de mal tiempo, o incluso un simple esguince, te pueden dejar a las puertas de la miseria.
Querer seguir esta carrera cuando no se tiene una tradición familiar exige una valentía rayana en la inconsciencia, y sólo un gran amor por la montaña y una salvaje pasión por la independencia pueden motivar tal elección. A pesar de todo, iba a lanzarme a esta vía llena de obstáculos hasta que René Beckert, el director dela Escuela Nacional de Esquí y de Alpinismo, me ofreció una plaza como instructor en su establecimiento.
Esta escuela, que luego no ha hecho más que prosperar, es una institución del Estado cuya finalidad principal es la formación de los instructores de esquí y de los guías de montaña. De una forma más accesoria, se esfuerza por promover el esquí y el alpinismo con todos los medios a su alcance: cursos de entrenamiento y de perfeccionamientopara los mejores atletas, cursos de información para todo tipo de personalidades que se interesen por estos deportes, e incluso publicación de manuales, realización de películas, etcétera. Salvando las distancias, es una especie de universidad de los deportes de montaña. Los instructores de la E. N. S. A. son, en principio, reclutados de entre los mejores esquiadores y guías, y el trabajo que se les pide, sin ser necesariamente muy difícil, exige iniciativa y dinamismo. Cuando secomprende del todo, este oficio puede ser apasionante.
En aquella época, la E. N. S. A. era todavía un organismo muy joven donde casi todo estaba por crearse. Reinaba un ambiente dinámico y durante los periodos de cursos la actividad tenía un carácter intensivo. Cuando hacía bueno, las ascensiones se sucedían sin descanso; por el contrario, entre cada curso, cuatro o cinco días de total libertad permitían a los instructores bien incrementar susalario acompañando a algunos clientes personales, bien realizar grandes ascensiones por puro placer. La proposición de Beckert era extremadamente seductora pues, además de que alimentaba una vanidad de la que, como todos los hombres, yo no carezco, me aseguraba un trabajo interesante y bien remunerado, dejándome bastante libertad para poder realizar las escaladas de gran envergadura con las que soñaba y, ante todo, la Walker. Finalmente, como argumento decisivo, el monitor-jefe era miamigo André Tournier, del que ya pude apreciar en J. M. sus cualidades profesionales y su abundancia de ideas. Con un hombre como éste estaba seguro de que no estaría expuesto a la imposición de un jefe tiránico o incapaz. Por fin, me dejé tentar por tan enorme número de ventajas y entré como instructor en la E. N. S. A. Todos los problemas desaparecieron y mi vida se convirtió en un encanto perpetuo.

Por su parte, Lachenal había encontradoun trabajo interesante como instructor en un gran organismo del Estado: el Colegio Nacional de Esquí y de Alpinismo, llamado más comúnmente Colegio de los Praz, por el nombre de la aldea cercana a Chamonix en la que estaba instalado. Esta institución, que se fusionó más tarde con la E. N. S. A., perseguía unos fines parecidos a ésta, pero los instructores que lo formaban estaban destinados al marco de la U. N. C. M. y de las diversas asociaciones de esquí y de alpinismo populares que sehabían creado después de la guerra. Los cursillos eran más largos que los de la Escuela Nacional y la instrucción general y la formación pedagógica eran especialmente importantes. A la cabeza de esta institución estaba un hombre muy conocido por su dinamismo, su inteligencia, sus cualidades como organizador y su valor como alpinista. Era Jean Franco, el líder del grupo de escaladores de Niza que me había adelantado en la cara norte de los Drus. De ahí en adelante, Franco desempeñó unpapel muy importante en la historia del alpinismo francés tanto por sus logros en los Alpes como por su brillante dirección de la expedición francesa al Makalu que, en 1955, consiguió la primera ascensión de este gigante de 8.500 metros. Gracias a su fuerte personalidad y al valor de los instructores de los cuales se rodeó, Franco dio a su «colegio» un impulso importante, y esta organización sobrepasó ampliamente el papel un poco menor para el que parecía destinada,convirtiéndose en una verdadera academia del gran alpinismo, cuyo resplandor marcó con energía los años de posguerra.
En el Colegio de los Praz, Lachenal había encontrado posibilidades de entrenamiento y las condiciones psicológicas adecuadas para desarrollar sus cualidades de alpinista e, incluso, su personalidad. Progresó muy deprisa y pronto se hizo evidente su excepcional clase.
Aunque cada unotrabajábamos en un lugar diferente, proseguíamos con energía nuestra preparación de la ascensión de la Walker. Durante la semana, las sesiones en la escuela de escalada y los numerosos grandes recorridos que realizábamos como instructores contribuían a darnos un buen entrenamiento general e incluso una resistencia y una capacidad respiratoria poco comunes. Además, cada domingo nos encontrábamos para comprobar nuestro estado de forma realizando recorridos difíciles o de granenvergadura. Desafortunadamente, el tiempo no era favorable y en cada salida debíamos conformarnos con ascensiones mediocres, o batirnos en retirada bajo violentas tormentas. Llegamos a julio sin haber hecho todavía nada serio. Y para mayor desgracia, es difícil conducir varios carros a la vez: trabajar como guía y hacer montaña como aficionado. Lo habíamos valorado y pudimos comprobar durante esta temporada de 1946 que realizar una gran ascensión es más fácil para un grupo deaficionados que dispongan de vacaciones y no tengan otra preocupación que prepararse y esperar el día propicio, que para dos guías alejados el uno del otro y que no paran de moverse. Para nosotros, que cada uno estaba ligado a una escuela de alpinismo diferente, la cosa se complicaba todavía más. Debíamos encontrar algunos días libres en común, lo que no era muy fácil. Además, teníamos que tener la suerte de que éstos coincidiesen con un periodo de buen tiempo.

 


 

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