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«Las secuelas del navegante» de Xose Otero, ganador del Concurso Desnivel de Relatos Cortos de Montaña (III)

Entre los 63 textos presentados nos hemos decantado esta vez por un relato que va de lo micro a lo macro, dentro de una escalada que nos cuenta muchas vidas. Conscientes de que por el camino siempre se quedan tesoros enterrados.

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«Las secuelas del navegante» de Xose Otero
«Las secuelas del navegante» de Xose Otero

Este periodo de confinamiento estamos viendo que en muchos casos resulta una oportunidad para la creación como lugar de experimentar, de explorar abiertamente, sin autoexigencia, ni complejos, en este caso a través de relatos.

La excusa del concurso, nos cuentan, que está dando pie a la espontaneidad, a quitarle cierto peso a la redacción y también a nosotros a la selección, teniendo muy presentes que es algo ligero, ágil, donde seleccionamos un ganador pero, como siempre sucede, muchos se quedan en el camino con unas cualidades enormes: historias bellas, divertidas, interesantes. 

Desde la experiencia de ir ya por la cuarta convocatoria de esta propuesta podemos decir que hay mucha calidad y que cada persona tiene un relato, una particular experiencia; un paquete único de descubrimientos, de aprendizajes… un extraño regalo que nos comparte.

Quizá unos lo abrieron en el primer momento, otros lo abran poco a poco, alguno de esos regalos puede que esté arrinconado, aún por abrir. Nosotros abrimos todos los que van llegando, con sorpresa, deleite y mucho agradecimiento.

«Todo era tan nuevo que cada paso suponía un descubrimiento, la aventura frágil de un bebé que va explorando el mundo y sus palabras», dice entre sus páginas el relato de hoy, y nos sucede un poco igual, vamos descubriendo la aventura de este concurso poco a poco intentando no dar nada por sentado. 

Esta vez se ha llevado el premio «Las secuelas del navegante», donde Xose Otero cuenta muchas cosas en 3000 palabras, navegando de lo pequeño a lo grande en mil historias: «¿Cómo podían ser tan importantes unos centímetros en una pared kilométrica?».  Habla de experimentar otras posibilidades, de montaña, de amor, de inspiración, de reconciliación… lo que somos, lo que pudimos ser y el presente.

El concurso sigue abierto en su cuarta convocatoria

La cuarta convocatoria ya está en marcha, tenéis hasta el 4 de mayo para presentar vuestros relatos cortos que esperamos con alegría.


Aquí tenéis el relato seleccionado de esta tercera convocatoria ¡Qué lo disfrutéis!

Las secuelas del navegante de Xose Otero 

Aquella noche mi mente entró en algo parecido al pánico. Intuía estrellas que se retorcían de dolor al comprender la suerte que el sol les tenía reservadas, podía ver sus ojos desorbitados y sus caras deformadas por la luz, su débil reflejo de luciérnaga no conseguía alcanzar la noche oscura y, en ese estado, la escalada se convertía en algo confuso y desconocido. Todo era tan nuevo que cada paso suponía un descubrimiento, la aventura frágil de un bebé que va explorando el mundo y sus palabras. Aquella montaña estaba encendiendo todas mis alarmas. Lo imposible era una realidad que me quemaba y cada nueva incertidumbre me parecía el final de la osadía. En mi cabeza cada centímetro era determinante, los insectos del desamor devoraban mi estómago como nunca antes lo habían hecho y mi mente corría sin control por el miedo que la trastornaba, ¡cómo las estrellas, sospechaba mi destino! ¿Por qué estaba allí? ¿Qué me había llevado a someterme a esa tensión?

Años después de aquel verano austral que iniciaba un siglo, en un tiempo olvidado de este relato, descubriría lo que Sacho Cons había intentado mostrarme aquellos días. Era una persona feliz, movido por fuerzas ajenas a la naturaleza humana y con pasiones irrenunciables «eres el único creyente que conozco que parece poder vivir con todos los sentidos», me dijo. Así era Sacho, tan sentencioso que resultaba difícil de contradecir, considerado una anomalía extravagante, de vida extraña y futuro incierto.

Era mi primera vez, nunca antes me había atrevido a escalar una vía de alta montaña. Solía disfrutar de la escalada próxima, de los retos físicos y de las tensiones del momento de una vida llena de comodidades y sinsabores. Me había sorprendido Sacho en el Catro Rúas, al lado de una cerveza, tímido y silencioso, como un marinero esculcando la mar a la espera de soltar amarras… ¡estaba claro que no era su lugar! Fue en una tarde de otoño, mientras en la radio sonaba una canción que decía People can you feel it? Love is everywhere me propuso abrir una nueva vía en los confines del planeta. Cuando me vio interesarme sonrió y en ese momento la espuma de la cerveza se desbordó, la naturaleza pareció hacerse dueña del espacio, Sacho desprendía un olor a hierba seca que comenzó a llenarlo todo de una sensación de alegría y algo de polvo. Algunos de los presentes se marcharon del bar sacudiéndose malhumoradamente esos restos de naturaleza que caían sobre sus ropas, «viajaremos sobre las aspas de los gigantes hasta que el cielo se abra enorme y grandioso» me dijo riendo. En la calle un tractor transportaba algunos restos de esa naturaleza y, mientras discutíamos la forma de organizarnos para nuestro viaje de fantasía, en la radio sonaba Take the Highway. Me quedé pensando en que aquello parecía casi imposible, como si alguien estuviera  manipulando las ondas. Tal vez se tratase de la magia que anunciaba el fin del siglo.

Allí estábamos, con la noche negando su transformación y dibujando sombras que nunca eran las nuestras, eran las sombras de nuestros terrores. Solo tenía la certeza de que Sacho seguía tirando trozos de hielo y, a veces, las cuerdas avanzaban como una vela en mar calma. El frío entraba sin parar y hacía que me moviese continuamente, ese movimiento me reconfortaba porque adaptaba mi cuerpo al vacío de la noche. Confiaba en Sacho, el miedo me mantenía alerta, la gravedad ya no era definitiva sino que la sujetaba un cabo de cuerda. La tensión se fue un momento cuando lo escuché llegar a la reunión, pero regresó salvaje y despiadada al reconocerme surcando la noche por la fisura helada, buscando los restos que había dejado mi compañero, con la esperanza de poder decodificar aquel nuevo mundo que creara Sacho. Mientras subía no encontraba seguridad, mis esfuerzos se embrutecían por la desconfianza en los emplazamientos de los piolets y la inestabilidad de la punta de mis crampones. Allí descubrí que, centrado en las revelaciones del terreno, mis intestinos dejaban de estar abiertos en canal por aquellos insectos que los devoraban, me fui adaptando al descontrol y comencé a sentirme más ligero, encontrándome con los restos de la naturaleza que acompañaba a Sacho, la misma que había llenado de polvo y felicidad el Catro Rúas.

Sacho caminaba la vida con calma y palpitaba cada momento como si fuese el último. Apenas unos meses antes trabajaba en una empresa de ingeniería, en las obras de una autovía más, pero de un día para otro decidió dejar el trabajo porque quería dedicarse a «experimentar otras posibilidades», esas fueron sus palabras. Personalmente no tengo ni idea de cómo se puede hacer esto sin razón objetiva, tal vez el mundo en el que vivo no me ha sabido preparar para entenderlo… ¿será mi educación? pero respetaba profundamente esa forma de reflejarse en la vida. Por lo que yo intuía esas «otras posibilidades» se resumían en una determinación pura para amar y para escalar montañas, sin embargo la respuesta de la sociedad se revelaba contra esos atentados de virtud, casi inocentes, que parecen cuestionar la forma de vida que nos hemos dado, aún peor, era una muestra de locura crónica de las que se diagnosticaban sin remedio conocido. Vamos, lo que se entiende como irrecuperable para una vida productiva.

La búsqueda de un trabajo convierte el tiempo en una losa que no lo detiene, solo pesa, y la arrastras con todo lo que te rodea. En mi caso era un peso de preocupaciones por la dependencia económica de mis padres, con una libertad coartada que deprimía también la libertad de mi familia, al cargar con un economista novel al que los años de esfuerzo no le habían servido de mucho. La paradoja era que muchos compañeros y compañeras que se habían quedado en el camino gozaban de una situación más relajada, o eso me decía Mara, cuando me hablaba de que ella había sacado más rentabilidad dejando los estudios para dedicarse a contable en una empresa de suministros. Mara era otro eslabón de la cadena que recorre el amor, nos entendíamos en la búsqueda de una salida a la falta de comprensión humana. Me sentía bloqueado porque yo aún no había llegado al estado en el que se consideraba que los esfuerzos y las habilidades deben ser productivos, conocer las obligaciones sociales no me eximía de seguir viviendo en mi fantasía, por eso era el único que podía entender a Sacho.

Se suele decir que las reconciliaciones preceden a grandes momentos de amor, no sé si tiene algo de criterio, imagino que depende de las situaciones, pero en aquella escalada con Sacho había algo de reconciliación personal y colectiva. Para mí suponía la paz con un mundo que no me dejaba expresarme como me gustaría y por otro lado me descubría, sin dejar ninguna duda, lo indeciso y errático que podía llegar a ser, las contradicciones y los acicates oscuros que me motivaban; lo entendía, colgando del abismo helado al lado de Sacho, mientras los primeros rayos de una luz brillante, robada a las estrellas, nos regalaban la percepción de su calor y la belleza pura de la montaña salvaje. Había liberado la tensión y el miedo, en un estado físico y mental de descubrimiento de la inocencia adulta, sentí que las personas tienen mucho que enseñar y que la naturaleza de cada uno aún tiene que ser revelada en un momento y en un lugar, pensé en ser mejor persona y en construir en mi entorno un lugar de paz, donde los temores estén al servicio de las necesidades, como cuando Sacho subía aquella fisura. «¿Chocolate? Ya sabes que además del cuerpo alimenta el espíritu, dos onzas… más es vicio. La medida es el principio y el fin de casi todo». «Sacho, lo tuyo es la filosofía» -le dije-. «Me halagas, pero de eso no se come todos los días». «Ya, pero son las cosas inútiles las que sustentan la vida, lo otro es casi prescindible si tienes solucionado lo de comer». Sacho me miró y volvió a sonreír.

La misma mañana del Catro Rúas había recibido un correo electrónico de su viejo amigo, lo dejó algo inquieto, ya había superado aquellos restos de vida y ese correo abría de nuevo grietas profundas. En el se explicaba que los acontecimientos después de la muerte de su madre se habían agudizado y, para arreglar aquello, era necesario que regresara a Argentina, sin su presencia nadie daría importancia al juicio ni a la repercusión que tuviera en su vida. El texto acababa con una apelación muy próxima «sé que volverás, porque conozco esa rebeldía y he escuchado el latido de tu corazón, ¡te espero con impaciencia!».


 

El miedo continuaba latente mientras me arrastraba por la pared asegurado por Sacho, intuía por dónde debía ir, creía que sabía cómo hacerlo, sólo necesitaba solucionar algunas secciones inciertas, como en la vida. Mara había querido acompañarnos, aunque prefiriendo mantenerse al margen de la aventura. Me encantaba su forma tranquila de andar con esas piernas larguísimas, como pensándose cada paso, graciosa al balancearse de un lado a otro mientras su cara parecía estar preguntándose cosas constantemente. Era un animal libre, imposible de guardar en un solo sentimiento por muy fuerte que fuese, si quería acompañarte simplemente iba, ella siempre conseguía sacar lo mejor de las personas. Mara nos conocía perfectamente, era otro de los humanos inadaptados que podía permanecer en la naturaleza y formar parte de ella, ser un viento azotando las hojas o una flor coloreando alas de mariposas.

Esa naturaleza fue la que me hizo seguir a Sacho hasta la otra punta del mundo, y conocer a Serafín. El correo electrónico había salido de las manos de aquel personaje entrañable.  Serafín había amado a la madre de Sacho en los años de madurez de ambos. Era una persona inquieta, que con 79 años nos podía dar una clase de vitalidad. Maquis, huido de la España de los sesenta después de pasar 21 años en la cárcel por ser oficial republicano. Un labrador que de joven se fue a ganar unas peonadas y por avatares del destino acabó aprendiendo a leer en las trincheras del batallón de Lister, «no teníamos armas, pero sí libros» decía siempre. Después de la cárcel le hicieron la vida imposible también en libertad, «cuando el régimen se cansó de humillarme vinieron los miserables y no me dejaban ni ganar el sustento ni vivir en paz». Tuvo que irse, salir por Portugal en el fondo de un camión para pillar un barco en Porto que lo llevase a un lugar donde no pudieran encontrarlo. Una mente lúcida, siempre contaba que su caída fue una traición Aliada. Después de colaborar con la Resistencia Francesa y al término de la IIª Guerra, los Maquis cruzaron el Pirineo «Me pillaron en Boltaña con mi pelotón, allí caímos todos, lo único que no cayó fue el fascismo mundial como nos habían prometido».

Serafín era la historia de lo que somos, era lo que pudimos ser y era presente, allí, en el fin del mundo, encontró la paz, el amor de Amalia, con la que había compartido el final de su vida. La madre de Sacho había sido una fuerza telúrica, enviada de sirvienta a la otra parte del mundo cuando era una niña, una historia típica de emigración económica de familias que no podían ni dar de comer a sus hijos, las niñas eran las primeras en ser prescindibles. Conoció la vasta tierra del Rio Gallegos con 11 años, su magia infinita y las injusticias de la esclavitud. Supo florecer en el infierno mientras la mano extensa del cacique la arrastraba por la basura… pero nunca dejó de pertenecer a la tierra, allí se levantó y allí, en la tierra, conoció a Serafín.

Aquella sección de hielo y roca me estaba haciendo sudar, rascaba en la roca sin saber dónde ganchear, hasta que, unos centímetros más arriba, colocaba un pie y me impulsaba, a veces con estribos, a veces navegando en las puntas de mis crampones, ¿cómo podían ser tan importantes  unos centímetros en una pared kilométrica? Había llegado a la cascada y, aunque cubierta de nieve fresca, los tornillos me protegían y la escalada era fluida, había echado raíces en las herramientas, ya formaban parte de mí, el hielo era la planta trepadora y yo me había convertido en hormiguita, estaba gozando del regalo de la libertad.

Después de tantas horas, y de varios intercambios en cabeza, podíamos ver la repisa que queríamos usar para vivaquear. El cansancio era una ilusión que la pasión aún no dejaba materializar, hasta las últimas luces de aquel largo día que nos advertían de la realidad de nuestra fantasía. En esa repisa, medio sentados o medio acostados, intentábamos calentar el saco con nuestro cuerpo mientras reponíamos fuerzas físicas y mentales. En ese momento supimos que teníamos alguna posibilidad de lograrlo.

Aquel abrazo entre Sacho y Serafín era mucho más que un reencuentro, me indicó que la vida no comienza donde nosotros creemos y su trascendencia es un accidente personal, en este caso demasiado intenso porque nos dejó a Mara y a mí llenos de tierra, con olor a bayas de calafate y a hierba húmeda. Sacho había decidido no ir al juicio, necesitaba distancia de todo aquello, pero le dio poderes a Serafín para que asistiera en su nombre, ese luchador de varias vidas había sido lo más parecido a un padre.

Mi pasión por Mara no me impedía ver lo que ella sentía por Sacho. En el fondo sabía que si no se animaba a definirse era porque, aún siendo un alma libre, se preocupaba por las personas que la rodeaban, era yo el que podía salir dolido, y eso la impedía… la mutilaba. Así era Mara: un ser humano que solo actuaba minimizando las consecuencias negativas, aunque le pesara. Mi egoísmo no llegaba tan lejos.

Con las primeras luces podíamos especular perfectamente nuestro camino, algunas incertidumbres de la pared nos llevaban hasta un glaciar colgado y desde allí, por lo que parecían unos corredores, se abrían las venas que nos podrían transportar hasta la cumbre, tal vez un último muro que parecía más fácil. Sacho escalaba rápido, el terreno era más amable por la nieve escarcha y dura que, bien soldada a la roca, facilitaba la progresión. Llegó a una sección rocosa y metió un seguro, le vi sacar un estribo, subirse a lo más alto y ganchear muy arriba, en unos segundos tiraba del piolet, colocaba los crampones y salía a buscar un nuevo seto blanco pegado a la roca, iba incendiado, daba una seguridad que apabullaba, por segundos se había adueñado de aquella montaña… el estribo quedaba para mí. Así continuamos muchas horas, ensamblamos en el corredor y nos desencordamos en el último muro mixto porque ya éramos uno con el medio. Finalmente estábamos en la cumbre, eran las 20:00, el sol amarillento nos daba en los ojos y escuchábamos de nuevo el grito de las estrellas que precedía a la noche. Nos abrazamos. Sacho agarró mi casco entre las palmas de sus manos y me miró fijamente, solo me dijo «túuu… me gustas!», volví a abrazarlo y soltamos un grito que nos devolvía a la libertad plena e inocente de la infancia. ¡Había que bajar!

Pasaba de las 18:00 del día siguiente cuando intuimos a Mara al final de la pista, la vimos correr a zancadas largas y seguras, balanceándose característicamente sobre sus piernas. Se acercó, me dio un beso enorme y un abrazo que me dejaron indeciso, miró a Sacho y dijo «vaya estado lamentable que traéis» y lo abrazó cariñosamente. Sacho la agarró también, un montón de brotes verdes con pequeñas hojas los fueron rodeando, juntos eran como un tronco envuelto en venas y músculos verdes, con insectos paseando sobre sus cuerpos, una ardilla parecía jugar con las greñas de Mara y sus labios estaban enganchados por la magia de algún diablillo que habitaba aquel bosque. Intuía  que nunca se despegarían, sin embargo yo estaba contento y tenía la sensación de haberme liberado.

Había sido una noche entera de rápeles y otro montón de horas felices cargando con la mochila, viajábamos en una nube. Por la noche, en casa de Serafín, nos contó que finalmente el juez no consideró que hubiera pruebas fehacientes de que Sacho fuese nieto de aquel marinero del Adventure, navío de la Armada Real Británica que desembarcó en Tierra de Fuego cuando su capitán, Phillip Parker King, continuaba aquel viaje de la compañía hidrográfica junto al Beagle, navegantes de nuevos mundos entre colosos, dioses y descubrimientos ¡Casi dos siglos y como si fuera ayer!

Al lado del calor del fuego, aquel combatiente de la libertad que había hecho dos guerras seguidas, aquel viejo, con una mente lúcida, en un espacio dominado por una bandera comunista a un lado de la chimenea y, al otro, un dibujo de Dolores Ibárruri firmado por Rafael Alberti, aquel superviviente  nos contó que lo que sí se pudo probar es que el cacique, hijo del marinero del Adventure, había violado y vejado constantemente a Amalia mientras era una niña. Por esta razón, su supuesto hermano actual, el reconocido nieto de aquel navegante de la historia, había decidido meterlo como beneficiario en el testamento, reconocía la indiferencia culpable de su familia y pedía perdón en nombre de su padre, si esto pudiera servir para algo a esas alturas, además le otorgaba a Sacho el derecho familiar de hacerse dueño de aquellas tierras frías y planas que se extendían más allá de la vista.

Serafín levantó la copa y brindó «por fin algo que se parece a una victoria», Amalia tendrá su nombre ligado a esa vía y a esa montaña. En esta tierra salvaje, los escaladores y escaladoras que vayan a ascenderla, sabrán que hay un camino para subir que recuerda que hubo una Amalia. Llegó como una esclava y ahora es una diosa de la tierra, desde la planicie hasta las cumbres más altas.

Ganadores del concurso Desnivel de Relatos Cortos de Montaña y aventuras

"Reunión" por Martín Hidalgo
«Reunión» por Martín Hidalgo
«Las secuelas del navegante» de Xose Otero
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«La materia inefable» de Olga Blázquez
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