DÍA DE LA MUJER

La primera vez que una mujer pisó un ochomil

El 4 de mayo de 1974 tres japonesas pisaron la cima del Manaslu y establecieron un hito: era la primera vez que una mujer llegaba hasta la cumbre de un ochomil. Hoy, 8 de marzo, recuperamos este texto de Reinhold Messner recogido en el libro ‘On top. Mujeres en la cima’.

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Manaslu  (Ben Tubby)
Manaslu

Naoko Nagaseko, Masako Uchida, Mieko Mori, Tsune Kurioshi, Michiko Sekita, Masako Itakura, Mutsumi Nakajima, Tomoko Ito, Shizu Harada, Naoko Kuribayashi, Teiko Suzuki. Estos son los once nombres de las alpinistas que componían la expedición que consiguió la primera ascensión femenina de un ochomil. Reinhold Messner habla de ellas en un fragmento del libro On top. Mujeres en la cima.

«En 1950 se ascendió el primer ochomil y lo hicieron dos hombres; Maurice Herzog y Louis Lachenal, franceses que habían amasado su experiencia en los Alpes […]. Cuando, 24 años después de que lo hicieran los hombres, las mujeres coronaron el techo del mundo por primera vez, emplearon el estilo de sus predecesores y, como eran japonesas, fueron al Manaslu, el ochomil conquistado por primera vez por japoneses en 1956. ¡Y tuvieron éxito!

El 4 de mayo tres de ellas pisaban la cumbre. Pero ese 4 de mayo de 1974 entró en los anales del alpinismo porque se estableció un hito en las ascensiones al Himalaya: era la primera vez que había mujeres en la cima de un ochomil.

«Tres japonesas, junto al sherpa Sirdar Jambu, han logrado conquistar los 8.163 metros del Manaslu, en Nepal», anunciaron por todo el mundo las agencias de prensa. En mayo de 1974, de vuelta de una expedición al Makalu, regresaba yo a Katmandú para encontrarme con Uschi, mi mujer, quien había viajado hasta allí para reunirse conmigo. Un reducido grupo de alpinistas austriacos habíamos fracasado en la elegante cara sur de la montaña y de regreso a casa nos encontramos en Katmandú con las heroínas del Manaslu.

Habían llevado a cabo su expedición con una logística impecable

Las mujeres de la expedición se habían atrincherado en el vetusto palacio barroco de la dinastía Rana del hotel Shankar y yo quería ver cómo se desenvolvían en ese mórbido mundo. Una calurosa tarde me dediqué a buscar su rastro por Katmandú, pues Uschi y yo teníamos curiosidad por saber qué tenían que contar las damas del Manaslu. Queríamos reunirnos con esas supermujeres, preguntarles cómo les había ido con el mal tiempo y las nevadas recientes.

—¿Dónde están las mujeres japonesas? —preguntó Uschi al portero. Este se limitó a sonreír y señaló en dirección al jardín del hotel.

No podíamos creer lo que veían nuestros ojos: delante de los cuidados rosales, unas jóvenes menudas reían agachadas y buscaban en la hierba tréboles de cuatro hojas. Parecía una escena tomada en la excursión de un internado, o de gente que cogía flores de montaña en un valle de los Alpes. Pero cuando nos hablaron de su expedición, la imagen cambió por completo. Todas las que tomaron parte en la expedición eran miembros del club alpino Jungfrau de Tokio y estaban en plena forma.

Las mujeres no solo habían logrado su meta (la primera ascensión femenina de un ochomil), sino que habían llevado a cabo su expedición con una logística impecable y de una manera ejemplar desde el punto de vista estratégico, pues comenzaron a planificarla cinco años antes.

[…]

Con muchas toneladas de equipaje, las once integrantes de la expedición se pusieron en marcha desde Katmandú a comienzos de febrero de 1974 acompañadas por 13 sherpas, dos sirdar, dos cocineros, dos ayudantes de cocina, 200 porteadores y dos correos. A mediados de marzo ya tenían instalado el campo base.

[…]

A partir de ahí todo se desarrolló con rapidez, pues el 8 de abril tenían ya el campo 1 a 5.300 metros, y el 11 de abril, el campo 2 a 5.900. Iban a buen ritmo y su plan de montar los campos de altura se iba cumpliendo con exactitud. El 18 de abril ya tenían instalado el campo 3 a 6.500 metros y diez días más tarde el 4, desde el que podían realizar su ataque clave. Igual que 18 años antes hicieran sus compatriotas masculinos, las alpinistas equiparon con cuerdas fijas el tramo más empinado de la vía, conocido como El Delantal.

Aunque el tiempo empeoraba, Teiko siguió esforzadamente hacia arriba por las cuerdas fijas

El 3 de mayo instalaron el quinto y último campo de altura al comienzo del gran plató, a 7.650 metros. El oxígeno, que ya habían usado para superar El Delantal, lo emplearon a partir de entonces también para dormir, y el 4 de mayo partió Naoko Nagaseko hacia la cumbre junto al sirdar Jangbu (quien, sin embargo, renunció a usar oxígeno). Masako Uchida y Mieko Mori les seguían a considerable distancia y bien avanzada la tarde, a las 17:30 horas, los cuatro alcanzaron la cumbre. En el descenso, con mal tiempo, llegaron al último campo a eso de las 10 de la noche. Teiko Suzuki subía del campo 4 al 5 la mañana del 5 de mayo cuando entre ambos campos se encontró con sus compañeras que descendían.

Aunque el tiempo empeoraba, Teiko siguió esforzadamente hacia arriba por las cuerdas fijas. Como por la tarde todavía no había regresado al campo 5, donde la esperaban los sherpas, estos salieron a buscarla. Pero entre tanto la niebla se había cerrado y la noche se puso tormentosa. Al día siguiente dejaron de buscarla.

Los sherpas encontraron la mochila de Teiko por encima de El Delantal. ¿La había dejado ella al final de las cuerdas fijas? Sin embargo, su chaqueta cortavientos, que más tarde encontraron en las inmediaciones del campo 5, daba a entender que sí habría alcanzado dicho campo. ¿En el borde del liso plató? ¿Para buscar algo cerca de la tienda? Preguntas y más preguntas. ¿O había perdido el equilibrio por el viento y se había caído mientras descansaba al final de las cuerdas fijas? No se la volvió a encontrar. La expedición se dio por terminada y solo regresaron a Katmandú diez mujeres.


 

De vuelta en Katmandú, hicieron una ampliación de la foto de pasaporte de Teiko y la colgaron con un lazo negro en la sala de estar de su hotel. De la alegría por haber hecho cima pasaron al luto. […] Tampoco en esta ocasión ahorró la prensa japonesa comentarios cínicos, como hicieron tras la tragedia del Cho Oyu. Como si a las mujeres pudiera juzgárselas moralmente por los accidentes. A diferencia de lo que ocurría con los hombres, cuyas trágicas expediciones a ochomiles pasaron en repetidas ocasiones a convertirse luego en hechos heroicos, una expedición femenina seguía considerándose algo inmoral».

 


 

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