LOS INICIOS

Hermann Buhl: ‘De mi nunca se hará un montañero’

En el primer capítulo de su libro autobiográfico ‘Del Tirol al Nanga Parbat’, Hermann Buhl refleja su entusiasmo y pasión por las montañas.

Autor: | No hay comentarios | Compartir:
Del Tirol al Nanga Parbat

Nací en Innsbruck. Las montañas se asomaban a mi cuna. El amor por ellas lo habré heredado, porque mi padre era montañero entusiasta, y mi madre procedía de Val Gardena, el Grödnertal, o sea, el corazón de las Dolomitas. La perdí cuando no tenía yo más que cuatro años. Debe haber sido una excelente y tierna madre de familia, cuya comprensión rebasaba el marco de lo cotidiano, alcanzando a cosas que no cabe juzgar por su valor material. Su imagen y la nostalgiapor su ausencia me han acompañado en la vida.
Parecía absurdo que yo quisiera ser montañero, que en mí ardiese un inextinguible fuego de entusiasmo por el mundo de las cumbres, paredes y aristas. Yo era de niño tan delicado, tan enclenque, que incluso empecé el colegio un año después de lo normal. Sin embargo, soñaba con la montaña. En las excursiones escolares, a menudo me detenía ante cascadas u otros parajes románticos. Me parecía como si la montaña mehablase con un lenguaje propio y yo tuviera que escucharla. Si profesores y compañeros me reprendían o se burlaban de mí, callaba. ¿Acaso habían de comprenderme si ellos mismos no oían aquellas voces?
Cuando cumplí los diez años me preguntó mi padre si para festejarlo prefería un viaje en tren a Bregenz y el lejano Lago de Ginebra, o una ascensión al Glungezer. No me lo pensé mucho. El Glungezer tenía en todo caso 2.600 metros de altura. Así que hicimos laexcursión a esa cumbre que se divisaba por encima de Innsbruck. Más allá del valle veía yo ahora toda la Cuerda Norte, la Nordkette, un laberinto de riscos y galayos, de fantásticas formaciones rocosas y de aristas casi interminables. Recio y membrudo hay que ser para poder trepar por ellas. De risco en risco, de galayo en galayo…
Pocos años después, la Cuerda Norte, situada junto a Innsbruck, se convirtió en el campo principal de mis actividades. Casi cadadomingo estaba yo allá arriba. Lo cual, desde luego, no era tan sencillo. Habíamos tenido una estricta educación religiosa. A un domingo había que darle, con la asistencia a misa, la debida santificación y dignidad. Nada, pues, de salidas sin previo culto. Pero como vivíamos en Innsbruck, donde los deseos de un montañero cuentan, sin merma de los derechos de la Iglesia, había misas tempranas, en cierto modo entre la noche y el día. Claro que había que levantarse antes de las cuatro dela madrugada para llegar a tiempo a la iglesia, pero, también para ir a la montaña.

La gente que se compadecía de mí por mi aspecto enclenque, o que no acababa de tomarme en serio, no tenía razón. Yo no era flojo. No para la montaña. Yo andaba y retozaba, trepaba y corría, monte arriba y monte abajo. Las subidas me parecían fáciles. Y cuando en algún sitio, entre cascajo y nieve, emergía roca pelada, metía yo las botas de marcha en la mochililla, y escalaba la peña con calcetines de lana. No tenía dinero para calzado de escalada. Pero eso nome preocupaba. No me preocupaba nada, en absoluto, con tal de poder verme allá arriba, en la roca. Por la tarde estaba de vuelta en el valle del Inn, por una u otra calle de mi ciudad natal, viendo desde abajo la Cuerda Norte. ¿Así que yo había estado allá arriba? ¿En aquel o en aquel otro risco? Yo era menudo y poca cosa, y para los orondos excursionistas domingueros que regresaban, sin duda, un tanto estrafalario. Con todo, en mi pueril orgullo por los logros que imaginaba, me sentíasuperior a ellos. Por otra parte, en casa, la mayor parte de las veces, me chafaban el entusiasmo, pues se miraba solamente a lo esencial: los calcetines de lana agujereados. Yo inventaba toda clase de explicaciones y disculpas. Al final, allí quedaba yo con la cara como un tomate. ¡Por éstas que en adelante tendría yo más cuidado con los calcetines! Hasta el domingo siguiente.
El ser humano se crece ante las metas superiores. Incluso cuando, como en mi caso, susposibilidades son tan mínimas. Con mi compañero de colegio Ernstl quise una vez hacer algo técnico de veras. Una escalada con cuerda y toda la industria. Había cuerdas espléndidas, de seductora belleza, en los escaparates de las tiendas de deportes, para quienes pudieran pagarlas, pero no para chavalillos con fantasías en la cabeza. Ahora, cuerda tendría que haber. Y así, el cordel de tender ropa pasó a mi mochila.
Dejadas atrás, sin embargo, las últimas callesde la ciudad, una vez uno y otra vez otro, enrollamos la cuerda al pecho, que se nos abombaba de orgullo. Qué sensación tan sublime. No nos sentíamos nada ridículos, sino audaces héroes de la montaña, como los de los libros y las canciones: «La cuerda en torno al pecho…».
El Collado de la Quema, o Brandjoch, era nuestro objetivo. Con sus 2.700 metros era mi marca de altura hasta el momento. Y ahora, como treceañero conquistador de cumbres, cuya categoría, vistoel cordel de tender al hombro, había de ser patente a cualquiera, no podía yo sufrir que en la ruta hubiese otros excursionistas por delante. Apretábamos el paso, los rebasábamos, nos sentíamos «tragaparedes» de talla… ¡Con lo lejos que aún andábamos del auténtico alpinismo! ¡Lo que hace un cordel…!
Llegamos al pie de la Frau Hitt. Una pétrea figura de osado aspecto, en que, según la leyenda, quedó convertida la vana y soberbia Frau Hitt. Pero inclusohecha peña, conservaba su inaccesibilidad la dama por Dios castigada. Pina, la roca. Pulida y de mínimos agarres. Se nos desinfló un tanto la muchachil superioridad.
Al pie del risco ya había otros escaladores, expertos de verdad, tipos audaces, de rostros atezados y enjutos. Así tienen que ser los montañeros. Nos acercamos a ellos, que nos recibieron con graves miradas inquisitivas y algo de burla. Pero nosotros no dejamos ver nuestra inseguridad. Con el mayor aplomoy sosiego posibles, desenrollamos nuestro cordel, mientras los demás se ataban con auténticas cuerdas de escalada.

«El ser humano se crece ante las metas superiores. Incluso cuando, como en mi caso, sus posibilidades son tan mínimas.»

¡Hay que ver cómo trepan! Utilizando con soltura presas y resaltes, sin esfuerzo visible, van superando la pétrea figura femenina y ganan rápidamente altura. Y entonces nos toca a nosotros. Se acabó el recelo. ¡Si aquí hay auténticos agarres y escalones! Claro que puede uno subir. Incluso nosotros, y no tan mal. Los demás, con quienes nos reunimos en la cumbre, ya no nos miran con guasa.
Dirigimos la vista abajo por el lado norte.Hay una buena bofetada. Sus buenos cuarenta metros a pico. Si uno pudiera subir por aquí, ya se contaría entre los del gremio, los auténticos escaladores. ¿Lo conseguiríamos alguna vez nosotros?
Ahora toca descender el tajo. Rapel. Qué bien suena eso. Nosotros no hemos hecho todavía ninguno en montaña de verdad, pero no lo admitimos y observamos cuidadosamente cómo lo hacen los demás. Después nos deslizamos hacia lo hondo. Al principio hay una sensación extrañaen la boca del estómago, pero a medida que aumenta la sensación de seguridad aumenta también el gozo.
Nos sentimos orgullosísimos cuando, luego, los expertos nos dejan sentarnos con ellos. Uno, entre todos me llama la atención, con su rostro peculiar bajo el sombrero de ala ancha. Lleva emblemas en el gorro: una flor de las nieves, una cuerda y un piolet cruzado, es de una federación, de un club; así habría que ser alguna vez. Me impresionan mucho estos mocetones;junto a ellos, yo no paso de crío. No hablo mucho, pero en cambio atiendo con los cinco sentidos. Nombres de picos, paredes, arranques de vías: Hohe Warte, Grubreißen, Kumpfkar, Schüsselkar… Cada uno de estos nombres significa por sí solo un salvaje mundo de aventura. Meta del anhelo. ¿Llegaremos así de lejos?
¡Tengo que conseguirlo!
Durante un año entero fue centro de mi fantasía. El galayar de Grubreißen. Esa formación rocosa tras lahoya de Hafelekar es en mis sueños la encarnación de todo el gozo de la escalada; más aún, de todo el gozo de la Tierra. ¿Hay acaso en el mundo algo más hermoso que la escalada? Tengo ahora catorce años. Desde luego continúo siendo impresentablemente flaco y delicado, pero me siento ya mayor cuando me veo de nuevo en el Hafelekar. Por supuesto he subido a pie desde Innsbruck. ¿Quién tiene dinero para telecabinas y lujos de ésos?
Allá estoy yo, mirando haciaarriba, hacia las grises agujas rocosas del norte, en el Karwendel. En ellas descubro a lo lejos unas cuantas motas. Se mueven. Escaladores. ¡Si me admitieran!
Bajo aprisa el angosto senderillo, cruzo la hoya subiendo hasta un canalizo de nieve, y llego por él a una portilla. Allá están las agujas, los galayos de Grubreißen. A la derecha, el galayo meridional, el Melzerturm, ése es el más fuerte. Detrás, el galayo norte. De oídas los conozco todos. Incluso elarranque de las vías. También he visto fotos y leído descripciones. ¿Vale la pena intentar lo más fácil? No, tiene que ser lo difícil. El Melzerturm.
Tal como estoy, con pesadas botas de esquí y el chubasquero puesto, subo a la carrera hasta el pie de la vía, no invierto mucho tiempo en echar un vistazo al trazado, y empiezo a trepar, con las botas de esquí y el chubasquero. Subo un buen trecho. Luego no puedo seguir. Estoy pegado a la roca como un murciélagorisible. Los murciélagos pueden volar. También hacia arriba. Yo sólo hacia abajo… Es un mal momento.
Entonces oigo voces. Me acuerdo de los escaladores que antes vi como motas en la lejanía. Se han dado cuenta de que estoy enriscado sin remedio, se ofrecen a echarle al memo del chaval una cuerda. Me hubiera venido muy bien la ayuda, de maravilla, pero no puedo permitirme aceptarla. No quiero empezar mi carrera de escalador así. Soberbio e insolente (y por dentro, sinembargo, bastante desesperado) rechazo la ayuda que se me ofrece.

«¿Hay acaso en el mundo algo más hermoso que la escalada?»

Subir, ya no puedo. A bajar, pues. Parece imposible, pero sin embargo no lo es, a pesar de las resbaladizas botas de esquí. Acá y allá echo una ojeada hacia abajo, veo el recorrido que habré de seguir si las fuerzas me fallan. De semejante recorrido no habría regreso en vida. ¡No puedo permitirme caer…! No caigo, y alcanzo de nuevo la seguridad del suelo.
Los otros han estado mirándome. Y ahora llega el premio por haberme superado a mí mismo.
—¿Quieres subir con nosotros al galayo norte?
Apenas les entiendo, de orgullo y felicidad. Se me permite ir con los expertos, invitado por ellos, asegurado por su cuerda.
—Pero ¿dónde tienes el calzado de escalada?
No tengo. Pero sí unas maravillosas botas de esquí nuevas. Las muestro orgulloso, con sus lisas suelas de cuero, que para escaladas de cierta dificultad son lo más inadecuado que pensar quepa. Se ríen, perosin embargo me aceptan. Me siento lo que se dice lleno de felicidad. Acá y allá, no obstante, no agarran mis costosas botas lo suficiente, y tengo que ayudarme con la tensión de la cuerda. Pero qué importa, por hombrones así ya puede uno dejarse ayudar. He ido enterándome de sus nombres. ¿Qué montañero no los conoce? Aschenbrenner, Mariner, Douschan…: todos figuras.
A la bajada, por el canalizo de nieve, me indican mis guías la arista sur del galayo.
—Ésa es una vía bastante fuerte. Todavía no es para ti. Quizá dentro de un par de años.
En mí, por lo visto, el sentido del tiempo anda dislocado. No espero el par de años. Ya una semana después estamos los dos, mi compañero de colegio Ernstl Vitavsky y yo, al pie de la arista sur, bajo la vertical pared de ataque. Despachamos atragantándonos el habitual desayuno, pan con queso de unte, mientras vamos observando una cordada que trepa por encima de nosotros laarista sur. Ahora nos descubren, a su vez, los escaladores, nos dan una voz: que si queremos subirles a la portilla la cuerda que han dejado a pie de vía.
Justo, allí hay una cuerda, una auténtica, hermosa cuerda de escalada. ¿Y eso lo vamos a subir por el canalizo de nieve a la portilla? La cuerda… eso es una tentación irresistible. Con la cuerda podríamos, claro, hacer a nuestra vez la arista sur, antes de entregársela a los de arriba. Viene a ser lo mismo…para los otros. Para nosotros, la vía sería la gran aventura anhelada.

«Justo, allí hay una cuerda, una auténtica, hermosa cuerda de escalada.»

Los otros han desaparecido de nuestra vista. Así que desenrollamos la cuerda. ¿Nudos? De eso no tenemos ni idea. Uno corriente con tres vueltas tiene que valer. Ya estamos atados. Una auténtica cordada. Es como si la soga fuese una arteria por la que nos llegaran energía y arrojo renovados. Hay también un mosquetón, una de esas extrañas anillas con cierre de muelles que uno va colgando, para pasar por ellas la cuerda, del ojo de los clavos empotrados en lashendiduras de la peña. Eso ya se lo he visto hacer a los otros, los expertos. Las botas las dejamos a pie de vía. De escalada no las tenemos aún, así que también esta vez habrá que trepar en calcetines…
Ernstl ataca la vía. Yo me quedo al pie, «le aseguro». Me limito a dejar correr tranquilamente la cuerda entre mis manos, creyendo que con eso puedo sujetar a Ernstl en cualquier momento. Nuestro entrenamiento anterior no resultó inútil. El amigo va muy lanzado.Cuelga en una clavija el mosquetón: como todo un hombre. La inmediata oposición, desde luego, la hubiera resuelto mejor alguien de veras más alto. Pero Ernstl es todavía un chaval de los mismos años que yo, al que casi acaba de quedarle chico el calzado de niño. Se estira hasta casi descoyuntarse, consigue salvar bastante el trecho, y alcanza pronto una reunión segura.
—¡Útil! —enuncia, magnífico.
Es para mí un gran momento. Escalar enuna cordada auténticamente independiente. Mis primeros movimientos son aún algo indecisos. Pronto, sin embargo, he cobrado plena confianza. Encordados así, la escalada es, claro, una divertida operación exenta de riesgo. ¿Caerse? ¿Quién va a caerse? Voy ganando rápidamente altura. Hay algunas clavijas que Ernstl ni siquiera ha visto. Me apetece probarlas, meto los dedos por el ojo de los clavos. Aguantan genial. Adelante. Un bloque liso, una repisa aérea. Ahora, la delicada oposición.
A la derecha, el mosquetón colgado en la clavija, por el que corre la cuerda que asegura. Ernstl tensa un poco la cuerda, yo palpo con la mano buscando agarre a la vuelta de una arista, mi cuerpo pendula… y me veo en una chimenea. ¡Qué alegría!, somos los dueños de este mundo…
Ernstl está repanchigado en una repisa y cobra lentamente la cuerda. Se ríe, y yo con él. Estamos plenamente felices tras este triunfal primer largo de cuerda. Ahora salgo yo de primero. Nos vamos turnando,como es uso entre los iguales «del gremio».
Oímos voces por encima de nosotros. El grupo precedente… ¿Los alcanzaremos, al final? ¿Chavales como nosotros? Justo: al pie de la fisura Auckenthaler damos con ellos. No nos reciben de muy buen temple.
Nos toca tragarnos un buen sermón. Estaba previsto. Eso no hace daño a nadie y tampoco nos frena el ímpetu. En la pared cimera aparecen, en cambio, los otros, nuestros amigos mayores, verdaderamentepreocupados por nosotros, los críos. Nos echan una cuerda para que podamos disfrutar este último paso, problemático, en plena seguridad. Luego nos sentamos en las caldeadas peñas de la cima del galayo sur y entregamos la cuerda a quienes la reclaman. Risas y apretones de manos. Los de la cuerda «prestada» nos llaman mocosos y cabezas de chorlito y aunque eso sea más bien un elogio disfrazado que no una reprimenda, muy pronto he de comprender, del modo más cruel, lo justo de talrecriminación. Pocas semanas después, en un impetuoso intento de superar en solitario la fisura Auckenthaler, murió, despeñado, mi amigo Ernstl. Perdí mi primer compañero de cordada.
Pese a ello, este verano de 1939 menudean aún más mis visitas al galayar de Grubreißen. Con el tiempo voy aprendiendo algo sobre manejo de cuerdas, ténica de roca, graduación y demás. Aprovecho, diligente, para el entrenamiento, cada rato libre.

«Pero la montaña se encarga de rebajarnos los humos, de poner en su sitio a los jóvenes escaladores.»

Entretanto, he sido admitido a la Sección Juvenil de la Federación, el Alpenverein, en Innsbruck. Entre treinta y cuarenta jóvenes entusiastas de la montaña, una alegre pandilla que domingo tras domingo sale a las cumbres. Nuestras posibilidades son muy escasas. El dinero no alcanza más que para salidas que puedan emprenderse a pie o en bicicleta desde Innsbruck. Toda la semana se la pasa uno ahorrando, se araña cada céntimo con tal de juntar lo necesario para eldomingo.
Vamos estando cada vez en mejor forma, ya creemos hallarnos próximos a la maestría. Pero la montaña se encarga de rebajarnos los humos, de poner en su sitio a los jóvenes escaladores. Incluso cuando ya disponen de auténtico calzado de trepa con suelas de cáñamo, y ya nadie tiene por qué sacarles los colores a cuenta de los calcetines rotos. Ahora hemos vuelto a encordarnos Karl Glätzle —entre los amigos, Pelón, sin más— y yo. Una trepada en elKarwendel es la meta. Roca deleznable, por la que Karl sube de primero. Aparece un bloque cerrándole el paso. El peñasco no me parece de fiar, y me dispongo a asegurar a Karl desde un angosto filo de roca por debajo. Ya he aprendido cómo se asegura en condiciones, y voy siguiendo cada movimiento del compañero en acción. Ha llegado al bloque. Junto a éste hay una clavija no tan reciente, oxidada y torcida hacia abajo. Karl cuelga de ella el mosquetón y pasa por él la cuerda. ¿Aguantaráel clavo? Ahora Karl echa mano arriba, alcanza el borde de una repisa. Una superación, una estiradilla…
De pronto, un crujido. Un bulto se precipita por la pared. Aferro la cuerda con tanta firmeza como puedo, me aprieto contra la roca. El instante siguiente será decisivo. Cuando se tense la cuerda de la que pende el amigo en su caída, la sacudida va a ser de órdago. ¿Aguantará el tirón la clavija? La probabilidad es muy escasa. ¡Lo largas que pueden ser unasfracciones de segundo!
Aquí llega el tirón. Se produce el milagro: el clavo aguanta. Pero la sacudida me catapulta en amplia parábola desde la reunión: salgo disparado hacia la pared, arriba. No hay en mi cabeza más que un pensamiento: ¡tienes que aferrarte a la cuerda, aguantar, aguantar! Y mis dedos obedecen la orden. Firmes, se aferran a la cuerda…
En el preciso momento en que aún pendulo, colgado del clavo, se desploma con un silbido elbloque, de un quintal de peso, yendo a estrellarse justo en el sitio donde yo había estado asegurando un momento antes. Revienta en mil pedazos. De mí no hubiera quedado ni la raspa, si la cuerda no llega a arrancarme de la reunión.
Ahora estamos colgados de una sola clavija herrumbrosa. La cuerda pende del mosquetón, fijado al ojo del clavo, como de una polea. Es una simple cuestión de física que mi compañero, con sus buenos veinte kilos más que yo, me hayaarrastrado hacia lo alto. Y el clavo sigue aguantando. Aunque no está garantizado que aguante eternamente. Karl tiene, pues, que dar lo antes posible con una reunión. Así que voy cediendo cuerda con cuidado hasta que el compañero, indemne, vuelve a hacer pie en roca firme.
Sólo después, cuando todo pasa, cobramos conciencia de la increíble suerte que hemos tenido. La suerte, justamente, que el montañero necesita. Pero con la que no puede contar. Es bueno que unjoven escalador tenga malas experiencias… con tal de que salga de ellas con vida. La montaña se encarga de rebajarle a uno los humos.

«De pronto, un crujido. Un bulto se precipita por la pared. Aferro la cuerda con tanta firmeza como puedo, me aprieto contra la roca.»

Un cursillo de la sección juvenil nos descubrió una nueva zona: el Wilder Kaiser, hasta ahora sólo anhelo, imagen soñada. Ahora iba a hacerse realidad. En espíritu ya veía yo alzarse al cielo las placas verticales. El gozo anticipado era indescriptible. Me venían a la exaltada imaginación hechiceras imágenes que la realidad jamás podría ofrecer.
El tren expreso nos llevó a Wörgl y luego a Kitzbühel. Muchos pasajeros se espantaron de laalborotadora panda cuya compañía les había tocado en el viaje. Claro que todos estábamos en la edad patosa. Aunque en montaña nos portáramos con seriedad y reflexión, como hombres responsables y de experiencia, aquí, en el tren, obrábamos según correspondía a nuestros años y a nuestra desbordante alegría por lo que nos esperaba. No puedo, ni siquiera ahora, al cabo de muchos años, ofrecer disculpas a los escandalizados compañeros de viaje, que ni por lo más remoto comprendíanque un sombrero raro diese motivo a una hilaridad incontenible, porque como yo volviera a ser de nuevo así de joven, así de entusiasta, así de despreocupadamente feliz, volvería sin duda a comportarme del mismo modo. Y así también todos los demás… en la medida en que aún vivan, en la medida en que no hayan perecido en la guerra, en la cautividad o en la montaña.
Los albergues de Gaudeamus y Grutten. Conocemos de oídas estos célebres refugios de generacionesenteras de escaladores del Wilder Kaiser. Cuando llegamos a ellos están hasta los topes, así que parte de nosotros emprende la subida a la brecha de Ellmau. Nuestro primer vivac. Esta palabra ha desencadenado siempre en mí toda una riada de imágenes románticas. Ahora íbamos a experimentar en persona una pernocta al raso en montaña. A la luz de las antorchas vamos a trompicones, cuesta arriba, por el angosto senderillo. La noche está como boca de lobo, espectralmente rasgada por unresplandor flameante. Empinadas cuestas lucen fantasmagóricas. Bordeamos hondos barrancos. Una antorcha va a parar abajo, la seguimos con la vista, hasta que se extingue lejos, lejos, en algún paraje del hondón.
A medianoche llegamos a la brecha, nos tumbamos en una sopeña, abrigándonos con toda la ropa disponible, tratamos de dormir. Pronto maldecimos el romanticismo. Todavía somos críos inexpertos que, dando diente con diente, suspiran por el cálido refugio,aunque fuese siquiera un henil. Aún nos queda mucho para llegar a montañeros de verdad.
Viene después, junto con lo más recio del frío, el amanecer. Riscos y agujas se iluminan. El desamparo y la incomodidad de la noche quedan pronto olvidados. Al cabo de unos pasos me veo en el remate de la brecha en forma de gran portal. Es el acceso a un mundo mágico. Ahí está, a mis pies, la Canal Pedregosa, Steinerne Rinne…
Una angosta garganta encajadaentre altísimas paredes, de ominosa lisura e inclinación. Un paisaje configurado por fuerzas gigantescas. Ahí están los guardianes de la canal: a la derecha, el Púlpito o Predigstuhl; a la izquierda, la Punta de la Tablajería, o Fleischbankspitze. Y allá, sí, allá, está la famosa Pared Este del Fleischbank, en la que se inició la ronda de las vías fuertes del Kaiser. La pared que Hans Dülfer, con su compañero Werner Schaarschmidt, dominó el primero, antes de la Gran Guerra. Haceveintiocho años.
Sensación alpina en su momento, la Pared Este del Fleischbank ya no se cuenta entre las vías más duras del Kaiser, pero sigue siendo la Pared Este del Fleischbank. Se necesita haber superado la escuela primaria de escalada antes de merecer atreverse con ella. ¿Lo merezco yo? La razón responde negativamente a la pregunta. El ansia grita un apasionado —¡sí!—. Sé que algunos de los mayores y más experimentados, entre los jóvenes, se sienten hoycon derecho a seguir los pasos de Dülfer. A mí, el más joven, y físicamente el menos recio, no me ha considerado aún apto nuestro instructor, Hannes Schmidhuber.

«Me observaba con atención, quería inculcarme incluso autodominio, pero es difícil dominar una obsesión que pugna por romper todo dique y toda barrera.»

Entonces, en plan clandestino. Me dirijo furtivamente al arranque de la vía, me oculto tras un tolmo, aguardo a la cordada a la cual se permite hacer la vía Dülfer. Ahí llegan. Un grupito. Se oye tintinear la quincalla: clavijas, mosquetones, mazas. Con su calzado de escalada suben el senderillo, Luis Vigl, Hugo Magerle y unos cuantos más. Y luego… justo, luego va de último Hannes Schmidhuber, que me ha descubierto en mi escondrijo. No necesito darleexplicaciones, sabe de sobra mi intención. La expresión de su rostro no augura nada bueno. Nada, mocete, en la Pared Este no puedes colarte tú. No, mientras yo sea el responsable. Todavía te faltan años, estás demasiado verde…
Podría berrear de cólera y de orgullo herido, mientras Hannes me echa la zarpa y me lleva con él, a rastras, de vuelta a la brecha de Ellmau. Los otros ya se han metido en la Pared Este. No puedo sino contemplarlos, envidiarlos, admirarlos.Quizá maldije en ese momento a Hannes Schmidhuber. Fue mucho lo que me hizo ese día. No sólo me prohibió la difícil pared, sino que me asignó —y eso de segundo únicamente— a un muchacho recién admitido. Al Fleischbank por la normal, la llamada «vía de los señores», Herrenweg. Yo, que tan creído me lo tenía, iba ahora a tener que encordarme a remolque de otro por una vía donde, en rigor, no haría falta ni atarse…
Hoy tengo otra visión del episodio.Hoy pienso en Hannes con gratitud y afecto. Mucho aprendí de él, de aquel estupendo montañero y hombre lleno de sentido de la responsabilidad, que en una expedición de socorro dio su vida por los demás. Él comprendió que yo, con mi entusiasmo, me hubiera precipitado ciegamente a la perdición, de no haber él puesto freno a mi desbordado apasionamiento. Me observaba con atención, quería inculcarme incluso autodominio, pero es difícil dominar una obsesión que pugna por romper tododique y toda barrera.
Un domingo de Pentecostés, me encuentro de nuevo en el Wilder Kaiser. El tiempo es magnífico, y las paredes de la Steinerne Rinne hormiguean. Por todas la vías, paredes, aristas, diedros, fisuras, chimeneas, se oyen voces dando instrucciones; las voces, gritos y gallos tiroleses de los escaladores. Moscas diminutas por los encendidos muros que se alzan al cielo, parecen desde la vertiente opuesta.
También nosotros dejamos unabuena trepada a las espaldas, la Arista Norte del Predigstuhl. A Fredl Schatz, que está justo de permiso del servicio militar, no hay quien le quite ir de primero. Helmut Weber va en medio, y yo hago hoy de último. Pasamos de la cima norte, por la mediana, hacia la principal. Fredl llega a un paso difícil. Prueba unas cuantas veces, retrocede, vuelve a subir. Helmut, de segundo, tiene que asegurarle. También yo atiendo con emoción al primero, pero no se me pasa por las mientes laposibilidad de una caída.
En este momento atruena la Steinerne Rinne un trepidante estruendo, como si la montaña entera se desplomase. El ruido repercute en las quiebras de las paredes, arrecia hasta romper los tímpanos como una música infernal. Pero no son los montes que se derrumban, es un aviador que hace la demencial chulada de volar por medio de la canal, muy por debajo de la reunión en la que estoy. Un piloto chiflado. Puedo verlo dentro de su carlinga, desdearriba, como un espectro, y al momento siguiente el avión ha desaparecido de mi vista.
Vuelvo a mirar hacia donde mi compañero se agarra a la roca. No; ya no está allí. Sólo veo un bulto que se despeña pared abajo. Fredl ha caído, está cayendo… Rápido, aferro la cuerda, me encajo detrás de un bloque. Aguantar, aguantar… Una breve sacudida, no demasiado fuerte, porque, claro, somos dos a frenar. El cuerpo de Fredl, pendiente de la cuerda, se bambolea en elvacío, veinte metros más abajo. Lo descolgamos algo más, hasta que alcanza una repisa. Luego destrepo yo hasta él.
—¿Un mal trastazo, Fredl?
Corajuda, la respuesta.
—No, sólo magulladuras en las piernas y las caderas. Ahora… trepar ya no puedo.

«Fredl ha caído, está cayendo… Rápido, aferro la cuerda, me encajo detrás de un bloque. Aguantar, aguantar…»


 

Doscientos metros más abajo está la seguridad de la hoya. Entre nosotros y el suelo salvador hay un abismo oscuro y repelente. La roca rezuma agua; si no, la chimenea Botzong es una bajada rápida, aérea y divertida, cuando uno puede, libre de preocupaciones y de lastre, ir rapelando de quebradura en quebradura, de rellano en rellano. ¿Pero ahora?, ¡con un compañero lesionado!
El tiempo apremia. No tenemos más que una cuerda de treintametros. Eso tiene que bastar para el salvamento del amigo y para nuestro propio seguro. No queremos pedir ayuda, y no vamos a hacerlo. Allá abajo ya se han juntado algunos mirones. Motas menudas, inmóviles ahora. Nos observan. No gritamos en demanda de ayuda, ni ellos acuden por propia iniciativa.
Helmut y yo carecemos aún de toda experiencia de salvamento con medios tan primitivos. Pero tenemos que salir de la pared, por la chimenea, con Fredl herido. Sin apoyo denadie. Vamos descolgando a Fredl. No tiene más que ir esquivando con las manos la pared, de todo lo demás nos ocupamos nosotros. Asegurándonos el uno al otro con la misma cuerda como Dios nos da a entender, vamos destrepando nosotros dos. Metro por metro descendemos así por la fría y chorreante pared de la canal. La cosa no se queda en agua. Topamos con hielo. No hay rayo de sol que dé en este trecho de la pared. Llega a hacer tanto frío que nosotros, ya empapados hasta los huesos, vamosquedándonos tiesos y helados. Ya no podríamos gritar pidiendo ayuda, porque estamos completamente roncos. Se desliza en nuestros cerebros la idea, y el atemorizado interrogante, de por qué no acude en ayuda nuestra ninguno de los muchos que mientras tanto se han ido congregando al pie de la chimenea Botzong. ¿Es que no ven cómo nos atormentamos? ¿Quieren probarnos? ¿No se toman en serio la cosa?
No tenemos tiempo de reflexionar sobre tales problemas. Tenemos queseguir descendiendo más y más, para salir de una vez de esta horrible y fría prisión. Ni Helmut ni yo somos atletas. El descuelgue del lesionado requiere nuestras últimas fuerzas. Con la humedad y el frío se nos han quedado las manos insensibles y agarrotadas. Y así tenemos que manejar la cuerda, hecha un cable, de tiesa. Sólo a regañadientes obedecen los músculos cuando con la pesada maza tienen que hincar clavijas de rapel. Estamos al borde del agotamiento cuando al cabo de dos horasllegamos a la pedrera del recuenco de Botzong. De Fredl se hacen cargo aquí los que aguardan, entre los cuales hay algunas «figuras».
Se nos recibe de un modo extraño. Nos echan la culpa de la caída de Fredl. Yo protesto, intento aclarar el error. Me dicen que me calle. Son hombres recios, membrudos, que a un esmirriado chiquilicuatro, afónico de agotamiento, pretenden triturarle los sueños y entusiasmos montañeros y la jovencísima confianza en sí mismo. Con duraspalabras:
—Tendrías que quedarte en casa. En la montaña no pintas nada. De ti no se hará nunca un montañero.
Estoy demasiado cansado, demasiado congelado, demasiado dolido para imponerme con energía. Sólo intento explicarme cómo pudo producirse el malentendido, en qué he podido errar yo. Quizá no hubiéramos debido dejar ir de primero a Fred, que por el servicio militar estaba desentrenado para la montaña. Pero él era el mayor, elexperimentado. Quizá no hubiera debido dejar de asegurar cuando pasó el avión, por más que esa responsabilidad correspondiera al que iba enmedio en la cordada. Pero en una cordada, cada cual es responsable de todos. Uno debe aplicarse a sí mismo el baremo más estricto, debe exigirse a sí mismo el máximo, si pretende alcanzar lo más alto.
Sin duda yo había cometido errores, aunque los reproches los tomase como una injusticia hiriente. Pero de la humillaciónsurgió el empecinamiento. Si bien yo era todavía un muchachillo a medio crecer, que con su enclenquez parecía la antítesis de la imagen que en el país se tenía de un héroe, me sentía, con todo, superior a los demás en una cosa: en el fuego devorador de mi pasión por la montaña.
¿Que yo no pintaba nada en la montaña? ¡Si yo es que no podía vivir sin la montaña! Yo no imaginaba, soñaba, vivía, nada que no fuera la montaña. E hice un juramento secreto,mientras iba a trompicones en pos de los otros por la Canal Pedregosa, la Steinerne Rinne: «¡seré montañero, mal que les pese!».
He cumplido, creo yo, el juramento.

Más información
Comprarlo

«Tendrías que quedarte en casa. En la montaña no pintas nada. De ti no se hará nunca un montañero.»


 

Ayudarnos a difundir la cultura de la montaña

En Desnivel.com te ofrecemos gratuitamente la mejor información del mundo de la montaña. Puedes ayudarnos a difundir la cultura de la montaña comprando tus libros y guías en Libreriadesnivel.com y en nuestra Librería en el centro de Madrid, o bien suscribiéndote a nuestras revistas.

¡Suscríbete gratis al boletín Desnivel al día!

Estamos más ocupados que nunca y hay demasiada información, lo sabemos. Déjanos ayudarte. Te enviaremos todas las mañanas un e-mail con las historias y artículos más interesantes de montaña, escalada y cultura montañera.


 

 

 

 

Últimas noticias