PASTORES, PIEDRA Y PIZARRA

Vidas trashumantes

Ánchel Belmonte nos relata en este artículo la vida trashumante de los pastores y el proceso de desaparición de los grandes rebaños trashumantes.

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No siempre las vemos pero están ahí. Su presencia se delata por un sordo rumor de esquilas que mece el viento de la montaña durante nuestras salidas de verano. Entonces, si hacemos un leve esfuerzo, podremos encontrarlas. En ocasiones son largos hilos blancos que se deshacen sobre empinadas laderas de fondo verde. Otras veces serán bloques compactos en los que cada oveja mete su cabeza bajo la vecina huyendo del calor. Junto a ellas se recortará la silueta del pastor, ayudado por los perros, prodigio de inteligencia.

Sus días transcurren con calma mientras ve pasar a los montañeros, cada año en mayor número y con ropas más raras, mientras dedica un ojo para controlar el rebaño y con el otro mira al imprevisible cielo. Las mañanas de verano, despejadas y radiantes, pueden dar lugar a terribles tormentas que oscurecen el día prematuramente, y hacen retumbar con furia su carga de truenos por todo el valle. Son momentos de tensión que exigen aplomo y buen hacer para dominar a cinco mil ovejas presas del pánico.

Para casos extremos, para las grandes lluvias de rayos, dicen que sólo la presencia de ovejas negras en el rebaño puede proteger al resto. La tradición oral, viva en este mundo como en ningún otro, funde lo real con lo imaginario para afrontar con garantías las durezas del oficio.

Ajenos a los grandes refugios, cada vez más grandes y cada vez menos refugio, los pastores pasarán el verano en adustas casetas de piedra y pizarra. Su sobrio interior alberga un profundo olor a humo, impregnado durante siglos en esas mismas paredes que parecen burlarse de un mundo iluso que celebra un cambio de milenio más virtual que real.

Pastores y rebaños llegaron a la montaña en junio. La retirada de las nieves y las lluvias primaverales convirtieron los altos puertos en una enorme despensa para miles de ovejas que ascendían alegres desde los valles y las estepas. Días de suelta en el puerto. Jornadas de fiesta, de unión entre aldeas, de delimitación de pastos y de ritos ancestrales que hunden su memoria en la noche de los tiempos. Silencios entre montañas, soledad de los pastores que les hace volcarse hacia dentro. Personas observadoras y curiosas, con cierto tiempo libre y grandes montañas a mano. Muchos pastores se ríen cuando leen que tal o cual señorito francés hizo la primera ascensión al Perdido, al Bisaurín, a los Gabietos o la gruta de Marboré.

Ánchel Belmonte

Pero, pendientes del ganado, no hay tiempo para la fama ni para la conquista jactanciosa. Ni calzadas romanas, ni rutas de peregrinos. Los caminos que han surcado, las cañadas, son sin duda las rutas que atesoran más historia y leyenda de entre todas las que podemos pisar. Da igual que vayan de las dehesas extremeñas a los montes cantábricos o de la estepa monegrina a los altos Pirineos. Una cosa es común a todos estos caminos. Cada día están menos transitados. Los pastores envejecen, los rebaños se estabulan y estas viejas arterias que comunican dos mundos complementarios se van labrando o vistiendo de zarzas o asfalto. Un patrimonio generado a lo largo de siglos de trashumancia se nos escurre entre los dedos.

Encontrar uno de estos grandes rebaños es casi un milagro, y acompañarles en este viaje mágico se convierte en un privilegio. Junto a ellos el tiempo parece no haber pasado. Mientras unas personas compran por todo el mundo desde su móvil conectado a Internet, otras duermen en el suelo calentadas por una hoguera vigilando de reojo el descanso de ovejas y cabras.

Con las primeras nevadas, débiles espolvoreos que anuncian el otoño, llega la hora de partir. Los chotos más fuertes llevarán los grandes cencerros, precediendo con su ancestral y atronador sonido el paso de todo el rebaño. Conforme pierdan altura llegarán a los dominios del hombre. Cruzarán pueblos y carreteras deteniendo el tráfico, y los turistas mirarán perplejos el enorme pelotón ovino que parece no tener fin. Algunos, que ignoran dónde están y ante quién deben ceder, protestarán indignados por la larga e incómoda espera; los niños, en cambio, sonreirán atónitos y tratarán de acariciar el lomo de los animales desde la ventanilla del coche. Y así, día a día, se va cubriendo el trayecto y acumulando el cansancio.

El invierno, si el ganadero es de la tierra baja, supone dormir en casa y disfrutar de una vida más cercana a la normalidad. Pero cuando la primavera empiece a asomar, las temperaturas se suavicen y los días se alarguen, los ojos de los pastores volverán a brillar sabiendo que se acerca el día de iniciar el gran viaje y volver a los puertos.

Entonces, con energías renovadas, por todas las cañadas se volverá a oír el estruendo de esquilas y balidos, anunciando la llegada de los grandes rebaños, de un mundo en trance de desaparecer bajo la losa del progreso, de un viaje que se mueve al compás de las estaciones. Un ciclo inmerso en una sociedad lineal que ni entiende ni valora las vidas trashumantes. Peor para ella.

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